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Participa en nuestro concurso de verano para manitas

Reconócelo: casi siempre, las cosas que no salen como te esperabas durante las vacaciones son las que más veces cuentas y recuerdas a tu regreso. Y lo mismo sucede con los lugares que habitas cuando estás de viaje: una casa rural “demasiado rural” y llena de bichos, un sistema eléctrico que falla cada dos por tres y te deja a oscuras cada noche (con las románticas posibilidades que esto te ofrece), una mascota rebelde, una cocina que no funciona…

Porque son anécdotas realmente divertidas, porque hacen de tu viaje una experiencia única e irrepetible, y porque te dan la oportunidad de sacar al McGyver que llevas dentro. Estos pequeños desastres domésticos son los que transforman un viaje en una auténtica aventura.

Por eso vamos a premiar la capacidad de reacción de nuestros lectores con una herramienta que hará las delicias de todo manitas: un flamante atornillador eléctrico de Black&Decker ideal para cualquier tarea de bricolaje del hogar. Para conseguirlo, sigue leyendo después de la imagen, y te cuento cómo podrás demostrar que tienes los mejores reflejos viajeros…

El premio de nuestro concurso para Manias: un estupendo atornillador eléctrico para ayudarte en tus trabajitos caseros.

¿CÓMO?

Muy sencillo: cuéntanos cuál es el mayor reto para un manitas al que te has enfrentado estando de vacaciones. ¿Se fue la luz en aquella casa rural asturiana y superaste el miedo para traerla de vuelta con tu maña? ¿La tubería del lavabo goteaba incesantemente y enrollaste un cinturón intentando pararlo?  ¿Te encontraste con puertas de armarios vivas que se cayeron según las abriste y las arreglaste con ese multiusos mágico que, como buen manitas, llevas siempre en el bolsillo?

Eso, amigo mío, es que tú también tienes mucho oficio. Así que narra tu aventura comentando en este post y un jurado compuesto por los más aventureros de Reparalia se reunirá para decidir cuál de vosotros es el más astuto de entre todos los manitas viajeros a partir de la aventura más sorprendente recibida.

RECUERDA:

-Cuéntanos cuál es el imprevisto más extraordinario o difícil al que te enfrentaste estando de viaje y cómo lo resolviste: la historia más original con la solución más ingeniosa se llevará el premio.

-Ojo, tiene que suceder en un ámbito doméstico, en tu “hogar de vacaciones”: un hotel o casa rural, tu casa de alquiler, sus inmediaciones (jardín, piscina, etc.).

-Plazo de participación: desde hoy mismo hasta el 20 de septiembre a las 23:59. (bases del concurso)

-¡Y no olvides firmar con nombre y apellidos para asegurarnos de que eres el autor del comentario ganador!

El lunes 1 de octubre comunicaré en este blog el ganador, que solo tendrá que dejarme su dirección postal en salvadordelacasa@reparalia.es para que le envíe el premio.

Yo estoy impaciente por vivir mi propia aventura veraniega… ¿Y tú? ¿Serás el o la crack de los imprevistos que se lleve el atornillador? La segunda historia más mañosa se llevará gratis un Servicio Club Hogar de Reparalia que incluye las reparaciones urgentes de tu hogar (desplazamiento y 2 horas de mano de obra en cristalería, fontanería, electricidad y cerrajería) y, además, 2 Servicios de Manitas de 2 horas cada uno al año… ¡Igual hasta nos conocemos! Y por último, cómo no hay dos sin tres, a la emocionante aventura clasificada en tercer lugar le regalaremos un Servicio de Reparaciones Urgentes de Reparalia, del que podrá disfrutar durante todo 1 año entero. ¿No está mal, verdad?

Más vale maña que fuerza. Así que… ¡que la maña os acompañe estas vacaciones, jóvenes Skywalker!

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Juan G. Masero

    Hola, buenas noches, en mi caso monté una escapada romántica a una casa rural preciosa en la Sierra de Granada, para celebrar un año con mi pareja. Cuando llegué allí todo era tal y como las fotos prometían: vistas a la montaña, a la ciudad, un jardín precioso y bien cuidado, varias estancias muy románticas… y el jacuzzi. Roto.

