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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Entradas etiquetadas como ‘Artefactos’

‘Vestigios íntimos’, muebles ‘fundidos’ con el cuerpo humano

'Intimate Vestiges' (Installation) - Fiona Roberts

‘Intimate Vestiges’ (Installation) – Fiona Roberts

En la sala poco amueblada dominan tonos rosáceos, pálidos y hogareños. Dan ganas de quitarse los zapatos sentándose en la silla tapizada de estilo neoclásico, tirarse a leer en una alfombra que promete ser mullida y más tarde tumbarse en la cama deshecha. Cada objeto de la estancia está unido a la anatomía humana de un modo que supera el contacto corporal. Intimate Vestiges (Vestigios íntimos) es una colección de piezas de la artista australiana Fiona Roberts, convencida de que nuestro hogar y nuestro cuerpo son como antiquísimos “palimpsestos“, manucritos reutilizados en los que todavía se adivinan los restos de lo que había escrito antes. Lee el resto de la entrada »

El arte asirio que destruyó el Estado Islámico, impreso en 3D

'Material Speculation: ISIS' - 'Lamassu' - Morehshin Allahyari

‘Material Speculation: ISIS’ – ‘Lamassu’ – Morehshin Allahyari

Aquellos vídeos de febrero de 2015 enseñaron al mundo cómo un grupo terrorista borraba el patrimonio histórico iraquí, destrozando a martillazos tesoros arqueológicos y artísticos de la cultura asiria. El Estado Islámico terminó con la colección del Museo de Mosul —uno de los más grandes de Irak—, que contaba con un extenso catálogo de piezas de la provincia de Nínive. También reducía a pedazos un toro alado con cabeza humana que formaba parte de las Puertas de Nínive.

Con las grabaciones que propaga el Estado Islámico nunca se tiene la seguridad de estar viendo algo real, nada se desmiente ni se verifica: los destrozos y las ejecuciones más feroces se traducen al final en un silencio desconcertante. La atrocidad debe cubrirse de cierta incredulidad para poder digerirla mejor.

Cuando la artista iraní residente en los EE UU Morehshin Allahyari vio las imágenes del museo (de las que ni siquiera se tiene la certeza de que sean verdaderas al 100%), se activó en su interior la urgencia de reaccionar de alguna manera a la pérdida. Rebelándose contra la destrucción, creó un proyecto para perpetuar la memoria del arte que el Estado Islámico se ha llevado por delante con la consigna delirante de “eliminar a los falsos ídolos”.

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Porcelanas ‘repulsivas’ que sin embargo necesitas tocar

'Luba' - Jason Briggs

‘Luba’ – Jason Briggs

Carne de gallina, arrugas, redondeces, pliegos, apéndices, lunares, vello… Aunque las esculturas sean masas irreconocibles, cada elemento que representa resulta familiar, evoca una anatomía. Son visiones tan repulsivas como atrayentes, la primera reacción tal vez sea acercar la mano; la segunda, poner una mueca de disgusto.

Jason Briggs reconoce su enganche con el tacto y embauca al espectador para que sienta la misma “compulsión por tocar” las obras. “Más allá de las inspiraciones externas está ese impulso básico, primario. Reconozco —y actuo en consecuencia— mi profundo deseo de apretar, dar, estrujar, acariciar y pellizcar. Quiero que mis piezas provoquen una tentación similar”.

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El ojo que se ‘desintegra’ si no lo miras de frente

'Perceptual Shift' (2015) - Michael Murphy

‘Perceptual Shift’ (2015) – Michael Murphy

Con una idea muy particular de lo que debe ser la escultura, Michael Murphy maneja a su antojo la perspectiva para crear figuras. Las piezas se aprecian mucho peor en fotografías que en vídeo, la imagen en movimiento es esencial para que la obra cobre sentido. 1.252 esferas negras de madera, colgadas de hilos transparentes también pueden ser una escultura figurativa. Como demuestra el escultor estadounidense, todo depende del punto de vista desde el que uno contempla la obra.

Uno de sus últimos trabajos es Perceptual Shift (Cambio de percepción), un ojo comiquero del que Roy Lichtenstein se sentiría orgulloso. La imagen sólo se aprecia si el espectador se pone de frente: cuando la cámara se desplaza hacia la izquierda y la obra se ve de perfil, deja de tener sentido y el ojo pasa a ser un enjambre de puntos negros.

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Cuando los vestidos se hacían con sacos de comida

Libro de patrones para hacer vestidos con 'feedsacks'

Libro de patrones para hacer vestidos con ‘feedsacks’

¿Y si no pudiéramos comprar ropa? ¿Habría manera de salir del paso con lo que tuviéramos en casa sin sacrificar ningún textil del hogar? Repasando mentalmente, no hay materiales aprovechables. En la cocina, el plástico domina el envasado de los productos, con alguna concesión al vidrio. Atrás quedan otros que —por su coste en comparación con el nefasto plástico— ya forman parte de la arqueología del consumo, por ejemplo, la tela.

