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Ciencia, tecnología, dibujos animados ¿Acaso se puede pedir más?

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Cuando las cosas hablan (y muerden)

A veces un pequeño cambio tecnológico puede tener importantes e insospechadas ramificaciones sociales. Es lo que sin duda va a ocurrir con la inminente ‘Internet de las Cosas‘, el sistema resultante de que todos los objetos tengan la capacidad de comunicarse entre sí a través de la Red, casi todos mediante conexiones inalámbricas. Cuando los electrodomésticos puedan hablar entre ellos o las etiquetas de la ropa enviar información al cajero de la tienda, pueden ocurrir fenómenos curiosos. Como por ejemplo que el robo se haga imposible, o mucho más complicado al menos. Porque ahora las cosas robadas se ‘chivan’.

Una indiscreta cámara digital en los EE UU ha denunciado a quien se la apropió de la manera más tonta. Equipada con una de las nuevas tarjetas de memoria con capacidad WiFi, la cámara iba en el bolso que una neoyorquina se olvidó en un restaurante mientas estaba de vacaciones en Florida. La tarjeta, diseñada para enviar de modo automático las fotos almacenadas en una red doméstica sin tener que usar cables, ignoraba su cambio de propietario, y los nuevos dueños ignoraban sus capacidades. La sorpresa se la llevó la propietaria original, cuando se encontró en su carpeta de fotografías con unas nítidas imágenes de las caras de quien había reciclado la cámara, que la habían usado para hacerse unas fotos de recuerdo. La tarjeta envió esas imágenes al buzón de su legítima dueña en la primera oportunidad: cuando encontró a su paso una red WiFi abierta. Los responsables, camareros del restaurante que habían decidido apandar el bolso en lugar de dar parte al encontrarlo, fueron despedidos, y la cámara que llamó a casa fue recuperada.

Los ordenadores portátiles y otros cacharros de alta tecnología hace tiempo que pueden ser equipados con dispositivos antirrobo capaces de localizar a quien se les ocurra llevárselos sin permiso, lo cual permitió hace algún tiempo detener a un innovador ladrón de oficinas en los EE UU. Los automóviles equipados con ciertos sistemas de seguridad pueden radiar su localización en caso de robo, o incluso bloquearse dejando atrapado al ladrón en su interior. Y cada vez más aparatos están equipados con sistemas de comunicación, con lo que el aspirante a chorizo debe preguntarse seriamente si merece la pena el riesgo a la hora de echar mano a la propiedad ajena. La Internet de las Cosas puede acabar reduciendo significativamente el robo, una de las constantes de la historia humana. Porque cuando las cosas hablan, también pueden morder.

Porque no quieren

6 de cada 10 adultos españoles no tienen Internet, y de éstos menos de uno de cada 10 lo ha probado siquiera para saber lo que es. Es el dato quizá más llamativo de la Segunda Encuesta sobre Internet del BBVA, recién publicada [pdf], que demuestra que el principal escollo para el desarrollo de la sociedad española no es la falta de dinero, ni siquiera de educación; es la falta de interés en el futuro. Una ausencia de interés que linda con el rechazo. La mayoría de los no usuarios de la Red son, según el estudio, más pobres, pertenecen a clases sociales más bajas, tienen mayor edad y son menos educados. Pero las razones que alegan para no entrar en la Red no tienen que ver con la economía o la percepción de dificultad; lo caros que son los ordenadores o lo complejo de manejarlos ocupan lugares muy bajos en la lista de las preocupaciones de los no navegantes. Las principales razones por las que no navegan son la falta de interés y la nula percepción de la utilidad que tiene para ellos Internet. Los españoles no dejan de entrar en la Red porque no puedan, sino porque no quieren. No tienen razones ni para probar.

¿Es por lo bien que se vive en España y el magnífico clima de que disfrutamos, como afirmaba sin rubor hace años más de un informe? ¿Es España tan diferente del resto de países que nos rodean y en los que nos reconocemos? ¿Hemos descubierto una nueva vía al desarrollo económico que no pasa por los cambios sociales y culturales de que disfrutan los países que están por delante de nosotros? Puede que seamos la maravilla delos tiempos, un país donde los avances de otras sociedades no son necesarios. Pero lo más probable es que uno delos factores más importantes sea la simple falta de calidad de la oferta de contenidos y servicios en la Red. La Internet española es poco atractiva para sus usuarios potenciales porque carece de muchas de las mejores razones para conectarse como una buena oferta de comercio electrónico, un compromiso real de las administraciones (con la posibilidad de realizar gestiones) o una interesante oferta por parte de las universidades e instituciones culturales. La parte de ‘comunicación’ está bien servida, pero la de ‘contenidos’ es más bien pobre, si la comparamos con otros países.

