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Ciencia, tecnología, dibujos animados ¿Acaso se puede pedir más?

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El doble mensaje de los chiles

En la continua guerra entre animales y plantas ambos bandos utilizan al otro en su propio interés. Es lo que tiene la coevolución, que hace que dos seres vivos con diferentes (y enfrentados) intereses terminen tan engarzados que parece que cooperan por interés mutuo; cuando nada hay más lejos de la realidad. La primera regla de las relaciones entre animales y plantas se deriva de sus principales características: las plantas capturan energía del sol y la convierten en energía química, cosa que los animales no pueden hacer; los animales se mueven, cosa que las plantas no hacen. Así que los animales comen plantas, lo cual a éstas no les gusta ni lo más mínimo. Muchos grupos vegetales han evolucionado todo tipo de estrategias de defensa contra sus predadores, los herbívoros, que incluyen desde espinas que parecen dagas asesinas a cristales de sílice en las células, que destruyen los dientes de quienes se las comen. Una de las estrategias más interesantes, que nos proporciona a los humanos buena parte de nuestra gastronomía, es la del veneno: multitud de plantas fabrican y acumulan sustancias que van desde lo desagradable a lo mortífero, y los animales disponen de receptores de sabor y olor específicos para detectar y evitar estas trampas. El sabor amargo, por ejemplo, está asociado a los alcaloides que convierten ciertas plantas en poco saludables, y por eso el amargor nos resulta desagradable. Una de las sustancias más perniciosas que las plantas han creado es la capsaicina, la molécula que hace picantes a los chiles. Hasta tal punto es potente a la hora de provocar rechazo que los humanos la usamos como arma, aunque sólo la policía; es demasiado cruel para usarla en la guerra. La capsaicina actúa hiperestimulando ciertos receptores de la piel, lo que provoca una fuerte sensación de ardor, irritación, lagrimeo y otros síntomas bien conocidos por las víctimas de la cocina picante. Como muchos seres vivos venenosos, los pimientos picantes suelen señalizar su disuasión química con fuertes colores (amarillo o rojo, por ejemplo), que actúan como señales de ‘Peligro, No Comer’.

Y sin embargo este tipo de colores son utilizados por otras plantas como reclamo. Algunos vegetales han descubierto que los animales pueden ser cooptados para que transporten las semillas a lugares distantes, ampliando el área de colonización de la planta. El mecanismo es sencillo: se incluyen las semillas en una fruta sabrosa y colorida que atraiga la atención, y se espera a que algún animal la devore; las semillas atraviesan su tubo digestivo y salen de nuevo al exterior, casi siempre a gran distancia de la planta madre. Así actúan los frutos rojos (bayas, moras y similares), el café, el chocolate, las fresas, y las variantes silvestres de casi todas nuestras frutas y verduras cultivadas. En algunos casos la adaptación llega a tal extremo que las semillas son incapaces de germinar sin su correspondiente paso por un tubo digestivo. Típicamente, las plantas que usan esta treta crean frutas cargadas de azúcares, que gustan a los herbívoros, y muy coloreadas. Pero entonces, ¿cuál es el juego de los chiles, con su color rojo intenso, sus jugosas carnes y su carga de intenso repelente de animales?

La clave está en un detalle de la fisiología comparada: las aves tienen visión de color como los mamíferos, pero carecen del receptor sensible a la capsaicina, por lo que son inmunes a sus efectos. Los chiles se han convertido así en maestros del transporte selectivo, y su color rojo es una doble señal: para los mamíferos significa ‘peligro, no morder’, mientras que para las aves es un reclamo (‘comida gratis’). La doble estrategia les sirve para seleccionar el animal que esparce sus semillas, e impedir que otros las estropeen; en efecto, la poderosa digestión de los mamíferos destruye las semillas de estos pimientos, mientras que la suave digestión aviar las activa. Los humanos somos el único mamífero que gusta de la abrasadora sensación de la capsaicina, quizá porque resulta tan intensa que provoca como reacción la liberación de endorfinas en el cerebro, y con ellas un cierto placer. Algún fallo tenía que tener este precioso ejemplo de coevolución… y el fallo somos nosotros, el único mamífero masoquista.