    La joya de mi plan, y no funcionaba. El agua estaba fría y no había manera de calentarla. Así que después de darle muchas vueltas, y tras convencer a mi chica de darse una buena siesta después de una mañana de playa, compré una manguera de varios metros en un supermercado cercano y empalmé la salida del grifo de la cocina con la entrada del jacuzzi. Menudo cuadro. Y mientras lo rellenaba con el agua todo lo caliente que podía conseguir aquel viejo calentador, yo iba calentando más en una olla gigante en los fuegos de la cocina, y en un recipiente en el microondas.

    Cuando la oí despertarse el jacuzzi estaba listo y humeante, así que intenté como un loco sacar la manguera para completar la sorpresa. Y justo cuando apareció delante de mi pegué el último tirón a la manguera: el que me roció con agua hirviendo por toda la cara. No sé si le gustó más la sorpresa (el jacuzzi duró caliente 5 minutos, lo suficiente como para cansarse de él…) o las risas que se echó a mi costa. Pero algo debió funcionar o yo debo ser muy buen “manitas”, porque aquí seguimos!

    Saludos pacenses!

    Juan G. Masero

    01 Agosto 2012 | 21:43

  2. Dice ser Daniel Vallejo

    que curioso, yo también me gané el respeto de mi mujer por el resto de mis días (espero!) con una chapuza a lo MacGyver que me curré en un viajecito que hicimos a la playa, a una calita de Alicante concretamente. Cuando llegamos observé que la casa que nos había dejado un amigo tenía un agujero en el techo, y como nos habían dicho que podía llover en los próximos días, busqué con qué taparlo.

    En el garaje solo había sacos de serrín, así que recordé un campamento de verano de cuando era chico, en el que nos enseñaron a hacer piezas de “cerámica” de serrín, y le añadí harina que encontré en la cocina y agua. Todo eso envuelto en una bolsa de plástico, al congelador durante un ratito, y después me subí con ello al tejado y modelé una “teja” a medida para cubrir el agujero. Cuando se secó un poco y tenía ya consistencia, lo metí en un hornillo y se endureció del todo. Total, 4 horas, entre las cuales nos dimos un par de bañitos en la playita que había a escasos 50 metros de la casa.

    Sujeté mi pieza de tetris a medida con un poco de silicona y bajé del tejado dando unas palmadas ante mi mujer, que me miraba con la boca abierta y los ojos como platos. Tuve la suerte de que el agujero estaba justo encima del dormitorio, así que cada día al irnos a la cama, durante dos semanas enteras, ella rememoraba la hazaña y me abrazaba al dormir como si fuese su héroe de Supervivientes. Por suerte llovió bastante un par de días. Porque por suerte aquello no cedió ni una sola gota.

    Una chapuza en toda regla que hoy mi mujer sigue recordando en todas las reuniones (un lujo para el que yo tengo ensayadísima mi cara de modestia).

    02 Agosto 2012 | 13:01

  3. Dice ser Amaia Casanueva

    El protagonista de mi historia no soy yo, sino mi padre, pero la contaré igual porque me enseñó dos grandes cosas que han marcado el resto de mi vida: mi deporte favorito, y a saber sacar el máximo provecho de cada cosa al alcance de mi mano.

    Nosotros solíamos veranear durante mi infancia en una pequeña casa en la costa de Vizcaya, en un pueblito de pescadores que me guardaré de desvelar para mantener el secreto familiar. Allí disponíamos de una pequeña playita para nosotros y un par de casas más, era idílico. Un verano, a nuestra llegada, descubrimos que habían entrado en nuestra casa y se habían llevado prácticamente todo. Así que teníamos por delante casi un agosto entero sin televisión, sin música… hasta los libros, último refugio para niños como éramos mi hermano y yo, habían volado. Mi padre supo guardar la compostura delante de nosotros. Primera gran lección. Aquello nos hizo ver que no era tan importante. Que perder el contenido de la vivienda no iba a fastidiarnos las vacaciones, pues aún teníamos el continente. Y a todos nosotros.

    Así que la primera tarde, después de arreglar los desperfectos en puertas, ventanas y muebles, mi padre nos llamó a mi hermano y a mi fuera de la casa. Cuando salimos, él estaba en la playa, con un bote de pintura roja y otro de pintura blanca, y dos pequeñas brochas. A su lado, una pila de cuadrados de pizarra negra, que le habían sobrado de reparar el tejado de la casa tras un temporal. “Vamos a jugar”, nos dijo sonriendo. “Es hora de que os enseñe a qué juego con vuestro abuelo durante horas”.