En los EE UU la cultura del derroche llegó tras la II Guerra Mundial como un cataclismo, borrando del panorama doméstico la reutilización y el aprovechamiento de lo que tenemos a mano. Por suerte la tendencia está cambiando, los tiempos ya no son bollantes y nos enfrentamos al mayor reto medioambiental de nuestra historia: reciclar vuelve a estar de moda y muy a propósito del revival se rescatan del olvido los recursos que empleaban nuestros abuelos.

Almacenar el cereal en sacos es casi tan viejo como la invención del textil. Los granjeros guardaban el grano en bolsas de tela cosidas a mano y con señas de identidad para diferenciarlas de cosechas vecinas. Cuando los Estados Unidos fueron industrializándose y afloraba el comercio desde el campo a las grandes ciudades, los sacos —llamados feedsacks, sacos de alimento— fueron el contenedor ideal para el transporte de productos secos.

Así llegaron de forma masiva a los hogares para transformarse en el siglo XX en un material que sacó de muchos aprietos a las familias, sobre todo en los años treinta (tras la Gran Depresión) y a principios de los cuarenta (durante la II Guerra Mundial), cuando en los EE UU había racionamiento de textiles.

Mujeres con vestidos hechos con tela de sacos

Mujeres con vestidos hechos con tela de sacos

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Audrey, el único autobús-cine que consiguió volver a la vida

El Vintage Mobile Cinema (http://www.vintagemobilecinema.co.uk)

El Vintage Mobile Cinema (http://www.vintagemobilecinema.co.uk)

El autobús es de la casa Bedford, una compañía inglesa fundada en 1930 en Bedforshire (Luton) y especializada en vehículos grandes, famosa por popularizar el motor de seis cilindros en línea. La empresa no supo enfrentarse al avance tecnológico de los otros fabricantes de autobuses y camiones y dejó de producir vehículos en 1986.

Lo más llamativo no es la redondez sesentera al estilo de las furgonetas Volkswagen T2, sino la corona de cristal, un mullido tupé en lo alto del vehículo. En aquella vidriera se escondía el proyeccionista cuando el interior, lleno de butacas de cine en lugar de asientos, cumplía su cometido como sala móvil de proyecciones a mediados de los años sesenta.

El Reino Unido acababa de dejar atrás las penurias de la posguerra, pero era consciente de que su economía se había quedado atrás después de la II Guerra Mundial mientras los EE UU afianzaban el liderazgo mundial. Blanco y esmaltado al estilo de una nevera antigua, el bus-cine no era una iniciativa romántica, se creó como herramienta para propagar mensajes gubernamentales.

La flota original de autobuses-cine

La flota original de autobuses-cine

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Bodegones con objetos típicos de las cajas de un trastero

'Heaven' -  Melodie Provenzano

‘Heaven’ – Melodie Provenzano

Empieza por bajar las cajas que descansan en los estantes más altos de su estudio. Dentro hay figuritas de cristal, porcelana y cerámica, juguetes, lazos brillantes que alguna vez dieron el toque final al envoltorio de un regalo, objetos huérfanos y rotos que ya no le interesan a nadie, el adorno inútil comprado en el todo a 100… Trastos que suelen terminar acumulando polvo en el trastero.

Melodie Provenzano (Kinderhook, Nueva York – EE UU, 1974) extiende las piezas sobre la mesa y las agrupa buscando la mejor combinación. “Esa parte del proceso es bastante divertida. Respondo a la estimulación visual y emocional según cómo se relacionan los objetos, cómo reflejan la luz, proyectan sombras y habitan el espacio”. La artista pinta y dibuja después bodegones realistas del conjunto de cachivaches, dándoles la categoría que le otorgaban los maestros holandeses y flamencos del siglo XVII a las piezas de caza, las vajillas de plata o las frutas exóticas.

'Plan A' (detail) - Melodie Provenzano

‘Plan A’ (detail) – Melodie Provenzano

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‘Tactum’, diseño en 3D sobre la piel

Como sucede con los rayos de sol o la luz de la luna cuando se filtran a través de una persiana, las líneas luminosas se proyectan sobre la piel invitando al juego. La sorpresa viene al descubrir que se pueden moldear, tensar y soltar para darles forma: el capricho tecnológico se llama Tactum y es una herramienta digital que permite manipular las formas proyectadas sobre el cuerpo y transformarlas después  —con impresiones en 3D— en pulseras y accesorios.

