1 de cada 10

Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

“Qu’ils mangent de la brioche”: Qué hacer cuando los derechos son concesiones y una dulce reflexión sobre cómo articular la liberación LGTB

Por Ira Teran (@flordeoctubre_)

Estas últimas semanas hemos vuelto a encontrar guerrillas internas entre los grupos de personas más violentados por la sociedad capitalista, siempre desde la insolidaria atomización que supone pertenecer a los juegos del hambre de la dignidad humana. Y es que sólo una identidad puede ganar en este mercado de derechos y libertades otorgadas.

No voy a entrar a comentar cuánto tenemos que ver las mujeres trans con los proxenetas, feminicidas y pederastas, ni voy a criticar la instrumentalización de las vidas trans para defender intereses de explotación, que podría, ni tampoco voy a enzarzarme en un debate sobre si considero que el sujeto político de la liberación de la mujer son todas las mujeres, incluidas las transexuales, pero mujeres, que lo pienso.

No obstante, considero más provechoso políticamente redactar un humilde y breve diagnóstico de la enfermedad de época que nos asola a quienes creemos que el mundo debe ser cambiado, arrojar un poco de luz-autocrítica sobre nuestras respuestas como colectivo LGTB a lo injusto y trazar una hoja de ruta para una estrategia verdaderamente transformadora y verdaderamente integradora de todas las oprimidas, es decir, revolucionaria.

En primer lugar, el debate ideológico ha sido secuestrado por nuestro tiempo y con ello, los principios políticos se encuentran postrados en cama y heridos de gravedad. La muerte de la modernidad y su humanismo han convertido la confrontación de ideas en un ataque personal, el estudio científico en una usurpación identitaria, el laicismo en las políticas públicas en una falta de interseccionalidad y la política colectiva ha sido relegada a la individualidad en todas sus formas, incluidos los sentimientos que nos humanizaban y hoy alienan.

Es por ello que vengo a pedir que nos sentemos todas las voces en lucha de la clase trabajadora a hablar, tomemos un café y tengamos una batalla de ideas a quemarropa para poder construir narrativas comunes. Y sí, nuestras realidades sí están a debate. Abandonemos las dinámicas liberales de entender la desavenencia, no necesitamos generar heridas sino consolidar argumentos, no necesitamos confrontar identidades sino ideas, compartir nuestras historias como riqueza política y no mercantil, en definitiva, recuperemos el espíritu de las causas universales frente a la fragmentación que nos han vendido como subversiva y no puede ser más reaccionaria. No me extraña, sin embargo, que una sociedad que ha construído su existencia desde el idealismo se vea inerme ante la lucha ideológica. Cabe reflexionar cuánto nos han robado para que nosotros y nosotras mismas hayamos adquirido una razón de ser que pertenece a los cielos y no a la tierra.

Hace cien años se entendió que la sociedad avanza a través de contradicciones que se van superando y negándose a sí mismas, que lo viejo da paso a lo nuevo, y que todo en este mundo está embarazado de su contrario que permitirá florecer el progreso. También se entendió que lo viejo y lo nuevo son dos ideas irreconciliables y que la lucha entre ambos es necesaria para no permanecer estancos en lo pretérito.

No obstante, en esta nueva era toda contradicción irreconciliable se concilia desde las tribunas de la identidad: Y así, compañeros, es como se frena la historia en el nombre de la libertad. Ninguna identidad convierte lo opuesto en concorde, ni mucho menos lo reaccionario en progresista y viceversa. En otras palabras: el hombre hetero blanco que sostiene una tesis correcta está en lo cierto y la mujer negra transfeminista discapacitada que ejerce prostitución que sostiene una tesis incorrecta está en lo errado, y debemos perder el miedo a señalar esto o lo que estaremos perdiendo serán nuestros principios.

Había una vez una habitación en la que había varias personas encerradas, cada mañana venía un carcelero e introducía por la rendija un plato de tarta partida en trocitos. Instantáneamente, todas las personas de la habitación se apresuraban a conseguir su trozo de tarta. Se sentían saciados a pesar de que el plato estaba incompleto y los trozos eran siempre desiguales, de manera que comerte un trozo grande hacía que el otro tuviese un trozo pequeño o ninguno. Al principio, idearon estrategias para que todo el mundo pudiese comer un poco pero por la noche el carcelero hablaba con algunos presos y les ponía en contra de las otras personas de la habitación, les decía que era culpa de los otros que no tuviesen más tarta. Con el tiempo, la desconfianza y la rabia creció dentro de cada uno de ellos, ya ni se hablaban ni ideaban estrategias para poder compartir la tarta, cada uno buscaba su trozo y no le importaba tener que pisar a los otros presos para ello. Con el tiempo, las raciones de tarta fueron reduciéndose y los presos hambrientos se culparon entre ellos. Un día el plato sólo contenía migas. Ya no se sentían saciados. Murieron todos de hambre. ¿Qué habría pasado si en vez de pelear por los trozos de tarta hubiesen colaborado para ejecutar al carcelero y escapar de ahí? Os toca a vosotros y vosotras las lectoras decidirlo con vuestros actos.

