El sonido provoca la sensación de estar escuchando varios instrumentos de cuerda a la vez, aunque con frecuencia se percibe un extraño y afilado deje metálico que no se corresponde con la calidez de las cerdas de un arco sostenido por una mano y frotando directamente las cuerdas.
La Wheelharp (cuya traducción aproximada sería arpa de rueda) es un nuevo instrumento musical con aspecto retrofuturista que podría pasar por un invento hasta ahora desconocido que un músico experimental hubiera ideado en el siglo XIX. El invento (que se toca con un teclado como el del piano) permite al intérprete orquestar las escalas cromáticas correspondientes a los instrumentos de cuerda frotada. En teoría, es como tener al alcance de la mano una orquesta de cuerdas, una orquesta de cámara de violines, violas, violonchelos y contrabajos acompañados de un clave o un piano.
Los autores del arpa son Antiquity Music, una pequeña empresa estadounidense dedicada a la fabricación y a la venta al por menor de reproducciones de instrumentos antiguos dirigida al cliente “que busca instrumentos que los diferencien del montón” y que además tengan una “calidad sonora excelente”. Han creado modelos radiales (con el teclado curvado siguiendo la rueda) y lineales (con las teclas colocadas de modo tradicional) y esperan que la wheelharp inspire a todo el que desee adentrarse en un “nuevo territorio sónico” y sirva para “los músicos, compositores y estudios que deseen crear un sonido natural de instrumentos clásicos de cuerda” pero quieran evitar la “calidad con frecuencia estéril” y depurada en exceso de los sintetizadores y los sampleados. El precio oscila entre de 9.900 a 11.900 dólares (7.600 y 9.134 euros respetivamente) según las octavas que alcalcen.
El conjunto de palitos negros se mueve en la misma dirección, crea efectos visuales envolventes, forma de pronto una serie de números que se desvanecen tal y como llegaron… Es fácil olvidar que no son más que agujas de reloj.
El estudio sueco Humans since 1982 experimenta con el diseño de los relojes de agujas para alterar su funcionamiento y construir esculturas cinéticas. En la sucesión de proyectos relacionados con el sencillo mecanismo han crecido en sofisticación e inventiva. En 6 at 6 modificaron media docena de relojes que hacían coincidir las manillas para formar el número seis a las seis. Para The Clock Clockconstruyeron paneles de varios que juntos daban la hora en números formados por las agujas, cuadriculados como en los relojes digitales. Clock typefont II es un asombroso juego de tipografías.
La última de sus instalaciones escapa de los patrones numéricos y utiliza las agujas con un fin puramente estético. A million times (un título que juega a los varios significados del término inglés time, que puede traducirse por tiempo y también vez) está formada por cerca de 300 relojes analógicos interconectados, cada uno con dos motores para que las dos manecillas se muevan sin depender la una de la otra y formar así coreografías.
La obra, de 3,44 metros de largo y 1,80 de ancho, se expone del 18 al 21 de marzo en Design Days Dubai, una feria especializada en muebles y objetos de diseño de edición limitada y enfocada al coleccionismo.
A veces los inventos del pasado se presentan como precursores mágicos de lo que ahora todos damos por hecho. Que el lector pudiera tener a su disposición varios libros a la vez, abiertos por una página en particular y ordenados de un modo eficiente para su rápida localización era un privilegio que propiciaba el estudio conjunto y la relación de varias disciplinas . La creación facilitaba el proceso de investigación de los humanistas, que —al contrario de lo que nos sucede en el presente— no veían fronteras entre la ciencia, la filosofía y el arte: todo era conocimiento.
En el siglo XVI el ingeniero italiano Agostino Ramelli (1531-1608?) —reconocido en su época como uno de los más brillantes inventores que estuvieron al servicio del ejército— publicó el libro Le Diverse et artificiose machine (1588), ahora una pieza esencial de la historia de la ingeniería. El tomo, ilustrado con 194 grabados, detalla cómo construir todos los proyectos que propone el autor y constituye uno de los primeros testimonios impresos detallados de la técnica del renacimiento.
La rueda de libros es una de las joyas ocultas en el brillante volumen. El ingenio es una especie de noria mecánica con capacidad para almacenar una docena de libros abiertos a conveniencia del usuario. Lo que puede parecer a simple vista una idea naíf, en realidad es un antecesor del hipertexto, una innovadora manera de unir fuentes y relacionar escritos que es tendador comparar con Internet o el libro electrónico.
