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Siempre busco la manera de acabar una serie cuanto antes... para ponerme a ver otra.

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Six Feet Under: la televisión como terapia

Durante el mes de agosto voy a estar de vacaciones, tras un intenso año de trabajo. Pero eso no quiere decir que el blog descanse. Para aunar mis días de asueto y que ésto continúe funcionando, he pedido a varios amigos y amigas que os cuenten cuáles son sus series preferidas y por qué. Así, de paso, le damos otro aire a lo que se suele leer aquí. Que lo disfrutéis.

Este texto es de Jaime Domínguez

 

En la plenitud de la vida estamos muertos.1

Atrás quedan aquellos tiempos en los que las series de televisión eran puro entretenimiento. Cuando simplemente contaban historias de mundos tan diferentes que nos trasladaban a un nuevo universo, o tan cotidianas que conectaban fácilmente con nuestra propia rutina. No obstante, la televisión ha evolucionado tanto y tan rápido en la última década que no nos sorprende ni una cosa ni la otra. De hecho, son aquellas series que dan un paso más allá y se alejan del mero pasatiempo las que pasan a la historia como verdaderas proezas televisivas y son recordadas no solo por lo que cuentan o cómo lo hacen, sino por lo que han acabado significando para todos aquellos que hemos caído en sus redes.

Six Feet Under (2001-2005) entra por definición en ese grupo. No es casualidad que fuera emitida dentro de la programación de la Edad de Oro de la HBO (o de la televisión en general, para muchos), donde nunca encajó del todo pero sirvió como contrapunto perfecto a sus grandes dramas policiacos e históricos. Alan Ball, su creador, se desvivió con este proyecto, que siguió a American Beauty y precedió a esa monstruo informe en el que se convirtió True Blood. Su idea: una gran disertación sobre la vida y la muerte a través de la historia de una familia que no tenía nada más peculiar que su propia humanidad.

3Six Feet Under desarrolla magistralmente su arte sobre un lienzo basado en el concepto más dramático del carpe diem. En un mundo en el que la muerte o se rechaza o se glorifica, la serie de Alan Ball se recrea en esta despedida como un estado natural inherente y consecuente a la propia vida, donde los muertos tienen nombres y apellidos, un pasado y una historia. Todo ello acaban en la funeraria de los Fisher, la familia a la que seguimos los pasos durante cinco temporadas.

Es precisamente la muerte el punto de inicio de esta historia. El fallecimiento del patriarca Nathaniel Fisher trae profundas consecuencias al resto de familiares: la estirada y deprimida madre Ruth, el perdido Nate, el encorsetado David y la rebelde Claire. Los Fisher y los que les rodean, como Brenda, Keith o Rico, continúan sus vidas a partir de este punto, con la muerte pisándoles los talones pero dejando espacio para que cuenten sus propias historias, tomen sus decisiones y vivan lo que tengan que vivir.2

Es ahí donde Six Feet Under obra su magia: relatando la propia naturaleza humana y las complejidades a las que nos enfrentamos a lo largo de nuestra existencia a través de un conjunto de personajes realmente creíble (y un reparto excepcional) y sus conflictos más personales, que comulgan literalmente con lo que como individuos tenemos que vivir: la búsqueda de la felicidad, la soledad, el miedo… La vida, en otras palabras.

4Dura, realista y ajena a estereotipos, Six Feet Under se convertía así no solo en un gran drama familiar, sino en todo un estudio acerca de la humanidad; una terapia forzosa y altamente disfrutable de 63 episodios que logran, además de entretener, abrir la mente del espectador y ofrecer otra perspectiva acerca de la vida y de la muerte. Ésta última es también el final de esta historia, pero ese epílogo no merece ser leído, sino disfrutado, sufrido y asimilado.

Jaime Domínguez es editor de TV Spoiler Alert