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Ciencia, tecnología, dibujos animados ¿Acaso se puede pedir más?

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El doble mensaje de los chiles

En la continua guerra entre animales y plantas ambos bandos utilizan al otro en su propio interés. Es lo que tiene la coevolución, que hace que dos seres vivos con diferentes (y enfrentados) intereses terminen tan engarzados que parece que cooperan por interés mutuo; cuando nada hay más lejos de la realidad. La primera regla de las relaciones entre animales y plantas se deriva de sus principales características: las plantas capturan energía del sol y la convierten en energía química, cosa que los animales no pueden hacer; los animales se mueven, cosa que las plantas no hacen. Así que los animales comen plantas, lo cual a éstas no les gusta ni lo más mínimo. Muchos grupos vegetales han evolucionado todo tipo de estrategias de defensa contra sus predadores, los herbívoros, que incluyen desde espinas que parecen dagas asesinas a cristales de sílice en las células, que destruyen los dientes de quienes se las comen. Una de las estrategias más interesantes, que nos proporciona a los humanos buena parte de nuestra gastronomía, es la del veneno: multitud de plantas fabrican y acumulan sustancias que van desde lo desagradable a lo mortífero, y los animales disponen de receptores de sabor y olor específicos para detectar y evitar estas trampas. El sabor amargo, por ejemplo, está asociado a los alcaloides que convierten ciertas plantas en poco saludables, y por eso el amargor nos resulta desagradable. Una de las sustancias más perniciosas que las plantas han creado es la capsaicina, la molécula que hace picantes a los chiles. Hasta tal punto es potente a la hora de provocar rechazo que los humanos la usamos como arma, aunque sólo la policía; es demasiado cruel para usarla en la guerra. La capsaicina actúa hiperestimulando ciertos receptores de la piel, lo que provoca una fuerte sensación de ardor, irritación, lagrimeo y otros síntomas bien conocidos por las víctimas de la cocina picante. Como muchos seres vivos venenosos, los pimientos picantes suelen señalizar su disuasión química con fuertes colores (amarillo o rojo, por ejemplo), que actúan como señales de ‘Peligro, No Comer’.

Y sin embargo este tipo de colores son utilizados por otras plantas como reclamo. Algunos vegetales han descubierto que los animales pueden ser cooptados para que transporten las semillas a lugares distantes, ampliando el área de colonización de la planta. El mecanismo es sencillo: se incluyen las semillas en una fruta sabrosa y colorida que atraiga la atención, y se espera a que algún animal la devore; las semillas atraviesan su tubo digestivo y salen de nuevo al exterior, casi siempre a gran distancia de la planta madre. Así actúan los frutos rojos (bayas, moras y similares), el café, el chocolate, las fresas, y las variantes silvestres de casi todas nuestras frutas y verduras cultivadas. En algunos casos la adaptación llega a tal extremo que las semillas son incapaces de germinar sin su correspondiente paso por un tubo digestivo. Típicamente, las plantas que usan esta treta crean frutas cargadas de azúcares, que gustan a los herbívoros, y muy coloreadas. Pero entonces, ¿cuál es el juego de los chiles, con su color rojo intenso, sus jugosas carnes y su carga de intenso repelente de animales?

La clave está en un detalle de la fisiología comparada: las aves tienen visión de color como los mamíferos, pero carecen del receptor sensible a la capsaicina, por lo que son inmunes a sus efectos. Los chiles se han convertido así en maestros del transporte selectivo, y su color rojo es una doble señal: para los mamíferos significa ‘peligro, no morder’, mientras que para las aves es un reclamo (‘comida gratis’). La doble estrategia les sirve para seleccionar el animal que esparce sus semillas, e impedir que otros las estropeen; en efecto, la poderosa digestión de los mamíferos destruye las semillas de estos pimientos, mientras que la suave digestión aviar las activa. Los humanos somos el único mamífero que gusta de la abrasadora sensación de la capsaicina, quizá porque resulta tan intensa que provoca como reacción la liberación de endorfinas en el cerebro, y con ellas un cierto placer. Algún fallo tenía que tener este precioso ejemplo de coevolución… y el fallo somos nosotros, el único mamífero masoquista.