La rueda ‘mejorada’ de Nicolas Grollier de Servière
Ramelli planeaba construir la rueda con un engranaje planetario (compuesto por varios engranajes externos que rotan sobre uno central, ahora muy común en la transmisión de los coches). El sistema, entonces utilizado en los relojes astronómicos, garantizaba que los estantes permanecerían en el mismo ángulo en cualquier posición en la que estuviera la noria.
A pesar del detalle en la descripción de la rueda de libros, parece ser que el italiano nunca la construyó, pero la idea siguió seduciendo a bibliófilos, artistas e ingenieros. El diseño fue copiado en 1611 por el alemán Heinrich Zeising en su manual Theatrum Machinarium(que ahondaba en la relación de las máquinas con los libros) y el inventor francés Nicolas Grollier de Servière (1596-1689) criticó la complejidad de la máquina y la simplificó en una nueva versión.
400 años después de su primera aparición, el arquitecto Daniel Libeskind construyó en 1986 unamáquina de leer para la Bienal de Arquitectura de Venecia. En 2012, la artista francesa Léa Lagasse recuperó la creación renacentista en The Awaken Dreamer, una instalación en la que el participante debía seleccionar pasajes de entre las novelas de Vladimir Nabokov almacenadas en la rueda.
La Columba livia es una especie de paloma que se distingue por poder ser entrenada para volver siempre a su hogar por lejos que esté. Es un ave resistente que puede volar hastas 1.800 kilómetros para ‘entregar’ un envío.
Hace 3000 años los griegos las utilizaban para hacer público el nombre del ganador de las Olimpiadas. La humanidad ha confiado en las palomas mensajeras para entregar mensajes personajes, secretos militares, recetas médicas, noticias, la información bursátil… Su utilización decayó a partir del auge de las comunicaciones por telégrafo sin cables en los primeros años del siglo XX, pero su utilidad en casos extremos no pasa desapercibida para el ejército, que las utilizaría en caso de una debacle tecnológica.
Una de las palomas de ‘Pigeon Post’ a punto de iniciar su viaje
La Letter Writers Alliance (Alianza de Escritores de Cartas) —LWA— es una modesta organización estadounidense de 2.700 socios de todo el mundo que desde 2007 se dedica a “conservar vivo el arte de escribir cartas”. Por un coste inicial y único de 5 dólares (3,70 euros) la organización pone a disposición de los usuarios descargas de diseños imprimibles, productos relacionados con la creatividad postal y material postal antiguo. “Ni las largas colas, ni los retratos en las entregas, ni la subida de los costes postales nos alejarán de nuestra misión”, aseguran en su declaración de intenciones.
Entre las nuevas iniciativas del LWA hay uno que destaca por su aspecto heterodoxo: reproducciones en plástico de palomas mensajeras, un homenaje que reaviva el romanticismo de recibir una carta por medio de un pájaro.
En lugar de llevar el envío anillado a una pata, las aves artificiales tienen en su espalda los sellos pegados a una pequeña funda que permite introducir una carta. Los creadores del Pigeon Post (Correo Paloma) han creado un objeto que, según la regulación postal de los EE UU, es válido enviar: “no es peligroso, frágil ni perecedero y pesa por debajo de 13 onzas (unos 370 gramos), así que es legal meterlo en un buzón”. Sin embargo, aclaran que la paloma no debe ser enviada a otros países así y recomiendan meterla en una caja que cumpla cualquier estándar”. Las valientes aves de plástico, con el kit para enviarlas, cuestan 30 dólares (22 euros) y de momento se han agotado.
Cuando Julie Palmer visitaba a un amigo en Suecia, los lugareños celebraban el solsticio de invierno en una sauna. La estadounidense descubrió con sorpresa que el ritual cada vez más habitual en el país nórdico era disfrutar de una sesión de sauna sustituyendo el agua que genera el vapor por una botella de vodka. La sensación, según Palmer, no era tan agresiva como la ingesta y el alcohol parecía asimilarse con más suavidad.
Volvió a casa con la idea de revivir la experiencia de tal modo que se pudiera prescindir de un elemento tan extraordinario como la sauna. Su padre, ingeniero, fue el aliado perfecto para echar a andar el proyecto que dio lugar al Vaportini.
El Vaportini
El invento reta el tradicional consumo de alcohol y ofrece la posibilidad de “inhalarlo en lugar de tragarlo”. La osada propuesta preserva las sutilezas de la bebida y, según promenten sus creadores tiene ventajas añadidas: “nada de calorías e impurezas. Los efectos se sienten de inmediato, así que es más fácil beber de modo responsable”.
