Entradas etiquetadas como ‘Susan Sontag’

‘Selfies’ desgarradores como crímenes

Lee Friendlander - Haverstraw, New York, 1966

Lee Friedlander – Haverstraw, New York, 1966

Lee Friedlander conduciendo un automóvil alquilado: lo hizo durante meses, retratando siempre con el parabrisas o las ventanas como marcos añadidos a la realidad externa, temible y fría. En la imagen se muestra como un ser martirizado por el insomnio, cegado por la llamada arrolladora del asfalto: es el conductor con quien no desearías cruzarte en contra dirección. El autorretrato podría llevar aparejada una adenda informativa —la dolorosa artritis reumatoide del fotógrafo, la capacidad perdida para moverse libremente por el mundo y retratar mientras caminas, el peso doloroso de la cámara, una carga que duele como un amor tóxico—, pero todo es verborrea y la imagen basta.

Diane Arbus - Selfportrait with Doon, 1945

Diane Arbus – Selfportrait with Doon, 1945

Diane Arbus y su primer hijo, Doon. La fotógrafa, que tenía 22 años y aún no era legendaria, abraza al niño con una delicadeza torpe en la toma de la izquierda. A la derecha parece que el bebé resbala hacia el suelo. Los ojos de Arbus duelen de tanto miedo como acumulan. «No puedo hacer fotos porque quiero retratar el mal», diría en uno de los muchos momentos de angustia depresiva de su carrera. El temprano doble autorretrato contiene la misma declaración pero en un flashback infernal y se hace premonición: uno sabe que esa mujer acabará cortándose las venas, no sin antes tragar un buen puñado de barbitúricos para filtrar el dolor final.

Pieter Hugo - Pieter and Sophia Hugo at Home in Cape Town

Pieter Hugo – Pieter and Sophia Hugo at Home in Cape Town, 2012

Pieter Hugo se retrata con su primogénita, Sophia. Nacido en Ciudad del Cabo en 1976 y todavía vecino de Sudáfrica, una de las naciones más violentas del mundo, el fotógrafo se había dedicado poco antes de la foto a concluir una serie para intentar responder a una gran duda: ¿vale la pena seguir en el país y atreverse a criar a un hijo en un ambiente tan marcado por «las fracturas y la esquizofrenia»?. El autorretrato de padre e hija desnudos no es una imagen dichosa. Las pieles vulnerables y la sensación de incomodidad desvelan un porvenir quebradizo y contienen alguna que otra brutalidad estadística: 50 muertes violentas al día, más de 60.000 asaltos sexuales al año (Sudáfrica encabeza el ranking mundial), una pobreza rampante y creciente violencia xenófoba contra los emigrantes y refugiados de los países vecinos—.

¿Por qué me asustan y desquician las tres fotos? Porque son autorretratos y están tomadas, precisamente, por el mejor de los matarifes: el fotógrafo que decide someterse a la posesión —y toda posesión es muerte— de despellejarse. El aurorretato sólo vale la pena si la víctima es también un asesino, el asesino de sí mismo.

La fotografía es poco segura o no es, insinuaba Roland Barthes en el ensayo La cámara lúcida. La afirmación lleva pareja la idea de que cada foto provoca un desorden de emociones y, si realmente se trata de una foto intensa —tan intensa que permite cerrar los ojos al espectador y mantener el sentimiento—, el fotógrafo ha desafiado «las leyes de lo probable, de lo posible y de lo interesante” sin perder en el camino la capacidad de sorprender.

Creo que las tres fotos de arriba cumplen: evitan la indiferencia y moldean un lenguaje que podría tener la forma de un grito animal a partir de un objeto inerte —una imagen sobre un papel—. A todas se les puede aplicar la norma según la cual un retrato sólo vale la pena, como afirmaba Henri Cartier-Bresson, si la cámara está situada «entre la piel y la camisa del retratado».

Sobre el pavimento, tejiendo autoemulaciones en las cristaleras de los comercios, jugando a la evidencia con los espejos… La sombra de Vivian Maier, niñera a tiempo casi completo y fotógrafa en los resquicios, abandonando para nadie —si la fotografía es satisfactoria para el fotógrafo, ¿a quién más debe importar?— 40.000 negativos que fueron descubiertos muchas décadas después en el desconcierto polvoriento de un guardamuebles.