    Nos hizo recoger 16 conchas grandes a cada uno, sin más explicaciones. Después, él dibujó un gran cuadrado en la arena, a salvo del mar, y lo subdividió como un tiralíneas en 64 pequeños cuadrados, a razón de 8 filas por 8 columnas. Seleccionamos los 64 trozos de pizarra más grandes y cuadrados, y pintamos la mitad de cada color: 32 rojas y 32 blancas. Rellenamos con ellas esa extraña cuadrícula de mi padre: una pizarra blanca, una roja, una blanca, una roja… y después nos dio una brocha y un bote de pintura a cada uno. Y nos ayudó a dibujar a cada uno la misma serie de figuras en las conchas: una reina, un rey, dos caballos, dos torres…

    Como ya habréis adivinado, mis primeros cientos de partidas de ajedrez se jugaron con el rumor de las olas a solo unos metros. Nunca volví a casa tan morena como aquel verano, en el que pasamos horas y más horas bajo el sol meditando la siguiente jugada, lanzando con rabia al mar alguna concha-rey cuando la conquistábamos después de perder varias partidas, y teniendo que sacar la brocha de nuevo.

    No quiero pensar que fueron unas vacaciones insuperables, aunque supusiesen el comienzo de una tradición, de una herencia, de mi pequeña carrera como jugadora “amateur”. Pero desde luego sé que serán siempre inigualables. Y todo, gracias a que donde los demás verían una pila de pizarras inservibles y un poco de pintura, mi padre supo enseñarnos un campo de batalla y mil luchas por disputar junto al mar. Eso es para mi ser un manitas de primera.

    08 Agosto 2012 | 3:03

  4. Dice ser Virginia Garcia Garcia

    Bueno, recojo el guante. A mí no se me da tan bien contar historias como a los otros participantes, pero quiero contar mi primera experiencia porque al menos, si no gano, servirá para que todos los que la lean se conciencien con la realidad que viven muchas personas lejos de nuestro (más o menos decente) bienestar, y sepan que pueden convertir sus vacaciones en una experiencia increíble, inolvidable y muy muy enriquecedora.

    La cosa es que con 19 años viví mis primeras vacaciones con novio. Mis primeras vacaciones en el extranjero y con novio, quiero decir, aún más emocionante. Y como él quería practicar inglés, pues no se le ocurrió otra cosa que meterme en un viaje solidario a través de la Comunidad de Madrid con destino a un Campo de Trabajo en un pequeño pueblo a 20 kilómetros de Varsovia. Capital de Polonia. Sí: para practicar inglés.

    Desde que aterrizamos y nos recogió aquel grupo, todo pareció un chiste: 15 participantes, 11 nacionalidades (a ver si recuerdo todas: 3 españoles contándonos a nosotros, 2 polacas, 2 alemanas, 1 canadiense, 1 inglesa, 1 finlandesa, 1 coreana, 1 checo, 1 irlandesa… vale, me he olvidado de los otros 2, really, really sorry…). Total, que fueron dos semanas de convivencia –comíamos y dormíamos todos juntos, en sacos de acampada, en el interior de un gran pabellón y sobre las líneas divisorias del parquet de una cancha de tenis. La experiencia humana fue brutal, comparando clichés nacionales con realidades a cada momento, aprendiendo cosas nuevas minuto tras otro.

    El trabajo era reconstruir un viejo hospital para adaptarlo a su nuevo uso: dar cobijo a niños y adolescentes con desórdenes psicológicos y/o adicción a las drogas. Ellos andaban por allí cerca mientras nosotros tirábamos abajo viejos muros y paredes, arreglábamos vallas y alambradas, pintábamos paredes y farolas, podábamos árboles… y a veces oíamos sus gritos desesperados. Gritos de auténtica locura. Olvidaos de cualquier película de miedo porque esos gritos sí que te ponían la carne de pollo.