Los bien expulsados

Los creacionistas estadounidenses se quejan de que sus opiniones ‘científicas’ no son respetadas por las universidades de aquel país. Lo cual viene a ser como quejarse de que el Vaticano no te cede sus púlpitos para extender la Teoría de la Evolución por Selección Natural, o exigir a grandes voces igualdad de trato en las cátedras de Matemáticas para la idea de que Pí es igual a tres. El hecho de que su versión descafeinada del creacionismo bíblico conocida como ‘Diseño Inteligente’ no sea una teoría científica en absoluto no les detiene, sino que traiciona su intencionalidad política: el verdadero objetivo es introducir ideas de origen religioso en las clases de ciencias. En cualquier caso, y para denunciar que el ‘aparato’ cientifista les discrimina, un grupo de defensores del ‘Diseño Inteligente’ han rodado una película titulada ‘Expelled!‘ (expulsado), en el que detallan la presunta discriminación contra sus ideas. Y para reforzar sus denuncias de que ‘la ciencia’ no les permite hablar, lo estrenan impidiendo la entrada al estreno a un conocido ‘blogger’ por el pecado… de oponerse a sus ideas.

Es decir, que en el estreno de un documental que trata contra la discriminación por razón de opinión, se discrimina por razón de opinión. La ironía es más que evidente; y no es divertida. Porque hablamos de un rasgo esencial de este movimiento, algo que está en su misma raíz: para obtener sus objetivos políticos, que consideran paradigma de bondad, vale cualquier cosa. Retorcer citas, negar la evidencia, argumentar torticeramente, acusar en falso, practicar lo contrario de lo que se predica. Todo vale, porque son creyentes en guerra por su religión, no científicos en búsqueda de la verdad. Lo cual demuestra que los productores de ‘Expelled!’ no tienen razón: su exclusión es más que merecida, y no se debe a la impopularidad de sus opiniones, sino a que lo suyo no es ni pretende ser ciencia. Su lugar está en las parroquias, dando catequesis, y no en las clases de biología. No se trata de censura, sino de mala clasificación: la religión no pertenece a los cursos de ciencias. Así de simple.

Corregidas algunas erratas el 26/3/2008; gracias, Heli.

Cuando la religión ataca

El creacionismo, y su reciente variante el diseño inteligente, no son teorías científicas, ni tan siquiera dogmas religiosos: son ideologías políticas. Se trata de utilizar la Teoría de la Evolución por Selección Natural, una parte mal comprendida y fácilmente caricaturizable de la biología, como espolón y vanguardia de un avance de la teocracia. Pues no otra cosa que teocracia es imponer por ley la enseñanza de doctrinas religiosas en las clases de ciencias, es decir, prevalerse de los mecanismos educativos del estado para imponer creencias religiosas en el ámbito público. El objetivo final es que sean las religiones las que decidan qué es lo que se enseña y (sobre todo) qué es lo que no se enseña en la escuela pública. Pura teocracia: el gobierno de los religiosos.

Un ejemplo: hace hoy 83 años el congreso del estado de Tennessee aprobó la Ley Butler, que prohibía en las escuelas financiadas con fondos públicos la enseñanza de “cualquier teoría que niegue la historia de la Creación Divina del Hombre como se enseña en la Biblia, y enseñar en su lugar que el hombre desciende de animales inferiores’. Un profesor que fuese hallado enseñando evolución humana (el resto de los seres vivos sí que podían, al parecer, evolucionar) sería multado con entre 100 y 500 dólares por cada ocasión, un dinero en la época. Ésta es la ley por cuya violación fue juzgado en 1926 el entrenador y profesor interino John Scopes en el que pasaría a la historia como el ‘Proceso Scopes‘ (o el Juicio del Mono), dramatizado en obras teatrales y películas como una lucha entre el oscurantismo y la racionalidad que acababa ganando el lado de la ciencia, con la inestimable ayuda del abogado interpretado por Spencer Tracy en la famosa versión fílmica. En la realidad Scopes fue declarado culpable de violar la Ley Butler, aunque posteriormente el Tribunal Supremo de Tennessee anuló la sentencia por un tecnicismo, lo que se interpretó como una victoria de los partidarios de la evolución. Sin embargo la ley fue explícitamente declarada constitucional, y estuvo en vigor en el estado hasta 1967.

