¿Quién teme a lo queer? – Hablamos con Darío Gael Blanco

Por Victor Mora (@Victor_Mora_G ‏)

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Darío Gael Blanco

Una vez al mes esta columna se dedica a entrevistar a personas o colectivos, que a través de sus creaciones, desarrollos o proyectos, conforman espacios de vida para la disidencia, y generan de alguna manera el tejido de lo queer.

Darío Gael Blanco es traductor, filólogo y jurista arrepentido. Nació con una cresta punk negro azabache a poco más de un mes de la caída del muro de Berlín. No obstante a sus casi 30 se confiesa infinitamente más radical que a sus 15, y así lo deja ver en, entre otros espacios, sus muy activas redes sociales. Este transchulazo de porcelana fina ha publicado en el segundo volumen de la antología de ficción feminista y LGTB Cuadernos de Medusa (Amor de madre, 2019), y en Vidas Trans (Antipersona, 2019). Por todo ello, no podía más que preguntarle:

  • ¿Quién teme a lo queer?

Los que consideran tener algo que perder por el mero hecho de que existamos. Los que se benefician de arrinconarnos, de relegarnos a la precariedad (y eso a menudo en el mejor de los casos), de que habitemos los márgenes de la otredad, no tengamos acceso a los mismos recursos básicos y nuestra representación proceda, casi siempre, de quienes nos odian o consideran una mera curiosidad. Creo que hay mucha gente profundamente dependiente de un sistema abyecto y sus hegemonías, y sobre todo de formar parte de ellas desde un lugar que les permita excluir y dañar sistemáticamente sin ninguna o escasa consecuencia. Con lo que no cuentan (o quizás sí y por eso estén sacando la artillería más de lo habitual) es con que cada vez seamos más y estemos más organizades.

 

  • Estamos viviendo un auge reaccionario que ataca especialmente a los cuerpos no normativos, las vidas queer y trans. Y no sólo desde fanatismos católicos y organizaciones fascistas, sino de entornos como el de la Escuela Feminista de Gijón, ¿a crees que se debe y cómo crees que deberíamos responder?

Creo que se aferran a todo y con todo lo que pueden para mantener su estatus hegemónico, privilegios y poder y seguir ejerciendo las violencias que siempre han ejercido y reforzado desde su posición -pudiendo fácilmente combatirlo o cuanto menos, no reproducirlo. La academia es una de las instituciones más inflexibles, endogámicas, rancias, inaccesibles y hostiles hacia las personas trans (lo digo además por experiencia propia), e incluso sus sectores autodefinidos como progresistas (o TERFs autodenominadas como feministas, en este caso) nos arrinconan y utilizan como mero giro argumentativo, recurso sensacionalista y colectivo al que vilificar impunemente. Los fascistas nunca estuvieron lejos de los ámbitos desde los que se huele y ejerce el poder. Y no piensan irse ni dejar de intentar llevarnos por delante, así que sólo nos queda plantar cara y ganar terreno hasta que vean que se les va a terminar acabando el chiringuito de vivir de las políticas del odio. Creo que la respuesta ha de ser organizada, constante e implacable y que estamos en la fase del desalojo, la reparación y la exigencia de responsabilidades, no del diálogo. Llevamos décadas formándolos de gratis desde una posición notablemente más precaria, diálogo y trabajo intelectual y emocional mediante, y sólo han tenido a bien utilizarlo para afilar aún más sus garras.

 

  • En Vidas Trans hablas de la red. Algo que tenemos generalmente que replantear y (re)construir en base a parámetros no tradicionales o normativos. Mencionas que familia y pareja son hoy conceptos elásticos, hablas también de la crianza colectiva, ¿por qué crees que debemos seguir abriendo las formas posibles de relación?

No creo que se trate tanto de abrir (no hay nada inherentemente positivo en abrir ni negativo en cerrar, considero) como de nombrar y resignificar lo que siempre ha estado ahí y se ha llevado a la práctica pese a (o precisamente por) la falta de soporte institucional. Las redes de cuidados al margen del parentesco siempre han estado ahí y han sido estructuras sociales básicas para la supervivencia de la clase trabajadora, las mujeres, las personas racializadas y las personas LGTB. Lo que yo propongo, o me limito a dejar caer en mi capítulo en Vidas trans, es que la precarización y visibilidad de otras posibilidades de familia en la actualidad hace que resulte más necesario y urgente darle la importancia que merecen a estos vínculos y cotidianizarlos hasta el punto de igualarlos, o de permitir que superen material y simbólicamente a los vínculos por parentesco.  Es la única manera en la que muches podemos participar en la crianza o en el cuidado de otras personas dependientes también situadas en los márgenes (además de ser cuidades en caso de necesitarlo) y está sucediendo aunque no se visibilice, facilite ni se hable apenas de ello.

