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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

El Palacio de los Soviets y otros grandes edificios que nunca se constuyeron

Palacio de los Soviets. Proyecto de Boris Iofan, 1937 (Foto: dominio público)

Palacio de los Soviets. Proyecto de Boris Iofán, 1937 (Foto: dominio público)

Los avatares del nunca concluido Palacio de los Soviets de Moscú, que debía ser el monumento más alto del mundo —a Stalin le pareció poca cosa la altitud inicial de 260 metros y lo mando elevar a 495 (“no debe asustarnos el cielo, camaradas, ¡debemos conquistarlo!”, dijo en una reunión del jurado)—, son una juiciosa lección para los megalómanos y, por puro desarrollo lógico de la nada humilde aspiración, un fantasmal altar a la egolatría.

Lo comenzaron a construir en 1937 según un proyecto de Boris Iofán retocado amablemente por Stalin, que de arquitectura sabía menos que de buenos modales, sobre el terreno que ocupaba la Catedral del Cristo Salvador, el templo ortodoxo más grande del mundo, dinamitado por orden del poder comunista en diciembre de 1931. Cuando apenas habían avanzado las obras del nuevo palacio, los materiales, sobre todo las estructuras metálicas, fueron arrancadas en 1941 para ser reutilizadas en la fabricación de material bélico para la II Guerra Mundial.

El palacio con la inmensa figura de Lenin retando a los aviones como un King Kong marxista nunca fue terminado. En el terreno se construyó algo mucho más gozoso: una gran piscina al aire libre para solaz de los por otra parte necesitados habitantes de la URSS. La curia ortodoxa aprovechó la perestroika para recordar el “ultraje” del templo original, que fue reconstruido y consagrado de nuevo como catedral en 2000. Una nota de la época del ABC transpira la piadosa emotividad casi palpable a la que nos tiene acostumbrado el diario: Renace la Santa Rusia.

Cuatro de los proyectos desechados por Stalin. Arriba: Erich Mendelsohn (izquierda) y Le Corbusier. Abajo: Hans Poelzig (izquierda) y Walter Gropius (Fotos: dominio público)

Cuatro de los proyectos desechados por Stalin. Arriba: Erich Mendelsohn (izquierda) y Le Corbusier. Abajo: Hans Poelzig (izquierda) y Walter Gropius (Fotos: dominio público)

En la cuneta para el Palacio de los Soviets se habían quedado una quincena de proyectos encargados a la flor y nata de los arquitectos de vanguardia del primer tercio del siglo, entre ellos Le Corbusier, Gropius, Mendelsohn y Poelzig, expectantes ante las posibilidades sociales del experimento de la URSS, que todavía era contemplado con ciega benevolencia por la izquierda occidental.

Los proyectos fueron rechazados porque a Stalin, presidente y miembro con derecho a voto del jurado, no le parecía que ninguno era digno de los valores de la república de los soviets, que por lo visto reducía a la envergadura y la magnificencia. La decisión de elegir la monolítica y clasicista propuesta de Iofán fue tildada por Le Corbusier como una “trágica traición” y un “insulto al espíritu de la Revolución soviética”.

El Palacio de los Soviets no es el único edificio condenado por la historia o las circunstancias. Bastantes otros, como modernas torres de Babel, fueron anulados por la pretenciosa aspiración de sus promotores. Al contrario, algunos que prometían belleza, armonía y comodidad, no convencieron. Repasemos unos cuantos.

Bocetos para el proyecto de Narkomtiazhprom para Moscú, 1933-1934 (Fotos: dominio público)

Bocetos para el proyecto de Narkomtiazhprom para Moscú, 1933-1934 (Fotos: dominio público)

Otro proyecto estalinista de la misma época desató la pornográfica imaginación de algunos de los arquitectos soviéticos que deseaban ganar puntos como fieles intérpretes de las ansias del poder: el Narkomtiazhprom.

El complejo oficial y administrativo, que debía rodear la Plaza Roja de Moscú por el norte y el este, fue convocado oficialmente desde un comisariado gubernativo. Llovieron las ideas: 120 diseños fueron presentados, desde rascacielos futuristas de cristal que iluminarían la noche y serían visibles desde centenares de klómetros a la redonda, hasta moles imperiales de significativo parecido con las que poblaban las pesadillas psicóticas de Hitler.

Algunos historiadores opinan que la intención de Stalin, a quien los edificios importaban bastante menos que los gulags, era ocupar la imaginación de los súbditos con ideales de grandeza y que nunca pretendió ejecutar —verbo muy adecuado para el personaje— ninguna de las propuestas.

