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Ciencia, tecnología, dibujos animados ¿Acaso se puede pedir más?

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Porque no quieren

6 de cada 10 adultos españoles no tienen Internet, y de éstos menos de uno de cada 10 lo ha probado siquiera para saber lo que es. Es el dato quizá más llamativo de la Segunda Encuesta sobre Internet del BBVA, recién publicada [pdf], que demuestra que el principal escollo para el desarrollo de la sociedad española no es la falta de dinero, ni siquiera de educación; es la falta de interés en el futuro. Una ausencia de interés que linda con el rechazo. La mayoría de los no usuarios de la Red son, según el estudio, más pobres, pertenecen a clases sociales más bajas, tienen mayor edad y son menos educados. Pero las razones que alegan para no entrar en la Red no tienen que ver con la economía o la percepción de dificultad; lo caros que son los ordenadores o lo complejo de manejarlos ocupan lugares muy bajos en la lista de las preocupaciones de los no navegantes. Las principales razones por las que no navegan son la falta de interés y la nula percepción de la utilidad que tiene para ellos Internet. Los españoles no dejan de entrar en la Red porque no puedan, sino porque no quieren. No tienen razones ni para probar.

¿Es por lo bien que se vive en España y el magnífico clima de que disfrutamos, como afirmaba sin rubor hace años más de un informe? ¿Es España tan diferente del resto de países que nos rodean y en los que nos reconocemos? ¿Hemos descubierto una nueva vía al desarrollo económico que no pasa por los cambios sociales y culturales de que disfrutan los países que están por delante de nosotros? Puede que seamos la maravilla delos tiempos, un país donde los avances de otras sociedades no son necesarios. Pero lo más probable es que uno delos factores más importantes sea la simple falta de calidad de la oferta de contenidos y servicios en la Red. La Internet española es poco atractiva para sus usuarios potenciales porque carece de muchas de las mejores razones para conectarse como una buena oferta de comercio electrónico, un compromiso real de las administraciones (con la posibilidad de realizar gestiones) o una interesante oferta por parte de las universidades e instituciones culturales. La parte de ‘comunicación’ está bien servida, pero la de ‘contenidos’ es más bien pobre, si la comparamos con otros países.

España padece una industria de medios y de creadores de contenidos timorata, bastante tecnofóbica y muy alérgica a las novedades, que ha arrastrado los pies a cada paso para incorporarse a la Red, y que todavía presenta las redes rutinariamente como un nido de malas cualidades y riesgos a evitar (hackers, pedófilos, spam y ‘robo’ de música son los titulares sobre Internet más habituales). Los medios, el sector encargado de ayudar a pensar a la sociedad, la industria de debería abrir camino al futuro, está contribuyendo a negar ese futuro. Preocupados más de su propia supervivencia que del bien común, o empecinados en querellas intestinas y problemas del pasado, el sector que debiera ser la vanguardia del cambio está atrincherada, intentando impedir como sea (o al menos ralentizar) todo lo que muy a su pesar está ocurriendo. La industria de los medios de comunicación y la profesión del periodismo deberían preguntarse menos qué puede hacer Internet por ellos, y mucho más qué pueden hacer ellos por la Red. Porque no sólo están dañándose a sí mismos: nos están dañando a todos, contribuyendo de forma decisiva a que España pierda, otra vez, el tren del futuro. La última vez nos costó más de un siglo retomarlo, así que la cuestión es ¿por qué y quiénes no quieren?

