Te miro y me gustas – Crónica del Orgullo 4

Por Juan Andrés Teno (@jateno_), periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

Foto: Freakysita

Te miro y me gustas, soy heterosexual. Te miro y me gustas, soy lesbiana. Os miro y me gustáis, soy bisexual.

Estas tres frases recorren toda mi vida desde mi adolescencia. Es muy sencillo de escribir, y si se intenta tener un mínimo de empatía hacia que las pronuncie no debiera ser difícil de comprender. Pero no, no es así, no ha sido así.

Cuando tenía unos 14 años me enamoré hasta dejar de respirar de un compañero de clase que también quiso la vida regarme su amor. Éramos la pareja perfecta, los más guapos, los que sacaban las mejores notas, los que liderábamos las fiestas y los recreos. Aún recuerdo aquellos primeros besos como un trago de agua fresca en la tórrida tarde de un verano en el sur. Era un amor tan inocente y tan puro que nos condujo a un sexo amable y consentido que se me ha hecho difícil repetir con los años. Tuve la suerte de vivir un cuento de adolescencia y la plenitud de poder recordarlo con quien ahora es un de mis mejores amigos.

Pero la pasión terminó de repente 17 de septiembre y dejamos de vernos y sentirnos durante años. No hubo enfrentamiento ni daño gratuito, pero si dolor y añoranza durante algún tiempo.

Quiso el destino que pudiera acompañarme en el desamor con un nutrido grupo de amigas con las que podía compartir y lamentar y que me ayudaron a elevar de nuevo los ojos a la vida. Tanto me refugié en ellas, que la más cercana, la me cogía las manos y limpiaba mis lágrimas, terminó dibujándose como mi único refugio.

Hacía frio y estaba lloviendo y cuando secaba mi último llanto por el novio desvanecido una sacudida atravesó mi mente y acabé besándome en sus labios. No sólo se cortaron las lagrimas sino también las palabras. Sentía calma y destilaba miedo. Lo gozaba yo y lo padecía ella.

Nos costaron meses de aceptación y largas conversaciones por teléfono. No era difícil amar, pero si lo era ponerle nombre. Lesbiana me parecía una palabra desagradable, fea, inhóspita y áspera. Tuve que digerirme poco a poco, romper prejuicios propios y ser valiente en mi determinación de ser feliz. Tras aquel beso fugaz fue necesario casi un año para volver a besar sus labios y sus pechos y sentirme plena. Dos y dos en algunas ocasiones suman cuatro y fuimos felices juntas, amándonos, mostrándonos como éramos, nombrándonos como sentíamos. Pero llego de nuevo un inverno y el amor salió por la ventana, silencioso, dejando un vacío áspero y amargo.

En ese tiempo de amor de Safo aposenté raíces en la lucha de los derechos de las mujeres y específicamente de las mujeres lesbianas y conseguí ejercer una red de apoyo que fue muy útil en los días en los que la cólera sustituyo al romanticismo.

Y de nuevo en septiembre, y repitiendo un día 17, besé de nuevo con deseo a un hombre. Sí, fue tras una fiesta y el alcohol me hacia tartamudear. Pero tras la resaca vino el convencimiento de que lo hubiera hecho aún habiendo bebido agua con gas.

Descubrí con desagrado que algunas de mis compañeras de lucha me exigían, por compromiso, calificar aquella noche como un error. Todas sabíamos que la bisexualidad existía, pero algunas la concibían mentalmente pero no en la realidad.

Es jodido que en la adolescencia te sientas heterosexual, en la veintena lesbiana y ahora resulte que ni lo uno no lo otro. ¿Y qué más da? ¿A quién narices importa con quién me acueste o a quién ame? He llegado a esta situación con suficientes años como para pasar de calificativos de indefinición, de viciosa o de traidora de la causa.

No sé si volveré a enamorarme como ya lo he estado. No sé si será un hombre o una mujer, no me importa, solo quiero que estés a mi lado y que no me juzgues, que no interpretes si soy una madura o no. Sólo te pido que te sigas riendo junto a mi mientras compartimos unas cervezas. Deja de darle vueltas, a fin de cuentas solo es sexo y en el mejor de los casos, amor.

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