Contrariamente a lo que dicen, la actual ofensiva de los partidarios del llamado diseño inteligente no basa su vehemencia en nuevos descubrimientos, sino en una nueva urgencia proselitista. Quienes rechazan la evolución no es que estén convencidos de que la teoría científica es más o menos insostenible; lo que desean es abrir una puerta a la teología en las escuelas estatales, introducir una cuña que sirva para que la religión vuelva a dominar los currículos escolares, decidiendo así qué materias deben formar parte de la educación del ciudadano medio. El visceral rechazo a las tesis neodarwinianas enmascara una intencionalidad política, una clara ofensiva teocrática, y así está muy lejos de querer conocer mejor el universo o sus mecanismos. Como los legisladores de Tennessee en 1925, los creacionistas (de toda religión, con frecuencia aliadas) no quieren saber más, sino mandar más: dar un paso hacia el régimen político teocrático que en el fondo algunas personas religiosas piensan es la única forma legítima de estado. La defensa de la evolución es así una obligación no sólo científica, sino cívica: una forma de rebelión contra el avance de la teocracia. Porque si permitimos que los libros sagrados decidan cómo es nuestra realidad, acabarán decidiendo cómo debemos vivir nuestras vidas. Y la historia demuestra que cuando las religiones mandan, los pueblos sufren y mueren.

Profundidad del tiempo

Es difícil para nosotros, humanos, darse cuenta de lo que significa el tiempo profundo, pero hay algunos lugares del planeta donde la eternidad puede contemplarse en directo. Uno de esos lugares es la Orilla Sur del Gran Cañón del Colorado. Tras atravesar kilómetros de elevada meseta cubierta de pinos, cuando nos acercamos al borde, la inmensidad de lo que se contempla abruma los sentidos; el aire ligero de los 2.000 metros de altitud y la falta de referencias se combinan para que el paisaje parezca plano, como un inmenso telón de teatro donde un pintor loco ha imaginado una feroz herida en la superficie de la Tierra; un desgarrón ciclópeo e imaginario. La primera mirada produce estupor, más que maravilla; la mente simplemente es incapaz de abarcar los tamaños, las distancias, las caídas que dibujan las rocas rojas sobre un cielo inmenso. Es un panorama abrumador al que ninguna imagen puede hacer justicia, para el que ningún relato te puede preparar. Entonces a un lado y otro uno contempla los acantilados verticales, quizá ve caer un guijarro rodando hacia el abismo, y contempla su caída. La mirada se dirige abajo, abajo, cada vez más abajo hasta que a un kilómetro de profundidad se divisan las perezosas aguas de un río color barro: el Colorado. Y se siente vértigo.

Sabemos que ese mecanismo, el desprendimiento de guijarros y su arrastre por el hoy perezoso Colorado, es lo que ha tallado el ingente conjunto de zanjas de un kilómetro de profundidad que es el Gran Cañón. Pero el volumen de material faltante desafía el entendimiento. ¿Cómo es posible que el lento desplomarse de piedras y las antaño anuales inundaciones del río sean capaces de completar tamaña excavación? La respuesta está en ese otro abismo, el tiempo. Nuevas dataciones publicadas en Science revelan que el Gran Cañón es más antiguo de lo inicialmente pensado: empezó a formarse hace 17 millones de años. Eso son 17 millones de temporadas de inundaciones primaverales, épocas de tormentas de verano, estaciones de heladas de invierno. Eso son 850.000 generaciones de un animal que viva 20 años por generación, como los humanos. Eso es tiempo profundo: suficiente como para que la acumulación de inundaciones y desplomes excave una inmensa herida e la corteza terrestre, y también para que los cambios de frecuencias de alelos entre distintas poblaciones transformen un mono arborícola primero en un mono bípedo y caminante, y más tarde en un mono que se cree sabio. El tiempo profundo es lo que transforma lo pequeño, baladí e inconsecuente en lo grande, importante y decisivo; lo que permite que las montañas crezcan, los mares se abran y las especies evolucionen. Un grano de arena aquí, una nueva variante genética allá, son poca cosa en el breve transcurso de nuestras vidas; incluso en el escaso alcance de nuestra historia. Pero en el tiempo profundo esos mínimos cambios tienen el poder de mover continentes y crear nuevas ramas de la vida. El abismo al que se asoma uno en el Gran Cañón, con ser un rasgo geológico joven, no solo produce vértigo por su altura: lo que estamos viendo es una representación que podemos entender de la profundidad del tiempo.