Periodismo obsoleto, y peligroso

¿Qué es noticia, y quién decide lo que es o no es noticioso? A Jack Shafer, crítico de medios de la revista online estadounidense ‘Slate’, no le gustan las noticias demasiado escandalosas. En una reciente diatriba este incisivo crítico descarga su ira contra los titulares de varios medios digitales como FoxNews.com, CNN.com o MSNBC.com, acusándolos de horribles crímenes contra el periodismo con expresiones claramente derogatorias. Así, comenta algunas de las noticias y titulares de los últimos tiempos en estos medios con fases como ‘craven pursuit of clicks‘ (despreciable persecución del clic), ‘sordid and bizarre‘ (sórdido y estrambótico), ‘exploitation‘ (explotación), ‘base impulses‘ (bajos instintos) o el peor de todos, repetido hasta la saciedad: ‘tabloid‘ (periódico, y por extensión periodismo, sensacionalista). Shafer se las arregla para transmitir la vigorosa desaprobación de una tía solterona decimonónica hacia un lascivo e incivilizado sobrino joven: parece mentira, siendo de la familia, un comportamiento tan soez. Y no es una opinión aislada; muchas voces muestran su paternal preocupación por el aparente descarrío de los medios digitales modernos, al parecer dispuestos a cualquier cosa con tal de arrancar el interés de sus parroquianos. A diferencia, tal vez, de sus nobles ancestros como la televisión, las revistas o los mismos periódicos, con su tradicional desapego de los audímetros.

Habría mucho que decir al respecto. El medio digital está a medio inventar, y por tanto debe experimentar y poner a prueba las fronteras. El comportamiento de los internautas demuestra que están interesados en más noticias y más diversas que los lectores de medios tradicionales (basta visitar Digg, Slashdot, Barrapunto o Menéame); los criterios de los medios tradicionales para decidir qué es noticia ya no son válidos. Cosa que es normal, dado que esos criterios de selección se basan en parte en una limitación de espacio disponible (tiempo o papel) que los medios digitales desconocen. En el mundo cada día ocurren muchas cosas, y ya no es posible que sólo los sacerdotes/periodistas decidamos cuáles de ellas son noticia: hacen falta horizontes más amplios. Por último, la crítica de Shafer da por supuesto que las noticias más exóticas, llamativas o peculiares son necesariamente de peor calidad; que es imposible contar con buen criterio profesional una noticia que no sea de un tema ‘serio’.

Pero la frase más pasmosa, en su conjunto y por partes, es ésta: ‘To be sure, all three Web tabs publish lots of staid and responsible news stories about politics, the economy, and culture, so there’s no danger of journalism-that-is-good-for-you being driven off viewers desktops‘ (por supuesto, las tres páginas publican muchas informaciones serias sobre política, economía y cultura, así que no hay peligro de que el periodismo-bueno-para-tu-salud sea desplazado de las pantallas de los lectores). Es la idea del periodismo como amarga medicina que hay que tragar con el mínimo gesto de desagrado. La información como un penoso deber, similar al sexo victoriano, aquel que recomendaba a las mujeres británicas en el dormitorio ‘cerrar los ojos y pensar en Inglaterra’ con el fin de procrear nuevos casacas rojas. La muy calvinista sospecha ante cualquier cosa que proporcione placer, que sólo considera positivo aquello que se obtiene con dolor. Si te hace gracia, te divierte o te entretiene, no puede ser de buena calidad, y hay que mirarlo con desprecio. Es una idea vetusta, carpetovetónica y carca, además de peligrosa, porque aleja a los jóvenes y los no inclinados al masoquismo de la información y deteriora así la calidad de la democracia. En estos tiempos de Nuevo Periodismo es curioso cómo asoma la cabeza el periodismo más vetusto en cuanto nos descuidamos. Informarse no debería ser sólo un penoso deber, sino un placer. ¿Qué opinas tú?

Democracia interactiva

La democracia originaria consistía en dar a la gente común voz en los asuntos públicos, de modo directo: permitiendo a cada ciudadano ateniense hablar a la asamblea. Incluso entonces las tareas diarias del gobierno exigían demasiado trabajo como para someter a voto cada decisión, y así se escogían por votación unos delegados que se encargaban del día a día: los 10 estrategas, los primeros políticos democráticos. En todas las democracias posteriores ha habido diputados; dada la imposibilidad práctica de reunir en asamblea a los millones de ciudadanos de un estado moderno, las decisiones de gobierno se delegan en unos profesionales que se eligen por votación. Los presidentes del gobierno no son más que los delegados de mayor rango; superintermediarios. Pero al fin y al cabo delegados.