Con financiación de la compañía de software Autodesk, el proyecto parte del estudio Madlab.CC, un colectivo de diseñadores que realizan “acercamientos computacionales a la arquitectura, la creación y la interacción”. De momento centrados en la zona del antebrazo y con la intención de perfeccionar el sistema, utilizan un controlador de videojuego Kinect, que establece el contacto entre el usuario y la consola a través del reconocimiento de gestos, en la misma línea que otros sistemas como Wii MotionPlus de Nintendo o PlayStation Move.

'Tactum' - MadLab.CC

‘Tactum’ – MadLab.CC

“Una persona simplemente puede tocar, dar, frotar o pellizcar la geometría proyectada sobre el brazo para personalizar formas listas para imprimir y listas para llevar”, escriben en el apartado de su página web dedicado al proyecto.

Amigos del código abierto, no revisten su iniciativa de exclusividad. Al usar la piel como superficie interactiva para la fabricación de modelos en 3D, quieren hacer accesible el diseño digital a usuarios “no expertos”, convertirlo en una tarea intuitiva.

Sin embargo, también reconocen que la simplificación tiene un precio: la dificultad de conseguir un diseño preciso. Los abalorios que resultan de Tactum se suelen limitar a “las formas abstractas y escultóricas”. Consciente de la limitación, el equipo trabaja para superar el obstáculo y planea que, en un futuro cercano, incluso sea posible ampliar los usos del sistema para fines médicos.

Helena Celdrán

Imagen del proyecto 'Tactum' - MadLab.CC

Imagen del proyecto ‘Tactum’ – MadLab.CC

‘Way Out’, una animación para adictos al ‘smartphone’

Todos lo vivimos a diario como partícipes y observadores. En el transporte público, en un restaurante, incluso en el arenal de una playa… Un gran porcentaje de las personas están inmersas en una pequeña pantalla y pendientes de revisarla en cuanto la pierden de vista unos segundos.

Lo que empezó siendo un teléfono móvil, una herramienta para llamar y recibir llamadas fuera de casa, ahora es una navaja suiza mental. Muchos no reconocerían ni en mil años la dependencia que sienten por el smartphone, como muchos drogadictos, dirían incluso creyéndolo “yo controlo”, “yo lo dejo cuando quiero”.

Way Out (traducible por salida o escapatoria) es una animación propia de nuestro presente como sociedad enganchada a la tecnología. De tres minutos de duración, la pieza comienza resultando muy familiar y acaba siendo una pesadilla: el mundo digital de cada pantallita luminosa se descontrola, lucha por salir y se convierte en un agujero negro que engulle al mundo real.

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El hombre que se convirtió en “el Caruso del silbido”

Retrato autografiado de Guido Gialdini

Retrato autografiado de Guido Gialdini

En las escasas fotos que se conservan de él, Guido Gialdini (¿1878-?) posa bien vestido y con la cabeza alta, con la actitud de un prestigioso cantante de ópera. De perfil distinguido y labios finos, había ganado fama internacional por ser un prodigio del silbido: era capaz de silbar cualquier melodía que escuchara, de ejecutar con precisión valses de Strauss, arias de ópera, canciones folclóricas o sincopados ragtimes.

El nombre italiano era sólo artístico. En realidad se llamaba Kurt Abramowitz y había nacido en Alemania, en Berlín. Tras una breve carrera como comerciante, en los primeros años del siglo XX comenzó a ser consciente de su talento y consiguió abrirse un hueco en la música silbando para otros artistas, haciéndo pequeños solos y arreglos en canciones de música ligera.

En años en que todavía convivían el gramófono y el fonógrafo (un aparato inventado por Edison y que reproducía sonidos grabados en un cilindro de cera), la incipiente industria musical se fijó en la destreza de Abramowitz y registró sus versiones silbadas. Poco antes de que estallara la I Guerra Mundial ya era una estrella de los espectáculos de variedades, se hablaba de él como “el Caruso silbador” y existen recortes de prensa que registran giras y conciertos en el resto de europa, en los EE UU en 1910/11 y a finales de 1911 hasta en Australia.

En sus grabaciones —todas ya libres de derechos y algunas fácilmente localizables en Internet— lo acompaña una gran orquesta. Sopla con ligereza, haciéndo arabescos invisibles con el aire que surge de su boca. A ratos podría pasar por un theremín, si no fuera porque el instrumento pionero de la electrónica no se inventaría hasta 1919.

Poco más se sabe de la vida y la trayectoria profesional de Abramowitz. Su rastro se pierde por completo en los años treinta. De origen judío, tiene peso la teoría de que murió en el campo de concentración nazi de Auschwitz durante la II Guerra Mundial.

Helena Celdrán