199 cumpleaños de Charles Darwin

Desde que la humanidad es humana nos hemos preguntado por el origen de la variedad de los animales y plantas que pueblan el planeta. Para una mentalidad religiosa, anclada en la mitología, la respuesta a cualquier pregunta sobre los orígenes, diferencias y semejanzas entre seres vivos era siempre la misma: ‘es la voluntad de la deidad’. Hasta tal punto que origen y divinidades quedaron unidos en la mente de las gentes, formando una unidad, como la que formaban los cielos y los dioses. Las personas etiquetaban para su uso e interés los seres vivos, pero no se molestaban demasiado en preguntar de dónde venían.

Sin embargo los filósofos (amantes del conocimiento) que se molestaban en mirar de verdad no podían por menos que percibir similitudes intrigantes entre los animales, además de sus diferencias. Un gorrión es casi idéntico a otro gorrión, lo cual nos permite agruparlos juntos, pero también se parece mucho a un águila, porque ambos son aves. Analizando bajo la superficie, resulta que gorrión y águila son en muchos aspectos como los mamíferos, y en otros se parecen a los reptiles, que a su vez comparten características con los anfibios. Y así todo. Los seres vivos están claramente relacionados. Cuando se analiza su anatomía en detalle, aparecen profundos parecidos: todos los mamíferos tienen igual modelo de diente, sean musarañas o elefantes; todos los tetrápodos lucen en sus extremidades el mismo esquema, desde el ala de un ave a la pata de un caballo, la mano humana o la garra de un tigre; ciertos huesos de la mandíbula de los reptiles forman parte del oído de los mamíferos. Estos parecidos son un misterio.

Para los creyentes de toda deidad, la respuesta a este misterio era y será siempre la misma: es la voluntad de la divinidad. Pero para filósofos y naturalistas esta explicación es insuficiente. Los animales se agrupan por parecidos, y se separan por diferencias de un modo consistente y sutil. Los estudiosos empezaron a pensar que unos animales podían, tal vez, transformarse, cambiando sus estructuras, pasando de una forma a otra. Estas ideas, sin embargo, tropezaban con una barrera infranqueable: no se conoce mecanismo alguno capaz de transformar hoy en día a un pez en reptil, o a éste en ave o mamífero. Sin saber de qué manera podría haberse producido esa transformación, la idea era ridícula. Especialmente cuando la explicación alternativa (dios lo quiere) era apoyada con frecuencia y contundencia por las autoridades civiles, por la violencia si era necesario.

Y entonces llegó Charles Darwin: un tímido estudiante de teología convertido en naturalista que tuvo la inmensa suerte de realizar un largo viaje alrededor del mundo que le permitió ver con sus propios ojos muchas de las maravillas de la vida en el planeta, y sobre todo tuvo mucho tiempo para pensar. Con lo que pudo observar, ciertas ideas radicales (y dudosas) sobre economía de Thomas Malthus, la idea de tiempo profundo producto de sus estudios con su mentor Adam Sedgwick y su lectura de los Principios de Geología de Charles Lyell, además de su experiencia en la crianza de animales domésticos, Darwin supo comprender el mecanismo de este fenómeno, explicando el procedimiento por el que un ser vivo podía acabar dando lugar a otro diferente.

Funciona así: todos los seres vivos tienen muchos descendientes, todos casi iguales, todos diferentes. A unos les va mejor en la vida que a otros, y estos triunfadores tienen más descendencia, que hereda sus diferencias y obtiene así una ventaja en su propia lucha por la vida. Los descendientes son como los progenitores pero ligeramente distintos; una idea simple. Cuando pasan miles, centenares de miles, millones y decenas de millones de años y de generaciones este motor sencillo es capaz de transformar la aleta de pez en la pata de un reptil, y ésta en la pierna de un mamífero, que se convierte en la aleta de una ballena y acaba cumpliendo la misma función que la aleta original, pero de forma diferente. Sin perder en sus características el rastro de cada uno de los cambios. Elegante y poderoso.

