Archivo de julio, 2012

Una colección ‘online’ de criaturas incomprendidas

31 julio 2012
Cuatro ilustraciones recientes de Renee French

Cuatro ilustraciones recientes de la artista – © Renee French

Son criaturas incomprensibles e incomprendidas. Las sombras grises del lápiz envuelven sus extrañas acciones en un ambiente fantasmal sin quitarles poesía. En las viñetas solitarias de la estadounidense Renee French (1963) las historias comienzan y acaban en el surrealismo de personajes que se sienten lejos de los demás.

Es conocida entre los aficionados al cómic. Con los años se ha convertido en una figura de culto, con historias protagonizadas por una mujer de jabón, chimpancés con vestido, niños de aspecto inusual, peces que boquean sus últimas palabras fuera del agua…

Aunque no es una recién llegada al negocio y sigue publicando, su página oficial no es buen lugar para ver novedades. Al entrar, un mensaje encabeza la home: “Esta web es antigua. Pasa y mira, pero para material actual visita mi blog“.

El blog se ha convertido en un receptáculo de viñetas en blanco y negro que capturan a la artista. French ha encontrado la comodidad en la sencillez de la página, en la que ya lleva años colgando a buen ritmo pequeñas ilustraciones. Es un cuaderno de bocetos que la obliga a añadir a diario una ventana a otro mundo: la autora reconoce el enganche y lo califica de “compulsión seria”.

Un ave melancólica, personas con protuberancias que eliminan el rostro, un leopardo de cuyo hocico sale disparado un grupo de moscas… Las últimas ilustraciones que ha publicado las protagoniza una especie de pollito inanimado, hinchable y de gran tamaño, observado por personas que a su lado parecen puntos. French imagina escenas que le resulten desasosegantes, que despierten un miedo que sea dificil de explicar, explora el significado de la belleza e intentar entender por qué es tan importante que algo sea bonito.

Helena Celdrán

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© Renee French

Willie Nelson y la guitarra Trigger se retirarán juntos

30 julio 2012
Trigger

Trigger

La guitarra se llama Trigger (Gatillo) en honor al caballo palomino del vaquero cantante Roy Rogers. Es un modelo N-20 de Martin, la marca de guitarras que ha escrito la historia con mayor precisión que las estilográficas más escrupulosas.

Como demuestran los costurones de la madera mellada, la existencia de Trigger ha sido un continuado alboroto. Está en el mundo desde 1969, fue salvada de un incendio al año siguiente (junto con una partida de marihuana), está agujereada de tanta canción, fue escondida en un zulo para hurtarla de las pesquisas de los inspectores de Hacienda que tramitaban un embargo…

El dueño de la guitarra no tiene mejor pinta que el instrumento: Willie Nelson, un tipo de 79 años, cuyo aspecto alguna vez ha sido definido con bastante justicia como similar al de “Jesucristo en un mal día”.

Nelson —que en España es confinado al papel de cantante de música country sin otro motivo que el desconocimiento de una obra esencial— editó hace pocos meses un nuevo disco, Heroes. No es comprable a sus mejores obras —Shotgun Willie (1973), Red Headed Stranger (1975), The Great Divide (2002), por citar sólo mis favoritos—, pero supera con creces en honestidad y sentimiento a tanto disco vacío que puebla la sección de novedades.

Willie Nelson

Willie Nelson

Hay muchas razones para admirar a Nelson. La menor de ellas es haber compuesto, desde que empezó a cantar, hace 56 años,  unas tres mil canciones —entre ellas algunas que difundieron otros artistas, como Crazy, que Patsy Cline elevó a lamento sobre la locura de amar y Julio Iglesias pervitió hasta el delito criminal—, inspirado a buena parte de los forajidos del country, sobre todo a su gran colega Waylon Jennings (escuchen esta maravilla a dúo: Mammas Don’t Let Your Babies Grow Up to Be Cowboys, un canto de indignación primaria contra los médicos, abogados, ingenieros, periodistas y otros miserables licenciados) y defendido con el ejemplo una forma de vida libérrima y cercana al anarquismo.

Nacido en la Gran Depresión y criado por sus abuelos tras la fuga, cada uno por su lado, de los padres, Nelson fue un niño recogedor de algodón a quince céntimos la hora y aprendió la ingratitud de los hombres hacia los granjeros, primer y más endeble eslabón de la cadena del capitalismo dirigido desde y para las grandes ciudades. No olvidó aquella lección: en 1985 montó, con Neil Young y John Mellecamp (y la inspiración de Bob Dylan, primero que enunció la idea), la organización Farm Aid para ayudar a los granjeros sometidos a amenazas de embargo por los bancos.

El autobús-vivienda de Nelson

El autobús-vivienda de Nelson

Aunque tiene tres casas, Nelson pasa en su autobús más tiempo que en ninguna. Se siente bien sobre ruedas, aparcando en terrenos baldíos y llevando un horario no sujeto a condiciones. El vehículo se mueve con biodisel de soja comercializado por BioWillie, la empresa de combustible verde montada por el músico en 2004. La compañía gestiona dos plantas de producción y sendas gasolineras.

Otra de las campañas públicas de Nelson tiene que ver con la legalización de la marihuana, por cuya posesión y consumo ha sido detenido varias veces. Es consejero de la National Organization for the Reform of Marijuana Laws (Organización Nacional para la Reforma de la Legislación sobre la Marihuana) y en 2010, tras la última detención policial, fundó el partido político TeaPot Party, cuyo lema es: “Grávala fiscalmente,  regúlala y legalízala”. Hace poco rechazó una invitación del Green Party estadounidense para presentarse como vicepresidente a las elecciones generales de este año. “No quiero ser un partisano. Pase lo que pase, además, las grandes corporaciones van a seguir arruinando la democracia”, declaró.

Nelson fumando marihuana en el autobús

Nelson fumando marihuana en el autobús

No todo ha sido alegría en la vida de este tipo indomable que cultivó durante décadas una afición desmedida por el alcohol —su primogénito, Billy, también alcohólico, se suicidó en 1991 al sentirse incapaz de afrontar los desastres de la vida— y dilapidó con bastante locura la fortuna que ha ganado con la música (“hay poca diferencia entre tener 10 millones y un millón, sólo necesito un par de zapatos, un colchón y un techo“).