A pesar del extraño diseño, que a primera vista puede desconcertar al consumidor, el procedimiento del Vaportini es natural y no tiene mucho misterio. Cinco minutos después de poner una vela en la base, el alcohol —dentro de la burbuja de cristal— comienza a generar el vapor: para inhalarlo sólo hay que sorber la pajita, aguantar la respiración y exhalar.
La cantidad recomendada para depositar en el recipiente son 30 mililitros y los licores ideales para el disfrute del invento son los de alta graduación (de 40º en adelante) y aromatizados, como el vodka de sabores o el ron envejecido en barrica. El vapor de cada dosis dura entre 20 y 40 minutos. “Los efectos” —dice Palmer— “no duran tanto como el consumo tradicional, pero eso puede tener un aspecto positivo”.
Una instalación artística recupera el placer de jugar al pinball, el mecanismo adictivo anterior a la era del videojuego, que con sólo un resorte y una bola despertaba el instinto de supervivencia del jugador. Inventado —tal y como lo conocemos— en los años treinta, pero con ancestros muy similares que datan del siglo XVIII, la maquinita pobló los recreativos de los setenta y los ochenta. Ahora conserva adeptos, pero ya no tiene el tirón del pasado. Demasiada compentencia.
STYN le da un lavado de cara al clásico uniéndolo con el diseño. Su creador, el artista gráfico holandés Sam van Doorn, ha modificado una máquina de pinball para introducir en la superficie una lámina con perforaciones que se corresponden con los obstáculos.
La trayectoria de la bola y los movimientos rápidos de los brazos que la impulsan crean un dibujo anárquico y único. “Cuando mejor jugador seas, mejor será el póster”, dice el artista. El patrón que se produce depende por completo de la relación que la persona establece con el mecanismo.
Van Doorn explica que siempre estuvo interesado en fabricar él mismo las herramientas para ejercer su profesión y que echa de menos “la libertad y la diversión de jugar” en un campo de trabajo dominado por la digitalización: “Crear nuevas herramientas te da la oportunidad de liberarte del estándar del diseño”.
En cada gajo de la naranja hay un clavo del que sale un cable pelado que se hunde en el siguiente gajo. Del centro sale un sorprendente haz de luz. Caleb Charland logró extraer la energía de la fruta aguantando el armazón con unas brochetas de madera y colocando un led.
La luz, aunque verdadera, es tan tenue e irregular que hace falta fotografiarla durante más de medio día para que se aprecie: “Todavía estoy asombrado de que haya funcionado… Aunque haya requerido 14 horas de exposición”, dice de su proyecto más reciente.
‘Fruit Battery Still Life (Citrus)’
Con la mezcla de fotografía, ciencia y curiosidad produce resultados llamativos que abren la puerta a otras reflexiones. Todas las imágenes nacen de una técnica imaginativa y un proceso fotográfico lento: no hay manipulaciones digitales.
Charland regresa con sus experimentos a la comprobación científica sencilla e inocente y usa elementos de la vida diaria (un globo, vasos llenos de vinagre, una torre de monedas, jarras de cristal, sencillas impresiones a color de fotos del espacio…) para provocar el pequeño descubrimiento que nos vuelve a provocar la emoción y la intriga de un niño. “El asombro es un estado de ánimo entre el conocimiento y la incertidumbre. Es la base de mi práctica y el resulta en imágenes que son a la vez familiares y extrañas”, dice el artista estadounidense.
No sólo ha encendido naranjas, también tiene instantáneas tomadas en un campo de patatas a principios de este mes de noviembre en las que una lámpara (con montones de cables que se meten bajo la tierra) permanece milagrosamente iluminada por la energía de montones de tubérculos. Los manzanos, un pomelo y un conjunto de varias limas y limones también le han servido como baterías naturales.
La sucesión resulta perturbadora. La primera foto muestra a una mujer joven japonesa, con una leve sonrisa, mirando a la cámara. La segunda, corresponde a la misma modelo, pero con la mano en la barbilla como sujetando parte de su rostro: una réplica de su cara que exhibe por separado en la tercera imagen.
REALFACE (Cara real) es un invento japonés —como cabía esperar por su naturaleza extraña y desconcertante— que reproduce con exactitud la cara de un ser humano en un material similar al látex. Sus creadores (la empresa Real-f) se jactan de poder reproducir hasta el último poro, las venas de los globos oculares, los lunares y las líneas de expresión.
Utilizan una técnica de fotografía en tres dimensiones a la que llaman Three-Dimension Photo Form. Retratan a la persona y escanean su rostro durante unas dos horas, reproducen los tonos de piel copiándolos de las imágenes y no pintándolos. Cada máscara se elabora de manera individual y parte de su elaboración es manual. Aunque sí pueden dejar vacíos los ojos (o hacerlos de quita y pon) para que la persona pueda ver con la máscara puesta, de momento no hacen dientes, sería difícil que parecieran naturales y resultarían aparatosos en conjunto.