España padece una industria de medios y de creadores de contenidos timorata, bastante tecnofóbica y muy alérgica a las novedades, que ha arrastrado los pies a cada paso para incorporarse a la Red, y que todavía presenta las redes rutinariamente como un nido de malas cualidades y riesgos a evitar (hackers, pedófilos, spam y ‘robo’ de música son los titulares sobre Internet más habituales). Los medios, el sector encargado de ayudar a pensar a la sociedad, la industria de debería abrir camino al futuro, está contribuyendo a negar ese futuro. Preocupados más de su propia supervivencia que del bien común, o empecinados en querellas intestinas y problemas del pasado, el sector que debiera ser la vanguardia del cambio está atrincherada, intentando impedir como sea (o al menos ralentizar) todo lo que muy a su pesar está ocurriendo. La industria de los medios de comunicación y la profesión del periodismo deberían preguntarse menos qué puede hacer Internet por ellos, y mucho más qué pueden hacer ellos por la Red. Porque no sólo están dañándose a sí mismos: nos están dañando a todos, contribuyendo de forma decisiva a que España pierda, otra vez, el tren del futuro. La última vez nos costó más de un siglo retomarlo, así que la cuestión es ¿por qué y quiénes no quieren?

Imperio de aficionados

‘Aficionado’ ha sido siempre un epíteto denigrante; un calificativo descalificador para indicar un trabajo de calidad media, un esfuerzo fallido, un producto casi bien hecho (pero no del todo), una carencia de excelencia en el hacer. El lenguaje, siempre certero, reconocía así una idea ampliamente extendida en la sociedad: los únicos que pueden hacer bien un trabajo son los profesionales. Sólo quien se dedica a hacer una cosa durante años por dinero, se presupone, puede llevar a cabo un buen trabajo y obtener así un buen producto. Los aficionados, almas cándidas y valerosas, podían intentarlo, si, pero jamás podían aspirar a los elevados niveles de calidad y a los sublimes estándares de quienes se ganan el sustento con un oficio o profesión. De los aficionados se ha esperado siempre apoyo, e incluso conocimiento de cómo se hacen las cosas, pero sobre todo reconocimiento ilustrado de la calidad profesional. Jamás ‘aficionado’ ha sido un elogio. Hasta ahora. Pero cada vez más se está demostrando que la presunta excelencia profesional se debía en muchos casos al acceso privilegiado de los currantes a herramientas que no estaban al alcance de los aficionados; máquinas, o sistemas de comunicaciones o de distribución. Cuando Internet ha eliminado estas restricciones, estos privilegios de los profesionales, en un montón de categorías de productos, estamos presenciando cómo los aficionados le pueden dar para el pelo a los profesionales. Y lo hacen.

Al igual que ocurriese con el libro anterior y el idioma alemán, el séptimo y último libro de la serie de Harry Potter ha sido traducido al español en tres días. La traducción profesional se espera para algún momento del año que viene. Mientras, los aficionados se dedican a rehacer la ciencia de la geografía, entrevistan a políticos en televisión, u homenajean/parodian las más sagradas tradiciones de la ciencia ficción. O incluso extienden con amor e imaginación (pero sin dinero) las sagas de los superhéroes. Hasta la publicidad, siempre atenta a las tendencias sociales, se aprovecha del fenómeno. Por supuesto que todavía hay diferencias entre las herramientas profesionales y las que están a disposición de los aficionados, así que aún existen diferencias de calidad. Lo realmente sorprendente es que con la Red y todo lo que conlleva esa distancia pueden solventarse a base de trabajo y entusiasmo, haciendo que la diferencia sea cada vez más irrelevante. De hecho el cariño y el conocimiento íntimo de las historias y sus detalles que los buenos aficionados ponen en juego hace que sus trabajos destaquen, si no por su calidad técnica, sí por su riqueza y profundidad narrativa. Pronto el término ‘aficionado’ se convertirá en un elogio. Que es lo que tendría que ser.

