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La foto del año

31 diciembre 2009

Me quedo con esta imagen. La más repetida en doce meses.

La más madrugadora… la más fría…

…la peor iluminada…

…la más silenciosa…

Por un 2010 lleno de salud, de trabajo, y de buena compañía.

En la puta calle

03 febrero 2009

Bajamos de la alfombra y hoy volvemos a la calle, a la puta calle los 3.327.801, si, tres millones trescientos veintisiete mil ochocientos uno menos afortunados a 3 de febrero, ya sean albañiles, comerciales, conductores, transportistas, administrativos, periodistas o fotógrafos…

Los “más afortunados”, tendrán paro. Algunos estarían al borde de la jubilación, con una cotización que truncará su definitivo futuro, eso si tienen la suerte de recolocarse en el sistema. Otros, los más jóvenes, verán truncado su futuro más próximo, su posibilidad de independencia; otros, aquellos que ni son jóvenes, ni veteranos, ven truncado su más próximo presente, con hipotecas pendientes y bocas a las que dar de comer todos los días… otros, los autónomo-dependientes, tirarán del fondo de pensiones, si es que lo tienen, otros, ni eso…

Hablamos de la foto del año, o una de las fotos del año. Ni el temporal de nieve, ni Obama, ni Irak… la realidad nos sacude en toda la cara, y muy de cerca, otra vez, con nombre y apellidos.

Hace poco tiempo, estuvimos realizando un reportaje donde poníamos nombre y apellidos al paro. Fue en una oficina del INEM cualquiera, en un municipio próximo a Madrid, donde jóvenes y no tan jóvenes guardaban la misma fila.

Son las cinco de la madrugada, y un pequeño grupo de personas espera paciente, como exige la Administración, bajo la única luz de una farola, en plena calle, y a pocos grados de temperatura, junto a una lista donde más de sesenta nombres se han registrado previamente a la española, bolígrafo en mano, para guardar su turno.

Pasan las horas, y aquellos anónimos, van despertando la ciudad, cabizbajos, sorprendidos y avergonzados ante la atenta mirada de mi cámara. Son las seis, las siete, las siete y media, las ocho…

Diez minutos antes de abrir la oficina, un chaval ordena la fila. Todo el mundo prepara su vida laboral, introducida en una carpeta de plástico. Son las nueve de la mañana y abre la sucursal.

Es entonces cuando los que despertaban las ciudades en su coche, en su autobús, o en su metro, en su ruta diaria, salen ahora de la oficina del INEM, ticket en mano, y observan cómo el mundo gira al revés, de un día para otro, incomprensiblemente. Hay que seguir esperando, hasta que el indicador de “su turno”, de su número (eso si tiene papel y funciona).

Me quedo con una foto:

Ojalá tengan… tengamos suerte. Esta maldita pandemia no para. Y nos está tocando a todos el pasado, el presente, y lo que es peor, el futuro. Me voy corriendo. Tengo trabajo (por fortuna).