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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Entradas etiquetadas como ‘Steve Reich’

Digitalizan la colección completa de la revista de arte de vanguardia ‘Performance’

Las portadas de los nueve primeros números de Performance Magazine

Las portadas de los nueve primeros números de Performance Magazine

En un tiempo en que los milagros parecían culturalmente intencionados y milagrosamente posibles, ocurrían cosas como Performance Magazine, una revista sobre arte de vanguardia para minorías curiosas que se editó en Londres entre 1979 y 1992.

Cercana al punk en la confianza en que era posible hacerlo un mismo cualquier cosas y no resultaba necesario esperar una subvención de dinero público con intención de cultivar fidelidades o fondos privados para el blanqueo de conciencias y libros de cuentas, la publicación alcanzó los 66 números entre junio de 1979, cuando se vendía por 45 peniques y estaba impresa en blanco y negro, y la primavera de 1992, cuando el precio era de seis libras y la calidad de producción había mejorado.

Entre uno y otro ejemplar, Performance proporcionó una plataforma vital —es decir, independiente— para la toma de conciencia de nuevos enfoques para la creación y la experiencia del arte. Participó en la construcción de un espacio crítico y ajeno a las categorías convencionales, promovió el arte multidisciplina y subterráneo y desempeñó un papel importante en el desarrollo de la práctica creativa.

Ahora, en uno de esos proyectos que desde España siguen pareciendo de un planeta donde la cultura y la historia importan, la revista ha renacido gracias a la digitalización de toda la colección, a la que se puede acceder en PDF. Lee el resto de la entrada »

Demasiadas lágrimas inmerecidas por Amy, muy pocas por J Dilla

"A la mierda los alimentos. La música ya no es la misma. Te añoramos, RIP Dilla"

"A la mierda los alimentos. La música ya no es la misma. Te añoramos, RIP Dilla"

Subscribo el mensaje que sostiene en la cartulina el homeless de mirada intensa. Es uno de los escasos dogmas bajo los cuales estamparía mi rúbrica, caligrafiada, si fuese necesario, con sangre.

La música no es la misma desde que no está entre nosotros James Dewitt Yancey, alias Jay Dee y/o J Dilla.

Queda la tremenda obra, lo sé: abierta, valiente, de mente simple, corazón complejo y ánimo de tugurio, juguete y víbora escondida en el juguete, la granja de los dioses, el ladrido de un perro ciego y las pezuñas del mismo perro… Pero no es consuelo: falta la sorpresa.

Esta sección del blog, Top Secret, está dedicada a creadores poco conocidos, escasamente difundidos, ninguneados por el mainstream o víctimas de las dentelladas del lobo hambriento de la vulgaridad.

¿Merece J Dilla aparecer aquí? La respuesta es doble. No, desde luego, si avistamos la influencia y la calidad de su gran música. Sí, por desgracia, si sufrimos las veleidades mediáticas de estos días hacia la patética y desgraciada Amy Winehouse, cuyo legado se reduce  a dos buenas melodías (muy mal producidas: nunca hubo un Dilla en su vida) y un sinnúmero de apariciones en las secciones de afamados viciosos de los media.

J Dilla, James Yancey, Jay Dee (1974-2006)

J Dilla, James Yancey, Jay Dee (1974-2006)

Contra tanto exagerado redoble, desmemoria, ignorancia, levanto la bandera de un joven muerto al que casi nadie recordó hace cinco años en la miserable prensa generalista española cuando de obituarios de músicos se trata.

J Dilla murió el 10 de febrero de 2006. Tenía 32 años. Los consumió de manera entregada, inflamada, hermosa.

Falleció en un hospital de Los Angeles. Sufría lupus y una rarísima enfermedad de la sangre, púrpura trombocitopénica trombótica.

Era un freak plasmático, con el cuerpo y los fluidos peleados entre sí. Durante los últimos meses estaba tan delgado como un cable y sufrío varios colapsos hepáticos.

Aunque apenas conservaba el ocho por ciento de su capacidad pulmonar, se negó a ser conectado a un respirador mecánico. Nunca utilizó el dolor como justificación para la mediocridad. Nunca exhibió la enfermedad como la entronizada pelele trágica Amy.

Dilla dió una orden taxativa a los quince médicos que le atendían. Era una declaración digna de ser estampada en cada uno de nuestros corazones:

“Nada de tubos”.

En la habitación esterilizada había mucho trasto ajeno a la medicina paliativa, puro material trascendente y luminoso: giradiscos, auriculares, un sampler, una caja de ritmos, una computadora y la materia prima sagrada, el verdadero recuento de leucocitos de J Dilla: montones y montones de discos.

Me consuela la imagen. El cuarto de un moribundo atestado con todas las formas del verbo ser conjugadas en placas de acetato de vinilo: sencillos y flexi discs de siete pulgadas; extended plays de siete, diez y doce; maxi singles de 12 y, los reyes del baile, long plays.

