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Entradas etiquetadas como ‘segregación racial’

Los vecinos que se niegan a abandonar Detroit

09 octubre 2014
© Dave Jordano

© Dave Jordano

Las tres fotos de la línea superior fueron tomadas entre 1971 y 1972. Las cuatro de abajo, entre 2013 y 2014. En medio de ambos grupos hay una brecha de al menos cuatro décadas, lapso que dice poco y que acaso debiera formularse con un contraste más visible que la neblina del tiempo: el national average wage —el índice oficial de ingresos medios anuales por persona de los EE UU— era en 1971 de unos 6.500 dólares; en 2012, el último año con dato disponible, fue de 44.300.

En las seis personas que aparecen en las fotos de arriba hay ansia de futuro, espléndidas sonrisas, orgullo, ganas de jugar. En las de abajo, la tristeza se asoma a los ojos y ni siquiera la saturación de los colores puede evitar el sentimiento de luto. Sin embargo, no todo es dolor.

Las siete fotos tienen en común al fotógrafo que las hizo, Dave Jordano, y la ciudad donde fueron tomadas, Detroit, la desmesurada megalópolis de 3.463 kilómetros cuadrados de extensión en la que cabrían tres ciudades del tamaño de Madrid o también Manhattan, Boston y San Francisco juntas.

Asomarse al mapa de Detroit implica el mareo, la certeza de que no hay direcciones cardinales que valgan ni un trazado racional y determinista basado en los ángulos rectos y las paralelas. Detroit es una ciudad autogenerada por la simbiosis de los seres humanos, las factorías y el terreno lacustre y plano. Vista desde el espacio la huella de la ciudad parece un contrasentido abstracto al que están a punto de deglutir las masas de agua.

Portada de la revista "Life" del 4 de agosto de 1967

Portada de la revista “Life” del 4 de agosto de 1967

En el verano de 1967 esta ciudad-madeja fue el escenario de los disturbios raciales más violentos de la historia de los EE UU: 43 muertos, 1.189 heridos, 11.000 detnidos, más de 2.000 edificios destruidos y soldados-paracaidistas con bayoneta calada haciendo la guerra en casa y atacando a la población civil. El origen de la revuelta fue el trato brutal y arbitrario contra los ciudadanos negros de la policía local, un cuerpo 95% blanco.

La ciudad ha cultivado una histórica y pertinaz tendencia a la segregación racial, con ataques frecuentes con artecatos incendiarios a viviendas y barrios negros y mucha mayor actividad de grupos supremacistas que cualquier otra colectividad de la región. Los sindicatos de trabajadores blancos de la grandes factorías de automóviles llegaron a declararse en huelga cuando las empresas, en los años cincuenta, admitieron a los primeros operarios negros en las líneas de producción.

Jordano, un ario nacido en Detroit en 1948, empezó a retratar las calles de la ciudad cuando tenía 23 años, estudiaba fotografía y sólo había transcurrido un quinquenio desde la gran explosión de ira de los negros en 1967.

Las fotos que el reportero hizo entonces son plácidas y elocuentes citas gráfica de una ciudad movida por el ritmo del melting pot racial y sostenida por las Big Three (las tres grandes factorías de automóviles: General Motors, Ford y Chrysler).

Después de irse a vivir a Chicago, Jordano decidió regresar a Detroit para documentar el ocaso reciente de su ciudad natal. Quería regresar a los escenarios donde había aprendido el arte de mostrar lo cotidiano y deseaba, según cuenta en una entrevista, esquivar la “pornográfica visión de ruinas” que ha dominado la imagen pública de la ciudad desde que se convirtió en la primera gran urbe de los EE UU en declararse en bancarrota, sometida a un concurso de acreedores que reclaman, según un dictamen judicial, 18.500 millones de dólares (unos 13.500 millones de euros).