Su poder, sin embargo, es grande, y por eso muchos quieren el puesto. Y así las elecciones se convierten en reñidos combates por obtener la confianza de los ciudadanos. En los estados modernos este combate se traba en los medios de comunicación, que son a su vez una clase de intermediarios nacidos de la dificultad de diseminar noticias a grandes distancias y a millones de personas. Los políticos nos hablan a través de los medios; así hemos acabado viendo cómo unos aspirantes a intermediarios hablan con otros intermediarios para obtener el favor del electorado; pero los votantes jamás tenemos contacto directo. Al final el proceso es como acariciar un rostro llevando guantes de esquí: todo queda en el gesto, porque no se siente nada.

Pero no tiene que ser así, porque hoy tenemos la Red, y la Red es especialmente buena eliminando intermediarios. Así como el periodismo ciudadano conecta a los testigos de los sucesos con los lectores, así como las tiendas online envían los productos desde el fabricante al comprador, está llegando la hora de una ‘ciberpolítica’ caracterizada por la pérdida de poder de los intermediarios. Nuestros políticos y periodistas van a estar mucho más controlados, ya que los electores tenemos de nuevo voz, como en los tiempos de las asambleas del ágora. Ya no nos basta con elegir a los representantes políticos; ahora podemos y queremos seguir y criticar su trabajo. Y exigimos que se nos escuche. Contra lo que los partidos piensan Internet no es simplemente un nuevo canal por donde emitir publicidad de modo unidireccional, un nuevo campo donde jugar el viejo juego. Las reglas cambian.

La Red es interactiva, y por eso la política en Red incluye participación. Ya no basta con que los políticos les digan a los periodistas lo que quieren que los electores escuchen; ahora éstos exigen formar parte del proceso y ser escuchados. Es importante que quien desee gobernar demuestre que responde a los ciudadanos y dialoga con ellos, cuando existen los medios; los internautas no van a aceptar proclamas grandilocuentes sobre el futuro de la sociedad del conocimiento de quien demuestre ser incapaz de vivir en ella. Que el propuesto debate en Internet se celebre, y que lo haga dando voz a quien quiera intervenir es vital para el desarrollo de Internet y de la democracia en España. Es hora de que los electores empecemos a educar a nuestros intermediarios en la democracia interactiva que se avecina. Y de cambiarlos, si no hay forma de hacerles escuchar.

Público: gran triunfo, algún error

Un medio de comunicación es una voz con la que la sociedad piensa; un punto de vista nuevo sobre el mundo. Por eso el nacimiento de un nuevo medio nos enriquece a todos; amigos, enemigos y mediopensionistas, porque le proporciona a la sociedad en su conjunto una nueva forma de ver las cosas. Una nueva mirada capaz de percibir la realidad de otra manera. Eso hace que el pensamiento de todos sea un poco más grande y más libre, mejor. Por eso el nacimiento de un nuevo medio ha de ser una ocasión para el regocijo, de quienes comparten su visión y también de quienes no lo hacen, porque una sociedad con más puntos de vista es una sociedad más rica. Desde anteayer en España todos somos un poco más libres, porque hay un nuevo periódico en las calles que se llama Público. Todos tenemos de qué alegrarnos.

Profesionalmente, Público es un diario moderno que incorpora muchas novedades en su diseño y en su esencia. Novedades que en los últimos años se han ido incorporando lentamente a otros medios, tendencias de evolución natural de la industria periodística están en Público por primera vez juntas e integradas en un medio construido con ellas en mente. Mayor legibilidad, más desglose de noticias con múltiples despieces enfocando distintos aspectos de la información, mayor cuidado en los elementos gráficos (espléndido uso de la fotografía en color), infografías claras con la información como objetivo, más atención dedicada a ciencia, tecnología y cultura en detrimento de la política navajera, mayor cuidado tipográfico, escritura menos formal y rígida, titulares con más gancho, un cierto y travieso sentido del humor… Muchos de estos elementos no son nuevos, pero sí que lo es su combinación en un único medio homogéneo. Su conjunto puede agradar sobre todo a la gente más joven, con mayor cultura de medios, acostumbrada a Internet y la televisión y que hasta ahora han esquivado los medios impresos en parte por su partidismo, su tendencia al tono funeral y su incapacidad de comprender (o manejar) la ironía. Ese segmento de público está maduro, y Público está perfectamente diseñado para satisfacer sus necesidades. Será sin duda un éxito, y esa nueva voz permanecerá con nosotros mucho tiempo.

