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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Entradas etiquetadas como ‘muerte’

Santiago Caruso, ilustrador del poder situado más allá de lo real

'Ravenous Eye', 2016 © Santiago Caruso - santiagocaruso.com.ar

‘Ravenous Eye’, 2016 © Santiago Caruso – santiagocaruso.com.ar

En uno de los relatos menos desoladores del escritor Thomas Ligotti, al que mencioné hace poco en este blog, el protagonista imagina tres formas extremas de muerte que, si no me falla la memoria, son:

  • Las últimas horas de la tarde de un otoño perpetuo.
  • Un cuerpo congelado en la negrura, una noche perpetua de invierno.
  • Una sensación de picor eternamente prolongada.

De tener la ocasión de optar, no sé ustedes, pero yo elegiría cualquiera excepto la tercera. Nada peor que un terrible picor que lleve tus uñas y luego, cuando las has desgatado, tus dientes, a desgarrar la carne a jirones.

He regresado al asunto mientras paseaba, nada tranquilo, entre los paisajes de delirio supremo del artista argentino Santiago Caruso (1982). También en su obra hay un impulso negro, una constancia de gusano, un desamparo sin puerta de salida. Sus personajes parecen estar destinados a la última opción de la trilogía mortífera de Ligotti.

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Las botas de charol rojo están huérfanas. Yo también

Red platform boots, 1971 Aladdin Sane tour Courtesy The David Bowie Archives

Red platform boots, 1971 Aladdin Sane tour Courtesy The David Bowie Archives

Es inviable un mundo en el que te saque de la cama la noticia de la muerte de un compañero de travesía. Con una exactitud cronológica de secuenciadorDavid Bowie (8 de enero de 1947 – 10 de enero de 2016) ha dejado la vida a los 69 años y dos días. Esa es hoy la medida de mi orfandad.

Escribo desde Berlín y admito, por vez primera, que el charol rojo de las botas de plataforma no puede esquivar el barro del empedrado de la tosca ciudad donde Bowie, en uno de sus ejercicios de doppelgänger, predijo en 1977 la decadencia de Europa. La nieve sucia y los abetos abandonados de la navidad también han acordado cantar un responso en esta mañana plomiza.

Como la música, real pero inasible, infinita pero evanescente, el muerto ha poblado mi vida desde que yo era un chiquillo.

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El blues nunca fue una monarquía

Restos de la cabaña de Muddy Waters

Restos de la cabaña de Muddy Waters

Quizá sólo sea necesario un tablón podrido de madera y esos árboles bíblicos, marchitos como esqueletos, para definir el blues, una música, una forma de vida, que, como dice el historiador del género Ted Gioia, “procede de otro mundo”, un lugar donde el hombre no es distinto al perro porque ambos tienen una misma posibilidad de redención: el aullido.

La cabaña —que, huelga decirlo, ya no existe— estaba en medio de una gran plantación algodonera, la Stovall, no lejos de Clarksdale, en el estado de Misisipí. La familia Stovall, dueña de tierras, hombres, mujeres y destinos, terminó cambiando el algodón por la promoción inmobiliaria en Chicago.

Algo inconcebible o algo bendito, una furia geodésica o una divina peste en el agua de las fuentes, debe tener el lugar, porque allí, un villorio que a principios del siglo XX andaba por las 10.000 almas, nacieron  Eddie Boyd, Willie Brown, Eddie Calhoun, Sam Cooke, John Lee Hooker, Son House, Ike Turner y Junior Parker. En uno u otro momento del primer tercio de la centuria, en el pueblo vivieron también Robert Johnson, Muddy Waters y Howlin’ Wolf. Conozco grandes capitales sobradas de amor propio cuyos elencos de héroes locales perderían por paliza cien de cada cien partidos.

Si hay una capital mundial del blues, está en Clarksdale, donde el divino Misisipí traza meandros porque quiere retrasar en lo posible el desagüe en el Golfo de México. No es necesario que sepas que un poco al oeste discurre un río para que sientas su poder. Cuando vibra con el viento, la corriente levanta polvo a millas de distancia. Si se desborda el cauce, ya puedes montarte en el mejor caballo.

En la cabaña vivía el hombre que toca la guitarra y canta esta canción, grabada allí mismo, frente a la madera seguramente ya podrida por entonces y los esqueletos disfrazados de árboles, en 1942.


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¿Era el Hotel California un cruel sanatorio mental?