Al volante de un automóvil, Jordano entró en el laberinto de barrios superpuestos y calles trazadas por capricho y empezó a dar forma a Unbroken Down, una narrativa sobre quienes se quedaron. Son pocos y viven mal: la población, que en los años setenta rozaba los dos miillones de habitantes, supera escasamente ahora los 700.000, la tercera parte de los cuales vive por debajo del umbral de la pobreza; sólo uno de cada cuatro jóvenes termina la Secundaria; el índice de desempleo es del 28 por ciento, el más alto entre las ciudades de más de 250.000 habitantes de los EE UU; los ingresos han caído un 35 por ciento en la última década…

En los escenarios de la tierra quemada por la quiebra, la injusticia y la especulación, el fotógrafo ha dado con valerosas historias de fidelidad, decencia y coraje: un hombre canta un blues en el salón, una familia posa ante una casa que no por arruinada deja de ser un hogar, una barbería mantiene el mismo ambiente de palabrería y risas que uno busca en la íntima ceremonia de dejar que un extraño le corte el pelo…

La última foto de la derecha quizá es el más escrupuloso resumen del no querer dejar la ciudad, de la permanencia y el lazo que nos ata a nuestro mapa, por muy confuso que resulte.  La mujer se llama Kristal y vive en el Northside, uno de los barrios con más criminalidad de Detroit. Un hermano y un sobrino de Kristal han muerto en los últimos meses por enfrentamientos entre pandillas, pero ella se siente la “matriarca” de su familia y no está dipuesta a moverse ni a que la muevan.

Ánxel Grove

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Fotos que hacen preguntas sobre la segregación racial provocada por la crisis

09 agosto 2012
Una de las fotos de Mary Beth Meehan en Brockton

Una de las fotos de Mary Beth Meehan en Brockton

Brockton, una ciudad de casi 100.000 habitantes situada media hora al sur de Boston, tiene un lema singular: “City of Champions” (Ciudad de los campeones). El recuerdo de tintes heroicos es para un par de boxeadores nativos de la localidad, el gran Rocky Marciano, único campeón de los pesos pesados que se retiró invicto, y el extitular mundial de los medios Marvelous Marvin Hagler.

La ciudad no puede a estas alturas revalidar títulos ni reclamar glorias: está aquejada, desde hace veinte años, por la quiebra en cadena de las fábricas de calzado que habían fundado inmigrantes italianos e irlandeses a finales del siglo XIX. Convertida en un suburbio deprimido de Boston, Brockton es hoy una ciudad dormitorio poblada por un tipo no muy diferente de inmigrantes —desplazados por motivos económicos, expulsados por la guerra— y sólo diferentes según su procedencia: Cabo Verde, Haití y Centro y Sudamérica.

Nancy DeSouza posa en Main Street (Foto: Mary Beth Mehan)

Nancy DeSouza posa en Main Street (Foto: Mary Beth Mehan)

En los últimos seis años el cambio en la radiografía racial de la ciudad ha sido dramático y ahora los negros, que se han duplicado en número, son el 33% de la población y los latinos el 10%.

“Los negros están arruinando la ciudad”. La frase fue la cantinela diaria que escuchó durante años la fotógrafa Mary Beth Mehan, nacida en Brockton en 1967. Su proyecto City of Champions es una indagación personal. Quizá por eso contenga tanta emoción y tal grado de verdad.

“Brockton, Massachusetts, es mi hogar, donde mis bisabuelos irlandeses alimentaron a sus familias con los salarios de las fábricas de calzado. Aquellos negocios y las personas a las que mantenían se han desvanecido y las calles que un día fueron brillantes están destrozadas. Los viejos lamentan el lugar que recuerdan y culpan a los recién llegados. Nuevos inmigrantes de algunos de los lugares más pobres del planeta, países arrasados por guerras, toman el lugar de los viejos y viven en un paisaje que otros han abandonado. Pobreza, renovación, decadencia, esperanza… Contradicciones que adornan la vida en una ciudad estadounidense que alguna vez se sintió orgullosa de sí misma y que ahora muchas consideran muerta”, escribe Mehan en el prólogo del proyecto.

