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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Una historia esencial: Benita y el hada Mandarina

Por Nieves Gascón, (@nigasniluznina)

 

Portada del cuento “Benita y el had Mandarina”

Hay relatos que son especiales, sin lugar a dudas. Al leer y releer la recomendación para este final de Noviembre, me he dado cuenta de que me he estado perdiendo una publicación esencial para nuestra biblioteca infantil y juvenil sobre diversidad afectiva y sexual. Se trata de “Benita y el Hada Mandarina”, de la escritora Juana Cortés Amunárriz y el ilustrador Joao Valente, editado por Nube Ocho, en 2013, una historia para disfrutar a partir de los 7 u 8 años, en adelante y sin límite de edad.

Una novela de iniciación precisamente, en la lectura de novelas y dar otro paso más de las y los más pequeños, hacia el mundo de la literatura juvenil. Llena de ritmo y dinamismo relata la historia de Benita y su familia, formada por dos madres, el abuelo, la protagonista y sus seis hermanos, adoptados en meses consecutivos, menos Benita que se retrasó más en su llegada al hogar, tres meses después de su predecesor, por el tiempo de inactividad y vacaciones del servicio de adopciones.

La historia comienza en el décimo cumpleaños de Benita y con la petición de un deseo cuando apaga las velas. Sin quererlo ha invocado la ayuda de un hada, que aparece una noche en la cocina de su casa.

La situación familiar es crítica porque son muy pobres, tanto que Benita lleva el pelo corto para no gastar champú, hereda toda la ropa de sus hermanos, que cuando le llegan a ella son harapos y que su cinta azul de pelo, la utiliza uno de sus hermanos como cordones para sus zapatos. Su madre, Alberta Rólex, dejó de trabajar como relojera y, a pesar de que el tiempo es oro, porque nadie lleva a reparar relojes cuando se rompen. De esa manera, reparando relojes, conoce a la otra mamá Alice, cuando ésta le lleva su reloj a reparar y lo rompe otras veces más, para poder volver a Alberta.

Benita también vive con su abuelo Maximiliano Bacalao, que fue cocinero de un barco durante años, que hace sopa para la familia con noventa y nueve fideos repartidos, exactamente en once para cada persona, pero lo más importante, que cuenta estupendas historias que hacen a sus nietos y nieta evadirse de su realidad.
Alice, una de las madres, deja su trabajo en una empresa farmacéutica, para perseguir su sueño: ser inventora. Inventa el telescopio, la leche merengada y el café irlandés, el posavasos y el termómetro, la grapadora, el cortaúñas, los rotuladores fluorescentes y una crema para pies magullados.

Sin conseguir grandes avances y tras una crisis de creatividad que le agota hasta perder la razón, Alice desaparece de casa, dejando la tristeza de su ausencia, sobre todo en Alberta, su pareja y en Benita que la echa de menos todos los días.

El hada Mandarina, muy estresada por la cantidad de trabajo que tiene, se ocupa de sesenta niños y niñas, más o menos porque uno es adolescente y pronto dejará de ser niño, decide dar respuesta al deseo de Benita de encontrar a Alice. Mandarina se lamenta de no haber hecho cursos de formación en magia suficientes y está en un momento profesional delicado. Pero comienza la búsqueda por la ciudad, haciendo prácticas de vuelo, planeando, cayendo en picado sobre una catedral o retando a un avión comercial. Se desplaza y pregunta, hasta que encuentra a un búho gigante, Merlín, que le da la pista definitiva para encontrar a Alice: vive sobre un puente, junto a un león y hace de mujer estatua.

Mandarina va a su encuentro y le ayuda a recobrar la memoria hablándole de Benita, sus hijos y de Alberta, su pareja. Le lleva a su casa, en donde Alice, antes de entrar, pregunta cuál era su sueño porque no lo recuerda tampoco. Mandarina, que ha perdido su varita, difícil de reponer por su alto coste en el mercado negro, cuestión que todo el mundo sabe, coge un palo y consigue con magia, contestar a Alice. El hada se da cuenta de que todo el mundo desea algo, Benita, ella misma y la mayoría de las personas, por lo que revela que el gran sueño de Alice es tener una tienda de los deseos para hacerlos realidad.

Alice vuelve a casa y el hada Mandarina dimite para quedarse a trabajar en la tienda de los deseos. Alberta comienza a trabajar de nuevo arreglando relojes de cuco y la situación familiar mejora, hasta el punto de que Benita deja crecer su pelo y aunque le pueden comprar todo lo que desee, no pide vestidos a sus madres, ya que prefiere pantalones para escalar árboles.

Una historia preciosa con riqueza de matices, ternura y mucho humor. Un libro imprescindible con bonitas ilustraciones llenas de detalles como las alas de Mandarina, su vestido y gorros tejidos en lana y estampados, los grandes ojos de Benita, su lunar en la frente y sus pies con chanclas.

Disfruten de nuevo en familia.

¡Hasta pronto!

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