"Hotel California" (The Eagles, 1977)

“Hotel California” (The Eagles, 1976)

No importan la edad, la clase, la tribu. Uno escucha y, pese al derrame de tiempo y la explotación comercial, el golpe emocional sigue vivo: un viaje nocturno por el desierto, la cabeza pesada por la marihuana, una luz en la distancia, la decisión de parar a descansar en el edificio neocolonial pese a que hay un aire ominoso en el lugar

Puede ser el cielo o el infierno

No es necesario que te guste Hotel California, la canción editada en diciembre de 1976 por los Eagles. No requiere confirmación a estas alturas que se trata de uno de los temas inscritos en la memoria colectiva. Si alguien empieza a tararear la melodía hay coral confirmada; en cualquier acera puedes encontrar a músicos callejeros transformándola en reggae, danzón o chill-out; en los salones de karaoke es siempre un top

Pero no la menospreciemos por la universalidad o el sobe: hablamos de una epifanía épica escrita  y cantada en estado de gracia para resumir, como dijo el letrista Don Henley, “el tránsito de la inocencia a la experiencia”.

La condición multimillonaria de la pieza no es capaz de ocultar el poder de seducción de la melodía levemente narcótica y las grandes imágenes de la muy inteligente y bien labrada letra, que podría ser una crónica del final de los ideales hippies o un editorial lírico sobre los estragos de las drogas duras —cuando el narrador pide vino, le dicen que no hemos tenido de eso por aquí desde 1969—.

Aunque la cubierta del álbum Hotel California corresponde al Beverly Hills Hotel, conocido como Pink Palace y muy frecuentado por la alta sociedad roquista y cinematográfica —la fotografía la tomaron David Alexander y John Kosh, que se alzaron 18 metros en una grúa para captar la cúpula neocolonial del hotel en el ocaso—, hay muchos locales que se atribuyen la inspiración y viven de los réditos comerciales de la inolvidable canción, entre ellos, por ejemplo, el Hotel California, de Todos Santos, en la Baja California mexicana.

Aunque los compositores —otros dos eaglesDon Felder y Glen Frey, estuvieron implicados en la música— nunca han deseado revelar detalles que trasladen a lo concreto las imágenes del tema, la verdad quizá sea bastante estremecedora. Mucho más, en todo caso, que la teoría simplona y sin base comprobable que atribuye a la canción, como a tantas otras, claves satánicas.

Pabellón de mujeres del Camarillo State Hospital en 1949 - Foto: The Camarillo State Mental Hospital History Blog

Pabellón de mujeres del Camarillo State Hospital en 1949 – Foto: The Camarillo State Mental Hospital History Blog

En la foto, de autor desconocido, han raspado los rasgos faciales de las mujeres: se entiende que desean proteger la intimidad de las retratadas, pero hay un sesgo torvo en las rayas, que parecen marcas de un estigma o producto de la acción morbosa de un psicópata criminal. Tomada en febrero de 1949, la imagen muestra uno de los dormitorios del Camarillo State Mental Hospital, un enorme complejo psiquiátrico que funcionó de 1936 a 1997 en un paraje desolado del muy fértil condado californiano de Ventura.

Espejos en el techo
Champán rosado helado
“Todos somos prisioneros de nosotros mismos”, dice ella
Mientras en las habitaciones de los jefes
Preparan el festín
Usan cuchillos afilados
Pero no consiguen matar a la bestia

Edificio principal del manicomio de Camarillo (Foto: Wikipedia)

Edificio principal del manicomio de Camarillo (Foto: Wikipedia)

Es más que probable que el verdadero escenario de Hotel California sea el enorme manicomio de Camarillo, que llegó a albergar a 7.000 pacientes, víctimas de una admistración que se conformaba, en el mejor de los casos, con esconder a los distintos —rayándoles las facciones en un sentido no solamente figurado— y, en el peor, someterlos al hacinamiento, los tratamientos electroconnvulsivos, los malos tratos, el abandono, la experimentación con nuevas medicaciones y la cruel pseudo medicina psiquiátrica practicada por doctores tan locos comos los locos.

La web The Camarillo State Mental Hospital History Blog recopila los pormenores conocidos de lo que sucedió durante más de medio siglo en el complejo. La lectura es sobrecogedora y aún lo es más si el interesado tiene la sangre fría de repasar el libro Keeper of the Keys [PDF íntegro, en inglés], de la enfermera Nadine Scolla, que trabajó en el hospital y narra en una crónica implacable cómo el complejo se convirtió en un almacén de almas donde encerraban a inmigrantes ilegales porque sencillamente no sabían hablar otra lengua que el español, adolescentes díscolos, mujeres rebeldes, personas melancólicas refugiadas en el alcohol o las drogas…