En la «inmaculada misión de fotografiar el mundo como abrazándolo, sin más comentario que el contacto», como escribí en otra entrada de este blog, ella misma una sombra como la del pavimento, la fotógrafa-niñera se autorretrató a menudo, joven, despierta y armada siempre con la inseparable cámara Rolleiflex de medio formato, ejerciendo otro de los canócicos guiños de muchos selfies: el fotógrafo se expone con el arma del delito, quiere sugerir qué calibre es el más letal.

Si toda fotografía es terrorífica porque nos permite apropiarnos de la vulnerabilidada ajena —el «asesinato suave» del que hablaba Susan Sontang—, tal vez los autorretratos sean lo más cerca que un fotógrafo puede estar de su propia muerte. En estos tiempos en que la desvergüenza es entendida como una de las formas del sentido del humor y el atrevimiento se ha convertido en un valor seguro —cierto atrevimiento, debe anotarse, porque casi nadie se atreve a la intrepidez de los valientes: afirmar que todos somos culpables del mal olor, que la pestilencia es colectiva—, el autorretato, el selfie, as they say, se ha convertido en paleolítico, primario, condenadamente imbécil.

«El estilo de una persona es el espejo que muestra su propio retrato», afirmaba Goethe. La frase es complementaria con otra de Oscar Wilde: «Todo retrato con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo». ¿Qué dice de nosotros el puzzle universal que podría componerse con las piezas de los millones de selfies que desbordan el éter binario e intangible de las redes socialesel 91% de los adolescentes suben actualmente autorretratos a sus perfiles, cuando el porcentaje era del 79% en 2006? Que estamos más solos que nunca, quizá. Que nuestro sentido del pudor es el mismo que el de una gallina ponedora, podría añadirse dado el cerril resultado de las e-convocatorias mundiales para compartir selfies.

No me pidan que busque algo en el autorretrato que las hermanas Obama se están haciendo en el selfie muy difundido, compartido y comentado —con el smartphone de cámara frontal, por supuesto—. Sólo veo autohumillación y convicción —lo contrario a la necesaria inseguridad fotográfica que predicaba Barthes—.

Sasha y Malia Obama se hacen un 'selfie', 2012

Sasha y Malia Obama se hacen un ‘selfie’, 2012

Hace unos días escribí sobre Robert Cornelius, el autor, hace 175 años, del primer autorretrato del que se tiene constancia. Repito unas líneas de la entrada. «No entiendo (…) cómo es posible que el virus haya llegado tan lejos: tengo amigos sociales que se reinventan fotográficamente cada dia, reescribiéndose con selfies que son tan malos (es decir, que dicen tan poco y, cuando dicen, es tontería lo que cuentan) hoy como ayer y como mañana; conozco personajes que consideran honesto y francamente divertido hacer caritas y entregarlas al mundo como memento mori cotidiano».

Antes de dejarles otros cuantos autorretratos más desgarradores que crímenes, copio otra frase de Barthes que aconsejería leer a cualquiera antes de atreverse con un selfie: «La fotografía permite cerrar los ojos, los abrimos y sigue ahí (…), por eso debe ser silenciosa. En la foto no hay un fuera de campo, lo que ocurre solo ocurre dentro». Por favor, autores de selfies, dejen de gritarme al oído.

Ánxel Grove

 

El fotógrafo ‘más polémico’ es un caradura

"The Twins", 2010 © Jonathan Hobin

"The Twins", 2010 © Jonathan Hobin

Dos niños juegan en una de esas placenteras habitaciones infantiles del Primer Mundo donde han pintado nubes en las paredes  como fórmula ritual de mostrar buen gusto y carácter open minded —»no creo en Dios, ¿sabes?, soy ateo, que haya pintado el cuarto de mis hijos como una iglesia es casualidad»—.