Pero el proyecto de Público no es perfecto, por más que algunos de sus artífices sean excelentes profesionales (y amigos personales, al menos hasta hoy; Nacho Escolar, Darío Pescador, Nacho Rojo, Patricia Fernández de Lis, Íñigo Sáenz de Ugarte… un saludo, compañeros). Su diseño tiene un error conceptual importante: Público es un gran periódico, pero su apuesta inicial por Internet ha sido insuficiente. En 2007, con todos los medios tradicionales caminando hacia la integración de productos y redacciones, hacia la marca única con diversos canales de distribución, hacia la independencia de la voz editorial de cualquier soporte o sustrato, Público ha nacido con una página web prometedora pero que apenas cubre mínimos (a costa de grandes esfuerzos). Siendo sus responsables quienes son (blogueros de prestigio ganado a pulso y profesionales con sobrada experiencia en medios digitales) es fácil creer sus promesas de que en el futuro la presencia web del periódico nos dará grandes satisfacciones y más de una sorpresa. Pero visto desde una generación que considera Internet un elemento imprescindible de su dieta informativa, el error de lanzarse a la palestra sin dedicarle a la Web al menos tanta atención como al papel es importante. Y no sólo periodístico: los datos económicos de la prensa estadounidense y europea apuntan en la misma dirección: el futuro comercial de los medios está en Internet (donde la publicidad sube como un cohete), y cada vez menos los diarios convencionales (donde no dejan de caer los ingresos). En el inmediato futuro, casi presente, será la Red la que mande en los resultados de los medios. Este fallo cuesta euros.

No se puede abarcar todo, y hay que escoger las batallas que uno lucha, y por eso es tan significativo lo que se escoge. En Estados Unidos hay un refrán cruel y certero: nunca tienes una segunda oportunidad para causar una primera impresión. Público ha desaprovechado la oportunidad de dejar en Internet la misma marca que ha dejado ya en el kiosco. Y eso hace al periódico un poco más débil, y nos deja a todos un poco huérfanos. Todos esperamos grandes cosas de este nuevo proyecto, y conociendo a sus profesionales, no nos fallarán. Pero poner a flote un nuevo proyecto ya es lo bastante duro y difícil: deberían haberse ahorrado la carga extra de este error grave, e innecesario. Que seguro que el tiempo corregirá. Suerte, y valor; lectores no os han de faltar.

La prensa futura es libre (y gratis)

¿Qué hace influyente a un medio de comunicación? ¿Por qué es capaz una empresa editorial de participar en el diálogo social con una voz desproporcionada con su tamaño? Esto sólo ocurre cuando los análisis y opiniones de ese medio y sus comentaristas son conocidos y respetados en la sociedad a la que sirven; cuando su voz editorial tiene importancia y provoca ecos, positivos o negativos. Es el impacto el que hace importante a un periódico; son sus lectores quienes lo hacen influyente. Por definición no se puede crear eco cuando se carece de voz; cuando nadie te puede escuchar es imposible cambiar opiniones. Lo primero que necesita un medio para ser influyente es tener una gran audiencia, cuanto más grande, mejor; sólo cuando esto ocurre podrá ser amado y odiado, citado y vilipendiado, plagiado y despreciado. No se puede estar de acuerdo, o en desacuerdo, con un mensaje que nadie conoce. No se puede ser la voz de una sociedad si la sociedad no puede escuchar nuestra voz. Y en un entorno de competencia infinita como es Internet cualquier barrera, por pequeña que sea, esconde y hace desaparecer una voz. La influencia es algo muy valioso y delicado en Internet.

Es por eso que la idea de cobrar por los contenidos editoriales del influyente diario estadounidense The New York Times mediante un producto llamado TimesSelect era estúpida, desde el principio; y es por eso que el periódico se dispone a corregirla abriendo gratis el acceso a todos sus contenidos en Internet. Es por eso que el famoso y casi único ejemplo de cobro por contenidos en Internet, el diario financiero The Wall Street Journal, analiza hacer lo mismo bajo su nuevo propietario, Rupert Murdoch. Ningún medio puede permitirse perder influencia, y eso es lo que les está succediendo a los que han escogido cobrar por leer, que están desapareciendo del panorama de la Red. Poner una barrera de pago a la entrada de una página web es un fallo estratégico tremendo para un medio de comunicación, porque reduce su influencia en la sociedad y daña la marca. No hay ingresos suficientes para compensar tamaño error. Que no por grande ha sido menos repetido, desde la versión digital del diario español El País a, mucho antes, la revista Slate, cuando era propiedad nada menos que del gigante Microsoft (hoy pertenece al Washington Post).