Por Camarillo pasaron también algunos notables castigados por la vida disoluta de la cercana ciudad de la noche de Los Ángeles, entre ellos la madre de Marilyn Monroe, la actriz alcohólica Gia Scala y el saxofonista e inventor del bebop Charlie Parker, a quien intentaron curar de su adicción a la heroína con electrochoques y administración masiva de hipnóticos y barbitúricos. Bird, que murió a los 34 años sin haber conjurado ninguno de sus demonios —porque, como dijo Julio Cortázar, quien le dedicó el relato El perseguidor, los yonquis “no son el cáncer social que denuncian los bien pensantes, sino que el cáncer es precisamente lo que los rodea y los hostiga”—, repasó con fiereza y buen humor los meses de internamiento en el tema Relaxin’ at the Camarillo (Descansando en Camarillo). Con mayor sarcasmo Frank Zappa escribió Camarillo Brillo sobre una paciente alucinada. Inserto abajo ambas canciones.

El Camarillo State Hospital poco después de ser inaugurado - Foto: The Camarillo State Mental Hospital History Blog

El Camarillo State Hospital poco después de ser inaugurado – Foto: The Camarillo State Mental Hospital History Blog

Bienvenidos al Hotel California
Un lugar adorable
Para rostros adorables
Todos ellos viven en el Hotel California
Qué agradable sorpresa (pero trae tu coartada)

Los Eagles —que acaso tenían buenas razones para no mencionar la verdadera inspiración (¿tuvieron amigos entre los internos?, ¿fueron ellos mismos, bastante viciosos, visitantes temporales?, ¿optaron por la corrección política para no alejar al público masivo que adoraba la música blanca del grupo?) nunca volvieron a repetir el satori de esta canción-epígrafe que extracta la amargura de la derrota generacional y podría ser también un colofón sobre la perpetua mortificación socio-médica contra aquellos a quienes llaman, con un giro sardónico en el tono de voz, enfermos mentales.

Nunca podré escuchar sin estremecerme la estrofa que cierra el tema como un atardecer eterno y abominable:

Lo último que recuerdo es cómo corrí hacia la puerta
Intentando encontrarme con quién yo era antes
“Tranquilo”, dijo el vigilante nocturno,
“Estamos preparados para la admisión,
Puede usted registrarse cuando quiera,
Pero no podrá marcharse nunca”

Jose Ángel González

Tres fotógrafos ‘pornográficos’

© Von Brandis

“Obscene Interiors” © Von Brandis

No siempre debemos confiar en la exactitud de los diccionarios. En ocasiones tienden al reduccionismo, son redactados con criterios democráticos —es decir, unidimensionales, para la mayoría, para la masa—, y dejan fuera lo distintivo, lo singular.

Para la Real Academia Española el sustantivo pornografía tiene tres acepciones:

  1. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas.
  2. Obra literaria o artística de este carácter.
  3. Tratado acerca de la prostitución.

Si acudimos a la necesaria ampliación y buscamos en la misma fuente el adjetivo obsceno encontramos una sola definición:

  1. Impúdico, torpe, ofensivo al pudor. Hombre, poeta obsceno. Canción, pintura obscena.

El escritor francés Georges Bataille (1897-1962), fascinado por la crueldad, las orgías rituales, el indivisible matrimonio vida-muerte, el sacrificio y las experiencias límite de intoxicación sexual como forma de recepción sensorial ampliada, apuntó el motivo que justifica las acepciones beatas de lo pornográfico:

A muchos el universo les parece honrado; las gentes honestas tienen los ojos castrados. Por eso temen la obscenidad. No sienten ninguna angustia cuando oyen el grito del gallo ni cuando se pasean bajo un cielo estrellado. Cuando se entregan ‘a los placeres de la carne’ lo hacen a condición de que sean insípidos.

En la imagen que preside esta entrada el diseñador gráfico sudafricano Brandt Botes —que prefiere para sus proyectos más húmedos el nombre artístico de Von Brandis— se ha apropiado de una escena porno encontrada en alguno de los infinitos rincones calientes de internet para someterla a la mutilación de recortar a la pareja de amantes y dejar vacía la silueta explícita del coito.

El resultado del experimento, que es parte de la serie Obscene Interiors (Interiores obscenos), es una modalidad de censura —el verbo cortar que ejecuta Brandis ha sido el favorito tradicional de los inquisidores…—, pero abre las fotos a una nueva forma de pornografía, la imaginaria de cada espectador, libre para proyectar en los huecos blancos —el color más pornográfico junto con su complemento, el negro— aquello que sueñe, ansíe o busque: labios, carne, órganos sexuales, piel, fluidos, redención, espiritualidad…

Las siluetas dejan al aire y desnudan los escenarios —el tapete con los córvidos, las telas recargadas, los cortinajes obligadamente corridos (verbo que viene muy a cuento)—, apuntando que también en lo decorativo está lo pornográfico y que, como decía Bataille, el sacrificio —y de eso hablamos cuando hablamos de sexo— “no es otra cosa que la producción de objetos sagrados”.

