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Ciencia, tecnología, dibujos animados ¿Acaso se puede pedir más?

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Hollywood vende humo (y Apple gana)

Steve Jobs es un genio, y Hollywood no sabe qué hacer para evitar el destino de las fonográficas. El acuerdo recién anunciado entre las principales productoras de cine y Apple que pondrá las películas de estreno en iTunes al mismo tiempo que en DVD no va a impedir el rampante intercambio de películas en las redes P2P. Su efecto sobre el final de la llamada ‘piratería’ será nulo. Puede que iTunes sea la principal tienda online de música y contenidos digitales (como afirma Apple), pero su volumen total es ridículo comparado con el de las redes de intercambio; además, iTunes venderá las películas a un elevado precio (9,73 euros las de estreno y 6,48 euros las de catálogo) y cargadas con candados tecnológicos que sólo causan problemas (como saben los clientes de MSN Music, que pueden perder sus canciones pagadas porque Microsoft abandona el servicio). Quizá Apple reactive con este pacto las pobres ventas del Apple TV, pero las productoras no se adaptarán así a Internet. Amplio catálogo, total compatibilidad, precios reducidos y ausencia de limitaciones son las únicas vías que tiene Hollywood para recuperar la iniciativa en la Red. El resto es humo.

Un millón de iPhones perdidos

Apple, y sobre todo AT&T, deben estar de luto estos días, porque según cálculos solventes han perdido un millón de iPhones. Que teniendo en cuenta que han vendido tres millones y pico de ellos, resulta que casi el 30% del total de los puestos en circulación ha desaparecido; no están conectados a la red de AT&T, donde deberían. Hay quien cree que están escondidos en alguna parte de la cadena de montaje-distribución, lo cual hablaría mal de los esfuerzos comerciales de ambas empresas. Pero hay quien se figura que esos iPhones en realidad no están desaparecidos más que de la red de AT&T; que se han fugado, vaya. Y el caso es que podría ser, porque los ‘candados tecnológicos’ que los atan fueron rotos muy pronto. Si han perdido un millón de iPhones, las peregrinas ideas de ambas empresas respecto a la comercialización de un producto tan demandado quedarían al descubierto. En la práctica, los iPhones perdidos estarían demostrando que atar un teléfono a una red única puede parecer muy buena idea para las empresas, pero es una pésima idea desde el punto de vista del consumidor. Tan mala, que el consumidor lucha con las armas a su disposición: armas que las compañías llaman ‘piratería’.

En efecto, las empresas no sólo quieren vender sus productos, sino que quieren controlar de qué modo los usamos después de haberlos pagado. Para ello recurren a todo tipo de candados tecnológicos, que luego consiguen que las leyes declaren inviolables. Pero inviolables no lo son, por una sencilla cuestión de números: por cada programador o diseñador de circuitos que empresas como Apple o AT&T tengan en nómina fabricando candados, fuera hay 10 deseando reventarlos. Y como no hay ni candados ni policías suficientes, al final la gente hace de su capa un sayo y termina utilizando los productos que ha comprado como desea. En este caso, liberando iPhones y usándolos en las redes que cada propietario considera conveniente. Para colmo, la cosa va a peor; las últimas noticias indican que la ‘clave maestra’ de instalación de los iPhone se ha filtrado, lo cual facilitará el trabajo de los reventadores aficionados de candados. ¿Cuándo aprenderán las empresas que cerrar no es el camino, que los consumidores queremos libertad?

Quitar el canon no es suficiente

Timeo danaos et dona ferentes (temo a los griegos aunque traigan regalos), decía en una obra de Virgilio el sacerdote troyano Laoconte para intentar que sus conciudadanos dejaran fuera de las murallas al gigantesco caballo que habría de ser su perdición. El latinajo viene a cuento ante la sorprendente noticia de que el Partido Popular, tras peculiar discusión intestina al respecto y llevado de la necesidad imperiosa de meter el dedo en el ojo al gobierno, puede decidirse a contribuir a acabar con el llamado canon digital. Lo cual debería ser una buena noticia sin paliativos, de no ser porque puede no ser suficiente. Es más; podría meternos a todos en un lío todavía peor que el actual.

