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Ciencia, tecnología, dibujos animados ¿Acaso se puede pedir más?

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Profesores, alumnos, e Internet

Los profesores están preocupados ante la plaga de descarado plagio en trabajos y ejercicios por parte de sus alumnos. Los jóvenes, versados en el uso de la Red, utilizan los (abundantes) recursos a su disposición para ahorrarse al máximo el trabajo de hacer los deberes, y los profesores (mucho menos hábiles en el uso de la Red) son incapaces de detectarlo. Aunque esto no es más que un aviso de lo que vendrá. Porque el problema no es ya el desequilibrio patente entre las habilidades internautas de unos y otros, sino que el modelo mismo de educación entra en crisis con la llegada de Internet. Las clases magistrales, con un maestro omnisciente impartiendo doctrina y un alumno respetuoso recibiéndola, nacieron cuando la imprenta no existía. Lo que se enseña hoy y cómo se enseña debe transformarse radicalmente para adaptarse a la existencia de Internet: un depósito que contiene virtualmente todos los datos. Los parches, como educar a los profesores en el uso de la Red, no bastarán: hace falta repensar el modelo educativo. A estas alturas del milenio poner deberes que se puedan copiar es un atraso.

Aprender a pescar

Ciertamente, la vida era mucho más sencilla antes, cuando estaba claro quién sabía y quién no; qué fuente de información era fiable y cuál sospechosa. Antaño los maestros eran los que sabían, y los alumnos los que no; las fuentes generalmente bien informadas lo estaban, y los medios de comunicación comprobaban la veracidad de lo que iban a publicar. Con excepciones, producto del error o de la manipulación abierta, las pocas fuentes de información de la vida pública tenían autoridad, mientras que el resto de las voces (el cotilleo, las conversaciones de barra de bar, los carteles fotocopiados en la calle) no eran fiables. En lo que respecta a información los periodistas, políticos, profesores etc. nos daban el pescado, ya preparado. Después de Internet nada es lo mismo. Ahora todos tenemos voz, de modo que el cotilleo sin sustancia y la falsificación aparecen en el mismo escaparate que la verdad contrastada. La vieja educación de autoridades y recopilación de hechos ya no vale: ahora cada persona tiene que aprender a pensar por sí misma, y a evaluar y comprobar lo que recibe. Tenemos que aprender todos a pescar por nuestra cuenta, porque los viejos sistemas basados en el prestigio ya no sirven. Ahora la verdad hay que conquistarla, porque lo cierto es que no te puedes fiar de nadie.

La educación equivocada

Algunos centros educativos han decidido defender a sus pupilos de los peligros de la Wikipedia prohibiendo su uso. Preocupados, afirman, por la falta de rigor y criterio de la enciclopedia democrática, y probablemente aterrados por su éxito, ciertos colegios y universidades prohíben a sus alumnos su uso por su propio bien. Y con ello les hacen un flaco favor, porque les están enseñando el pasado y no el futuro. Prohibiendo Wikipedia los colegios defienden un modelo educativo camino de la desaparición: la transmisión unidireccional de conocimiento procedente de una fuente con respaldo oficial. Precisamente Wikipedia anima el modelo alternativo que está empezando a desarrollarse: aquel en el que las fuentes son infinitas pero tienen fiabilidad desconocida, y las habilidades más necesarias son la capacidad de buscar información y verificarla. En el futuro desconocer cómo comprobar la información que se recibe será como ser analfabeto hoy: una carencia educativa lamentable que dejará en grave desventaja a quien la padezca. Aprender desde ya a utilizar fuentes como la Wikipedia adecuadamente, con las correctas técnicas de validación y comprobación, es imprescindible. Flaco favor le hacen a sus alumnos quienes quieren protegerles del mundo real; les estarán dando la educación equivocada.

El retorno del eterno sueño

Aunque tenga un cierto aspecto de juguete, de ordenador de esos medio de pega que se les regalan a los niños para que no toquen el de mamá, la máquina que ha presentado esta mañana en Valencia el proyecto One Laptop per Child (OLPC, un portátil por niño) no quiere ser un juego. Lo que pretende es cambiar el mundo, ni más, ni menos. La idea de proporcionar ordenadores a millones de niños de países en vías de desarrollo no es más que la culminación de un viejo sueño más viejo y más ambicioso que nada que haya soñado jamás Silicon Valley. Internet y el ordenador personal son hijos de esta misma idea. Y sus raíces están en un movimiento anterior. El llamado ‘portátil de los 100 dólares’ es la última encarnación del sueño ‘hippie’ de rehacer la sociedad liberando el conocimiento y las tecnologías para aprovecharlo.

De lo que se trata es de enseñar a pescar a millones de niños en países como Brasil, Argentina, Uruguay, Nigeria, Libia, Ruanda o Tailandia, que están en el grupo de los que recibirán los primeros millones de aparatos enre finales de este año y el que viene. De proporcionar a la infancia de los países en vías de desarrollo el tipo de herramientas que deberían tener, pero no tienen, los niños de los países desarrollados. De crear en unos años un sustrato de millones, de decenas o centenares o miles de millones de personas empapadas en la idea de que la cultura se practica, no sólo se consume; que el conocimiento es libre, no propietario; que la colaboración no suma, sino que multiplica. De elevar Internet a la enésima potencia.

Los ‘hippies’, influidos por las enseñanzas de teóricos como Iván Illich y ayudados por publicaciones como el Whole Earth Catalog de Stewart Brand, pensaban que la vía para una sociedad realmente diferente y más justa era la educación. Y especialmente la educación libre de ataduras y programas, diseñados por los gobiernos y empresas como herramientas de creación de productores y consumidores. A la revolución, pensaban los ‘hippies’, se llega por el cambio de mentalidades, y éste se consigue educando en libertad y en comunidad.

Éste es el objetivo del proyecto OLPC. Sus rasgos, desde su precio a su conectividad, desde su consumo energético a sus programas, desde su modo de distribución a su diseño ergonómico, están diseñados para facilitar la creación y la colaboración entre millones, en condiciones físicas duras y en ausencia de infraestructuras de nivel occidental. Este ordenador ‘de juguete’ está pensado para sobrevivir en países en vías de desarrollo, y para proporcionar a quienes lo utilicen herramientas para acceder, para crear y para compartir conocimiento. ¿Qué ocurrirá dentro de 5 años, cuando millones de adolescentes brasileños, nigerianos o tailandeses así educados empiecen a entrar en Internet? ¿Qué pasará dentro de 20 años, cuando esos niños empiecen a llegar a sus gobiernos y empresas? La primera encarnación de este tipo de ideas en Occidente nos proporcionó el ordenador personal, Internet y la Web. ¿Qué puede pasar cuando esta otra semilla germine?