"Internet/Sex" © Noah Kalina

“Internet/Sex” © Noah Kalina

La opción del fotógrafo estadounidense Noah Kalina es mostrar los encuentros de sexo casual de un idealizado viajero solitario que se aloja en despersonalizadas habitaciones de moteles y entra en contacto con sus sucesivas parejas mediante las páginas de contactos de la red.

Pese a lo notorio —queda muy claro lo que sucede aquí— de la serie Internet/Sex, las largas exposiciones utilizadas por Kalina crean la ilusión de movimiento persistente y difuminan los rasgos de cada pareja. No es sin embargo el juego erótico lo que manda en las imágenes, sino la profunda soledad de los escenarios y sus pasajeros habitantes, que el fotógrafo enfatiza intercalando imágenes de ordenadores portátiles encendidos que dan a los ambientes una iluminación de morgue, de sala de autopsias.

 

Bataille, a quien me veo tentado a seguir citando, acentuó la relación entre erotismo (“la aprobación de la vida hasta en la muerte”) y tránsito funerario y sostuvo que el ser humano no tiene “la más mínima posibilidad de arrojar un poco de luz” sobre el terror pánico atávico al sexo “sin dominar antes lo que le aterroriza”, es decir, la muerte.

Sea cual sea el tipo de erotismo con el que pretendemos redimirnos (el filósofo francés distinguía tres tipos: el de los cuerpos, el de los corazones y el sagrado), siempre buscamos acabar con el aislamiento que pademos.

© Yung Cheng Lin

© Yung Cheng Lin

El fotografo taiwanés Yung Cheng Lin podría ser acusado por los menos tolerantes —la correción ha creado monstruos que practican decapitación intelectual en el mundo civilizado con tanto rigor como otros criminales descabezan a rehenes en los desiertos— de cosificar a las mujeres y reseñarlas como juguetes eróticos y motivos de fantasía.

Advierto lo contrario en sus representaciones surreales e inocentes: una admisión del poder femenino en simbólicos encuentros sexuales donde el compañero de intercambio aparece bajo la forma de una rosa que atraviesa la gargante de la mujer, un plátano sostenido por el interior de los muslos por los que resbala una hoja, pinzas de colgar ropa que aprietan la piel de las axilas…

Termino esta breve presentación de tres fotógrafos que son también pornógrafos con otras tantas citas de maestro Bataille [PDF de su ensayo El erotismo] que pueden ayudar a entender como toda noción rigurosa sobre lo pornográfico, lo erótico o lo obsceno se disuelve cuando llega el momento de ponerse a jugar de común acuerdo en el infinito campo de batalla del sexo.

El beso es el inicio del canibalismo.

(…)

Toda la operación del erotismo tiene como fin alcanzar al ser en lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento (…) una disolución relativa del ser, tal como está constituido en el orden de la discontinuidad. Este término de disolución responde a la expresión corriente de vida disoluta, que se vincula con la actividad erótica. En el movimiento de disolución de los seres, al participante masculino le corresponde, en principio, un papel activo; la parte femenina es pasiva. Y es esencialmente la parte pasiva, femenina, la que es disuelta como ser constituido. Pero para un participante masculino la disolución de la parte pasiva sólo tiene un sentido: el de preparar una fusión en la que se mezclan dos seres que, en la situación extrema, llegan juntos al mismo punto de disolución. Toda la operación erótica tiene como principio una destrucción de la estructura de ser cerrado que es, en su estado normal, cada uno de los participantes del juego.

(…)

Los hombres se desconocen el el bien y se aman en el mal. El bien es la hipocresia. El mal es el amor. La inocencia es el amor del pecado.

Ánxel Grove

Las canciones fúnebres de la etíope-finlandesa Mirel Wagner


Mirel Wagner canta aunque no es lícito aplicar el verbo en su acepción más plácida: la voz tiene un quejido arrastrado, la monotonía del hambre diaria o el pisar de los milicianos que siembran de muerte el sotobosque y las aldeas. Esto dice: Mi bebé tiene la cara hinchada / Grandes labios rígidos / Ojos como los pozos negros /En los que yo también he estado / Su pelo largo / Todavíe huele a  barro / Y responde a mi beso / Con una lengua podrida.