Consumido pero incansable, Nelson ha prometido que no se retirará de los escenarios. Eso sí, ha puesto límite a su permanencia en la tierra. Dejará el mundo cuando lo decida su guitarra: “Cuando Trigger se vaya me voy yo”.

Ánxel Grove

Una máquina del tiempo tras un marco

27 julio 2012
'Ode to Hill and Adamson' - Maisie Broadhead

‘Ode to Hill and Adamson’ – Maisie Broadhead

La grabación (accesible si se clica sobre la imagen) comienza con una habitación, vacía  salvo por unos marcos apoyados en una pared de ladrillos y otro marco, colocado en el centro del plano y sujeto por una estructura metálica. Maisie Broadhead coloca un taburete tras el marco, que se convertirá en un agujero en el tiempo con la transformación de una modelo en Lady Eastlake (1809-1893), escritora y crítica de arte británica.

La artista inglesa Maisie Broadhead (Londres, 1980), amante del arte clásico, autora de versiones fotográficas de cuadros flamencos y arte sacro, se prepara para la exposición Seduced by Art: Photography Past and Present (Seducidos por el arte: pasado y futuro de la fotografía), que se inaugurará en la National Gallery de Londres en octubre de este año. La intención es poner el vídeo junto a una foto original que los pioneros del retrato Hill y Adamson tomaron en 1844 de Lady Eastlake en el primer estudio fotográfico que hubo en Escocia.

Ode to Hill and Adamson (Oda a Hill y Adamson) es un timelapse que muestra a toda velocidad los preparativos necesarios para que Lady Eastlake vuelva a la vida. Las sesiones de maquillaje y peluquería se combinan con la construcción de un tabique superficial que simula la pared sobre la que está colgada la foto. Al final, una lámina traslúcida colocada sobre el marco produce el efecto de vejez en la imagen y sólo queda que la modelo —con el gesto estudiado— calque la expresión de la mujer de aspecto victoriano y gesto serio. Para romper con la solemnidad, tras permanecer unos instantes inmóvil, sonríe y guiña el ojo.

Helena Celdrán

Edoardo Pasero, fotógrafo de gigantes inmortales

26 julio 2012
Edoardo Pasero

Edoardo Pasero – de “Oktagon”

Más allá de todo límite. No alcanzó a imaginar mejor hogar para las fotografías: un espacio hasta tal punto apartado que ni siquiera la imaginación humana pueda predecirlo.

Edoardo Pasero ( Alessandria-Italia, 1978) empezó a tomarse en serio las fotos tras licenciarse en Filosofía. Quizá a consecuencia de la frialdad de los tomos académicos, acaso porque no encontró en ellos más que desapego, entendió que la mejor forma de practicar el humanismo y elevarse sobre la vulgaridad del mundo era entrando con la cámara en las cicatrices y roturas de los otros para reconocer las suyas.

Conozco la obra de Pasero desde hace años. Le seguí en Flickr, cuando tanteaba en busca de un código propio. Hace unos días, por casualidad, en una deriva por los laberintos de la Red, encontré su nueva web y los trabajos que firma para el colectivo Prospekt. Sigo sin aliento.

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero – de “Iperborea”

En una de sus escuetas declaraciones de principios, afirma que su fotografía es una “caja de deshechos”. En la potentísima y dolorosa serie Iperborea —inspirada en los axiomas de acero de Friedrich Nietzsche en El Anticristo: “Nos volvimos sombríos, nos llamaron fatalistas. Nuestro fatum era la plenitud, la tensión, la hipertrofia de las fuerzas. Teníamos sed de rayos y de hechos; estábamos muy lejos de la felicidad de los débiles, de la abnegación”—, se busca en los demás con el sentido de inmolación de un enfermo terminal al que han prometido un improbable milagro ante el cual, pese al progreso del cáncer y la conciencia del inevitable desastre, debe confiar o tal vez simular la confianza.

Con fosforescencia siniestra —¿hay acaso otra forma de luz distinta a la negra que valga la pena morar?—, Pasero se acerca a sus temas sabiendo que la apuesta le implica y que su propia esencia está en juego sobre la mesa de apuestas existencia de la ruleta.

Edoardo Pasero - de "Doll Flesh"

Edoardo Pasero – de “Doll Flesh”

En Doll Flesh retrata a Vittoria, una transexual de 48 años que trabaja como prostituta de carretera en las afueras de Milán, en espera de una intervención médica que limpie su cuerpo de los nódulos y granulomas causados por la enorme cantidad de silicona que se aplicó.

Oktagon y MiSex documentan dos eventos de carácter extremo y soplido de huracán. El primero es el mayor espectáculo de lucha que se celebra en Italia, con combates de todo género (muay thai, karate, taekwondo, kickboxing, full contact…). El otro no es menos feroz: una macroferia de la industria del sexo y la pornografía.

Edoardo Pasero - de "Persona"

Edoardo Pasero – de “Persona”

De modo congruente, Pasero ha recorrido un camino que concluye en Persona, un fotoensayo todavía en marcha que relata la arrogante presencia de pacientes médicos y postquirúrgicos.

Son retratos tabicados por encuadres muy cercanos, con las cicatrices —y no sólo las externas— palpables, realizados, siguiendo a Nietzsche, desde el convencimiento de que “uno pierde fuerza cuando compadece”.

Tengan presente a Edoardo Pasero. Retrata a seres humanos con los que conviene medirse: gigantes inmortales.

Ánxel Grove

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero

Edoardo Pasero

Tres cuentos: un ‘serial killer’, el inventor de Kelloggs y Mata Hari

25 julio 2012
"Diferencias entre los gigantes y los guerreros" (grabado escandinavo de 1555)

“Diferencias entre los gigantes y los guerreros” (grabado escandinavo de 1555)

El subtítulo de esta entrada debería ser: cuando el cuento es una historia y la historia es el cuento.

“Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible“, escribió Borges en uno de sus cuentos. Quizá la belleza de la frase oculte su falsedad: la historia es, casi siempre, una fantasía y no un “tinglado invulnerable”, como apuntó Pío Baroja con su cantábrica certeza. La historia es una suma de falsedades interpretadas para construir un recuento, término que, no por casualidad, implica una suma o sucesión de cuentos.

Aunque el grito de la historia nace con cada humano y tal vez condiciona el calado o el rumbo de sus pasos, la historia que nos cuentan, que nos dejamos contar, que pervertimos y moldeamos con buenas o discutibles intenciones, es a menudo una cadena de ficciones.

Perry Smith y Dick Hickock, los verdaderos asesinos de "A sangre fría", retratados en 1960 en la cárcel por Richard Avedon

Perry Smith y Dick Hickock, los verdaderos asesinos de ‘A sangre fría’, retratados en 1960 en la cárcel por Richard Avedon

Kipling sostenía que “si la historia fuese contada en forma de cuentos, nadie la olvidaría”. Creo ciegamente en esa idea , que veo confirmada en los Episodios Nacionales de Galdós, quizá el mejor reportero de  la historia de España, los libros del gran Balzac y las páginas de estremecedora realidad-no-del-todo-real de  A sangre fría (Truman Capote, 1966), Despachos de guerra (Michael Herr, 1977), La canción del verdugo (Norman Mailer, 1980) y otros libros del género que los departamentos universitarios, con su gusto por el gregarismo terminológico, llaman no ficción y yo prefiero considerar periodismo literario, así como también en muchas novelas de ficción pura a la que nadie puede discutir la condición de históricas —paradigma contemporáneo: Vida y destino, de Vasili Grossman, donde la mucha sangre derramada en Stalingrado ahoga al lector con más fuerza que las cifras estadísticas del horror: entre tres y cuatro millones de muertos—.

Soldados del ejército ruso en la batalla de Stalingrado, 1943

Soldados del ejército ruso en la batalla de Stalingrado, 1943

Pero el cuento puede ser perverso y la historia es a menudo trastornada con excusas ideológicas (propaganda), por motivos económicos (publicidad) o porque le da la gana al narrador o a la sucesión de narradores (adulteración, falsificación). Hace dos días dimos en este blog un ejemplo palmario: la gran mentira de Henry David Thoreau, que redactó como teoría filosófico-social sobre el ascetismo y la vida simple su experiencia en una serie de picnics burgueses y bien abastecidos en una cabaña al alcance de la casa de mamá.

Para comprobar la abundancia de malos cuentos históricos y la manipulación grosera que a menudo hemos terminado creyendo como verdadera o convirtiendo en historia oficial, tomemos a un serial killer, un fabricante de cereales y una espía. Ninguna de sus historias ha sido contada según los hechos, pero todas ellas son un atractivo cuento.

El 'castillo del crimen' de H.H. Holmes en una ilustración del Chicago Tribune de 1895

El ‘Castillo del crimen’ de H.H. Holmes en una ilustración del Chicago Tribune de 1895

1. La prensa inventó a finales del siglo XIX al primer serial killer de los EE UU, H.H. Holmes. En la fabulación del personaje —un tipo claramente perverso pero no del calibre que sugieren las hemerotecas— trabajaron dos pájaros de cuidado: los millonarios editores y enemigos  Joseph Pulitzer, que dejó en su testamento los fondos para un premio dedicado al periodismo de investigación que nunca ejerció en vida, y Randolph Hearst, inventor de la prensa amarilla e inspiración del déspota ególatra Ciudadano Kane del cine.

Para vender más diarios como objetivo único, los dos se la jugaron a la misma carta: intentar convencer a la opinión pública de que Holmes era “el mayor asesino de la era moderna” y “el más perverso de los criminales de la historia”  —los entrecomillados son titulares textuales de sendos periódicos de Pulitzer y  Hearst, respectivamente. Que las pruebas y las investigaciones policiales señalaran en otra dirección no provocó en los editores más que un deseo creciente de seguir redactando una trama sangrienta, loca, paradójica y excesiva. Una gozada literaria pulp entregada al público como si fuese real.

Fotos policiales de H.H. Holmes

Fotos policiales de H.H. Holmes

Holmes era un personaje perfecto: guapo, ojos azules, bien educado, con don de palabra y gentes. Sus apetitos también cuadraban (estafador de viudas, vividor, galante, frecuentador de burdeles…) y el escenario tampoco necesitaba retoques: Chicago durante la Feria Mundial de 1893, visitada por 26 millones de personas extasiadas ante la magia de la novedosa luz eléctrica y otras fantásticas promesas de la inventiva y el progreso humanos —la poderosa poética del recinto ferial sirvió de modelo para la Ciudad Esmeralda del reino mítico de Oz e inspiraría con una nueva idea, los parques temáticos, a un trabajador de la feria llamado Elias Disney, futuro padre de todos sabemos quién—.

La policía logró probar cuatro de los crímenes de Holmes, pero los diarios atribuyeron al Archiasesino, como le llamaban, hasta doscientos. Hearst, que tenía 32 años y una ambición sin freno para derrotar al imperio de Pulitzer, contrató detectives privados, aprobó pagos a cambio de testimonios falsos y montó teorías perfectamente documentadas como la del Castillo del crimen, una pensión realmente regentada por Holmes durante la Feria Mundial y en la que no se encontraron ni siquiera pruebas circunstanciales delictivas, aunque, según los libelos de Hearst, la casa era un laberinto malévolo, con trampas, pasillos escamoteados, lóbregas cámaras de tortura y artilugios capaces de hacer desaparecer cadáveres.

Holmes asesinando a un niño en una ilustración de un diario de la época

Holmes asesinando a un niño en una ilustración de un diario de la época

Cuando Holmes fue ahorcado, en mayo de 1896, el circo mediático había exprimido al personaje y sus múltiples sombras. Dos días antes de la ejecución, el New York Journal de Hearst publicó una “confesión detallada” firmada por el asesino a cambio de 7.500 dólares: incluía desde abortos a tráfico de cadáveres y, desde luego, crímenes sanguinarios de mujeres, niños y ancianas a lo largo de todo el territorio de los EE UU. El documento era falso y fue redactado por un plumilla a las órdenes del magnate.