Los niños recrean el momento del 11 de septiembre de 2001 en que el vuelo 175 de United está a punto de embestir contra la torre sur del World Trade Center. Hay personas saltando de la primera torre atacada, llamas saliendo del edificio y equipos de rescate en acción. Uno de los críos lleva un casco de bombero, es claramente caucásico y parece inocente. El otro, el que sostiene el avión, lleva capucha y tiene mirada maligna. La foto se titula Las Gemelas (The Twins).

El autor de la foto, el canadiense Jonathan Hobin, está acostumbrado a montarla. Cuando hace dos años expuso la foto de los niños jugando al 11-S le acusaron de manipular y explotar a los críos. Aunque Hobin se defendió con el argumentario habitual —libertad de expresión artística, análisis de la sociedad contemporánea y demás zarandajas—, las fotos huelen a chamusquina, un sustantivo inapropiado si lo relacionamos con los atentados, pero bastante adecuado para juzgar a un artista cuya imaginación tiene la altura del rodapié de la habitación-plató donde escenificó su montaje. Hubo otros, con críos jugando a las torturas en la cárcel de Abu Ghraib o a la indefensión durante el huracán Katrina.

"Little Lady / Little Man", 2012

"The Deathbed", 2012 © Jonathan Hobin

La señora de la foto de la izquierda está a punto de morir en una cama de hospital. Se llamaba Marjorie Ann Merrill, Grammie, y falleció en enero de 2010, a los 91 años, pocos minutos después del click. La foto en el lecho de muerte la hizo su nieto, Jonathan Hobin. Cuatro años antes había retratado el cadáver del marido de Grammie, William Merrill, Pop.

En Ottawa se han alzado voces contra las fotos por sacar partido comercial de la muerte y mostrarla de manera muy explícita.

Una de dos: o en Ottawa, patria chica de Hobin, abundan los meapilas, o el fotógrafo es un calienta conciencias que vive de los clichés que acaso eran tabús para la generación de sus abuelos. En ambos supuestos Hobin queda como un arribista.

Hobin está acreditado para retratar las muertes cercanas y documentarlas desde el dolor, por supuesto, pero toma al resto de los humanos por indocumentados culturales cuando describe su proyecto —se titula Little Lady / Little Man y está expuesto en la galería del ayuntamiento de Otawa, es decir, con dineritos públicos por medio— como la obra fundacional de un género y una exploración pionera sobre la «renuncia de lo físico» y la «evenescencia de la vida».

"The Last Breath", 2012

"The Last Breath", 2012 © Jonathan Hobin

Por citar a la más mediática —con frecuencia hasta niveles que provocan náusea—, Annie Leibovitz fotografió con ternura, dolor y cariño todas las fases del cáncer que mató a su amante, la rebelde ensayista Susan Sontag (1933-2004). También retrató el cadáver y también expuso la foto, pero en su manera de mostrarla, dentro de «un estuche de imágenes portátiles«, sedimentadas y profundas, no hay nada parecido al estruendo de fanfarria con que Hobin habla de las fotos de sus abuelos, de las que ningún fotógrafo podría estar orgulloso: son efectistas, están forzadas en el enfoque y ni siquiera tienen un corte interesante.

En algún medio he leído que Hobin es «el más polémico artista de Ottawa». Venden barata la categoría.

Ánxel Grove

Que la vida se quede afuera

Bruce Davidson, 1960

Bruce Davidson - "Girl with Kitten", Londres, 1960

El autor de la foto de la izquierda, el gran Bruce Davidson, ha llamado de forma conmovedora a las puertas del pasado para intentar recobrar, 51 años despúes, a la protagonista de uno de sus retratos de calle.

Quiere saber quién es la chica a la que congeló en  una película en 1960, en las calles de Londres. Dice no soportar la ausencia.

El veterano reportero, que tiene 77 años, modula la voz con glosario de enamorado: «Su hermosa inocencia llena de esperanza y su rostro misterioso han estado conmigo desde entonces«.

En uno de sus ensayos Susan Sontag, equipara la fotografía a una «empresa de notación» mediante la cual «observamos, tomamos nota, reconocemos».

Roland Barthes cree, al contrario, que la fotografía «no se percibe más que verbalizada».

Creo que Davidson lucha por no ahogarse entre esas dos corrientes: tiene las palabras, pero no las reconoce.