Luego llega el estribillo y es un machete oxidado por el uso y el contacto con la sangre, bien afilado para la efectiva mutilación: Ninguna muerte / Nos separará.

Otra vez: El pozo está seco / Cántame una canción / El viento está furioso, los pájaros no vuelan / Nada para comer, ningún lugara para esconderse .

El estribillo hunde la cuchilla: No puedes comer la basura aunque quieras / No puedes comer la basura aunque quieras / No puedes oler la baura aunque quieras / Porque estás en la basura, eres la basura.

Despedazada a los 23 años, Wagner acaba de editar su segundo álbum, When the Cellar Children See the Light of Day. Es fuerte en el sentido fúnebre pero frágil como un misal infantil; tenebroso como el lamento de una mujer encerrada desde niña en un sótano —la canción central habla de esos casos frecuentes de monstruos, eso decimos mientras devoramos las crónicas mediáticas menos piadosas, que secuestran a los suyos y los encierran durante años en el subsuelo— y también inconcebible como el sindrome de Estocolmo de esa misma niña encerrada, incapaz de entender el libre albedrío tras ser liberada o escapar del carcelero.

Mirel Wagner (Cortesía Sub Pop)

Mirel Wagner (Cortesía Sub Pop)

Nacida en Etiopía y, desde el año y medio de edad, criada como hija adoptada por una familia finlandesa en al área metropolitana de Helsinki, Wagner compone y canta desde los 16 años. Ha editado un par de discos —el debut es de 2012, fue publicado con escasa promoción por una discográfica independiente y dejó boquiabiertos a otros músicos y a los críticos, que desgastaron el adjetivo sombrío y mencionaron como referencias rápidas a Leonard Cohen, Nick Drake y Nick Cave—. Es casi natural enlazar ambas obras con el tenebrismo de las murder ballads, el género nacido en el siglo XVII y equivalente en música folk a la crónica roja del periodismo.

Aunque en los temas de Wagner hay sangre, muerte, suicidios y féretros, la prometedora artista parece haber impuesto un veto a que se le pregunte por sus raíces etíopes. En ninguna de las entrevistas que he encontrado [ésta quizá sea la más incisiva] hay rastro de la condición de niña huérfana de una de las zonas del mundo más castigadas por la injusticia y la ferocidad abominable de las guerras civiles larvadas y eternas, un terreno donde las murder ballads podrían ser el himno nacional.

Resulta aún más extraño que no mencione la extraordinaria riqueza de la música etíope, quizá la más variada del vergel melódico africano —la serie etnográfica y recopilatoria de casi treinta álbumes Ethiopiques es de escucha obligada— y la única donde las tradiciones ancestrales tribales han maridado con naturalidad con las canciones religiosas musulmanas y cristianas. Estoy casi seguro de que la cantautora ha indagado en la historia folklórica de su tierra natal: las escalas pentatónicas, el uso de un estrecho rango tonal como memento mori musical, la vocalización adormecida, el storytellling como base de partida para cada composición…

Mirel Wagner (Cortesía Sub Pop)

Mirel Wagner (Cortesía Sub Pop)

Con una producción casi esquelética —mi opinión es que el eco en la voz, aunque sobrio, resulta un adorno innecesario— firmada por Vladislav Delay (uno de los heterónimos del músico electrónico Sasu Ripatti) y alguna pincelada instrumental ajena a la guitarra acústica de Wagner, When the Cellar Children See the Light of Day es uno de los grandes discos en lo que va de año.

La joven cantautora rechaza ser calificada de tenebrosa por su tenacidad en circundar la muerte: “Lo que de verdad es tenebroso es la música que se convierte en un producto, la música que suena en la radio… Eso es mucho más tenebroso que una canción melancólica“.

Es la suya, en todo caso, una melancolía lúgubre —en Oak Tree canta desde la voz de un recién nacido no deseado y enterrado en vida por su madre (una señora me ha dejado aquí / me pidió con voz temblorosa que me durmiese)—, que empapó al disco desde su gestación: Wagner compuso y preparó el repertorio en una cabaña en el bosque sin luz ni agua, con la única compañía de un ratón silvestre en busca de refugio…

Lo mejor que se puede decir de estre disco desolador y hermoso es que goza del don de situarse fuera de los calendarios. Que haya sido editado en 2014 es una mera nota circunstancial. Podría pertenecer a cualquier época pasada o futura. Las sombras del luto no tienen edad.

