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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Ames a quien ames, seas quien seas, es hora de que todos los países te amen igual

Ana Martínez, responsable trabajo diversidad afectivo sexual Amnistía Internacional España

Foto: Amnistía Internacional

Madrid se encuentra en plena ebullición LGBTI. Estos días la ciudad se ha convertido en el epicentro de la reivindicación de los derechos de lesbianas, gays, bisexuales, trans e intersexuales. La bandera arcoiris ondea con orgullo en todos los rincones. Hay mucho que celebrar. Y todavía más por lo que seguir luchando.

Ningún país del mundo respeta, garantiza y protege los derechos de las personas LGBTI en plena igualdad. En 13 estados, amar a personas del mismo sexo está castigado con la pena de muerte. En otros, con azotes públicos. Y también hay países que, aunque no criminalizan la homosexualidad, sí prohíben o limitan las expresiones públicas de estas personas. No sólo la orientación sexual se penaliza. También la identidad. Las personas trans e intersexuales se enfrentan a diario a las más diversas formas violencia. Decidir quién y cómo ser no es un derecho en todos los países del mundo.

Ni siquiera en aquellos que creemos más avanzados. El finlandés Sakris Kupila era todavía un adolescente cuando se dio cuenta de que el género que se le asignó al nacer no coincidía con el que siente. Desde entonces, ha sufrido en su propia piel el dolor de enfrentarse a un gobierno que no reconoce su identidad. “Recuerdo el momento en que supe que debía ser estéril para cambiar legalmente de género. Fue demoledor. Según el gobierno, no debía tener derecho a disfrutar siquiera de la posibilidad de tener descendencia. Me sentí un monstruo, un enfermo; sentí que me clasificaban como un ser subhumano”. Entonces decidió alzar la voz y luchar por los derechos de las personas trans. Pero no le ha salido barato: ser valiente le ha supuesto acoso, intimidación, amenazas de palizas violentas y hostilidad abierta.

Amnistía Internacional recientemente también denunció cómo en países como Alemania o Dinamarca, los bebés nacidos con características sexuales que no encajan en las normas de lo femenino o lo masculino (bebés intersexuales) corren peligro de ser sometidos a una serie de intervenciones médicas innecesarias, invasivas y traumáticas que violan sus derechos humanos. H. nació en Dinamarca y, al acceder a su historial médico, descubrió accidentalmente que había sido sometido a cirugía a los cinco años: “Cuando pienso en lo que pasó, me enfado enormemente: nadie tendría que haber decidido por mí. Se podía haber esperado”.

La fiesta que vive Madrid estos días tiene, sin embargo, una razón de ser: en los últimos años, se han producido algunos avances legislativos. Según datos de ILGA (la Asociación Internacional de personas LGBTI), 73 estados han incorporado leyes contra la discriminación en el trabajo, nueve contienen una prohibición expresa a la discriminación por orientación sexual en su Constitución, 43 contemplan el agravante por orientación sexual de las víctimas, y otros 39, entre ellos España, recogen expresamente la prohibición a la incitación al odio en sus leyes penales. Además, son ya 22 los estados que han aprobado el matrimonio entre personas del mismo sexo; 18 que recogen la forma de unión y otros cinco que contemplan figuras similares.

Estos progresos alientan a quienes, cada día, se dejan la piel para defender un derecho: que todas las personas gocemos de los mismos derechos en todo el mundo. Que no nos maten por disfrutar de nuestra sexualidad. Que no nos encarcelen por besar a nuestra pareja. Que podamos casarnos o ejercer la paternidad o maternidad. Que no suframos humillaciones por ser quienes somos. Que las leyes no fuercen nuestra identidad de género. Que Sakris pueda terminar la carrera de Medicina y ser padre un día, si así lo desea.

Madrid es un orgullo estos días. Pero es también el espacio donde exigir a todos los gobiernos del mundo que nos dejen amar y ser con libertad.

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