Otra de las ampliaciones colocadas en el pueblo

Otra de las ampliaciones colocadas en el pueblo

Durante más de un año, la fotógrafa indagó en el día a día de su ciudad natal. Lo hizo sin condiciones y desde la implicación de una nativa cuya vida también está en juego. Ese risego es notable en el dramático —y dulce— ensayo fotográfico.

Meehan retrató a africanos asustados buscando calor bajo una manta con la bandera estadounidense estampada (un pastor católico se quejó de que la enseña apareciera en las fotos, porque “esa bandera ya no representa la esperanza para nadie”), a ancianos presos de la fatiga, a niños reteniendo una milagrosa sonrisa, a policías y funcionarios, a vagabundos y desempleados, a aburridas animadoras deportivas y tenderos con demasiado tiempo libre, a su padre desayunando en soledad…

Tras la encuesta fotográfica, encontró una respuesta: “La raza no es el problema de Brockton. El problema es económico. La división entre blancos y negros tiene raíces económicas“.

Un sinpapeles de Guinea Bissau en un apartamento de Brockton (Foto: Mary Beth Mehan)

Un sinpapeles de Guinea Bissau en un apartamento de Brockton (Foto: Mary Beth Mehan)

La Massachusetts Foundation for the Humanities concedió a Mehan una beca para ampliar, a gran tamaño y en resistente vinilo, una docena de las fotos. Las colgó en la calle principal, en la capilla baptista, en esquinas frecuentadas, en la fachada del ayuntamiento, en edificios comunitarios, en entradas de aparcamientos… Las han exhibido durante un año, desde el 12 de septiembre de 2011 hasta el próximo domingo. Una vez a la semana había tours guiados para verlas en compañía de otros.

Las grandes fotos pretendían ser un reflejo que enfrentase a Brockton y sus habitantes con ellos mismos, una serie de espejos formulando preguntas sobre las realidades escondidas pero al alcance de la mano: “¿Dónde está el pasado de Brockton? ¿Por qué ha cambiado y cómo? ¿Cuáles son los retos ahora? ¿Qué menera de experimentar y vivir la ciudad tienen personas de diferentes culturas? ¿Cómo podemos hacer que Brockton despierte de nuevo?”.

El domingo, cuando descuelguen las fotos, alguien debería empezar a contestar. Quizá deberíamos contestar cada uno de nosotros.

Ánxel Grove

Ashleigh Bruns posa con un ramo de flores de primavera en la plaza del Ayuntamiento (Foto: Mary Beth Meehan)

Ashleigh Bruns posa con un ramo de flores de primavera en la plaza del Ayuntamiento (Foto: Mary Beth Meehan)

La Iglesia Haitiana de Dios ocupa el edificio de una vieja factoría de zapatos (Foto: Mary Beth Mehan)

La Iglesia Haitiana de Dios ocupa el edificio de una vieja factoría de zapatos (Foto: Mary Beth Mehan)

Turon Andrade, cuyos padres llegaron de Cabo Verde, practica el deporte más popular en Brockton (Foto: Mary Beth Mehan)

Turon Andrade, cuyos padres llegaron de Cabo Verde, practica el deporte más popular en Brockton (Foto: Mary Beth Mehan)

Melissa Cruz practica con la Brockton High School Marching Band (Foto: Mary Beth Mehan)

Melissa Cruz practica con la Brockton High School Marching Band (Foto: Mary Beth Mehan)

La familia Martel celebra el 4 de julio en la casa en la que viven desde 1950 (Foto: Mary Beth Mehan)

La familia Martel celebra el 4 de julio en la casa en la que viven desde 1950 (Foto: Mary Beth Mehan)

Marina Robles llega de Ecuador para vivir con su hermana (Foto: Mary Beth Mehan)

Marina Robles llega de Ecuador para vivir con su hermana (Foto: Mary Beth Mehan)

Francella McFarlane, de Jamaica (Foto: Mary Beth Meehan)

Francella McFarlane, de Jamaica (Foto: Mary Beth Meehan)

Las 'cheerleaders' New England Patriots (Foto: Mary Beth Meehan)

Las ‘cheerleaders’ New England Patriots (Foto: Mary Beth Meehan)

John Meehan, padre de la fotógrafa, en su casa de Brockton (Foto: Mary Beth Meehan)

John Meehan, padre de la fotógrafa, en su casa de Brockton (Foto: Mary Beth Meehan)

La canción que mandó a paseo a los adultos cumple 50 años

14 diciembre 2011

Esta tormenta de dos minutos y poco es de 1956, hace medio siglo. Se titula Roll Over Beethoven. En la versión original la canta su compositor, el mejor letrista del rock and roll: Chuck Berry.

