My name is Jornatha

jornatha_louieLos que seguís este blog y me conocéis un poquito en Twitter sabéis que ‘Louie’ es una serie muy especial para mí. Desde sus inicios, Louis C. K. apostó por la creación de un producto único, hecho con total libertad, inclasificable y capaz de aglutinar su mirada sobre el mundo, especialmente sobre las relaciones humanas y su propio arte. Con una visión mordaz y un sentido del humor inteligente, honesto, a veces soez, pero siempre capaz de ponerse a sí mismo en el centro de la diana, ‘Louie’ ha ido construyendo un universo tan divertido como dramático que, gracias a su originalidad, profunda emoción y humanidad, se ha ganado el corazón de crítica y fans, y ha logrado, mejor que nadie, hacer saltar por los aires los compartimentos estancos de los géneros.  (Atención, Spoilers)

A ‘Louie’ le ha pasado algo bastante inusual dentro del mundo de las series: desde que comenzó no ha parado de crecer. Cada temporada ha sido mejor que la anterior, ha profundizado en los personajes, ha pulido los escasos defectos y ha apostado por el riesgo y por algo que se le da muy bien: arrancar una sonora carcajada al espectador para, acto seguido, dejarlo con un doloroso agujero en la boca del estómago. La madurez de la narración se percibe en su desnuda y, en ocasiones, lacerante visceralidad, que en esta quinta temporada se ha hecho más patente que nunca, como sucedió con la secuencia más cruda y emocionante de la temporada: la de Jornatha, del episodio ‘Bobby’s House’ (S05E04), donde Louie nos muestra de forma cruda su vulnerabilidad ante una mujer que no le conviene pero de la que está enamorado.

El episodio es un dechado de virtuosismo. Su capacidad para enlazar drama con comedia, arrastrándonos de una insospechada situación a otra, logra uno de los mejores momentos de toda la serie. La paliza que una mujer le da a Louie en la parada del autobús y que le deja la cara magullada, es la excusa perfecta para lo que vendrá a continuación: la petición de maquillaje para tapar sus heridas y su humillación definitiva a manos de Pamela. Una soberbia escena que, debido a la fuerza de las interpretaciones, logra convencernos del cambio de roles al mismo tiempo que nos encoge el corazón por la intimidad (y dramatismo) de lo que presenciamos.

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La primera vez que contemplamos a Louie frente al espejo, nos damos cuenta de que no está ridículo con el maquillaje —tal como esperábamos—, sino que su atractivo queda realzado con el lápiz de ojos, a la manera de los actores clásicos. Entonces empieza el juego. Pamela, en la piel de Peter, nos transmite la sensación de estar en presencia de uno de esos machos seductores, capaz de robar la inocencia de las muchachas con palabras dulces. «Eres tan preciosa, ¿cómo te llamas?». «My name is Jornatha», dice Louie con una suave voz. Lejos de reírnos, nos sentimos subyugados, observando la escena que se desarrolla frente a nuestros ojos y que no es, ni mucho menos, la parodia que esperábamos. «Ahora voy a hacerte el amor, Jornatha». «Sí, Peter», dice Louie con un hilo de voz. Luego, Peter da la vuelta a Jornatha sobre la cama y oímos un estremecedor «¡¡Nooooo!!» que logra ponernos los pelos de punta.

El sometimiento de Louie ante Pamela —es capaz de cualquier cosa para retenerla, humillándose una y otra vez—, es utilizado para volver a poner sobre la mesa su eterna demanda: ir un paso más allá en la relación, comprometiéndose de manera convencional. También es la puntilla para Pamela, consciente de que sus constantes juegos y burlas han ido demasiado lejos. «Siento que no soy buena en ese sentido y que necesitas más. Deberías encontrar una buena y dulce mujer con la que te puedas casar y engañarla. No quiero jugar contigo, no quiero hacerte daño». Cuando termina el episodio somos los espectadores los que sentimos que nos han pegado una paliza, tras haber asistido a la escena culminante de una relación malsana que, lejos de divertirnos, nos ha hecho reflexionar sobre nuestras propias equivocaciones.

Comprender a la juventud

Si la crudeza de la relación amorosa disfuncional entre Pamela y Louie ha sido lo más sobresaliente de la temporada, ha habido otro tema especialmente acerbo: el de la relación de Louie con los jóvenes. A través de la historia con la dependienta asiática —que no le quiere vender una cacerola de cobre—, y la de su hija Lily viendo una obra de teatro mientras navega en Internet, Louie habla de su perplejidad ante una juventud que le asusta y que le cuesta comprender, y sobre su propio envejecimiento. La inteligencia de su escritura, que capta sus propias contradicciones y prejuicios utilizándolos para acentuar la comicidad, logra asimilar el punto de vista ajeno, introduciendo una vuelta de tuerca que otorga a la escena una conclusión de gran agudeza.

Así, tras un encuentro muy estilo Larry David (vamos a discutir con todos los idiotas del mundo), Louie convierte a la “mala dependienta asiática” en una filósofa, que le deja epatado al hacerle ver que su inseguridad frente a los jóvenes radica en que «nosotros somos el futuro y vosotros no estáis incluidos en el (…) Tenéis la profunda sensación de que ya no importáis más». La dependienta “imbécil y poco profesional” (¿por qué no quiere venderme una cacerola?), se transmuta en alguien lúcido y diferente que le invita a ver la situación desde una nueva óptica. Louie hace autocrítica de sí mismo y entona su mea culpa.

De la misma manera sucede con Lily. Louie, al verla con el móvil en el momento más dramático de la obra, se siente molesto porque cree que ella no es capaz de apreciarla. Pero, a la salida, su hija le demuestra que no solo ha captado el significado, sino que también posee mayores conocimientos que él sobre el autor y la obra. Es otra forma de consumir cultura, otro comportamiento, otro tiempo. Ni mejor ni peor, solo diferente. Y Louie se da cuenta de ello y nos lo cuenta con su lucidez habitual.

Corre, papá, corre

Aunque estos hayan sido los temas tratados con mayor profundidad y brillantez, la quinta temporada ha estado llena de escenas hilarantes, de pura comedia, como el «cold opening» de ‘A La Carte’ (S05E02), con Louie luchando a vida o muerte para no hacérselo encima. También nos hemos reencontrado con viejos conocidos como el estrafalario doctor que receta agua, o con Bobby, el hermano de Louie, protagonista de la estupenda historia de la cárcel con las niñas del cumpleaños (genial el remedo de cine mudo).

Las escenas oníricas —en esta ocasión pesadillas—, también han tenido su lugar, con un guiño muy particular (y muy de mi gusto) a ‘La naranja mecánica’. Y, por supuesto, un especial de varios episodios (en este caso los dos últimos), mostrando los claroscuros de las giras y sus encuentros con personajes de distinta ralea. Si bien es cierto que los dos últimos episodios han sido los más flojos, nos han dejado algunos momentos brillantes de humor perverso, como el llanto del conductor —qué risa—, o el patético final para el cómico de Oklahoma, donde Louis C. K. consigue algo muy difícil: una sorpresa tan chocante que te lleva a lanzar una carcajada mientras te llevas una horrorizada mano a la boca.

Cecilia García Díaz es autora de ‘Araneida, la fortaleza de los deseos‘, una novela de fantasía oscura y terror.

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