Archivo de enero, 2022

Selma Laguerlöf

Por Charo Alises (@viborillapicara)

#Mujereslesbianas

 

Selma fue la primera mujer en obtener Premio Nobel de Literatura. Lagerlöf nació en la localidad sueca de Marbacka en 1858. Descendiente de pastores, su familia atravesó muchos apuros económicos.
De niña sufrió displasia de cadera por lo que llevó una vida sedentaria. Esta circunstancia alimentó su afición a la lectura.

A los 10 años comenzó a interesarse por las obras de H.C. Andersen, los Hermanos Grimm y Alexandre Dumas . En la adolescencia, leyó a William Shakespeare, Lord Byron y Johann Wolfgang von Goethe.

Inició su carrera literaria a los 12 años con un extenso poema sobre Mårbacka Tres años más tarde la enviaron a Estocolmo a terminar sus estudios . Ya en esa época Selma tenía claro que no le interesaban las tareas domésticas. Ella misma contaba: además de ser torpe en la cocina y peor en el bordado.

La mala situación económica de su familia hizo que Selma comprendiera que tenía que aprender una profesión para vivir. Se decantó por la docencia , pero no encontró la manera de financiar su aprendizaje. Gracias a un préstamo que le consiguió su hermano Johan, pudo comenzar los estudios en Estocolmo . Primero estudió en el Liceo Sjöberg para Señoritas y al año siguiente ingresaría en el Real Seminario Superior para Estudios Docentes, una universidad para jóvenes damas con talento. Selma era mayor que sus compañeras y esta circunstancia hizo que la consideraran más madura. Además se hizo popular entre las demás alumnas por sus sonetos y poemas.

Fue maestra en Landskrona durante diez años. Su vida como docente se fue desarrollando junto a su afición literaria. Las alumnas de Selma estaban cautivadas por sus amenas lecciones. En esa época se dedicó también a escribir artículos para el periódico y la iglesia locales.

Sophie Adlersparre, destacada figura del movimiento feminista sueco la invitó a visitarla después de leer sus sonetos. Adlesparre la animaría a cultivar su prosa.

Por esa época ganó un concurso organizado por el periódico cultural Idún. Dos años después escribiría La saga de Gösta Berling. Esta novela en un principio no llamó la atención del público, por lo que Selma pensó que su carrera literaria no prosperaría. Lo cierto es que el crítico literario Georges Brandes escribió una brillante reseña de la obra en el periódico Politiken, avivando un gran interés entre los lectores de Dinamarca. Esto marcaría el comienzo de una nueva etapa en la vida de Selma Lagerlof.

Sus avances en la literatura hicieron que en 1895 abandonase la enseñanza para dedicarse en exclusiva a la escritura.

La escritora creció escuchando los relatos de su abuela, una mezcla de elementos cristianos y paganos. Estos cuentos tendrían gran influencia en el hacer literario de Selma como demuestra El cuento de Gösta Berling.

Después de un viaje por Egipto  escribió Jerusalén: en Dalecarlia (Jerusalem: i Dalarne) (1901) y Jerusalén: en la Tierra Santa (Jerusalem: i det heliga landet) (1902). Estas obras convirtieron a Selma en la novelista sueca más leída y respetada.

El gran éxito de Lagerlöf hizo que el rey  Oscar II de Suecia y Noruega y la Academia Sueca decidieran apoyar a Selma para que viviese desahogadamente y así pudiera dedicarse en exclusiva a escribir. Esta ayuda propició que la novelista establecerse en Falun, donde pasaría la mayor parte de su vida.

En 1894, Selma conoció a la que sería su pareja, la también escritora Sophie Elkan. Otra amante de Selma fue la maestra y sufragista Valborg Ohlander

Selma Lagerlöf ocupó sus últimos años en ayudar a escritores y pensadores a esconderse de la persecución nazi . Los esfuerzos de aquellos años mermarían su salud. La escritora falleció a los 81 años de un ataque masivo al corazón.

Lagerlöf fue la primera doctora sueca honoris causa de filosofía , recibió el premio Nobel en 1909 e ingresó en la Academia sueca en 1914.