Un año antes, Vladimir Nabokov había publicado Lolita. Ya escribí en el blog sobre el eco del libro.

En un momento dado, el narrador de la novela dice:

Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica; propongo llamar ‘Nínfulas’ a esas criaturas escogidas.

Chuck Berry tenía debilidad por las adolescentes (en 1962 un juez racista le condenó a tres años de cárcel utilizando una ley de 1910 por transportar de un estado a otro a una niña de 14 años para, según el magistrado, prostituirla).

No sé si Chuck Berry leyó el libro de Nabokov, pero escribía canciones pensando en las lolitas y ellas, todas ellas (sobre todo las de piel blanca), las creían a pies juntillas.

Dedicamos este Cotilleando a… a una canción que mandó a paseo a los adultos y, como dice algún historiador, es “una declaración de independencia cultural”, Roll Over Beethoven.

Edificio donde estaba Chess

Edificio donde estaba Chess

1. La discográfica. La dirección debería ser preguntada como salvoconducto de ingreso en el cielo: ¿2120 South Michican Avenue, Chicago?. Quien no responda: “sede de Chess Records” se queda sin derecho al paraíso. Era el más valiente sello editor de los EE UU: grababa música de negros y la vendía a los blancos en la década de los cincuenta, cuando en algunos lugares del país te colgaban de un roble por menos. Los dueños eran judíos de Częstochowa (entonces Polonia, hoy Bielorrusia), hermanos y canallas: Leonard (1917-1969) y Phillip Chess (1921), apellido que al llegar a América tomó la familia Czyz. Primero se dedicaron a traficar con alcohol durante los años secos. Luego montaron garitos de noches afiebradas, entre ellos el Macomba. En 1947 compraron una parte de Aristocrat Records y en 1950, ya dueños de la empresa, la rebautizaron como Chess. Se dieron cuenta de que Chicago se estaba llenando de músicos negros del sur y decidieron grabarlos. El catálogo de Chess es impecable: Muddy Waters, Little Walter, Bo Diddley, Memphis Slim, Eddie Boyd, John Lee Hooker, Howlin’ Wolf, Rufus Thomas, Etta James… Nadie les hacía sombra. Eran chulos, peleones, auténticos y sonaban con una potencia que parecía extraterrena.

Chuck Berry

Chuck Berry

2. El cantante. Charles Edward Anderson Chuck Berry, nacido en octubre de 1926 en St. Louis-Misuri, no era un chiquillo cuando grabó Roll Over Beethoven. Le faltaban sólo unos meses para cumplir 30 años y algunos consideraban que estaba demasiado pasado para ser un ídolo juvenil. Era el cuarto hijo de una familia de clase media de seis (el padre era trabajador de la construcción), pasaba de estudiar, había estado en la cárcel tres años por reincidir en pequeños robos (le habían condenado a diez), se casó, tuvo un hijo, trabajó en lo que pudo (una factoría, conserje…), estudió peluquería y ganaba un sobresueldo tocando en locales de blues. Siempre le había gustado la música y sabía tocar la guitarra y el piano. En 1955, cansado de malvivir, se fue a Chicago, conoció a Muddy Waters y en cosa de días grabó Maybellene para Chess. Un pasmo: número cuatro entre las canciones más vendidas del año. Un negro con el pelo aceitoso, la sonrisa lúbrica y una guitarra eléctrica que reclamaba acción insertado entre blanquitos angelicales.