El cobro por contenidos en los medios de comunicación no ha funcionado jamás, e incluso cuando lo ha hecho (The Wall Street Journal en Internet afirma ser rentable) tiene un elevado coste a la larga: marginaliza al medio en la Red y reduce su influencia. En la Economía de la Atención en la que vivimos éste es un error que los medios no se pueden permitir reiterar. Va siendo hora de buscar otros modelos de ingresos que no impliquen reducir el número de los lectores. La prensa del mañana temprano será libre, y gratis, o no será. No será fácil, pero así será. Porque sin influencia no hay medios.

El retablo de las maravillas

En un rincón de YouTube hay un vídeo que muestra a varios miles de prisioneros del centro penal de Cebú, Filipinas, interpretando una versión del vídeo ‘Thriller’ de Michael Jackson con rara perfección, producto sin duda de miles de horas de ensayos para entretener el ocio carcelario. Es sólo uno de los millones de ejemplos de contenidos disponibles en Internet que jamás hubiesen aparecido en los medios de comunicación tradicionales, que no son noticia, en el sentido más clásico del término, pero que nos dicen algo (mucho) sobre la naturaleza humana. El tipo de cosas que no hubiesen sido posibles antes de la proliferación de cámaras baratas, y de la existencia de un sistema de publicación mundial accesible a todos (la propia Internet). Esta conjunción está haciendo nacer un verdadero retablo de las maravillas versión siglo XXI que contiene mucha más creación, de muchos más tipos, de lo que toda la industria editorial en su conjunto ha sido capaz de producir en toda su historia. Ésta es la nueva realidad; sólo nos queda acostumbrarnos.

El futuro de la prensa es abierto

Los periódicos tradicionales son defensores de una interpretación extendida y restrictiva del derecho de propiedad intelectual. Es normal, puesto que al menos la mitad de sus ingresos se deben al precio de venta al público de su periódico en el kiosco; su interpretación es que cuando alguien hace una copia de sus textos les está metiendo la mano en el bolsillo. Este planteamiento, compartido con el resto de la industria editorial (libros, música, vídeo) es conflictivo, pero racional en un mundo limitado en el que la oferta es pequeña y está muy concentrada; en el que hay una docena de periódicos, un centenar de revistas y algunos miles de discos, libros y películas hechos por empresas esencialmente idénticas. Un mundo en el que el principal coste de las empresas es fabricar la copia material (el diario de papel, el libro físico, el disco de policarbonato del CD o el DVD) y ponerla al alcance del posible comprador. Un mundo pre-Internet, en suma. Hoy esta idea es obsoleta; el nuevo estándar es otro. La prensa del futuro es, ya hoy, abierta.

La demostración está en la llegada de nuestro nuevo competidor y colega, ADN.es (bienvenidos, compañeros y amigos), que entre sus muchas novedades se acoge a una licencia Creative Commons, como hiciera ya hace algunos años 20 minutos. Esto significa que tanto nosotros como ellos concedemos permiso sin preguntar para que cualquiera pueda copiar y utilizar nuestros contenidos, siempre que se cumplan unas pocas, simples y claras condiciones. Éso, y no otra cosa, son las licencias Creative Commons; un permiso para que la gente que confía en nosotros y a la que gusta nuestra creación pueda utilizarla libremente sin tener que pedirnos la venia. Para quienes los usan son textos, fotos o vídeos libres; para nosotros son una forma de que nuestra obra llegue a más gente y más lejos de lo que podríamos conseguir nosotros solos. Porque lo importante para nosotros es que nos leáis, cuantos más, mejor. Y para eso hay que ser lo más abierto posible. Siguiendo esta lógica, ADN.es refuerza lo que es ya un movimiento imparable: la prensa futura es y será abierta, vuestra y nuestra a la vez. Ya somos dos; seremos más.