En la entrega del premio Nobel a Selma, el presidente de la Academia, Claes Annerstedt destacó el retrato totalmente original de la vida campesina, la pureza de su dicción, la claridad de la expresión y la bella musicalidad que son características de todos sus escritos. La grandeza de su arte consiste precisamente en su habilidad para utilizar tanto su corazón como su genio para lograr el peculiar y original carácter y las actitudes de sus personajes, en los cuales todos nosotros nos reconocemos.

Ni tanto ni tan calvo

Viñeta de Teresa Castro (@tcastrocomics)

 

Vida LGTBI

Viñeta de Teresa Castro (@tcastrocomics)

 

Género y violencia: sobre la abolición, las fronteras y les hijes de otres

Por Victor Mora (@Victor_Mora_G ‏)

 

A propósito de la afirmación tan contundente como poco específica de la “abolición del género”, se despliegan de tanto en tanto tormentas de críticas y agresiones en red (que más pronto que tarde, como sabemos, pueden transformarse en otra cosa). El uso de ‘todes’, por ejemplo, como marca de género neutro, se critica hasta la náusea por parte de ‘abolicionistas del género’. Es frecuente también ver el enfrentamiento violento contra personas o familias que optan por una crianza crítica con los estándares del género. Una crianza crítica que puede ir desde cuestionar los elementos tradicionales asociados al género y ponerlos en disputa, hasta posicionarse políticamente en el uso lingüístico de ese neutro en lo que refiere a sus hijes, para generar con ello un espacio de habitabilidad del género más libre y, en fin, respirable. Quienes se enfrentan y tratan de ridiculizar estos posicionamientos hablan como si utilizar las marcas de género binarias y tradicionales no fuera también un posicionamiento político que, por demás, es continuista de la violencia que la estructura misma del género contiene. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de abolición del género?

Hasta hace unos años afirmar que el género era una cuestión cultural, una construcción (esto es: no natural) era algo común salvo, claro está, en reductos conservadores. Las implicaciones de la naturaleza quedaban atrás desde el consabido “no se nace mujer” para comenzar un nuevo camino en la desarticulación de la subordinación de las mujeres, sometidas a una opresión política, social y cultural, que nada tenía de natural (o ‘biológico’). Mucho ha llovido desde entonces.

La desvinculación de la “naturaleza” del sexo de sus devenires políticos supuso una revolución epistémica que sigue siendo difícilmente rebatible, aunque de unos años a esta parte, no obstante, se haya pretendido desmantelar todo el trayecto en nombre, paradójicamente, de la lucha contra la misma opresión. Quizá, lo más difícil de desmantelar era la propia noción de género, por lo que se ha pretendido afirmar que como tal ‘construcción cultural’ no era, pues la ‘opresión verdadera’, que pasaría a ser, entonces, el sexo (ese natural, ese biológico). Lo único cierto es que el hecho de que unos genitales sean visibles y tangibles y la normatividad de género no sea algo medible en los mismos términos no quiere decir, evidentemente, que el género no exista o exista menos. La primera opresión que se administra al sexo es, efectivamente, el género, como conjunto de códigos sociales, culturales y políticos que se administran simbólicamente a cada criatura que nace con unos genitales determinados.

Aquí hay dos problemas, el primero es entender que ese “simbólicamente” conlleva toda una estrategia establecida de códigos que se traducen también en elementos físicos (como ropa, adornos, juguetes o libros) y en otros que, nuevamente, no por no ser físicos existen menos (comportamientos, actividades sociales, formas de hablar, etc.). Todo ello está marcado por el género. El segundo problema, y es el más difícil de comprender porque no tiene una respuesta concreta (ni tiene porqué tenerla, pero ya hablaremos de eso), es que si bien todas las existencias en sociedad, todos los cuerpos, están marcados por una relación entre el sexo y el género, es una relación que en muchos aspectos permanece velada para nosotros, es diversa, inesperada, no es siempre binaria, y sigue siendo, en gran medida, misteriosa. Los códigos culturales de la masculinidad y la feminidad se imbrican en los cuerpos de maneras variadas, complejas y plurales. El binarismo es un empeño (contextual, cultural y situado) que no se corresponde con el despliegue de múltiples formas de habitar el espectro que conforma la relación sexo-género. Históricamente hemos tratado de buscar respuestas paramédicas, morales, religiosas… todas han contribuido a la violencia. Y es que el género es la violencia, y en esa afirmación podríamos encontrar un principio de acuerdo, pero, ¿desde dónde/cuándo comenzamos?