Hoy en día nuestros derechos y dignidad han sido relegados a una dulce tarta partida en trocitos y otorgada por la clase dominante, tarta que un día serán dulces migas. Esta tarta de derechos además contiene dulce plusvalía, pues cada uno debe competir por un trozo que ni siquiera representa la totalidad de sus derechos arrebatados mientras que el otro se queda sin nada. La única forma de conseguirlos todos y para todas es rechazando colectivamente su plato porque nuestros derechos no son moneda de cambio y haciéndonos todos y todas con su fábrica pastelera ¿De algún lugar sacarán tanta tarta, no?

Y es que no es la primera vez que cuando la clase dominante nos roba la vida, nos ofrece la tarta. Jean Jacques Rousseau en 1767 nos contaba la historia de una princesa de la dinastía austriaca que ante la miseria y hambre de su pueblo reclamando pan contestaba la frívola cita de “Qu’ils mangent de la brioche”, traducido por “que coman tarta”. Esta cita fue posteriormente recogida por los revolucionarios jacobinos como propaganda anti monárquica para describir la frialdad inhumana de la reina que encendió la llama de la Revolución liberal Francesa. Al colofón de esta, el dulce lucro con el hambre del pueblo tuvo como respuesta la guillotina. Dos siglos después, en Iowa en octubre de 1977 tenía lugar otro dulce capítulo de la lucha de clases. Anita Bryant, embajadora de una popular marca de zumos, se había convertido en una de las activistas más influyentes de la reacción estadounidense en una campaña política que condenaba abiertamente los derechos de los homosexuales y las mujeres. Ella estaba participando en una rueda de prensa en Des Moines y los periodistas le preguntaban sobre su cruzada contra el colectivo homosexual, cuando el activista gay Tom Higgins se apresuró y le arrojó una tarta de plátano sobre su cara, mientras ella quedaba llorando, captada por las cámaras y rezando por la vida desviada del activista. Es una bonita y divertida metáfora del uso que se le puede dar a la repostería-concesión de la burguesía.

Por lo tanto, la forma de articular nuestra liberación LGTB es dejar de verlo como la liberación LGTB y dejar de organizarnos hacia la mera conquista de la liberación LGTB. Mi recetario contra lo que Daniel Bernabé ya ha bautizado como la Trampa de la diversidad se encuentra más cerca nuestro de lo que creemos, en nuestros pueblos y barrios. Tenemos que recuperar la universalidad política de las asambleas vecinales. Si os pasáis por la asociación de vecinos de El Gancho de Zaragoza encontraréis a personas de todas las etnias, transexuales históricas, travestis locazas, bolleras, profas, punks y sindicalistas, todos unidos y trabajando por causas comunes, por un barrio con ocio digno para la juventud, contra los desahucios, por la escuela pública. Y además existe un respeto desmedido entre todos ellos, supongo que es lo que pasa cuando construimos desde lo que nos une y no desde lo que nos separa, que nuestras vidas se mezclan y toda vieja idea es derribada por un sentimiento de solidaridad de clase, sino que se lo digan a los mineros ingleses.

Este es el modelo de lucha que debemos construir, el de entender que el respeto entre nosotras es necesario para poder organizarnos todas juntas y organizarnos todas juntas es necesario para poder transformar el mundo de raíz. Al final del primer capítulo de la fabulosa serie documental Nosotrxs Somos se escucha una crónica de radio sobre la manifestación por la legalización de los colectivos LGTB y  la derogación de la ley de Peligrosidad Social en 1977 y culmina con la frase: “La libertad es una y es para todos o no es” y esta es precisamente la consigna que debe hacer de timón para recuperar el norte de nuestra estrategia política.

Finalmente, aclarar que este texto está repleto de metáforas y que todas conducen a un destino inequívoco: la revolución se justifica. Así que la próxima vez que alguna o algún gestor de la sociedad de clases nos conceda dulces migajas de los derechos que ellos mismos nos han arrebatado, tengámoslo presente: Nosotras queremos la fábrica, dejad que ellos se coman su condenada tarta. Y si ellos solitos no pueden, estaremos encantadas de ayudarles como Tom a Anita o, si la correlación de fuerzas lo exige, como los jacobinos a Maria Antonieta.

Los comentarios están cerrados.