Ciudadanía = transparencia + comprensión

Un ciudadano no es sólo un paisano; alguien nacido dentro de unas fronteras. Un ciudadano es un paisano informado, y por tanto capaz de tomar decisiones, de actuar en el ámbito político con criterio y rigor. En el pasado, el papel de los medios de comunicación era informar a la sociedad para que la ciudadanía pudiese tener los elementos fundamentales de criterio con los que participar en la vida política. En el inmediato futuro, esto cambiará.

La sobreabundancia de información que ha desatado la Red está cambiando el panorama por completo. Ahora la información nos sobrepasa, con lo que el problema se reformula: ya no se trata de tener los datos precisos, sino de distinguir aquellos que son importantes de los irrelevantes; de encontrar lo que de verdad vale en medio de la inmensa inundación de información que no vale. Por eso la nueva ciudadanía, la ciudadanía de la Era 2.0, vendrá definida no sólo por la transparencia, sino por la comprensión. Tener la información no basta. Hay que entender qué significa.

Por supuesto que el estado deberá liberar toda la información a su disposición; por supuesto que la transparencia habrá de ser la máxima posible tanto en los asuntos de la política como en los de la economía. La tendencia de los que tienen poder a controlar, es decir limitar, el flujo de información es ubicua y eterna, porque quien controla la información gana poder. Por eso, para evitar las acumulaciones injustas, la información estatal (pagada por todos; propiedad de todos) ha de ser libre y abierta; ha de fluir sin freno.

Pero eso no basta para una ciudadanía real en el siglo XXI, porque un libre flujo de información sin una nueva manera de comprenderla tan sólo sumará bites a los bites que nos ahogan; tan sólo complicará nuestros problemas de ‘infoxicación‘. Hay que desarrollar nuevas formas de entender, de distinguir, de criticar, de comprender y contextualizar, para que los datos nos iluminen en lugar de atosigarnos; para que la información vital no se oculte entre la masa de datos inanes.

Éste es el vital papel que los medios de comunicación profesionales deberán jugar en la sociedad del futuro inmediato: ayudar a la comprensión de lo que pasa, y no sólo contar lo que pasa; darle al ciudadano herramientas para entender, y no sólo inundar a la sociedad de datos cada vez más nuevos, cada vez más rápido. Ideas como las exclusivas conceptuales, la programación periodística, el abandono de la noticia como único modelo de información y los productos informativos alternativos tienen que formar parte del arsenal de ideas de los medios futuros como parte de su misión. Porque con llevar información donde no la hay ya no basta; ahora hay que ayudar a comprender. Porque la ciudadanía del próximo milenio necesita transparencia, y también necesita comprensión.

Inspirado en mi participación en las II Jornadas de Alfabetización Digital que se celebran estos días en Madrid.

Periódicos de mañana

En estos días en los que la profesión del periodismo se rasga las vestiduras y, transida de espanto, intenta adivinar lo que el futuro depara a este divertido oficio, ha llegado el momento de mojarse. Multitud de proyectos asoman la cabeza, y hasta los antiguos campeones del papel y el kiosco parecen dispuestos a cambiar de vida y abrazar la Red, aunque sea como un borracho abraza una farola, para no caerse. Porque las cifras cantan: los lectores se marchan en manadas a Internet, y detrás de ellos va la publicidad. Los periódicos de toda la vida, esos entrañables cadáveres de árbol manchados con compuestos negros de hierro, se empiezan a encontrar entre la espada y la pared: sin compradores, y también sin anunciantes. Sin ingresos, vaya, mientras Google y sus cohortes ingresan carretadas de dinero practicando el noble arte de la publicidad con un nuevo giro de muñeca. Hasta los más recalcitrantes saben ahora que hay que cambiar de rumbo. La cuestión es hacia dónde.