La nueva sociedad

En el Reino Unido más del 61% de los hogares tienen ya acceso a Internet, según un reciente estudio. Una penetración bastante mayor que en España (donde ronda el 40%) y en la mayoría de los países hispanoparlantes. Esto supone una verdadera diferencia con importantes implicaciones para el futuro, porque una sociedad con más Internet es una sociedad diferente. Quedarse descolgado puede ser a largo plazo un serio problema para un país.

No se trata sólo de que podamos leer los periódicos, comprar chucherías o padecer los arrebatos románticos de adolescentes con blog. Cuando una sociedad alcanza un elevado nivel de penetración de la Red las cosas súbitamente cambian: Internet pasa de ser un lujo más o menos útil a ser una necesidad imperiosa. Los deberes de los niños, sus notas y las convocatorias de la asociación de padres del colegio empiezan a enviarse por correo electrónico; los extractos bancarios se reciben por la misma vía, so pena de pagar una cuota. Las grandes compras ya no se hacen sin consultar con la opinión de foros y páginas especializadas, y la compra de libros y la elección de películas pasa por Internet, como la adquisición (sin colas) de entradas para el cine o el teatro. Las dudas gramaticales se consultan en el DRAE online, y las geográficas en Google Maps,. Los chistes se reciben en forma de videoclips de YouTube o de (abominación) fichero de PowerPoint. Las citas con los amigos se hacen vía Red, y se mantiene una constante conversación remota con ellos por medio de correo electrónico y chat. La compra semanal empieza a hacerse en el ‘cibermercado’ para evitar la visita semanal al híper, e incluye productos de alta calidad inaccesibles de otro modo. Las noticias llegan antes, pero sobre todo llegan de más sitios, con más puntos de vista diferentes, contando más cosas y ampliando horizontes, ideas, proyectos. Los viajes se diseñan y planifican de otra forma; billetes de tren, avión y barco se compran en la Red, como se reservan los hoteles y se escogen las atracciones a visitar. La música se descubre y accede de otro manera. El mundo se hace súbitamente un lugar más pequeño y acogedor. La red se integra en nuestra vida y se convierte en imprescindible.

Esto tiene consecuencias. Al pasar a ser un recurso imprescindible, los consumidores exigen acceso sencillo, ubicuo, barato, fiable. Las empresas que no tiene presencia ninguna se ven perjudicadas; las que de verdad apuestan por Internet prosperan. Los medios tienen menos control de las ideas de la sociedad, y los políticos más dificultades para unificar su discurso e imponerlo en la cacofonía: sus votantes quieren tener voz. Los compradores de todo tipo de bienes y servicios obtienen un poder que jamás tuvieron antes, y acorralan a las empresas. El resultado es una sociedad diferente, sí, que es algo más democrática, algo más justa en las relaciones empresa-consumidor, algo menos molesta, algo más sencilla de vivir. Una sociedad en que el trabajo es menos invasivo y los hobbies más sencillos de mantener. Una sociedad en la que todos tienen una voz, y pueden usarla. Una sociedad cuya economía está inextricablemente ligada a Internet. Nuestra futura sociedad; y cualquier retraso en su llegada nos perjudica a todos.

Corregido un sopena el 30/07/2007; gracias, El Buen Salvaje.

Un poco de cultura digital

Según cifras recientes el 40% de los hogares españoles tiene ya conexión a Internet; y eso quiere decir que poco a poco nos incorporamos al presente. El público en general está descubriendo las verdaderas ventajas que tiene la Red, rechazando los tópicos y adquiriendo una cierta cultura digital. Pero el creciente grado de penetración social no es suficiente: hay que mejorar la cultura digital. Y no sólo en España. En un reciente y surrealista experimento más de 400 personas entraron en un anuncio de Google que proclamaba: ‘¿Está su PC libre de virus? Inféctese PINCHANDO AQUÏ‘. Y si el experimento es un tanto bobo, lo cierto es que miles de personas siguen cada día abriendo archivos adjuntos sospechosos o visitando páginas web que les llegan en un ‘spam’ (correo basura), recibiendo así molestas infecciones de virus informáticos en sus ordenadores. Un mínimo de atención y prevención evitaría un sinnúmero de problemas. Si vamos a vivir en el futuro digital, tendremos que aprender sus normas.