¿Por qué no basta para consolar al maestro la imagen por sí misma? ¿No es pie de foto suficiente el que componen, como notación, el saco de dormir en bandolera, la mirada sin foco y el gato de callejón?

Una de las mejores fotógrafas de todos los tiempos, Diane Arbus («mi pasión es ir a donde nunca he ido»), se comprometía hasta tal punto con sus modelos (casi siempre outsiders a la deriva) que desaparecía durante días para entrar en las vidas ajenas, en las casas ajenas, en los mundos incomprensibles (por ajenos)…

Acaso la constatación de que padecemos la carencia de ser en el otro contribuyó a que Arbus decidiera abandonar la búsqueda tomando un buen puñado de barbitúricos.

Diane Arbus - "Child with Toy Hand Grenade in Central Park", New York City, 1962

Diane Arbus - "Child with Toy Hand Grenade in Central Park", New York, 1962

¿Qué habrá sido del niño sulfúrico que Arbus retrató, granada en mano, en 1962? ¿Significó algo ese juego en su devenir? ¿Murió en un selva húmeda de Camboya? ¿Cuelga una copia de la foto de Arbus -señora a la que apenas recuerda- al lado de su título de Leyes por Cornell?

Las cámaras, como todo supuesto artilugio (o artificio: ahí están Facebook, Twitter y los otros mundos) para reproducir la vida, no hacen más que repudiarla.

«Tragamos el mal, nos atragantamos con el bien», sostenía el poeta Wallace Stevens. «No puedes fiarte de tus ojos si tu imaginación no está enfocada», había anotado mucho antes Mark Twain.

En otra foto de Davidson, una de las mejores (forma parte de Brooklyn Gang, de 1959), una pareja de jóvenes se besa en el asiento trasero de un atomóvil. Parecen regresar de la playa. Lo intuímos porque otras fotografías del reportaje muestran a la pandilla en el arenal de Coney Island.

Bruce Davidson - "Brooklyn Gang", Brooklyn-NY, 1959

Bruce Davidson - "Brooklyn Gang", Brooklyn-NY, 1959

No sé si Davidson anotó en este caso las filiaciones de los modelos, volvió a verlos, supo el amargo futuro de alienación que predicen para ellos las desoladoras fotos…

Arbus sostenía que «una fotografía es un secreto sobre un secreto. Cuanto más te dice, menos sabes».

«La mirada, y el acopio de los fragmentos de la mirada, nunca pueden completarse», proclamaba Sontag.

Creo que no sólo no pueden completarse, sino que no deben completarse.

Es mejor no saber, no dejar que la vida contamine la notación.

Ánxel Grove

 

Veinte razones para seguir aullando

Emile Cioran (1911- 1995) Foto: Editions del'Herneok

Emile Cioran (1911- 1995) Foto: Editions del'Herneok

1. Emile Cioran, el «filósofo aullador», como el mismo gustaba de llamarse, nació hace un siglo, el 8 de abril de 1911, en un pueblo de la rumana Transilvania, Rasinari. La zona pertenecía entonces al Imperio Austrohúngaro. Su padre era sacerdote ortodoxo.

2. De niño a Cioran le gustaban las manzanas, los libros de Diderot y Tagore, las caminatas y las visitas al cementerio en busca de calaveras para jugar con ellas al fútbol.

3. Desde que dejó Rumanía, en 1937, nunca regresó. Confesaba que sólo estaría dispuesto a hacerlo para volver a Rasinari. En la aldea hay una Pensión Cioran donde aseguran que contarán al visitante anécdotas de la niñez del escritor. Es dudoso que sea cierto.

4. Sufrió de insomnio desde la adolescencia, una etapa que pasó “entre bibliotecas y burdeles”.

5. A los 23 años, en su primer libro, En las cimas de la desesperación, escribió: “Soy uno de esos que, por millones, se arrastran sobre la superficie de la tierra. Uno más solamente. Esa banalidad justifica cualquier conclusión, cualquier conducta: libertinaje, castidad, suicidio, trabajo, crimen, pereza, rebeldía. Cada cual tiene razón en hacer lo que hace”.