Darwin llamó a su teoría ‘descendencia con modificación’, y a su motor ‘selección natural’, por analogía con la ‘selección artificial’ de los criadores de vacas, perros o palomas, que escogen cuál se reproduce y cuál no en función de sus intereses. La teoría era sólida, y potente, pues permitía entender con facilidad la sorprendente variedad de los seres vivos, y sobre todo, sus misteriosos parecidos. Un antecesor común de toda la vida explica por qué todos usamos el mismo esquema químico básico (ADN, proteínas, lípidos, azúcares); un pez tuvo la primera aleta con quiridio, y por eso lo heredamos todos los tetrápodos; el primer mamífero tuvo un molar tribosfénico que sus descendientes hemos adaptado de mil y una formas, porque las diferencias de hábitat y modo de vida explican todo lo que separa a ratones, osos, gatos y humanos. El misterio central de la biología, el juego de parecidos y diferencias entre los seres vivos, puede explicarse. Ya no hace falta un creador de la vida para comprenderla.

De ahí el genio de Charles Darwin, el primer humano que comprendió la naturaleza de verdad, y de ahí su posición central en la ciencia de la biología, y en nuestro conocimiento del universo. De ahí la férrea oposición a su idea desde quienes creen en un creador, dado que el misterio central de la biología era su único refugio, una vez expulsadas las deidades del cielo por la física y la astronomía. Contraviniendo el postulado central de toda religión, la fe sin pruebas, muchos creyentes sinceros y benévolos se han empeñado y se siguen empeñando hasta hoy en denigrar y rechazar una explicación de la naturaleza viva, sólo porque les roba lo que consideran una prueba de la existencia de la divinidad. Darwin, tímido y bondadoso en lo personal, era consciente de lo que esperaba a su teoría y a él, por crearla. Por eso dudó durante 20 años, y por eso quiso rodear su hipótesis central de tantos datos y tan robustos razonamientos que fuera capaz de sobrevivir a las polémicas que le aguardaban. Hombre religioso en su vida personal, su honestidad intelectual le obligó sin embargo a publicar una tesis que sabía le acarrearía el odio de muchos eclesiásticos y el rechazo de las iglesias del mundo, que sigue hasta la actualidad.

Hoy se cumplen 199 años del nacimiento de Charles Darwin, que encajó las piezas básicas del rompecabezas de la vida de modo tan ingenioso y sutil que los nuevos descubrimientos, desde la bioquímica a la genética, desde la paleontología a la ecología, refuerzan su esquema básico al clarificar los detalles de lo ocurrido en nuestra historia planetaria. Merece la pena recordar y homenajear a quien regaló a la especie humana una de sus cumbres intelectuales: el entendimiento del cómo hemos llegado hasta aquí.

El Infierno antes que Darwin

Según una reciente encuesta llevada a cabo en los EE UU allí hay más gente que cree en la existencia física y literal del Demonio, y del Infierno, que en la Teoría de la Evolución por Selección Natural. O lo que es lo mismo: en el país más poderoso del planeta hay una gran fracción de población que está convencida de la existencia de una caverna llena de lagos de ácido sulfúrico hirviente y poblada por seres de color rojo, dotados de cuernos y dedicados a torturar a los malvados con grandes bieldos por toda la eternidad. Y lo creen sin más pruebas que las palabras de un libro escrito hace siglos recogiendo mitos de hace milenios, y la tradición basada en ese libro. Ninguna prueba física, ni intelectual; ninguna evidencia palpable, ninguna lógica. Simplemente fe.

Quienes están convencidos de que Satán y el Infierno existen superan en número a los que creen en un mecanismo para el funcionamiento de los seres vivos que es una propiedad intrínseca de cualquier sistema de reproductores imperfectos que sobreviven en un entorno con recursos limitados. Y que no sólo permite entender de manera lógica la naturaleza, sino que acumula en su favor pruebas de todo tipo y evidencias sin cuento. Como resultado de una sostenida campaña de acción política dirigida a controlar el sistema educativo, la Teoría de la Evolución por Selección Natural está considerada allí como una ideología sospechosa con connotaciones políticas radicales que debe ser considerada enemiga de la fe y por tanto debe ser perseguida por los creyentes. Y eso incluye a sus defensores, que deben ser castigados personal y profesionalmente.