Ánxel Grove

40 años haciendo un autorretrato de cumpleaños en ‘topless’ y con el mismo modelo de bragas

Izquierda, 1974, 29 años - Derecha, 2013, 69 años © Lucy Hilmer

Izquierda, 1974, 29 años – Derecha, 2014, 69 años © Lucy Hilmer

La misma mujer, la misma ropa interior —unas bragas lollipop de algodón blanco—, la misma piel, la misma pose, el mismo topless… Durante cuarenta años.

Lucy Hilmer ha tomado la misma foto el mismo día del año, el 22 de abril, su cumpleaños, desde 1974.

La serie de autorretratos, titulada con sorna y buen humor Birthday Suits (Trajes de cumpleaños), es un canto de amor al tiempo y a la vida, una cronología gozosa de una mujer que, como puede advertirse al contraponer las poses de la primera y la última fotos, ya no tiene miedo ni necesita colocarse a cinco metros de la cámara. Lucy Hilmer ha empleado radicalmente el derecho a exponerse.

El proyecto de Hilmer, que ahora va camino de ser un libro y quizá una película, ha ganado uno de los premios de talentos fotográficos emergentes de 2014 del prestigioso blog Lens Culture.

La mujer, una de esas aficionadas a hacer fotos que sólo admiten con cierto rubor que, “está bien, si quieres puedes decir que soy fotógrafa, pero es una palabra demasiado grande“, sólo se atrevió hace poco a sacar del encierro familiar y mostrar en público la serie de imágenes de su cita anual consigo misma.

Empezó casi en broma, en el Valle de la Muerte al que decidió viajar en 1974, cuando cumplía 29, como homenaje privado a la película de Antonioni Zabriskie PointHilmer es una hippie y no se avergüenza—. Tomó varios autorretratos, con varios atuendos y en distintas poses. “Sólo me vi a mí misma con zapatos, calcetines y las bragas Lollipop. Las demás no se parecían a mí”, explica para justificar la elección de la foto que seguiría haciendo, cada 22 de abril, durante las siguientes cuatro décadas.

El resultado de la crónica de trajes de cumpleaños es “una historia codificada del viaje de una mujer a través del tiempo”, añade Hilmer, a quien movió cierto espíritu de rebeldía: “Quería ir contra los estereotipos de una cultura que me marcaba como a una chica bonita, lo suficientemente delgada para ser una modelo de moda y no mucho más”.

Luego, con el paso de los años tuvo la intuición de que aquel rito era una alianza que la acompañaría de por vida: “Armada con mi cámara y el trípode, encontré una manera de definirme en mis propios términos y en la forma más abierta y vulnerable que pude. Mi proyecto es a largo plazo y continuará el tiempo que viva”.

Visto en conjunto, el suave viaje de autorrepresentación en topless y bragas de esta fotógrafa con la mirada iluminada, compone una narrativa superpuesta a la fotográfica. Es simple —el matrimonio, los hijos, los nietos, el inevitable avance de las arrugas…— pero de hondo consuelo: Hilmer ha sembrado el camino de señales para regresar sin drama a la casa común de la tierra que a todos nos aguarda.

Ánxel Grove

Muere Charlie Haden, músico de jazz y ‘brigadista’

Charlie Haden (1937 –  2014)

Charlie Haden (1937 – 2014)

Charlie Haden, que murió hace unos días a los 76 años por complicaciones derivadas de la poliomelitis que sufrió cuando era un crío, era poderoso y valiente. Del primer adjetivo dan fe las docenas de discos y centenares de conciertos con los que sembró su paso por el mundo. Del segundo, la bravura temeraria con que afrontaba la denuncia de lo injusto: en 1971, en el Portugal de la dictadura de Caetano, se atrevió a dedicar Song For Ché (Canción para el Ché) a los movimientos de liberación colonial de Mozambique y Angola. Tuvo que lidiar con una detención de la PIDE, la temible policía secreta.

La carrera de este bajista de enorme influencia está cimentada en varias paradojas. La primera, su formación como músico de country en la granja familiar de Shenandoah-Iowa (EE UU), donde todos, porque la tierra siempre merece un canto, tocaban este o aquel instrumento. Charlie, que cantaba mejor que ninguno de los hermanos, contrajo a los 14 años una forma del polio que le atrofió parcialmente la cara y la garganta y le impidió modular el tono vocal. Acaso por la limitación empezó a tocar el bajo de manera desatada, libre de las formas tradicionales del country, al que nunca abandonó del todo y siguió considerando la “raíz de todas las músicas”.