Nadie duda de que el canon digital español, tal y como está planteado, es una aberración. Su aplicación penaliza la extensión de la sociedad de la información en un país ya atrasado en su adopción, y anima además un tipo de compensación sesgada, injusta y contraproducente a los autores de obras culturales, reforzando a los intermediarios en detrimento de los verdaderos creadores. Pero muchas de las cosas que se están diciendo sobre el canon son sencillamente erróneas. Y la simple eliminación del canon no basta, porque esta compensación es la encarnación de una estructura de la propiedad intelectual equivocada y corrupta. Eliminar el canon no es suficiente: hace falta rehacer toda la estructura, o la cura puede ser peor que la enfermedad.

Si el canon se elimina, los intermediarios culturales solicitarán sin duda que se elimine su causa. Que no es la piratería, sino el Derecho de Copia Privada: un error común pero letal que el letrado Rajoy y sus asesores no deberían cometer tan a la ligera. La legislación española reconoce al comprador de una grabación o libro el derecho de copiarla para su propio uso; es esta copia la que el canon compensa. Si el canon desaparece, el Derecho de Copia Privada podría desaparecer también. Esto eliminaría cualquier restricción al uso de ‘candados tecnológicos’ en las grabaciones, razón por la cual hace tiempo lo solicitaron algunos intermediarios culturales (apoyados entonces, por cierto, por el PP). Quitar el canon sin una amplia reformulación del sistema de protección a la Propiedad Intelectual es pura demagogia, que puede causar más mal que bien. Cuando los dioses quieren castigarnos, decía el personaje de Memorias de África, atienden nuestras plegarias. Teniendo en cuenta de las manos que viene este regalo, igual esta vez es mejor dejar el caballo fuera.

Tiempos de gorrinos aeronautas

Parecía imposible, pero ha ocurrido: las fonográficas, cogidas como están por las gónadas por las empresas de tecnología, están reluctantemente recuperando el juicio. El anuncio de que EMI va a distribuir su música en formatos digitales de alta calidad y sin ningún tipo de protección anticopia o candado tecnológico es un indicio de que la obstinación y la arrogancia pueden luchar contra la gravedad, pero sólo durante un tiempo; y de que las leyes básicas del universo están ganando esta batalla, como todas. Y sin embargo hay un pero que poner a la general alegría que cualquier ser racional puede sentir ante la noticia y su previsible extensión a otros ámbitos (¿escucha alguien en las sociedades de gestión?). Y es que el acuerdo entre EMI y Apple hace que la ausencia de anticopias sea un privilegio que hay que pagar; un lujo que se cobra aparte. Es como si en una tienda de ropa le cobraran extra por quitarle la etiqueta antirrobo; como si la música naciera con el candado puesto, y el benevolente papel de los amos del ‘copyright’ fuera proporcionar el servicio de limpiarla de ese pecado original. Puede que los cerdos vuelen, pero no dejan de ser carne de cochiquera.

Primero nos ponen un candado donde no lo había, y después nos cobran por quitarlo. Es una mentalidad que se parece demasiado a la ‘protección’ de las mafias, o el viejo chantaje de toda la vida; una forma de pensar reveladora. Debemos alegrarnos de que un poco de sentido común parezca estar penetrando por fin en la dura mollera de la industria fonográfica; debemos esperar que este eco de inteligencia sea escuchado en los imperios de la gestión de derechos de autor. Pero no debemos descuidarnos, porque la mentalidad depredadora sigue estando ahí. Aunque hoy toca felicitarse porque una empresa ha dado, a regañadientes, un paso en la buena dirección. Quién sabe: igual acabamos disfrutando del jamón aéreo.

Donde hay un ‘hacker’

Cuando el código es la ley, el ‘hacker’ deviene luchador por la libertad. En el mundo mediado por ‘software’ que está naciendo decidir quién hace y cómo nacen esos programas supone un riesgo terrible. Si Microsoft construye su nuevo sistema operativo Vista para satisfacer a la industria fonográfica, será imposible utilizarlo para copiar música, porque el ordenador no obedecerá a su propietario sino las órdenes codificadas en su interior. Si Apple decide controlar con mano férrea qué programas pueden (o no) utilizarse en su iPhone la máquina resistirá los esfuerzos de su propietario (usted) para que se comporte. Afortunadamente, donde hay un ‘hacker’ este tipo de opresión impuesta por cerrojos tecnológicos no puede sobrevivir mucho tiempo. Los ‘hacker’, las personas con pasión de conocer los detalles del funcionamiento de las máquinas, se interponen entre nosotros y la tiranía tecnológica. Si empresas y gobiernos intentan automatizar la opresión por intereses políticos o económicos, ellos serán nuestra única defensa.