5. En 1935, cuando ya se había manifestado como un nihilista convencido de la futilidad de la vida y de que «cada ser es un himno destruido», su madre le dijo: “Si supiese que ibas a sufrir tanto, habría abortado”.

6. En 1937 flirteó con el ideario fascista de la Guardia de Hierro. Fue un acercamiento sólo teórico del que se arrepintió toda su vida («era un pretencioso y un estúpido»). Le han crucificado por aquellos pecados de pensamiento.

7. Ese mismo año se fue a Francia con una beca. En París, como era de prever, no pisó la Sorbona. Empleó el dinero de la beca en recorrer el país en bicicleta. En cada ciudad universitaria pedía que le invitasen en el comedor de las facultades de Filosofía. No dormía ni un minuto. Caminaba o pedaleaba durante a la luz de la luna.

8. Una noche, ante un matadero, comprobó como las vacas se negaban a avanzar hacia la cuchillada final y se sintió como una de ellas:  “Esta escena es la misma que cuando, rechazado por el sueño, no tengo fuerzas para afrontar el suplicio cotidiano del tiempo”.

9. Un amanecer, al borde del mar, le torturó el griterío de una bandada de gaviotas. Las espantó a pedradas. “No necesitaba a nadie, pero esos chillidos estridentes y sobrenaturales me hicieron entender que sólo lo siniestro podía apaciguarme”.

10. Escribía sin pausa, siempre en francés. El insomnio eran un buen aliado. Los libros fueron muchos y demoledores: El ocaso del pensamiento (1940), Breviario de podredumbre (1949), Silogismos de la amargura (1952), La tentación de existir (1956), El aciago demiurgo (1969)…

11. Durante un tiempo meditó con seriedad hacerse español. «Uno tras otro, he adorado y execrado a muchos pueblos: nunca se me pasó por la cabeza renegar del español que hubiera querido ser», escribió.

12. Escuchaba flamenco y tangos («quien ame el tango es mi cómplice»), se veía con Samuel Beckett para ir de putas. Algunos intelectuales le admiraban (Susan Sontag, Saint-John Perse), otros, la mayoría, le consideraban un “filósofo de taberna”. A él le importaban poco unas u otras consideraciones.

13. En 1941, en un comedor universitario al que había entrado para mendigar un plato de sopa, conoció a Simone Boué, profesora de Licéo. Se casaron y vivieron juntos cincuenta años, siempre en el mismo domicilio, un pequeño apartamento en el número 21 de la rue de l’Odeon, en el Distrito Latino.

14. Adoraba a Proust, Dostoievski y, sobre todo, a Borges.

15. Despreciaba a la humanidad entera («¡el hombre debe desaparecer!»), pero, sobre todo, a los incapaces de emocionarse con la música: «Si dios le debe todo a alguien es a Bach».

16. Nunca concedió entrevistas. «Cuanta más cultura tiene uno, más peligroso resulta el periodismo», escribió en una carta a un amigo en 1932

17 . Nos dejó aforismos a todos los vencidos. Uno: «Amar al prójimo es algo inconcebible. ¿Acaso se le pide a un virus que ame a otro virus?».  Otro: «No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas, lo cual vale más que tratar de llenarlas». Un tercero: «Toda literatura empieza con himnos y acaba con ejercicios«.

18. El Alzheimer que padeció Cioran en los últimos años de su vida le impidió consumar el suicidio que había planeado.

19. Murió el 20 de junio de 1995. Simone Boué falleció ahogada en la playa francesa de Dieppe dos años después. Ambos están enterrados en la misma tumba en Montparnasse.

20. Hace un par de días el empresario rumano George Brailoiu compró por 405.000 euros  unos manuscritos de Emil Cioran subastados en París. «Los donaré al Estado rumano», dijo el comprador a la prensa. Brailoiu es propietario de la empresa KDF Energy, líder del mercado de certificados de emisiones de dióxido de carbono en Rumanía, con filiales en Bulgaria, Grecia y Lituania. Es lícito imaginar la sonrisa sardónica de una de las calaveras de Montparnasse.

Ánxel Grove