Si hay un personaje peculiar y que generó un gran número de anécdotas a lo largo de toda su vida, ese es sin lugar a dudas Groucho Marx.
En el post de hoy he realizado una selección de media docena de divertidas e ingeniosas anécdotas protagonizadas por el célebre y polifacético Julius Henry Marx (tal y como se llamaba en realidad) y que además no son de las más conocidas.
Inspección en la aduana
Tras regresar de un viaje junto a su esposa, Groucho Marx tuvo que rellenar el típico formulario de inspección aduanera. Haciendo gala de su irónico y peculiar humor contestó algunas de las preguntas con respuestas de lo más absurdas, entre las que indicó que su profesión era la de contrabandista.
Eso hizo sospechar a los agentes, por lo que decidieron cachearle y registrar su equipaje. Tal y como acabaron su trabajo de inspección, Groucho se giró hacia su mujer y le preguntó:
«¿Qué has hecho con el opio? ¿Todavía lo llevas encima?»
El valor de la propiedad
En cierta ocasión Groucho se encontró con un conocido que estaba exultante de felicidad tras haberse comprado una fabulosa propiedad frente al mar. Tras ser preguntado sobre su opinión respecto a la importancia de la adquisición, el actor contestó:
«No creo que valga mucho. Le quitamos el océano y ¿qué tienes?»
Hijos a porrillos
Durante la etapa en la que compagino su carrera de actor con la de presentador del concurso “You Bet Your Life” (Apueste su vida), Groucho Marx entrevistó a una concursante que había dado a luz 22 hijos.
«Amo mucho a mi marido» explicó la orgullosa madre y feliz esposa.
A lo que Groucho replicó:
«A mí también me gusta mi puro, pero me lo saco de vez en cuando»
El amable director del banco
Tras recibir una carta del banco, el director de la entidad se despedía con extrema amabilidad y cordialidad, emplazando a Groucho Marx a llamarlo si necesitaba cualquier cosa de él.
Ni corto ni perezoso, el humorista escribió la siguiente carta de respuesta:
«Estimado señor, lo mejor que podría hacer por mí, si es su deseo servirme, es robar un poco de dinero de la cuenta de uno de sus clientes más ricos e ingresarlo a la mía»
Un jardinero sin precio
Un día, mientras Groucho Marx se encontraba trabajando en su jardín, equipado con un desgastado atuendo de jardinería, una mujer detuvo su Cadillac frente a la casa y trató de convencer al “jardinero” para que trabajara para ella.
«¿Cuánto le paga la señora de la casa» le preguntó la mujer.
A lo que Groucho respondió:
«Oh, no me paga en dólares. La señora de la casa tan sólo me deja dormir con ella»
Las visitas del viejo Groucho
Con ochenta años y ya retirado del mundo del espectáculo, Groucho Marx adquirió la costumbre de ir cada día a visitar a su amigo y vecino Sidney Sheldon (célebre escritor y guionista premiado en multitud de ocasiones).
Entre las rutinas del anciano Groucho estaba la de tomar un aperitivo en casa de su amigo, que consistía en una manzana y un trozo de queso.
Ya podía llover, nevar o hacer un sofocante calor, que Groucho estaba allí cada día.
Pero al matrimonio Sheldon le surgió la ocasión de ir a vivir una temporada a Roma, por lo que decidieron alquilar la casa durante su periodo de ausencia. Al cabo de unos días Sidney Sheldon recibió una carta de su inquilino que decía:
«Estimado Sidney, nos encanta la casa, pero hay una cosa extraña, ya que todas las tardes se presenta aquí un viejecito, de entre 85 y 90 años, que llama a nuestra puerta y pide un poco de queso y una manzana. Va demasiado bien vestido para ser un vagabundo. Por favor ¿puede decirnos quién es?»

Rectificar es de sabios
El médico ni de lejos
Ganarse la vida como uno puede
Contando cornudos
Forain y su animadversión al teléfono
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Aplausos “reales” para Lennon
Fuente de inspiración
Genio y figura hasta la sepultura
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Compositor de copia y pega
Repentino ataque de pánico antes de actuar
Las tres cosas preferidas de Gluck
Una demostración de amistad sincera
La reencarnación de Toscanini
El General Patton y las trincheras
Puros en buena compañía
La suegra de Foch
Klemens Von Metternich y las bayonetas
Con la autoridad de George Washington
Balas como Moscas
Canas por culpa de un susto
Reparto de condecoraciones sin ton ni son
Los verdaderos motivos de la guerra
La costumbre de llegar tarde al trabajo
Enemigos íntimos
Una obra inédita
Un Nobel gruñón
El envidiado Cánovas del Castillo
Los años pasan para todos
Teorías sobre los hijos
Borges y los caníbales
La disculpa de Kafka
Cela y el Premio Nobel















El fundidor de medallas

A través de esta entrada os quiero presentar mi nuevo proyecto, en el que llevo trabajando varias semanas y que está en marcha desde hace un par de días:


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