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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Respuesta al odio ¿censura o consecuencias?

Por Nayra Marrero (@nayramar)

Les voy a contar una historia. Érase una vez un tipo bien valorado en lo suyo, como poeta o versador, con carisma, juventud y mucho de “echarle huevos” a la vida, que suelta por su teclado exabruptos sobre la esencia del ser mujer, ligándolo a la biología para contra argumentar un cartel publicado en Facebook en el que se leía que una mujer trans es una mujer. Iracundo, atacaba a quienes corrompían la naturaleza (el ADN de un pelo es suficiente, según él, para saber si somos hombres o mujeres) y se mostraba especialmente traumado con posibles “castraciones”.

Su halegato, cargado de vacíos de conocimiento en el que no caben mujeres con pene felices ni realidades intersex ni separar identidad de genitalidad, desata el enfado entre muchas que estamos hartas de sus sentencias cargadas de prejuicios. Porque no es la primera vez que le leemos en Facebook cargar contra cuestiones que parece que le tocan la moral e indicar el camino correcto a las que le contestan.

Tiró la piedra y al poco quiso esconder la mano, pero la velocidad del “pantallazo” es más rápida que la de “eliminar publicación”. Sus posteriores disculpas, centradas en la forma más que en el fondo, pretendían poner calma al enfado, grande y extendido entre muchas personas, principalmente mujeres transfeministas que teníamos que asumir que su discurso se enmarcaba dentro de la libertad de expresión de aquello de lo que no tiene ni idea, como luego reconoció. Porque nuestro enfado, nuestro dolor público y publicado por sus palabras, debe ser que no forma parte de nuestra libertad de expresión. Claro. Según algunos tendríamos que callar ante su inquina, que además, queridas, muchas no somos trans, y ya se sabe que hay que dejar solas en la lucha a las que son menos, o tienen menos voz, para que luego otras nos dejen solas a nosotras cuando el ataque nos señale.

Y el tipo versador, hecho a sí mismo, contratado para dar un taller en un festival musical caracterizado por la defensa de los Derechos Humanos, ve cómo se organiza una recogida de firmas para que el evento, subvencionado por las administraciones públicas, no lo premie dándole espacio. Y hay quien se ofende porque dice que hacemos presión popular para censurar y no ven que buscamos no incluir a quien discrimina en un espacio en el que la discriminación no tiene cabida ¿Qué pretenden que hagamos? ¿Digerir su vómito sonriendo?

El caso es que el chico, arrepentido por las consecuencias, pide públicamente perdón, al menos por las formas, reconoce su ignorancia por el tema y, mostrándose víctima de una caza de brujas, renuncia a participar en el susodicho festival. Y se monta la otra trinchera, la de quienes rápidamente se muestran apoyadores de su causa, de sus palabras, de su valentía por rectificar, o de su verdad transfóbica aprovechando para pedir que a “esas” les den por el culo (que algún día me gustaría entender qué tiene el macho medio contra el sexo anal). Gente que simplemente dice que está con él de forma incondicional (¡¡sin condiciones!!), que nos conocemos, hermano, amigo, colega, admirado artista… Incluso un concejal le muestra públicamente su apoyo al pobre chico que se ha visto señalado con mil dedos.

Y no hay razones, ni escucha, ni aprendizaje. No conseguimos desmontar la transfobia porque los argumentos no han tenido cabida. En las redes solo hay espacio para el enfrentamiento, el alineamiento, las tripas.

Y me dan ganas de desconectarme, de desvincularme, con tristeza y desazón.

Pero entonces recuerdo (o me recuerdan) que esta historia, que en Las Palmas de Gran Canaria tuvo un nombre de versador, se repite en otros lugares del mapa, de forma similar, excepto porque esta vez sí tuvo consecuencias.

Hemos roto con el  “Porque pueden. Porque no les pasa nada” con el que comienza este artículo de Irantzu Varela en Vice. Esa mujer que en sus vídeos castra un tornillo de forma traumática para el protagonista de estas líneas, y así nos lo hizo saber con una bilis similar a la que utilizó para hablar de las mujeres trans (ya les he dicho que lo que les cuento era lluvia sobre mojado).

Y entonces recupero las razones y las ganas para seguir conectada, vinculada a quienes luchan, arropada y arropadora, consciente de nuestras fortalezas y debilidades, de nuestros desaciertos y de aquello que hacemos bien.

Porque están acostumbrados a hacernos callar y ya no estamos dispuestas.

Advertencia: el silencio ya no es nuestra opción.

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