El hospital era el escenario de un retorno, un loop existencial.

El niño J Dilla

El niño J Dilla

Treinta y tantos años antes, en el sótano de la casa paterna de McDougall con East Nevada, en el gueto de Conant Gardens, en el Eastside de la intolerable Detroit, el niño J Dilla jugaba con una pletina de casete, grabando y regrabando los discos de la colección familiar (la madre cantaba ópera, el padre era bajista de jazz) y los que empezó a comprar con sus ahorros. Iba a la tienda, probaba y elegía. Nunca puso puertas al campo: el estilo era lo de menos, sólo importaba el beat.

Lo demás es leyenda: la tutela de Joseph Amp Fiddler, en cuyo estudio siguió enredando aunque con aparatos un poco más complejos; la producción convulsa y underground –bajo seudónimo, sin ego– para los mejores (A Tribe Called Quest, De La Soul, Pharcyde, Busta Rhymes…); las sesiones de 6 de la tarde a 6 de la madrugada en el sótano de McDougall con East Nevada para enseñar gratis a los niños que venían empujando –entre ellos uno que se llamaba Marshall Bruce Mathers–; la tormenta creativa de finales de los años noventa y siguientes, trabajando con Talib Kweli y el gran Common; la sociedad con Madlib

J Dilla: Behind the Beat (foto: Raph Rashid)

J Dilla: Behind the Beat (foto: Raph Rashid)

Siempre al margen, siempre jugando, con poco o ningún interés por los contratos, el satén de la fama y los paseos por las alfombras. Colgando en Internet sus discos y mezclas al alcance de cualquiera, colaborando por el gusto de colaborar, sin preocuparse de papeles y formalidades.

Cuando murió (con decenas de discos, centeneras de canciones, incontables mezclas y producciones) no tenía nada o casi nada. Su familia todavía está pagando los gastos médicos.

Nunca dejó de hacer música. En el hospital, su madre le tenía que dar masajes en los dedos para evitar dolorosos los punzantes calambres de J Dilla cuando hacía mezclas.

No sé qué me pasa con J Dilla. No soy negro, no debería sentir el apetito, no debería erizarme con las crónicas de esquina y auxilio social, no debería advertir la sacudida religiosa del ritmo inclemente…

No hay caricias en la música que dejó: un ronco y quebrado gemido lo mancha todo, sorpresas rítmicas insólitas, desvergüenza, rotura de códigos, sexualidad, una inmensa belleza, un salmo de piel, un cristal roto, la sal del trueno y la huella de la sed, la carne rezando, el tacto en la cara y el llanto en los pies, funk de caballos relinchando y soul de pañuelo empapado por la fiebre…

J Dilla, al mando

J Dilla, al mando

Pese a su progresiva trivialización y sumisión al reinado del satén y las producciones de alto coste, sostengo que el hip-hop es el género musical más importante de nuestros tiempos, el más valiente y sincero, el más arriesgado, el más licencioso, la oración de esta época de harapos morales.

Sé con certeza que si estuviésemos en 1955, Elvis Presley cantaría rap como remedio contra la palidez.

¿Cuántas veces he escuchado de mis amigos la sarta habitual de advertencias sobre los raperos: “demasiado jactanciosos”, “demasiado ególatras”, “demasiado vanidosos”…? ¿Cuántas veces me han intentado llevar al lugar común de los calibres balísticos, las cadenas de oro y los automóviles, casi siempre enunciados por quienes admiten idénticas veleidades en las rock stars de vidas licenciosas, hedonistas y de culto a la dominación de la masa en el estadio hitleriano? ¿Por qué los roquistas solamente son capaces de citar los nombres de Eminem y Kanye West si les pregunto a qué músicos de hip-hop han escuchado?

¿Racismo? Algo de eso hay. Constatación: en el best-seller El ruido eterno, donde abunda el sesudo análisis sobre medianías como Radiohead, el gurú trendy Alex Ross limita las referencias al hip-hop a media página de las casi 800 del libro. Lo hace para deducir que el estilo tiene su base en el minimalismo repetitivo de Steve Reich. Me gustaría estar presente para ser testigo de la agresión si alguna vez Ross expone su tesis de esnob con doctorado  en un gueto de Detroit.

J Dilla - "Donuts" (2006)

J Dilla - "Donuts" (2006)

Tres días antes de la muerte, Jay Dee celebró su último cumpleaños terminando los dos temas finales de Donuts (se reedita ahora en vinilo y con una cubierta diferente), un disco-testamento que justifica una vida y salva unas cuantas más, un disco sagrado y trepanante (“le puso ese título porque los donuts le encantaban, una semana antes de morir me pidió que le comprase una caja”, dice Mamá Yancey).

El disco es un tesoro de 31 piezas mezcladas por un niño. ¿En el sótano, en el hospital?, ¿qué importa?

Las lágrimas que no merece Amy las derramo cada vez que J Dilla entra en mi vida.

Ánxel Grove