La historia real sale perdiendo de calle y la novela sobre Holmes del fabricante de best sellers Erik Larson The Devil in the White City —que será protagonizada en la anunciada versión cinematográfica por Leonardo DiCaprio— se basa en el cuento fabricado por los editores sin vergüenza.

John Harvey Kellogg

John Harvey Kellogg

2. La “defecación sin represión” del señor Kellogg. El caso de John Harvey Kellogg (1852-1943) es el de un hombre perturbado y fundametalista que ha pervivido como patriarca de una marca, los cereales Kellogg, asociados a los valores positivos de la nutrición sana.

El fundador de la empresa, médico, vegetariano y devoto seguidor de los dogmas de fe adventista del Séptimo Día, tenía una opinión muy concreta sobre el origen de todos los trastornos físicos (el funcionamiento de los intestinos) y el método para curarlos: cagar bien y cuanto hiciese falta.

“Defecación sin represión”, uno de sus lemas, no era el más radical. También predicaba el ayuno sexual (“el sexo es la cloaca del cuerpo humano”), llevar una dieta vegetariana estricta (“el consumidor de carne se ahoga en un mar de sangre”), abstinencia tabáquica (“el hígado es el único obstáculo entre el fumador y la muerte”) y evitar las novelas románticas, los colchones de plumas —no me pregunten por qué— y la masturbación (“el asesino silencioso de la noche”).

Will Keith Kellog en un anuncio de sus cereales

Will Keith Kellogg en un anuncio de sus cereales

En una campaña de ansia evangelizadora sobre las virtudes de la defecación, el doctor Kellogg se dedicaba a administrar enemas con carácter universal en la clínica Battle Creek Sanitarium, que pagaban las arcas de la iglesia adventista.

Tenía el último grito en maquinarias para lavativas, entre ellos un ingenio alemán que podía inyectar 57 litros de agua en los intestinos de una persona en segundos. Tras el enema, el agotado paciente debía beber un cuarto de litro de yogur y recibir otro tanto por el recto en un segundo enema. Kellogg aseguraba que el tratamiento daba lugar a un intestino “relimpio” y en caso de fallo echaba la culpa a la “masturbación secreta” del paciente.

No está claro si el invento de los Corn Flakes debe atribuirse a John Harvey o a su hermano Will Keith, más diestro con el tratamiento, fabricación y comercialización de alimentos (John Harvey quería llamar a los cereales Sanitas). De lo que no cabe duda es de la ocultación histórica de la obsesiva ideología de los adventistas Kellogg y su coprofilia. Del mensaje sobre la importancia de la puntualidad intestinal sólo quedan esas referencias indirectas y rayanas con la danza contemporánea —la mano que se mueve gentilmente a unos centímetros del vientre— de las muchachas Kellogg que dicen desear estar en forma desde una situación cercana a la delgadez.

¿La empresa de cereales? Como un reloj. El año pasado facturó en ventas más de 1.000 millones de euros.

Mata Hari

Mata Hari

3. La tinta invisible era espermicida. “Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany, murió a los catorce años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me pusieron Mata Hari, que quiere decir pupila de la aurora“, señalaba en sus declaraciones a los periodistas y el público. Añadía que de la diosa Siva había aprenido los ritos secretos de la danza. Desde luego, mentía.

Mata Hari (1976-1917) era una convulsa fábrica de libelos. Abría la boca para engañar y la madeja de embustes terminó por colocarla ante un pelotón de fusilamiento, convertida, sin prueba alguna, en la espía más famosa de la historia. Tenía 41 años pero parecía veinte más vieja.

Mata Hari

Mata Hari

Había nacido en Holanda, se llamaba Margaretha Geertruida Zelle y se había casado a los 19 con un militar al que conoció a través de los anuncios de contactos de un diario (“oficial del Ejército necesita compañía”). Se marchó con él a Java y, bajo el uniforme del que se había enamorado (“amo a los militares, prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico“, declaría más tarde ante el tribunal), descubrió  a un hombre autoritario e irascible.

Regresó a París convertida en Mata-Hari, bailarina exótica de striptease, y sedujó a los franceses con la falsa personalidad de una oriental voluptuosa que perseguía “la perdición de los hombres y de los sabios”.

Tras unos años de intentos vanos por labrarse un nombre como actriz —su técnica de baile era muy pobre, no pasaba de unos cuantos pases de manos y giros de pelvis—, empezó a ganarse la vida como cortesana y amante mantenida de oficiales.

Fue apresada por los ingleses bajo la acusación de espiar en favor de los alemanes en los primeros meses de alta paranoia de la I Guerra Mundial. La sometieron a un examen físico humillante —decían que podía esconder documentos en su sexo— e intentaron probar que dos pequeños frascos que llevaba consigo eran de tinta invisible para pasar mensajes al enemigo cuando en realidad se trataba de cremas espermicidas para evitar el embarazo.

Luego decidieron que el lugar donde podría guardar los secretos era en los pechos, porque alguno de sus muchos compañeros de cama declaró que no se quitaba un pequeño corsé para hacer el amor. “Tiene los pechos pequeños y se avergüenza de la palidez de sus pezones“, escribió el encargado de redactar el informe.

Última foto de Mata Hari, poco antes del fusilamiento

Última foto de Mata Hari, poco antes del fusilamiento

En un proceso militar en el que la acusada no tenía derecho a pedir la comparecencia de testigos civiles que declarasen a su favor, fue condenada a muerte pese a que ninguna acusación pudo ser probada. Sólo se comprobó que había sido tanteada por los servicios de espionaje franceses, a los que pasó, en prueba de buena voluntad, algunas informaciones durante una estancia en Madrid. Todo parece indicar que la sentencia fue un aviso a navegantes en un momento complejo en el que el devenir de la contienda era impredecible.