Primero, quizá, por asumir que sea cual sea nuestro habitar sexo-género, hubo un principio de imposición de un modelo (patriarcal, cis, binario, heterosexual) que se dio por hecho cuando nacimos y que se nos desplegó encima con toda su fuerza cultural (y toda su violencia implícita).

Decir que el género es la violencia, es afirmar que es una opresión que nos afecta a todes, lo cual no significa que sus implicaciones sean equivalentes. Sí significa, sin embargo, que es una cuestión estructural que atraviesa a todos los cuerpos y que organiza su distribución en el espacio social, y condiciona el acceso a la redistribución y el reconocimiento, como lo hacen todas las opresiones estructurales. Si decimos que el género es la violencia, ¿convenimos en que abolir el género es un objetivo común? De acuerdo, por qué no, vamos a probarlo. ¿Cuáles son las estrategias? Veamos dos de ellas.

Una de las estrategias más recientes en nuestro contexto, en nombre de la abolición del género, ha sido atacar a una minoría vulnerable. Como sabemos el argumento que más se suele utilizar contra las personas trans (concretamente contra las mujeres trans) es que perpetúan los roles de género, y como lo que se pretende es abolir el género, atacar a las mujeres trans se ha convertido en el estandarte de un sector que se autodenomina ‘radical’ y que, desde luego, ha reproducido y esparcido radicales violencias. Sobre el problema TERF, es interesante ver el video que compartió en 2019 la youtuber ContraPoints, titulado ‘Gender Critical’, en el que expone claramente todos los puntos (hasta el absurdo) de este posicionamiento político (porque es un posicionamiento político, que elige la exclusión de cuerpos vulnerables y la violencia sobre los mismos). ContraPoints explica que un buen símil podría ser posicionarse políticamente en contra de la existencia de las fronteras geopolíticas, y como estamos en contra de las fronteras geopolíticas, nos negamos a dar la documentación a los migrantes que las cruzan, porque lo que hay que hacer es abolir las fronteras. Y más allá, en lugar de ir en contra de las instituciones políticas que recrudecen la división fronteriza, elegimos ir en contra de los migrantes que las cruzan, es decir, de las personas que más sufren esta división política. Otra estrategia podría ser la de asumir que las fronteras existen y que, como el género, por más que no sean visibles o tangibles, los parámetros históricos y políticos han levantado estas divisiones que desembocan en situaciones, a veces, de invivible injusticia. Si asumimos que las fronteras, como el género, existen, por más que nuestra intención final sea abolirlas (esto es: que no sean necesarias), el camino que tenemos por delante, el primer paso, el urgente, es hacer que sea lo más habitable, lo más fácil, lo menos violento posible para todas las personas.

A la luz de esta idea (que también es un posicionamiento político), parece que, por ejemplo, una crianza crítica con los estándares del género, que los enfrente, que no asuma el despliegue patriarcal cis heterosexual sobre unos genitales como necesario y dé por hecho una identidad esencial, es un posicionamiento que va, precisamente, contra las estructuras y no contra personas o colectivos. Es un posicionamiento que genera otro espacio posible de desarrollo, no sometido a los estándares que el sexo-género impone, y que tratará de dar la mayor autonomía y libertad posibles sobre el propio reconocimiento. En resumen, parece que las tentativas críticas de agitación de los estándares, la transformación de usos lingüísticos, la reapropiación de conceptos y el intento de generación de espacios de intimidad y desarrollo más respirables, al final, hacen más por deconstruir la estructura del género que ir en contra de las personas que más se perjudican de esta división binaria, construida y cultural (y que no por construida y cultural, insisto, existe menos).

Quizá no se trata tanto de imponer un eslogan contundente que caiga en lo inespecífico (y que sirva como excusa para llevarse por delante a quien te incomoda), sino de tratar de crear más y más espacios de libertad con alternativas posibles para hacer que el género sea (o intentar, al menos, que acabe siendo) un lugar habitable para más personas, menos violento, menos determinista y lo más fluido posible.