Se comprometen a tenerla lista en dos semanas y cuesta 300.000 yenes (2.869 euros), un precio que la empresa destaca como “económico” en este tipo de encargos. Si el cliente pide más, las copias serán más baratas (60.000 yenes, 574 euros).
¿Por qué alguien iba a querer una reproducción exacta de su cara? Real-f sugiere que el invento puede ser “un retrato conmemorativo”, una buena manera de que los seres queridos tengan un fiel recuerdo de uno, un souvenir para los descendientes. Espeluznante.
Tres de los diseños de Jaktogo y su capacidad de almacenaje
Equipajes de mano que no pueden pasar de diez kilos, medidas imposibles en las que encajar la maleta de ruedas y que nunca coinciden con la que uno lleva, la restricción de poder llevar un solo bulto y que cualquier otro objeto que no sea la maleta cuente como tal… Las aerolíneas de bajo coste esperan al acecho que el pasajero cometa un pequeño desliz para tener que desembolsar extras. No hay piedad ni mucho menos sentido común: es de lo que viven.
Jaktogo es una triquiñuela, una reacción contra los desaguisados de las low-cost. Todos recordamos las historias de terror más recientes de Ryanair, desde los fallos técnicos de los aviones hasta el menoscabo de la dignidad del pasajero. El caso de la chica que fue obligada a bajar del avión por llevar —además de su pequeña maleta— una bolsa de plástico con un libro de bolsillo y un póster enrrollado enrollado ha sido (por el momento) la última perla de la compañía.
Jaktogo, el equipaje ‘ponible’
El invento es sencillo. Jaktogo puede ser un abrigo, un chaleco, un vestido o un poncho. No tiene relleno y cuenta con enormes bolsillos que abarcan toda su estructura. Pensada sobre todo para ropa y pequeños aparatos electrónicos, la capacidad de almacenamiento de la prenda es sorprendente y en la página web del producto aseguran que se pueden llevar hasta 10 kilos de peso.
En uno de los abrigos caben, por ejemplo, tres camisas, tres pantalones —incluídos vaqueros—, tres camisetas, tres mudas de ropa interior, tres pares de calcetines, una sudadera con capucha y una toalla.
Para no tener que llevarlo puesto constantemente, el Jaktogo se dobla y se convierte en bolso. El precio tal vez sea lo más excesivo (110 dólares, unos 86 euros) , pero puede salir a cuentas si el comprador vuela a menudo con las compañías del demonio.
Como parte del gancho publicitario, aseguran que las compañías de bajo coste como Ryan Air o Easy Jet han rechazado insertar publicidad del invento en las revistas de las líneas aéreas. Su creador, el ingeniero John Power, irlandés (como Ryanair) y residente en Bélgica, reconoce que Jaktogo no es el colmo del estilo, pero apunta que “sólo los tontos pagan por el equipaje extra. Los listos tienen Jaktogo”.
El disco no tiene surcos y no es de vinilo, sino de cartón. Tiene impresas varias circunferencias que esperan a ser modificadas con un rotulador: la música dependerá por completo de los trazos que se hagan sobre la superficie.
Dyskograf es un lector gráfico de discos. En lugar del tradicional brazo con aguja, el aparato tiene una cámara que capta la imagen y traslada la información a un software que la convierte en sonido: “La instalación es, sobre todo, una herramienta que permite la creación de secuencias musicales de un modo intuitivo. La noción del loop, tan presente en la música electrónica, está representada por el ciclo del disco”, dicen los autores.
Jesse Lucas, Erwan Raguenes e Yro pertenecen al colectivo artístico francés Avoka, que utiliza nuevas tecnologías en instalaciones, espectáculos y performances. El Dyskograf, uno de sus últimos inventos, ha participado en varias exposiciones en las que tanto niños como adultos han disfrutado del experimento. El 16 y el 17 de noviembre estará en el festival Visionsonic, en el centro de arte Mains D’Ouvres de Paris, que ofrecerá en la capital francesa talleres, instalaciones, conciertos, espectáculos y proyecciones relacionados con el sonido, la tecnología y el arte.
Con la instalación, los artistas también pretenden combatir la “ignorancia de los principios de grabación y lectura de música”. Denuncian que la era digital ha producido un alejamiento de los aparatos físicos porque los mecanismos para crear sonido no se palpan. Dyskograf es una manera de asistir en directo al proceso de construcción sin pantallas de por medio.
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