Bangkok Hyperbuilding © OMA

Bangkok Hyperbuilding © OMA

Este espanto, por suerte sólo construido digitalmente, es el Bangkok Hyperbuilding, un proyecto del estudio OMA, que se presentó en 1996 bajo la idea de “concentrar una ciudad entera” en una megaconstrucción ubicada en la península tailandesa de Phra Pradaeng.

La propuesta prometía alojar a 120.000 personas sin hacer uso del terreno necesario para semejante volumen de población. El arquitecto holandés Rem Koolhaas, uno de esos saboteadores del espacio que desean pasar a la historia como filósofos cuando debían estar dedicándose todavía a manipular ladrillo perforado, no consiguió que ningún chiflado pusiera el dinero.

Boceto de Gaudí para el Hotel Attraction (Foto: dominio público)

Boceto de Gaudí para el Hotel Attraction (Foto: dominio público)

En 1908 el arquitecto español Antonio Gaudí recibió el encargo de planear un hotel para Manhattan. Ambicioso y soñador, no se limitó a entregar un proyecto al uso, sino que bosquejó un rascacielos de 360 metros de altura, lo que hubiera convertido al edificio en el más alto del mundo en la época..

El Hotel Attraction sería de uso mixto: residencial, cultural y de ocio, con cinco grandes salones interiores y superpuestos, cada uno con un vuelo de 14 metros y dedicado a los continentes —el de América incluía una Estatua de la Libertad de una decena de metros—. Calculaba un tiempo de construcción de ocho años que los promotores consideraron excesivo.

El proyecto, una especie de secreto hasta que fue aireado en 1956 y constatado como real, fue revitalizado cuando EE UU buscaba alternativas tras la destrucción de las Torres Gemelas en el 11-S, pero tampoco en esta ocasión convenció a los estadounidenses.

Boceto de la Chicago Tribune Tower de Eliel Saarinen (Foto: Dominio público)

Boceto de la Chicago Tribune Tower de Eliel Saarinen (Foto: Dominio público)

Boceto de la Chicago Tribune Tower de Adolf Loos (Foto: Dominio público)

Boceto de la Chicago Tribune Tower de Adolf Loos (Foto: Dominio público)

Boceto de la Chicago Tribune Tower de Walter Gropius y Adolf Meyer (Foto: Dominio público)

Boceto de la Chicago Tribune Tower de Walter Gropius y Adolf Meyer (Foto: Dominio público)

Cuando en 1922 el diario Chicago Tribune convocó un concurso internacional para albergar su nueva sede advirtió a los interesados que la exigencia iba a ser alta —diseñar  “el más bello y singular edificio de oficinas del mundo”—. La carnada era jugosa: 50.000 dólares de premio para el ganador, una cantidad nada habitual entonces —el salario medio al mes de un profesor de secundaria era de unos 800 dólares—.

Al certamen llegaron 260 propuestas de 32 países y la calidad fue altísima. Ganaron el premio Raymond HoodJohn Mead Howells con su pilar gótico con arbotantes en la cima, pero la decisión fue muy criticada por conservadora.

Entre las propuestas brillaba la del finlandés Eliel Saarinen, con una bellísima y simplificada torre que se adelantó a la estética de la modernidad. También fue aparcada, esta vez por no cumplir el plazo de entrega por unas horas, la columna dórica de 120 metros de alto del académico y ortodoxo arquitecto clasicista vienés Adolf Loos.

Walter Gropius y Adolf Meyer tampoco convencieron al jurado con el edificio de hierro, cristal y terracota, europeísta y moderno, que enviaron desde la naciente escuela Bauhaus. Años después el primero se quejó de la incomprensión estadounidense hacia el espíritu utilitario y antiesteticista de su equilibrado edificio, que pretendía construir en un estilo neutro, “evadiendo cualquier referencia histórica” e intentando simplemente expresar que el mundo estaba cambiando y debía de dejar de mirar al pasado.

Jose Ángel González

4 comentarios

  1. Dice ser Alejo

    Muy interesante el artículo. La nueva ciudad que quería construir Hitler incluía también edificios impresionantes:

    http://documentalium.blogspot.com/2015/04/welthauptstadt-germania-la-ciudad.html

    31 Agosto 2015 | 13:29

  2. Dice ser Jeeves

    Menudo espanto le preparó Gaudí a los americanos, debía odiarlos.

    31 Agosto 2015 | 13:39

  3. Dice ser Warp

    El Palacio parece un zigurat con esteroides.

    En cambio la torre de Gropius me fascina.

    01 Septiembre 2015 | 13:20

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