 

  • Hablas a menudo en tus redes de representación cultural. Los referentes son una parte muy importante para la autoidentificación y la aproximación a narrativas que, en principio, pueden no ser visibles en otros lugares del entorno ¿Qué referentes fueron importantes para ti, y qué representaciones culturales crees que proceden actualmente? 

No tuve mucho donde elegir, como cualquier persona trans (incluso en la actualidad). Lo tuve bastante más fácil (pese a distar también de los mínimos deseables) en cuanto a ser bi, gracias al acceso a determinadas instancias culturales que me procuraron mis padres, y a lo verdaderamente variado de su entorno. Me marcó Prince, la ambigüedad de Marlene Dietrich, la fragilidad de Buster Keaton, Orlando (y la interpretación de Tilda Swinton), el David Bowie más marciano, la fragilidad de Brian Eno, las feminidades no normativas de Nina Simone, La Veneno, Grace Jones, Patti Smith… ya de preadolescente supe de la existencia de Carla Antonelli y me quedé fascinado con esa señora fantástica en la televisión (no menos que Bibiana Fernández, pero sí de manera muy diferente) que tanto me recordaba a mi propia madre y me sugería un mundo de existencias, resistencias y luchas trans lejos de los monstruos dibujados por películas como Ace Ventura o El silencio de los corderos, y de tragedias tan traumáticas como la -peor o mejor- representada en Boys Don’t Cry. Hoy en día Janet Mock y Jen Richards, entre otras, se están encargando de que las narrativas de las personas trans, representadas también por personas trans, empiecen a desplazar también en el mainstream a las de las personas cis sobre nosotres y ambas han hecho o están haciendo un trabajo tan maravilloso como crucial en Pose y en Her Story, que además de darnos referentes ahora mismo conseguirán que las futuras generaciones no crezcan en un erial. Elizabeth Duval y Celeste González han hecho también lo propio hace unas escasas semanas en el escenario del Pavón Kamikaze, con su Y el cuerpo se hace nombre. El estudio y desarrollo cada vez mayor de las genealogías trans nos están permitiendo recuperar a figuras como Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson e ir mucho más allá en el tiempo y el espacio. Y también más cerca, fijándonos cada vez más en les mayores trans y LGB que tenemos al lado. Cada vez somos más los escritores y poetas trans que, como Alana Portero por citar un ejemplo muy cercano, conseguimos que poco a poco nuestras voces salgan de nuestros procesadores de texto y hay más novelas y novelas gráficas fantásticas (especialmente para el público juvenil) que nos incluyen sin estereotipos, con mimo y en cada vez más casos, con experiencia de primera mano. Pero hace falta mucho más y más variedad, sin duda. Estamos sedientos de representación que no nos vilifique ni nos estereotipe y ésta resulta crucial también para que los otros dejen de hacerlo.

 

  • A propósito de la memoria de los cuerpos y sus cicatrices, quería preguntarte por una cita con la que acompañaste a tu ‘desnudo político’: “no reivindico la carne por la carne, sino por su historia”.

¿Ha llovido desde entonces, eh? Pero lo cierto es que mantengo la misma postura. Nada de malo hay (todo lo contrario) en reivindicar la carne por el mero hecho de latir y de serlo, pero para mí lo más importante de esa realidad tangible, esa carne que se puede tocar, herir, alimentar y acariciar es precisamente lo que no puede tocarse y lo que uno no puede controlar por mucho que emane de ella: su historia, sus narrativas, lo que éstas simbolizan (o las que otros crean) y su impacto en otras personas. Incluso en aquellas a quienes asquea o que sólo sabrán utilizarla en mi contra. La semilla está plantada en cualquiera de los casos y me fascina lo que de ahí pueda germinar. No se dónde estaría yo de no ser por las semillas que otros (sobre todo otras) y sus cuerpos y cicatrices plantaron en mí. Quizá peque de pretencioso, pero me encantaría ser semilla para alguien más… y no creo que podamos evitar serlo todes en algún momento, seamos trans o no. Me parece bellísimo, la verdad.

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