Muchas personas encuentran la fe, la creencia sin prueba alguna en la existencia de un ser superior creador del universo al que le importamos cada uno de nosotros, como profundamente reconfortante. A lo largo de la historia millones han derivado de estas creencias consuelo, fortaleza y grandes dosis de valor en la lucha contra la injusticia. Pero la fe organizada también ha sido utilizada durante milenios para crear y justificar injusticias. La esencia de la fe, la irracionalidad, hace que las creencias individuales sean susceptibles de manipulación y abuso; la asociación de poderes espirituales con los poderes políticos ha hecho no poco mal en no pocas ocasiones. En particular la fe organizada considera intrusa cualquier explicación del universo que no incluya sus postulados fundamentales, en especial la existencia de un creador. A lo largo de los años las iglesias han considerado un ataque directo cada avance del entendimiento y la razón humanas en la comprensión del cosmos. La Teoría de la Evolución por Selección Natural, una ley natural equivalente a la Ley de la Gravitación Universal, debe ser calumniada por razones morales, y equiparada a caricaturas carentes de peso intelectual alguno. La fe, sin embargo, debe mantenerse en su más estricta literalidad, aunque sea en temas marginales (como la existencia física del demonio o el infierno) o se roce el absurdo. Que esto ocurra hoy en el país que hoy es más importante a la hora de decidir el destino del mundo, entre los ciudadanos que deciden la orientación política de este país, desafía el entendimiento.

Necesidad de saber

Hipótesis: la evidente mejora para la supervivencia que supone ser capaz de comprender cómo funcionan las cosas ha llevado a la evolución a dotarnos de un mecanismo cerebral que nos premia con sensaciones agradables cuando comprendemos las cosas; un centro de la sabiduría que compensa con placer el entendimiento, y castiga con inquietud y malestar la ignorancia. Porque es más fácil sobrevivir si entiendes cómo funciona el mundo y eres capaz de modificar ese funcionamiento, especialmente si eres un mono de mediano tamaño y mediocre velocidad carente de colmillos. Así que sería lógico pensar que la especie humana se caracteriza por una verdadera necesidad de saber, similar (aunque menos intensa quizá) que la necesidad de reproducirse, excretar o comer. Somos monos adictos al conocimiento, lo cual explica nuestra insaciable curiosidad, el súbito destello de placer que sufrimos al comprender algo o la incómoda sensación de frustración cuando por mucho que nos esforzamos no podemos entender. Eso podría explicar el impulso que hay detrás de la ciencia, el afán de conocimiento por el conocimiento, la pasión del saber. Lo curioso es que también explicaría buena parte de nuestro afán por la religión. Y la razón por la que algunas personas creen en todo tipo de alambicadas conspiraciones y conspiranoias.

Porque si existiera este centro cerebral del placer asociado al saber, no tendría modo alguno de distinguir entre una explicación del mundo verdadera y otra falsa. Ambas podrían proporcionar esa agradable sensación, esa satisfacción provocada por el entendimiento: bastaría con que la persona estuviese convencida para que el mecanismo de refuerzo cerebral se activase. Ante la pregunta ¿cuándo nació la Tierra? la respuesta de la ciencia (hace más de 4.500 millones de años) y la del Obispo Ussher (al atardecer del 22 de octubre del año 4.004 adC) podrían provocar una respuesta cerebral similar, siempre que quien desee comprender crea realmente en la veracidad de la respuesta.

De hecho la ventaja la tiene la explicación religiosa, siempre mucho más sencilla (dios lo quiere y/o está escrito en el libro sagrado) y comprensible que la científica, que necesita esfuerzo y estudio. Las religiones pueden incluso proporcionar lo que la ciencia no puede dar, como son certezas absolutas y conocimientos completos; al ser un sistema de comprensión metódica del Universo, la ciencia nunca lo explica todo por completo, y a veces cambia de explicación. La religión ofrece un entendimiento simple, absoluto e inmóvil que excluye la duda y la incomprensión, proporcionando el cálido sentimiento de la sabiduría sin interrupción.

