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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

El ‘alfabeto arqueológico’ de Antonio Basoli

Antonio Basoli, "Autoritratto", 1821-22

Antonio Basoli, “Autoritratto”, 1821-22

Cuando Antonio Basoli decidió dibujar su autorretrato ya era casi un cincuentón y uno de los artistas más estimados de su tiempo en Italia. Que haya elegido el aire de un boceto inacabado para presentarse dice bastante de su humildad. Que los rasgos aparezcan apenas sugeridos y, al contrario, quede bien claro que estamos ante un artista —la pluma, el caballete, los dibujos sobre la mesa desordenada…— añade el sesgo de una tranquilidad interior basada en la armonía y la prudencia.

Basoli (1774-1848) pudo hacer fortuna y recibir altos honores. Era pintor, diseñador de interiores, decorador teatral, grafista, grabador y, quizá la faceta que más le satisfacía, profesor. Recibió encargos de nobles e instituciones e incluso el zar de Rusia le ofreció un cheque en blanco para que viajase a hacerse cargo de la decoración de los palacios reales de verano, a los que quería añadir un aire italianizante. Basoli dijo a todo que no.

Apegado a su tierra por un sacramento que tenía el tono de un vínculo sagrado, el artista apenas abandonó Bolonia en media docena de ocasiones y siempre para desplazamientos cortos y de matiz empírico: ir a Milán para tomar nota de la decoración de algún montaje operístico en La Scala, acercarse a Roma para consultar alguna obra de su admirado Piranesi, pionero de la modernidad y, como Basoli, refractario a la soberbia que oscurece a algunos artistas…

Como tantos de sus contemporáneos, sentía la llamada del exotismo y tenía una visión romántica que plagaba el globo terrestre de interrogantes, pero jamás sintió la necesidad de ver con sus ojos los paisajes que podía soñar desde Bolonia porque sabía que cada mundo probable está en cualquier lugar del mundo.

Pintó e hizo grabados sobre muchas maravillas —los jardines colgantes e inexplicables de Babilonia, la magna estatua ecuestre romana de Domiciano, los templos egipcios de Isis y Osiris, las pagodas chinas de Fo donde la niebla intervenía como material constructivo…— pero sin moverse de su estudio, inspirado por las descripciones de otros y llenando los vacíos con las imágenes que emergían de sus lápices y acuarelas. No tenemos derecho a desmentir que las visiones imaginarias fuesen menos veraces que las reales.

De Basoli han sobrevivido pocas obras. La más admirable es L’Alfabeto Pittorico (El alfabeto pictórico, 1839) —un facsímil de la obra completa y escaneada a buena resolución puede verse en esta web del Museo Virtualle della Certosa de Bolonia—.

Se trata de un alfabeto arqueológico en 26 viñetas —las inserto abajo, citando ahora, para evitar el embrollo de 26 pies de imagen idénticos, que el crédito es en todos los casos: © Accademia di Belle Arti di Bologna, el centro donde Basoli impartió clases—. y el artista concibe otros tantos universos a través de la excusa de idear una fuente tipográfica.

Cada letra capitular y cada detalle de los 26 mundos quimérticos de los que forman parte son como grietas de la mente en ebullición de un hombre que no deseaba salir de Bolonia y, pese a ello, se trasladó tan lejos como el más voluntarioso de los viajeros.

Ánxel Grove

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