 

 

Imagen: “Autorretrato como niña trans”, Roberta Marrero, 2018

El despotismo ilustrado con la infancia y adolescencia LGTBI

Juan Andrés Teno (@jateno_)

 

El pasado 9 de diciembre España dio un paso importante en su consolidación como un estado social y democrático de derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

Un hecho que pasó casi desapercibido entre los medios de comunicación e ignorado por una parte inmensa de la ciudadanía; que debe ser que el comienzo de la Carta Magna donde se promulga la libertad, la justicia y la igualdad es un segundo plato, ya que como reflejaban el día siguiente las portadas de los más importantes tabloides del país lo reseñable eran las inversiones de la UE en la industria del automóvil, el caso “Canet”, la vacunación, las inundaciones en Bizkaia o la producción de nuevos coches eléctricos. Todo ello indispensable y necesario para el futuro de un estado y que será recordado por las próximas generaciones como hitos democráticos.

¿Pero qué es lo que realmente paso en este país el 9 de diciembre? Pues, así, de manera sencilla, y casi en silencio, se incorporaban a la vida pública como sujetos de ciertos derechos unos 9 millones de españolitos y españolitas que hasta entonces habían mantenido en silencio ya que sus opiniones eran desdeñadas por falta de capacidad.

¿Es posible que una sociedad occidental y democrática haya ignorado de hecho y de derecho las opiniones de 9 millones de personas y las haya apeado del debate social, cultural o político? No queda más remedio que asegurar que así ha sido o, por lo menos, así se ha comportado el gobierno de la nación ante este grupo de población.

¿Y quiénes son esta parte de la ciudadanía a las se ha ignorado desde instancias gubernamentales y sociales durante tantos años? A quienes tienen menos 18 años, a niñas, niños y adolescentes.
Que no, que esta afirmación no es demagógica, que es cierto que se han desarrollado políticas de infancia y adolescencia, que se han dedicado partidas económicas a su bienestar físico y mental, que son moneda de cambio constante entre los partidos políticos y por tanto entre los gobiernos, que se ha hecho mucho (o poco) por ellos. Y en estas últimas palabras radica el problema: ha sido “por ellos”, no “con ellos”.

¿Esta política paternalista a las que muy pocos ponían y ponen pegas, la admitiríamos para el conjunto de la población? «Tout pour le peuple, rien par le peuple» (todo por el pueblo pero sin el pueblo) es una frase histórica que reflejaría ese tipo de política que lo hace todo para el pueblo (ciudadanía) pero sin su concurso. ¿De qué régimen político nace esta expresión? del absolutismo, concretamente del despotismo ilustrado, que se enmarca dentro de las monarquías y pertenece a los sistemas de gobierno del antiguo régimen europeo, pero incluyendo las ideas filosóficas de la Ilustración, según las cuales, las decisiones humanas son guiadas por la razón.
Pues en esas estamos, que como país democrático llevamos más de 40 años tratando política y socialmente a las niñas, niños y adolescentes de manera absolutista, tal y como se hacía con el conjunto de la población en siglo XVIII.

Y sí, el 9 de diciembre de 2021 se constituyó en España el Consejo Estatal de la Infancia y la Adolescencia, dependiente del Ministerio de Derechos Sociales, gracias al trabajo incesante de Violeta Assiego, directora general de los Derechos de la Infancia y la Adolescencia. Por primer en la historia de la democracia española la voz de la infancia y la adolescencia va ser escuchada por el gobierno a través de las palabras de 34 niñas, niños y adolescentes de 8 a 17 años. Sólo es el comienzo, pero la creación de este órgano consultivo otorga derechos a quienes una sociedad adultocrática mantenía en el silencio por considerar que su edad aparejaba una discapacidad mental que le impedía expresar sus reivindicaciones y derechos como grupo social.