Definamos ‘periódico del siglo XXI’ como un medio de comunicación profesional caracterizado por su ‘voz’ editorial y no por su medio de expresión; reconocible por su manera de ver y contar el mundo, y no por el soporte en el que elige contar cada historia. Es igual si la información fluye en forma de tinta sobre papel, en forma de electrones dibujando imágenes, en forma de ondas sonoras o de textos en una pantalla: tampoco importa cada cuánto tiempo se cometen los actos de comunicación. Lo importante es la esencia, y la esencia del periódico del siglo XXI no depende de su formato, periodicidad o difusión, sino de su corazón: de su modo de encontrar y contar las historias que tejen el mundo. Siendo así, podemos estipular que:

El periódico del siglo XXI no debe limitarse a trasladar información de un sitio a otro, sino que debe ofrecer herramientas para su comprensión. La comunicación no basta: es necesaria la inteligencia, que el lector no sólo reciba los datos sino que entienda su significado.

El periódico del siglo XXI debe ofrecer todos los niveles de información que sea capaz, para que el lector pueda decidir a qué profundidad desea saber. La interactividad también significa renunciar a imponer al usuario un nivel de análisis; ampliar la oferta para que quien recibe la información decida hasta dónde quiere saber. Internet, y el conocimiento, son infinitos, y una de las misiones del medio es actuar como guía turístico de la Biblioteca de Babel.

El periódico del siglo XXI no es multimedia, sino ‘amedia’: su producto es independiente del formato y la tecnología, y usa texto, imagen, sonido, vídeo, animación, estadísticas o bases de datos según convenga al aspecto de la información que se está transmitiendo. El mensaje es independiente del medio, y lo importante es el mensaje.

El periódico del siglo XXI necesita periodistas capaces de comprender las historias, de aderezarlas con herramientas que las hagan comprensibles, y de contarlas en cualesquiera medios y formatos que sean más adecuados para hacerlas inteligibles. El oficio del periodista es la historia, no el papel, la foto, la infografía, el programa, el flash, el vídeo o la radio.

El periódico del siglo XXI es un permanente diálogo con sus lectores y la sociedad que lo alberga. Eso implica diálogo real entre iguales con todos los implicados (usuarios, fuentes, blogs, lectores comentaristas, críticos, enemigos), colaboración, humildad y la capacidad de reconocer y corregir errores. También una absoluta transparencia en la toma de decisiones y en la práctica diaria.

El periódico del siglo XXI no es propiedad de quien lo escribe, sino que como producto que es de una sociedad entre los creadores de contenidos y los lectores de esos contenidos, pertenece a ambos. No tiene, por tanto, sentido alguno cerrar el acceso a terceros de modo unilateral, ni apropiarse de lo que genuinamente es de una asociación. Sus noticias deben estar a disposición de todos con la mayor libertad posible, para conseguir la mayor difusión posible.

El periódico del siglo XXI puede y debe trascender los viejos modelos de separación entre contenido editorial y publicidad incorporando los nuevos modelos publicitarios (como la publicidad contextual) que acercan los avisos comerciales al lector sin dañar al contenido.

Y sobre todo y principal: el periódico del siglo XXI, si quiere sobrevivir, tendrá que ser en algún sentido único y diferente de los centenares de millares de otros periódicos del siglo XXI que compiten codo con codo en la Red por el limitado espacio mental de los lectores. Quien no sea único será cadáver.

¿Se te ocurre algo que añadir o matizar?

Cuatro nuevos proyectos

Esto de la Internet española funciona como el clima en el desierto: nunca llueve, pero cuando llueve, jarrea. Tras varios años de sequía en lo que a nuevos proyectos profesionales se refiere han aparecido nada menos que cuatro a la vez, en una ofensiva conjunta que cambiará irreversiblemente el panorama de la Red en castellano. Un gran grupo editorial (Planeta), un gran banco (BBVA), un grupo de inversores en medios (Jaime Roures, de La Sexta) y RTVE van a intentar conquistar nuevas parcelas dentro de Internet. Y lo van a hacer de la mano de acreditados profesionales con años de experiencia en este nuevo ámbito y adecuado respaldo financiero. Los veteranos (El Mundo, El País, esta casa, portales como Terra y Ya.com) se verán forzados a reaccionar para no quedar rezagados. En pocos meses veremos una reactivación del mercado de contenidos y servicios, que bienvenida sea. Porque ya iba tocando: muchos millones de navegantes hispanohablantes suponen una oportunidad que no puede dejarse escapar.