La fusilaron el 15 de octubre de 1917 al amanecer. Se negó a que le vendasen los ojos y atasen las manos. El cadáver, que nadie reclamó, fue entregado a la facultad de Medicina de París para que los estudiantes practicasen cirugía.

Cuarenta años después, el fiscal militar que se encargó de ejercer la acusación en el proceso contra Mata Hari dijo en una entrevista: “No encontramos evidencias de ningún tipo de que aquella mujer fuese una espía”.

Ni un gramo de glamour en el mito y demasiada melancolía en la historia real.

Ánxel Grove

Plantas carnívoras con códigos dibujados a mano para ‘smartphones’

24 julio 2012

Las hay que enrollan sus hojas viscosas, similares a tentáculos, para atrapar a los insectos que, atraídos por la dulzura, mueren de cansancio y asfixia. Otras se cierran sobre los insectos para que caigan sobre las flores femeninas que necesitan polinizarse. La Venus atrapamoscas es quizá la más simbólica, con hojas divididas en dos y rodeadas de pelos que parecen formar una dentadura.

Yiying Lu, nacida en Shangai (China) y residente en Sidney (Australia), utiliza la sugerente y contradictoria condición de las letales plantas para dibujar la serie Beautiful Traps (Hermosas trampas), siete bustos de mujeres con tocados que en realidad son una colección de siete especies carnívoras, como la Drosera, la Dionaea y la Nepenthes truncata.

Aficionada a unir en sus creaciones el arte y la tecnología, Lu pintó las acuarelas dibujando sobre algunos tocados un detallado código QR. Cuando el smartphone del espectador pasa sobre el cuadrado, que se disimula entre las formas del dibujo, se activa un vídeo que muestra, pincelada a pincelada, cómo se elaboró la obra.

Helena Celdrán

'Nepenthes Truncata' - Yiying Lu

‘Nepenthes Truncata’ – Yiying Lu

'Tropical Pitcher' - Yiying Lu

‘Tropical Pitcher’ – Yiying Lu

'Rafflesia Arnoldii' - Yiying Lu

‘Rafflesia Arnoldii’ – Yiying Lu

La cabaña para tomar el té con el protohippie Thoreau

23 julio 2012
"Walden; or, Life in the Woods", primera edición, 1854

“Walden; or, Life in the Woods”, primera edición, 1854

“Fui a los bosques porque deseaba vivir en la meditación, afrontar únicamente los hechos esenciales, y no sucediera que estando próximo a morir, descubriese que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera vida; ¡la vida es tan cara!, ni tampoco deseaba practicar la resignación, a menos que fuese enteramente necesaria. Quería vivir profundamente y extraer todo lo maduro como para infligir una derrota a todo lo que no fuese vida; guadañar un ancho espacio a ras del suelo”.

¿Cómo no rendirse? La entrega está garantizada cuando el autor, en las primeras páginas y con inteligencia, nos vende lo que viene: la crónica, según promete, de dos años de vida en una mínima cabaña en los bosques, sin otra ayuda que la de sus manos, sin otro alimento que el extraído de la tierra, con sencillez extrema, sin compañía ni civilización como consuelo para llenar el tiempo.

Henry David Thoreau (1817-1862), el autor de Walden (editado en origen como Walden o la vida en los bosques) es venerado como protohippie, anarquista, adorable emancipador, ambientalista, precursor de la desobediencia civil un siglo antes de Gandhi…

Es un intocable, uno de los primeros indignados, un trascendentalista vigoroso, un vernacular padre de cada neoizquierdista, cultivador de tomates o perseguidor de la autarquía de la huerta y el veganismo, acaso el último clavo ardiendo al que nos amarramos para soñar con una utopía mística que nos libere de la tristeza cotidiana con decorado Ikea y  televisión pay-per-view como único ventanal.

Henry David Thoreau (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

Henry David Thoreau (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

“La riqueza de un hombre se mide por la cantidad de cosas de las que puede privarse”, escribió.

¿Cómo no adorarle?

Todavía queda dentro de mí, y de millones como yo —cada día veo varias referencias a Walden en Facebook y Twitter, esas cabañas que nos convierten en ermitaños trabajando gratis para los magnates del 2.0—, los rescoldos de la brusquedad ardiente de las primeras líneas del libro:

“Cuando escribí las páginas que siguen, o más bien la mayoría de ellas, vivía solo en los bosques, a una milla de distancia de cualquier vecino, en una casa que yo mismo había construido, a orillas de la laguna de Walden en Concord (Massachusetts), y me ganaba la vida únicamente con el trabajo de mis manos. En ella viví dos años y dos meses. Ahora soy de nuevo un morador en la vida civilizada”.

Así comienza Walden. La imagen inmediata que el lector se hace de Thoreau es la de un hombre que se ha atrevido a quemar las naves, romper los puentes y vivir entre pájaros y árboles, un San Francisco de Asís moderno…

Si a alguien le interesa conocer al cantante (Thoreau) una vez conocida la canción (Walden), que eche un vistazo a la mejor biografía sobre el personaje:  The Days of Henry Thoreau, del académico —y gran admirador del personaje— Walter Harding. La instantánea que resulta poco tiene que ver con la de un delicioso ermitaño progresista, desprendido y autosuficiente.

Réplica de la cabaña de Thoreau en la ubicación original y estatua del escritor

Réplica de la cabaña de Thoreau en la ubicación original y estatua del escritor

1. La pequeña cabaña no fue construida por Thoreau, que no tenía idea de carpintería y era muy torpe para los trabajos manuales. Era una vieja construcción de un siglo de antigüedad que había reformado como refugio el también escritor y amigo de Thoreau Ralph Waldo Emerson.

2. La cabaña “en los bosques” estaba situada cerca del lago Walden, al borde de la carretera entre las ciudades de Concord y Lincoln, en una zona que ya entonces estaba bastante poblada y muy bien comunicada.

3. Thoreau iba casi todos los días a Concord, a 2,4 kilómetros de la cabaña. Se abastecía de alimentos, bebía alguna cerveza en el bar, compraba prensa y libros y visitaba a su madre y tías, que vivían en el pueblo y siempre le tenían preparada alguna delicatessen para que se llevase a la jungla.