Single de "Roll Over Beethoven"

Single de "Roll Over Beethoven"

3. La canción. Rápida y furiosa. Empieza con un solo de guitarra -estructura nada frecuente por entonces- que es una proclama. El grupo se une a la parranda y la temperatura aumenta. Los músicos (ninguneados en el disco, que atribuye la pieza a Chuck Berry and His Combo) fueron Fred Below, el batería de confianza de Muddy Waters; Johnnie Johnson, que toca un feroz arreglo de boogie al piano; Willie Dixon, el sólido contrabajista de casi todas las grabaciones de Chess, y Leroy C. Davis (futuro acompañante de James Brown), que sopla un lejano y constante solo de saxo. Durante toda la canción Berry parece drogado con alguna clase de anfetamina: canta con vehemencia -se le escucha escupir las palabras ante el micrófono- y toca la guitarra como poseído por una urgencia palpable en las gónadas.

Chuck Berry

Chuck Berry

4. La letra. Entre 1956 y 1958, Berry estaba en estado de gracia. Sus letras, picantes, divertidas y generacionales (aunque destinadas a personas con la mitad de su edad) parecían brotar de un inagotable manantial. El mensaje de Roll Over Beethoven (que, resumido, sería algo así: “déjanos en paz Beethoven, intenta entender este rhythm & blues y dale la noticia a Tchaikovsky”) era una proclama de emancipación y suficiencia. Berry escribió en su autobiografía que se le ocurrió el estribillo recordando a su hermana mayor, que iba para cantante de ópera, ensayando interminablemente música seria en la casa familiar mientras él no podía encender la radio para escuchar blues y rhythm & blues. A la canción siguieron, en una admirable continuidad, otras sagas adolescentes de rebelión contra el aburrimiento del colegio, sexo, diversión, coches y asco hacia la alienación adulta: School Days, Oh Baby Doll, Rock & Roll Music, Sweet Little Sixteen, Johnny B. Goode, Brown Eyed Handsome Man, Too Much Monkey Business, Memphis, Tennessee… Berry parecía imparable y nadie era capaz de hacerle sombra. Incluso Elvis Presley, que cantaba y bailaba como nadie pero no podía componer, tocar o escribir letras, salía perdiendo en la comparativa.

The Beatles, 1963

The Beatles, 1963

5. Los herederos. De Roll Over Beethoven se han grabado más de doscientas versiones en unos cincuenta países y casi otros tantos idiomas. La canción ha sido homenajeada, transformada (heavy, sinfónica, salsa, reggae…) y mancillada, pero ninguna versión supera el arisco temperamento de la original grabada por Berry en 1956. La han tocado, entre otros, Jerry Lee Lewis, Electric Light Orchestra, Mountain, Ten Years After, Leon Russell, Status Quo, The Byrds, The 13th Floor Elevators, The Sonics, Gene Vincent, M. Ward e Iron Maiden. La más conocida de las versiones es, desde luego, la de los Beatles, cantada por George Harrison e incluida en su segundo disco, With the Beatles (1963). También la tocaron The Rolling Stones, que adoraban la música de Chess (Brian Jones abordó por primera vez a Keith Richards cuando vió que llevaba encima un disco de Chess de Mudy Waters) y grabaron en 1964 y 1965 en los estudios de Chicago.

Chuck Berry

Chuck Berry

6. La muerte. Chuck Berry cumplió en octubre 85 años. Sigue tocando en directo, con escaso pulso, las mismas canciones, las dos docenas de milagros que compuso hace 50 años. Después del bienio dorado algo se le apagó por dentro (intentó encenderlo con la penosa oda a la masturbación My Ding-a-Ling de 1972, que vendió bien). Se repite cada vez que actúa, no tiene grupo estable desde los años sesenta porque prefiere tocar con músicos locales que no cobren por pasar 45 minutos al lado del genio, afirma que “el nombre de este juego es billete de dólar”… Tengo la sospecha de que Chuck Berry se murió cuando dejó de hablar el idioma de las lolitas.

Ánxel Grove