Además de esta anomalía —un músico procedente de la escuela secular del folk que haría carrera en el free jazz— y quizá a consecuencia de ella, Haden jamás renunció a buscar sendas de libertad, terrenos abiertos donde lo académico deja de tener sentido, y a enrolarse en una carrera proteica de casi 60 años de dedicación a los oprimidos, dando origen así a una segunda paradoja: la de un músico de jazz de protesta, un subgénero que puede parecer carente de sentido dada la fiereza libertaria e indomable, es decir, no verbalizada, de los grandes renovadores del estilo —Parker, Miles, Coltrane, Ayler, Mingus…— .

Entre otro muchos proyectos, Haden fue el impulsor principal de la Liberation Music Orchestra, una formación cambiante que debutó en 1969 con un disco sin complejos que incluía este maratoniano puzle de canciones de la Brigada Lincoln de la Guerra Civil española. El álbum, como puede sospecharse, fue prohibido en España por la censura franquista y sólo se pudo conseguir en posteriores y muy tardías reediciones digitales.

Haden tocó también con otros espíritus libres del jazz: fue durante casi una década acompañante del pianista Keith Jarrett, experimentó cruces de caminos musicales con el brasileño Egberto Gismonti y el cubano Gonzalo Rubalcaba, se entendió con el guitarrista Pat Metheny

No es casual que Haden haya comenzado su carrera en 1959 como veinteañero prodigio y único músico de piel blanca en el disco fundacional del free-jazz,The Shape of Jazz to Come, de Ornette Coleman. Tampoco que haya muerto sin culminar su disco soñado: una colaboración con Paco de Lucía.

Ánxel Grove


Los científicos que quisieron convertir los cadáveres en estatuas de metal

Ilustración del libro 'Victorian Inventions', de Leonard De Vries, en el que figura el invento

Ilustración del libro ‘Victorian Inventions’, de Leonard De Vries, en el que figura el invento

Al igual que las estatuas conmemorativas, se trataba de recordar a familiares y seres queridos tras su muerte, con la diferencia de que el interior de la escultura contenía los restos mortales.

El electroplateado o galvanoplastia es un procedimiento para dar forma al metal mediante la electricidad. Aplicada a la preservación de cadáveres, la idea se perfila como una fantasía victoriana y retrofuturista que cuesta creer que existiera. El cuerpo se debía preparar para ser conductivo pulverizándole nitrato de plata en una campana de cristal. Tras el tratamiento, había que bañarlo en sulfato de cobre para crear una capa de un milímetro del metal sobre la piel.

Hay varios recortes de prensa a partir de 1880 que documentan la técnica y venden sus bondades como una mezcla de efectivo embalsamamiento, logro sanitario y arte. Parece ser que la idea la propuso por primera vez el Doctor Varlot, un cirujano de París, aunque la autoría del invento también podría pertenecer al doctor neoyorquino Thomas Holmes (1817-1899), considerado en los Estados Unidos “el padre del embalsamamiento”.

Del siglo XIX son las fotografías por mortem, las joyas fúnebres con lugar para preservar mechones de pelo del difunto… La era victoriana iba abandonando progresivamente la herencia del romanticismo, pero no era fácil despegarse de una corriente tan seductora. Además, a ese pasado reciente se unía el afán por mostrar los progresos técnicos y científicos del momento. El caldo de cultivo era el ideal para este tipo de iniciativas truculentas.

Los orígenes del electroplateado de cadáveres son inciertos e incluso hay una patente (Method of preserving dead bodies) de 1934 del desconocido inventor estadounidense Levon G. Kassabian. Aunque rondó esporádicamente durante casi un siglo, la técnica parece ser que nunca llegó a realizarse o al menos no se conocen pruebas de ello a pesar de que el servicio pretendía comercializarse.

Helena Celdrán

Ilustración de la patente 'Method of Preserving Dead Bodies' (1934)

Ilustración de la patente ‘Method of Preserving Dead Bodies’ (1934)

Segun Lazcano, la muerte a los 54 años de un fotógrafo fronterizo

© Según Lazcano

© Segun Lazcano

“Más vale estar entre los perseguidos que entre los perseguidores”. El escritor yugoslavo Danilo Kis, que congregaba en su voz los crujidos de ceniza de Kafka y las infinitas arenas desérticas de Borges, terminó una de sus novelas con este aviso que merecería ser un himno para los indomables. Kis escribió poco pero dijo mucho porque sabía, como los viejos ascetas de las cuevas del desierto, que quien sabe no habla, y vivió con la misma frugalidad, alimentándose de la duda y alejado de los príncipes. Cuando murió, en París en 1989, tenía 54 años.