4. Cada sábado la familia y amigos celebraban una reunión masiva en la cabaña. Cestas de viandas y bebidas llegaban al bosque para solaz de los asistentes.

Esquema para construir una cabaña como la de Thoreau

Esquema para construir una cabaña como la de Thoreau

5. Amigo de la propaganda, el escritor empezó a dar conferencias en Concord tras un año de residencia en Walden y avisó a su círculo de amistades del experimento de vida salvaje que llevaba a cabo. Muchos notables acudieron de visita a la cabaña. Emerson y Nathaniel Hawthorne se quedaron a cenar y a pasar la noche más de una vez. El vino y el brandy no escaseaban.

6. La proeza de Thoreau fue muy bien recibida por las sociedades burguesas progresistas de la zona, que comenzaron a organizar excursiones turísticas.

7. Una sociedad de damas contra la esclavitud celebró su junta anual en la cabaña en agosto de 1846. Sirvieron un té con pastas.

8. No hay constancia de que Thoreau haya plantado o cultivado ni siquiera perejil durante sus dos años de “vida primitiva”.

9. Tampoco parece que se haya desprendido nunca de la levita y el alzacuellos.

10. “No era un lugar solitario. No había ni un día en que Thoreau dejase de recibir visitas (…) En una ocasión se reunieron en el lugar 25 personas“, dice la biografía.

Un par de carteles con mensajes basados en los libros de Thoreau

Un par de carteles con mensajes basados en los libros de Thoreau

Cuando conoces al cantante, la canción deja de acaricirte el alma. Sucede con frecuencia y es doloroso. Quiza debiera tomar precauciones y dejar de leer biografías.

“La mayor parte de los lujos, o las llamadas comodidades de la vida, no son solamente innecesarios, sino también impedimentos para la elevación de la humanidad. En lo que se refiere a los lujos y comodidades de la vida, diré que los más sabios siempre han vivido vidas más simples y pobres que las vidas de los mismos pobres“.

A partir de ahora no te creo, Thoreau. Sé que escribías el canto al ascetismo de Walden con la pluma en una mano y un muslo de pavo asado por mamá en la otra. Eras uno de esos que se indignan los fines de semana pensando en el lunes.

Ánxel Grove

Un paraguas con música de 8 bits

20 julio 2012

El paraguas reacciona al impacto de las gotas con sonidos propios de las videoconsolas de los años ochenta, creando una melodía caótica que se desboca si llueve demasiado.

Las alemanas Alice Zappe y Julia Läger, residentes en Berlín y aficionadas a la programación y a modificar aparatos electrónicos, son las creadoras del 8-bit sound umbrella (Paraguas de los sonidos de 8 bits), al que Zappe llama “loco instrumento musical”.

Fabricaron el aparato en un día y con motivo del Music Hackday de Amsterdam, un evento de un fin de semana, dedicado al hackeo relacionado con la música, el software, el arte, los móviles y la web que tuvo lugar en la capital holandesa en marzo de este año.

En la bóveda interior de la creación improvisada, Zappe y Läger colocaron 12 sensores piezoeléctricos (que miden la fuerza de la lluvia y la traducen en una señal), dos pequeños altavoces, una pequeña placa con un microcontrolador, cable y cinta americana.

Aunque el paraguas de 8 bits tenía el único fin de participar en una maratón organizada por el festival, sus creadoras, (que también tiene un grupo musical —EDEKA— especializado en hacer música con consolas y aparatos electrónicos) han decidido mejorarlo. El primer defecto que le sacan es el caos de sonidos que se producen con la lluvia, demasiado atropellados para resultar placenteros por mucho tiempo. Ahora buscan reducir la sensibilidad de las señales para para que la música, aunque aleatoria, sea más armónica e incluso deje escoger entre sonidos que recreen diferentes instrumentos, como el piano, la batería o la guitarra.

Helena Celdrán

Susu Laroche, las fotos de una niña ofídica

19 julio 2012
Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche, el nombre que utiliza, es, según explica en alguna de sus muy escasas apariciones virtuales, un anagrama de la frase Chaos Lure Us Chaos Rule Us (caos, atráenos; caos, domínanos).

Es una niña ofídica y amante de lo arcano. Abundan. No es casual que Susu haya retratado a Ellen Rodgers, otra de las cofrades de la nigromancia fotográfica. Ambas ascienden en el mercado, sobre todo recibiendo encargos de empresas de moda. Como sabemos desde Becquer, la negrura vende bien entre la adolescencia tatuada.

Susu Laroche

Susu Laroche

El personaje forma parte de la obra. Susu Laroche se autorretrata: sin ojos, incinerándose, víctima de un maleficio, poseída por un íncubo perversor, atravesada por haces de luz obscura, oficiando una ceremonia de un culto que los espectadores no merecemos conocer, levitando, yaciendo… Las fotos no relatan, se imponen.

Trabaja en analógico y hace vídeos que no difieren de las fotos excepto en el inevitable movimiento de la imagen y el añadido de una banda sonora necesariamente espesa.

Susu Laroche

Susu Laroche

Me gusta como maltrata las piezas —rasgadas, manchadas, fallidas pero dadas por buenas, afásicas—, aunque advierto cierta postura estética, es decir, cierto amaneramiento, en la raya por la raya, la mancha por la mancha, una afectación que me recuerda a esas personas que desprecían toda foto que esté enfocada como basura realista, cuando cualquiera puede advertir que la peor pesadilla es estar despierto.

Susu Laroche se oculta. Poco puedo añadir a la reseña si la capilla donde reza está cerrada. Me queda una intuición a la que tengo derecho por la propensión de la fotógrafa al disimulo y el encierro: creo que l0s más negros rituales, los realmente bárbaros, son perversamente ordenados, matemáticos, dictados por una disciplina estricta que no sería compatible con tanta mancha. Susu, las serpientes siempre llevan uniformes bien planchados.