Ésta es también la recompensa de los conspiranoicos ante los grandes enigmas de la Historia. Con frecuencia es imposible reconstruir con absoluto detalle hechos del pasado, incluso reciente: las evidencias físicas se pierden o distorsionan, las investigaciones cometen errores, los testigos son con frecuencia muy poco fiables. Las contradicciones y lagunas son inevitables en la reconstrucción del pasado. La misma historia depende en ocasiones de casualidades, pequeños (o grandes) azares, caprichos de las personas o el destino que son imposibles de reproducir o comprender. El estudio de la Historia, por tanto, está lleno de frustraciones, que pueden resolverse creando una sólida teoría de conspiración.

En efecto, una buena conspiración lo explica todo: lo conocido y lo desconocido, lo comprobable y lo imposible de comprobar. Postulando la acción de un selecto grupo de conspiradores omnipresentes, omnipotentes y omnicomprensivos empeñados en borrar las huellas de su propia actuación es posible explicar cualquier hecho, y también cualquier contradicción, cualquier falla en la teoría. Los detalles de las conspiraciones pueden ser fantásticamente barrocos, pero en su esencia comparten con las religiones una explicación simple fácil de comprender: ‘ellos’ lo hicieron, y desde entonces tratan de ocultarlo. ‘Ellos’ pueden ser los judíos, los cátaros, los templarios, la KGB, la CIA, los francmasones, la Trilateral, los lagartos venidos del espacio, el Vaticano, el Club Bilderberg o todos trabajando en conjunto; eso no es lo importante. La clave es que no hay prueba en contra que no se pueda desacreditar; ni pregunta que no se pueda responder con certeza y sencillez, por más que la acumulación de esas respuestas exija una renuncia a la lógica tan completa como en el caso de la religión. A cambio, proporciona un placer de sabiduría tan completo como aquélla. A veces conspiración y religión están cerca, y a veces surgen construcciones (como las ideologías) que tienen mucho de ambas y pueden adquirir una enorme capacidad destructiva. Millones de personas pueden hallar satisfacción a su necesidad de saber por estos medios.

Esto significa que la especie humana jamás abandonará las religiones ni las conspiraciones, puesto que proporcionan a muchos el placer intelectual de la comprensión sin los esfuerzos que la ciencia demanda, y sin los límites que la ciencia no es capaz de superar. También significa que la curiosidad científica mana de la misma fuente que proporciona caudal a las religiones y las conspiranoias; que un mismo mecanismo cerebral subyace a estas diferentes formas de entender el Universo, y a sus explicaciones. Eso no significa que esas explicaciones tengan igual valor. Porque algunas se cotejan con la realidad, mientras que otras tan sólo sirven dentro del confín de nuestros cráneos. Aunque la necesidad de saber tuviera la misma madre, existe la verdad. Y no todas las explicaciones disponen de ella.

Corregida una errata el 5/11/2007. Gracias, Alda.

Chapuzas evolutivas

Una de las más profundas pruebas a favor de la existencia de un proceso de evolución en los seres vivos son las chapuzas que se encuentran en el funcionamiento de sus sistemas. Porque la evolución es un proceso ciego que trabaja con lo que tiene a mano y no planifica a largo plazo en numerosas ocasiones, así que muchas veces la ventaja de hoy se convierte en una desventaja mañana; o la supervivencia de hoy depende de utilizar un rasgo de ayer de una forma completamente diferente e inadecuada desde el punto de vista de la ingeniería. La evolución es, por necesidad, una gloriosa chapucera cuyos apaños desacreditarían a cualquier diseñador por poco inteligente que fuese.

El último ejemplo acaba de aparecer en la revista científica Science: al parecer nuestra vulnerabilidad letal al virus del SIDA se debe a una chapuza del pasado. El VIH es un virus demasiado mortal; recordemos que a un parásito en general no le conviene matar a su huésped, porque se queda sin recursos, pero el SIDA tiene una elevada mortalidad (en ausencia de tratamiento) que no se corresponde con sus parientes que atacan a otros simios. Esta anomalía parece deberse a la existencia en el genoma humano, pero no en el de chimpancés y gorilas, de una adaptación contra una enfermedad antigua. Un retrovirus llamado PtERV1 devastó hace millones de años las poblaciones de grandes simios, y la Humanidad desarrolló para defenderse una variante específica de la proteína protectora TRIM5-alfa muy efectiva: no queda rastro alguno de PtERV1 en nuestro genoma, aunque sí en chimpancés y gorilas. Una gran chapuza en su momento, que ahora resulta ser un problema, puesto que esa variante de TRIM5-alfa es lo que hace hoy particularmente letal al VIH. La eficaz chapuza contra un retrovirus de antaño nos hace vulnerables al retrovirus de hoy. Sólo un diseñador digno de Ibáñez haría arreglos tan mal pensados que salvan hoy y matan mañana. La evolución, que no puede planificar el futuro, los hace todo el tiempo.