    Así que en mis primeras vacaciones largas/con-novio/en-el-extranjero me convertí en toda una manitas solidaria. Aprendí a rascar vallas oxidadas (allí no hay dinero para vallas nuevas), a colocar ladrillos para formar una pared, a pintar árboles dañados con no-sé-qué pasta para, según nos decían, protegerlos de enfermedades. Hasta colaboré tirando abajo muros con un martillo (aunque esto al final era terreno abonado para los chicos y la irlandesa, que medía casi metro noventa). Y todo aquello, ganando amigos y descubriendo lo afortunados que somos por aquí, por mucho que repitamos que hay crisis, que hay crisis, que hay crisis…

    Así que no os recomiendo gastaros una pasta gansa en ir a República Dominicana o a Indonesia. Bueno, sí, qué narices… pero antes, para ser personas y mereceos aquellas vistas, pasad por aquí e informaros.

    http://www.madrid.org/cs/Satellite?cid=1155285600307&language=es&pagename=PortalJoven%2FPage%2FJUVE_contenidoFinal

    Lleváos novios/as y amigos. Veréis como los próximos en recomendarlo sois vosotros.
    Besos y gracias,
    Vir

    22 Agosto 2012 | 12:35

  5. Dice ser Novatillo

    La gota que no te deja dormir

    Sí, sí, así comenzó mi verano. Cantabria, una cabaña rehabilitada y convertida en alojamiento rural, rodeada de pastos verdes, olor a campo y cerca del mar. Un lugar idílico donde perderse y disfrutar de la paz y tranquilidad con mi mujer y mis dos hijos pequeños.

    La primera noche nos sorprendió la lluvia, ya sabemos que el agua en esta tierra no pide permiso para dejarse ver y regarlo todo. Un continuo “tac, tac” irrumpió en el cuarto de mis hijos que, junto con los truenos que acompañaban la tormenta, hicieron que durmiéramos todos en nuestra habitación “muy juntitos”. Puff, menuda nochecita!

    En mi ánimo de resolver la situación a lo Mac Geever, como dices tú, cogí mi capa de montaña y la clavé en el techo haciendo una especie de impermeabilización que impidiera que el agua continuara con su molesto repiqueteo. Misión cumplida! Más o menos, pudimos dormir.

    A la mañana siguiente, procedí a levantar mi “apaño”. Una especie de bolsa colgaba del techo, recogiendo una cantidad considerable de agua. En cuanto desprendí el primer clavo, me cayó todo un chaparrón encima, con las consiguientes carcajadas de mi familia.

    No tuvimos más remedio que recurrir a la ayuda de un experto que arregló el tejado y recolocó las tejas.

    Nuestra aventura nocturna y pasada por agua se ha convertido en la anécdota del verano que mi familia recuerda entre risas.

    17 Septiembre 2012 | 10:10

  6. Dice ser Teresa

    Yo sin lugar a dudas recuerdo con muchísimo cariño los dos últimos muebles que he montado en mi casa, en concreto una mesa de oficina y un mueble zapatero porque me ha ayudado con toda su ilusion mi hija de año y medio. Tengo que reconocer que a mi me relaja el bricolaje en general, pero en esta ocasion ha sido especialmente divertido.

    Cuando monté la mesa, ella tenia un año y poco. Yo que estaba tan ilusionada montando la mesa de mi futuro despacho, la dejé al lado mío en su amaca para que me viera mientras trasteaba con maderas y demás, y de pronto ella salió corriendo a su habitación y volvió con un palito de plástico de uno de sus juguetes y se me quedó mirando, como diciendo ¿puedo ayudarte mamá? jajaja, se me caian las lágrimas de la risa. Así que se puso a repasar con su palito todos los huecos donde yo había ido atornillando. Nos quedó fantástica!!!!!!

    Y con el zapatero sucedió otro tanto. Supongo que en esta ocasion ya había olvidado el montaje de la mesa, porque para un bebé unos meses son siglos. Una mañana estaba yo metida en faena con el nuevo zapatero y ella estaba por allí armando escándalo con un xilófono que tiene un martillito para hacer sonar las diferentes placas. En esto que estaba yo enfrascada con las instrucciones porque había una pieza que no aparecía por ningún lado, ella decidió que la solución para terminar el zapatero era a martillazo limpio, jajaja, menos mal que su martillito era de madera.

    20 Septiembre 2012 | 18:50

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