Ánxel Grove

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

Susu Laroche

La iracunda y genial ‘fea’ Bette Davis

18 julio 2012
Bette Davis en 'Los ricos están con nosotros' (1932)

Bette Davis en ‘Los ricos están con nosotros’ (1932)

“Era bella, pero no una belleza. Hay una diferencia. Hoy  pienso que era guapa. Entonces, no, y siempre me quise parecer a otra persona”. Su rostro era particular y no encajaba en los cánones de belleza de la industria del cine. Hasta sus últimos años de vida Bette Davis (1908-1989) no supo reconocer su belleza.  Incluso con setenta años confesaba que odiaba cuando mencionaban una y otra vez sus “ojos saltones” como característica principal de su rostro.

Provocaba sensaciones intensas en todo el que la conocía. Muchos la pintan como una mujer insoportable, cruel, cínica. Sus ataques de ira comenzaron cuando tenía dos años como respuesta a la tensión que había entre sus padres y nunca supo abandonar el comportamiento obsesivo y los arranques de genio de los que hablan todos los que la rodearon.

Bette Davis en una foto de promoción

Bette Davis en una foto de promoción

Los testimonios más extremos son seguramente los de su hija, B.D. (Barbara Davis) Hyman, que escribió en los años ochenta el libro My Mother’s Keeper (El guarda de mi madre), una biografía en la que destacaba los problemas con el alcohol, las amenazas de suicidio frente a la niña cuando ésta tenía ocho años… La resentida hija dibuja a la estrella de Hollywood como una neurótica, manipuladora y malvada que canalizaba la rabia abusando de los que estaban más cerca de ella: “Podía haberlo escrito y enviado a mi madre sin publicarlo. No lo hubiera leído. No va a escuchar nada que no quiera (…), así que me decidí por el único camino que sentí que podía llegar a ella: la opinión pública. Lo que puede ver el mundo es lo más importante para mi madre y esta es, en esencia, una carta pública para ella”.

Davis se casó cuatro veces, enviudó de su segundo marido y se divorció de los otros tres. “No fueron lo suficientemente hombres para ser el señor Bette Davis”, dijo en una entrevista.

Los papeles de mujer peligrosa, malvada y sin escrúpulos la convirtieron en una de las actrices más apreciadas de Hollywood.

En el Cotilleando a… de esta semana repasamos cinco películas de la carrera de Bette Davis, la actriz que hizo de sí misma un personaje temible y a la vez atractivo, que supo ser fiera y también reirse de sí misma en medio de la creciente perfección hollywoodiense.

"Mala hermana", 1931

“Mala hermana”, 1931

1. Mala Hermana (The Bad Sister) (Hobart Henley, 1931). Con poco más de 20 años, tras una incipiente carrera en los teatros de Broadway, un cazatalentos de los Estudios Universal propuso a Davies a acudir a una prueba en Hollywood. Su debut fue en la película Mala Hermana, interpretando a Laura, la hermana dócil y sensible de Marianne Madison (la protagonista) una joven guapa y malcriada que se enamora de un estafador.

El insulso personaje era todo lo contrario a la mujer con carácter de sus papeles más famosos: la presencia en la pantalla era desvaída y poco satisfactoria, The New York Times la calificó de “lúgubre” y The Boston Post de ser “consciente de la cámara” en todo momento. Bette, de 23 años, acudió al preestreno con su madre en un cine de San Bernardino (California). Transcurrida menos de media película, huyó de la sala llorando.

El film de Universal fue el primero de los seis fracasos de Bette, a la que se referían en los estudios como asexual, de aspecto raro, de algún modo fea. En una entrevista de 1938, Bette recordó que hasta el jefe de maquillaje la criticó hasta destrozar su autoestima: “Tus pestañas son demasiado cortas, el color del pelo es indescriptible y la boca es demasiado pequeña. La cara es la de una pequeña holandesa gorda y el cuello es demasiado largo”. El sello terminó por no renovarle el contrato.

"Cautivo del deseo", 1934

“Cautivo del deseo”, 1934

2. Cautivo del deseo (Of Human Bondage) (John Cromwell, 1934) le dio la oportunidad de escapar de los roles femeninos convencionales. Davis vio en el personaje de la camarera Mildred Rogers una oportunidad para dar rienda suelta a las emociones violentas de su carácter. Casada entonces con su primer marido, Harmon Nelson, ella era la que ganaba el dinero mientras él intentaba en vano tener éxito como músico. La situación era cada vez más tensa y la actriz lo ridiculizaba en público y lo acusaba de ser tacaño, aburrido, vanidoso y egoista.

Para hacerse con el rol de camarera cruel en Cautivo del deseo, de la productora RKO, Davis puso todas sus energías en convencer a los estudios Warner para poder hacer la película. En el proceso descubrió que estaba embarazada y decidió abortar para no echar a perder sus planes: ya había actuado en 22 títulos y tenía la certeza de que el papel de Mildred Rogers era su última oportunidad de ser la actriz que deseaba.

El personaje le dio confianza en sí misma. La cruda y despiadada mujer que maltrataba verbalmente al inocente Philip Carey (que arruina su vida en el intento de ser amado) representaba el lado más oscuro y fascinante de las capacidades interpretativas (y de la cara menos amable) de Bette Davis.

"Jezabel", 1938

“Jezabel”, 1938

3. Jezabel (Jezebel) (William Wyler, 1938). Davis y el director Wyler conectaron a pesar de lo que se podía esperar. Los dos tenían arranques de mal genio y eran de un perfeccionismo enfermizo y eso fue precisamente lo que equilibró la relación, que pronto se convirtió en sentimental.

Ambientada en los años anteriores a la Guerra Civil estadounidense,  Jezabel cuenta la historia de una caprichosa belleza sureña de Nueva Orleans (Bette Davis) comprometida con un banquero (Henry Fonda). Ante la negativa de él a acompañarla a comprar un vestido para uno de los bailes más importantes del año, ella se venga adquiriendo un vestido de noche rojo y rompe la estricta norma de vestir de blanco en la fiesta. Tras el escándalo, él pone fin al compromiso y ella se niega a pedir perdón, pensando que su prometido volverá desesperado a sus brazos. Davis ganó con el papel el segundo Oscar de su carrera a la mejor actriz protagonista. El primero había sido con Peligrosa (Dangerous) (Alfred E. Green, 1935).