Bibliocentrismo

Algunos devotos no comprenden que al igual que el laicismo del estado protege a las religiones (unas de otras) la ciencia es un sistema de conocimiento cuya neutralidad beneficia a la Humanidad toda. Porque el principal enemigo de una religión concreta no es el ateísmo, sino las demás religiones: allá donde una manda las demás están prohibidas o severamente limitadas. Lo mismo ha ocurrido cuando una religión ha dominado la esfera intelectual: que todas las interpretaciones discrepantes (religiosas o ateas) han sido acalladas por las malas.

Un buen ejemplo es la interpretación fundamentalista de algunos cristianos, que piensan que el Universo fue creado por ‘su’ dios exactamente del modo explicado en la Biblia. Es decir, en seis días, en el orden correspondiente, con las pequeñas contradicciones que aparecen en el Génesis… Sin embargo esto no tiene por qué ser así. La cosmogonía expuesta en el Museo de la Creación padece de un avanzado ‘bibliocentrismo’. ¿Por qué la Creación, de existir un creador, ha de ser la judeocristiana?

Podría tratarse en su lugar de alguna de las muchas cosmogonías alternativas que existen. Algunas de las cuales, como la nórdica o la griega, construyen el universo a base de carroñas de dioses muertos; en las que la bóveda del cielo es la calavera de una protodeidad, o diosas como Afrodita surgen de la espuma creada por la caída al mar de los testículos arrancados de un titán. Hay un mito de la creación diferente para cada religión del planeta, y todos ellos no pueden ser ciertos: sus postulados son demasiado diferentes, y casi siempre padecen de lo que Tecnología Obsoleta llama ‘Antropocentrismo descendente‘, la atrincherada creencia en la centralidad del ser humano en el universo. Sólo la ciencia ofrece una explicación única, independiente de las religiones y que coloca a la Humanidad en su (limitado) papel real respecto al Cosmos. ¿Tal vez por eso todas las religiones la acaban odiando, y algunas intentan secuestrarla?

¿Ciencia?

Desde que nacieron, los museos de ciencias naturales son lo más parecido a un templo que puede tener la Ciencia. En algunos casos, como el venerable Museo de Historia Natural de Londres, la arquitectura refleja esta idea evocando en sus salas ecos de un santuario como vidrieras y arquerías góticas. Si los científicos fuesen una religión, que no lo son, es en estos lugares donde celebrarían sus ceremonias. Si los ateos tuviésemos iglesias, serían ésas. Entonces podríamos exigir a las demás religiones respeto por nuestras doctrinas y rituales, y especialmente respeto para nuestros templos y lo que en ellos hacemos. Un respeto que cualquier religión exige para sí, pero que muchas no corresponden.

Por eso la apertura hoy del llamado ‘Creation Museum‘ es tan ofensiva para muchos: porque se mofa de esta idea haciéndose pasar por un museo de ciencias naturales cuando es en realidad una especie de parque temático religioso. Presentado como ‘un paseo por la historia’, el museo de la creación mezcla dinosaurios y seres humanos con peregrinas teorías geológicas, y adoba todo ello con exposiciones de profetas y sucesos del Antiguo Testamento. Bajo el pretexto de presentar como iguales a la teoría de la evolución y toda la evidencia que la sustenta (geológica, genética, bioquímica, física, química) con el creacionismo bíblico en un formato especialmente asociado con el método científico lo que en realidad hace esta atracción es burlarse de la ciencia. El objetivo de sus promotores no es otro que hacernos a todos comulgar con sus ruedas de molino, y mezclar ideas. Quieren hacer pasar por ciencia sus interpretaciones de la Biblia, y disfrazar de religión las teorías científicas, elaboradas sobre montañas de evidencia. Quieren convertir lo cierto y lo falso en un lodazal confuso, para poder afirmar que no hay diferencia entre su religión y la ciencia de todos. No se les debe permitir. O habrá que exigir reciprocidad.