En una localidad mucho menos literaria que la pomposa capital francesa —y por ello más legítima, la vizcaina Elorrio (que en lengua vasca es la misma palabra que nombra a la baya roja del espino)— acaban de enterrar, a la misma edad de 54, groseramente temprana para la cita con la muerte, a Segun Lazcano. Era mi amigo pese a que la danza de la vida nos impidió el encuentro físico. Nunca logramos abrazarnos o, mejor, porque le sospecho tan retraído y poco dado al artificio como yo, darnos tímidamente la mano. El desencuentro hizo más lacerante la noticia de la muerte: cuando la recibí sentí que un perro me mordía los ojos.

Creo que Segun anotaría en alguna libreta la frase inicial de Danilo Kis que abre este torpe obituario y pensaría con cierto orgullo de baja fidelidad que otros, como él mismo, pertenecen a la estirpe de la gente de la frontera, el territorio patrio de los que nunca nos sentiremos cómodos entre salvas de artillería, próceres, managers de conciencias, pequeños hitlers con titulación académica o aspirantes a Napoleón. Como Kis, Segun sabía que el único armamento necesario es la duda porque evita el cinismo y la egolatría de quienes se creen profetas.

Segun Lazcano

Segun Lazcano

Es tiempo de anotar que Segun era fotógrafo, sea lo que sea esa vocación en estos años de falaz comunismo digital. Sus páginas en Flickr y Tumblr siguen activas, proyectando la sombra fantasmática de un muerto. Nos conocimos en la primera plataforma, cuando aquello era una pequeña sala de estar y no la asamblea de egos en que la han convertido. Después, con una devoción que no merezco, Segun me persiguió con la mano abierta y las retinas dispuestas a compartir distancias focales. Siguió los blogs que publico por placer, las páginas en las que colaboro por oficio, los lugares que comparto desde esas formas bastardas de amistad de las redes sociales…

Esta bitácora, por ejemplo, está llena de comentarios de Segun. Escuetos, simples y cariñosos como las bayas de los espinos. Me estimaba tanto y de tal manera que había pensado en mí, lo he sabido demasiado tarde para corresponder al honor, para escribir el prólogo del proyecto Noctis

Ahora me duele no haber retribuido al amigo muerto con la misma humilde elegancia, no haber seguido sus fotos con algo más que mi maldita mirada silenciosa, no haber dejado en nuestro rastro común algo más hondo que las muchas respuestas que se limitaban a las permutaciones de las palabras que componen la fórmula “gracias, Segun, amigo”. El silencio regresa, en el rodar imperturbable del karma, para despertarte del letargo de creerte distinto o especial o con derecho a la altanería.

Las fotos de Según habían cambiado mucho durante los últimos años. Ya no eran los delicados eufemismos del comienzo, una garra las había desmembrado para que fuesen también placas de un escáner clínico, mantequilla extendida por la rebanada abierta del día, desfiles de seres cincelados que atraviesan los canales de lava de  calles iluminadas por el haz de una linterna milagrosa, vistas del agua estancada al fondo de la botella, canciones suspendidas de clavos, ojos troquelados, paisajes urbanos raspados con una esponja de metal…

Uno de los amigos cercanos del fotógrafo, Jesús Mari Arrubarrena, a quien acudí en busca de los datos personales que nunca supe y el procaz ejercicio del periodismo me obliga a saber, dice sobre la mutación de estilo de Segun: “Durante muchos años hizo fotografía de reportaje o documental. Estos últimos años me ha dicho más de una vez que estaba más cerca de la pintura que de aquel tipo de trabajos objetivos. De hecho, tiene fotos muy buenas que ha preferido no enseñar. Ha preferido decantarse por una fotografía más difícil, más personal y más autentica (en el sentido de que habla de sí mismo)”.

© Según Lazcano

© Según Lazcano

Con la mediación de Jesús Mari he sabido alguna otra circunstancia: la pareja de Segun se llama Maritxi: los hijos preadolescentes y ahora huérfanos de padre, Pello y Xabier; el fotolibro Ero estaba a punto de ser publicado y ahora será póstumo; Segun vivió las últimas etapas de la enfermedad con entereza y sonrisas…

Me consuela trazar mapas con los nombres, situar las circunstancias en el arcón de la memoria, encajar todos los pormenores en el pecho hambriento de imposibles oraciones.

La muerte de Segun —fotógrafo del hambre, trapero de los desolados, hombre comprometido con la lengua y la cultura de una villa con nombre de baya de espino— me duele como la de un hermano.

Dejo aquí escrito un juramento: si la muerte no llega antes iré a Elorrio, haré fotos en soledad en las calles, repitiendo en silencio, con la cadencia de un manta, una frase de Georges Bataille: “La verdad tiene sólo una cara: la de la contradicción violenta”. Sé que seremos dos las voces de esa canción.

Ánxel Grove