Foto de promoción de "Jezabel"

Foto de promoción de “Jezabel”

Volvía a interpretar a la mujer soberbia y antipática en un rodaje plagado de retrasos. Su relación con Wyler durante el rodaje, cuando ella todavía estaba casada, la alteraba y le producía reacciones psicosomáticas: le salió un enorme grano que paró el rodaje durante semana y media, sufrió una contractura en la pierna… Cuando Jezabel llegaba a su fin, ambos hablaban de trabajar juntos de nuevo en una versión de Cumbres borrascosas (la novela de Emily Brontë) en la que Bette haría de Cathy, pero al final el proyecto escapó de las manos de Warner y los amantes se separaron sin remedio.

Dos días después del último día del rodaje, ella descubrió que estaba embarazada del director y abortó de nuevo. Las precauciones que tomó para que su marido no se enterara de la aventura desaparecieron con el siguiente romance, esta vez con el magnate Howard Hughes, con el que se dejó ver impunemente ante Nelson hasta que pidió el divorcio alegando un trato cruel.

Con Gary Merrill en "Eva al desnudo" (1950)

Con Gary Merrill en “Eva al desnudo”, 1950

4. Eva al desnudo (All about Eve) (Joseph L. Mankiewicz, 1950). La historia de cómo Eve Harrinton (Anne Baxter) intenta poco a poco usurpar el trono (y la vida) de la estrella del teatro Margot Channing (Bette Davis) recrea el mundo de envidias, traiciones y rumores del mundo del espectáculo.

El director Edmund Goulding advertía a Joseph Mankiewicz sobre la decisión de elegir a Bette Davis como protagonista de Eva al desnudo: “Esa mujer te destruirá, te convertirá en un fino polvo blanco y soplará. Eres guionista, querido. Ella llegará al escenario con un paquete gordo de papel amarillo y lápices. Escribirá y entonces ella, y no tú, dirigirá. Ya lo verás” .

Pero la actriz llegaba en son de paz. A punto de terminar su contrato con Warner (la productora con la que llevaba casi dos décadas), no tenía nada clara su renovación. Tenía 41 años y se veía desterrada del cine. El guión y el papel le fascinaron, la forma de fumar y apagar con nerviosismo los cigarrillos, la mirada comunicativa y la voluntad de afearse sin problemas si el guión lo pedía mezclaban a la persona con el personaje.

Recién divorciada de William Grant Sherry (un tipo violento y peligroso con el que tuvo una relación destructiva), todavía con un guardaespaldas que la protegía a ella y a su única hija, Bette se enamoró de Gary Merrill, el actor que interpretaba a Bill Sampson, director de teatro y pareja del personaje de Bette. Él, casado, se divorció y la pareja se convirtió en matrimonio. Adoptaron dos niños y se divorciaron diez años después, en 1960.

Con Joan Crawford en "¿Qué fue de Baby Jane?" (1962)

Abofeteando a Joan Crawford en “¿Qué fue de Baby Jane?”, 1962

5. ¿Qué fue de Baby Jane? (What ever happened to Baby Jane?) (Robert Aldrich, 1962). “¡Tiene la mejor propiedad de California! Yo quise comprarla y me la quitó. Si piensa que voy a interpretar a esa estúpida perra en silla de ruedas, ya sabe lo que le espera”. Esa fue la respuesta de Davis cuando la actriz Joan Crawford le entregó una copia del guión de ¿Qué fue de Baby Jane?

Al final fue Crawfrod la que interpretó a Blanche Hudson, la antigua estrella de cine que se había quedado parapléjica y al cuidado de su hermana, la perturbada Jane, que había sido una estrella infantil y una mala actriz de cine. “A veces me he esforzado por verme lo peor posible, a veces me superaba y eso dolía. Eso empeoró cuando me hice mayor. Cuando me vi por primera vez como Baby Jane, lloré“, admitía Davis años más tarde.

"¿Qué fue de Baby Jane?" (1962)

“¿Qué fue de Baby Jane?”, 1962

Crawford tuvo la valentía de ofrecerle el papel a una de sus mayores enemigas. Bette Davis siempre manifestó su odio hacia ella, incluso tras la muerte de la actriz. “Puede que exista un cielo, pero si Joan Crawford está allí, no voy”, dijo en varias ocasiones. Se rumoreaba que Crawford, bisexual, se había insinuado a Davis y ella la había rechazado con desprecio, pero parece ser que la raíz de la enemistad fue un hombre: Franchot Tone, un actor del que Davis se enamoró durante el rodaje de Peligrosa. Crawford era entonces una de las mujeres más deseadas de Hollywood y le costó poco cautivar a Tone, al que invitó una noche a cenar y recibió desnuda en su casa. Se casaron nada más finalizar el rodaje de Peligrosa. “Se ha acostado con todas las estrellas de MGM, menos con Lassie”, decía Davis. “Pobre Bette. Da la impresión de que no fue feliz ni un solo día en toda su vida”, contestaba Crawford.

Davis y Crawford en "¿Qué fue de Baby Jane?"

Davis y Crawford en “¿Qué fue de Baby Jane?”

Con ese historial de puyas y rencores, las dos estrellas se encontraron en el set de Baby Jane, en un rodaje tenso que sometía a todo el equipo. Hubo incluso agresiones físicas: en la escena en que Jane patea a su hermana en el suelo, hubo una patada más fuerte que las demás. A Crawford le tuvieron que dar tres puntos.

La película fue un éxito de taquilla y Bette Davis fue nominada al Oscar, pero Joan Crawford, no, y ante la visión de ver a su rival recoger el premio, hizo todo lo que pudo. Se puso en contacto con las otras tres actrices nominadas para poder recoger el premio en caso de que cualquiera de ellas ganara. Anne Bancroft se hizo con el premio y Joan, triunfante, recibió la estatuilla.

Helena Celdrán