Se constata, por tanto, que la sociedad española es adultocrática. ¿Pero qué pasa con las entidades LGTBI de este país? Pues que también lo son. Hace sólo unos meses, en las Jornadas de Familias LGTBI organizadas por la FELGTB, jóvenes LGTBI e hijas e hijos de familias homoparentales reivindicaron un espacio en estas entidades, un lugar donde poder expresarse y ser tenidas en cuenta sus opiniones, además de una validación democrática de sus ideas frente a organizaciones que sólo no considera a los menores de edad sino a las personas jóvenes. Adultocracia y gerontocracia. Gracias a Irati, Sergio, Gabriel, Alejandro y Haymanot por alzar la voz y hacernos comprender a las personas adultas y mayores que sois y que tenéis el derecho no sólo a ser escuchados sino a tener en cuenta vuestras reivindicaciones.

Creo que puedo afirmar que todas las entidades LGTBI de este país tienen vedada la participación efectiva de las personas menores de edad en sus órganos de decisión. Y no lo hacen porque no les importe la infancia y la adolescencia. Está comprobado que tienen especial interés en mejorar la vida de niñas, niños, niñes y adolescentes y así se ve reflejado en sus acciones educativas y políticas. Pero pecan de una acusada adultocracia, no se les ha ocurrido que a lo mejor, estas acciones serían más efectivas si preguntasen a estas criaturas que es lo que les pasa y como quieren que se solucionen sus problemas. No vale hacer memoria y recordar lo que vivieron cuando eran niñas, niños, niñes y adolescentes, por que las situaciones van cambiando y las respuestas también.

Las entidades LGTBI de este país son un ejemplo de lucha no sólo contra la LGTBIfobia, sino contra el machismo y el racismo, peso siguen perpetuando las violencias por acción u omisión que el resto de la sociedad comete contra las personas menores edad.

Sirva el ejemplo de Violeta Assiego en el Ministerio de Asuntos Sociales, sirvan las múltiples experiencias de las entidades de infancia de este país para hacer posible la participación efectiva de la infancia y la adolescencia en sus órganos de decisión. Que no, que la cuestión no es reírse afirmando que si vamos a sentar a los niños a aprobar los presupuestos anuales, como me dijo personalmente (y lo hizo en público) un alto dirigente de una entidad LGTBI, que el asunto pasa sencillamente por dar voz a la parte más vulnerable del colectivo, la que no tiene apenas herramientas de defensa, la que es repudiada por su familias por su orientación sexual o su identidad de género, la que recibe violencia en los centros educativo y espacios de socialización, a que le niegan ser y sentir, a la que conducen al suicidio, a la que asesinan.

Comienza un año preñado de pandemia, un año en el que hay que conseguir una ley LGTBI y Trans estatal. Que ese año sea también en el que las entidades LGTBI busquen los mecanismos necesarios para que las personas de menos edad puedan expresarse, pueden decir lo que sienten, lo que son, que son sujetos de derecho político y que tienen voz, a veces mucho más sensata y menos polarizada que la de los adultos.

Y un último deseo: dejemos todas, todos y todes de utilizar el verbo infantilizar con un sesgo negativo. Encuentro en redes la siguiente definición de infantilización: un tipo de edadismo que se define como tratar a un adulto como si fuera un niño irresponsable, que carece de confianza y voz propia por parte de un profesional. Esta acción deshumaniza a la persona mayor, así como afecta su dignidad, autonomía y corresponsabilidad.

Sólo cabe decir que no hay más menores irresponsables, sin confianza y voz propia que adultos. Y que si se trata de esta manera a las personas para arrebatarles su dignidad, autonomía y corresponsabilidad, lo mismo se hace con niñas, niños, niñes y adolescentes cuando se les mira como ciudadanía de segunda.

Por todo ello, pido, demando y exijo como adulto responsable que las entidades LGTBI deconstruyan su adultocentrismo y den paso a la voz de la infancia y de la adolescencia. Todas aquellas persona que trabajan con la ciudadanía de estas edades saben que su verdad es más verdad y que las injusticias, los desprecios y la insolidaridad no son propias de niñas, niños, niñes y adolescentes, sino la herencia que les transmitimos desde la excelencia de nuestra adultez.

 

JUAN ANDRÉS TENO

Periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

Cuenta en Twitter: @jateno_ 

Blog: https://familiasdecolores.wordpress.com/

 

“De manos unidas” por ___GDM___!

Moda heterosexual

Viñeta de Teresa Castro (@tcastrocomics)

 

¡ACHÍS, 2022!

Viñeta de Teresa Castro (@tcastrocomics)