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Al mando de la tele Al mando de la tele

"La televisión es una hija del cine que le ha salido disipada y de malas costumbres". Ramón J. Sender

Firme castillo de naipes

Es una persona horrible. Nadie le querría cerca. (No siga leyendo si no ha visto House of Cards y quiere verla). Frank Underwood, el protagonista de la serie sobre la política de EE UU, es un despreciable canalla, criminal, ególatra, egoísta, corrupto… le pilla todo a la criaturita. Y sin embargo mola. Quizá sea porque nos hace partícipes a los espectadores, quizá porque se permite ciertas licencias humanas y empáticas. El caso es que la cuarta temporada de House of Cards llega como siempre y como nunca. Por supuesto, la tónica es la de Frank contra el mundo. Lo que pasa es que en ese mundo hay una nueva enemiga, una que le conoce como nadie, una que tiene la misma ansia desmedida por el poder y la misma falta de ética y de escrúpulos. House of Cards está de vuelta y de momento no decepciona. No ha perdido, después de todos los giros de guion, inflexiones y cambios, la capacidad de sorprendernos, de sacarnos una exclamación. De desear que Frank siga destruyendo el mundo.

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