Terminator, el retorno

Como el personaje de Schwarzenegger, regresa la posibilidad de que se autorice una biotecnología propagandísticamente conocida como ‘terminator’ rechazada hace unos años tras una feroz campaña en contra. La idea consiste en añadir a semillas genéticamente modificadas un nuevo rasgo: la esterilidad. Y aunque hoy vivimos en un mundo muy diferente, en el que preocupa sobremanera el despegue brutal de los precios de los alimentos y claramente hace falta nueva tecnología de producción capaz de multiplicar el rendimiento agrícola, ‘terminator’ vuelve a encontrarse con una contundente campaña publicitaria en contra. Contundente, y en buena parte falaz: para ‘cargarse’ definitivamente una tecnología políticamente dañina para su causa, algunos sectores están enfrentando el humanitarismo (la lucha contra el hambre) contra el ecologismo. En este caso, a favor de una forma radical de ecologismo que poco tiene en cuenta a los más desfavorecidos. Para salvar a la tierra, parecen dispuestos a dejar morir de hambre a millones.

Los argumentos contra ‘terminator’ son falsos y contradictorios. Por un lado se acusa a la tecnología de estar diseñada para explotar al campesinado obligándoles a comprar semillas cada año, lo cual es falso. Por otro lado se dice que como cualquier modificación genética ‘terminator’ corre el riesgo de provocar una contaminación genética de las poblaciones naturales, lo cual es absurdo: el objetivo de la tecnología es precisamente impedir la contaminación genética; pese a lo que algunos digan, es totalmente imposible que una esterilidad genética se propague, precisamente porque las plantas son estériles. ‘Terminator’ evita el riesgo de contaminación genética del ecosistema, y tal vez por eso es tan atacada. La acusación de que obliga a los campesinos a comprar semillas [pdf] es, por supuesto, cierta, pero las implicaciones son también falaces: los campesinos (del Primer y del Tercer mundo) llevan décadas utilizando en gran número semillas híbridas, que son estériles. Nadie les obliga a ello; disponen todavía de sus ‘stocks’ de semillas locales autóctonas. Utilizan los híbridos, los responsables de la llamada ‘Revolución Verde‘ que tanto ha hecho por reducir el hambre en el mundo, porque tienen mayor rendimiento: porque producen más. Son más caros, más delicados y más difíciles de cultivar, y no permiten utilizar las semillas de un año para otro, pero esas desventajas se compensan por su mucha mayor productividad, algo muy importante cuando se vive en el umbral del hambre. ‘Terminator’ no es diferente en eso de las semillas híbridas que ya utilizan hoy muchos campesinos, y sin embargo proporciona un grado de seguridad biológica mucho mayor, al impedir que cualquier modificación genética que tengan las plantas de cultivo para aumentar la producción se extienda por las poblaciones naturales. No perjudica a los agricultores y protege al medio ambiente: una aberración.

Políticamente, ésta es la clave: ‘terminator’ elimina una objeción válida contra las cosechas genéticamente alteradas y, por tanto, facilita su introducción. El mundo necesita imperiosamente aumentar la producción de alimentos, o reducir la población; si no hacemos nada tan sólo crecerá el hambre. Las técnicas de ingeniería genética proporcionan cosechas que producen más, al limitar el uso de insecticidas (maíz Bt) o mejorar la capacidad de las plantas para sobrevivir en climas áridos o en terrenos salobres. También pueden mejorar la alimentación de millones al incorporar vitaminas no presentes en los cereales naturales. Las nuevas semillas no son conceptualmente diferentes a las modificaciones de los cereales híbridos que utilizamos desde los años 40, pero los genes extra se incorporan por otro procedimiento. Y la posibilidad de que esos genes contaminen las poblaciones naturales y reduzcan la diversidad es real. Por eso ‘terminator’ es útil, como un seguro para el ecosistema. Y por eso desde los ámbitos más preocupados por salvar al planeta que a sus habitantes les encanta demonizar esta tecnología, con argumentos que a veces suenan más a prejuicio, síndrome de frankenstein y ludismo que a discusión honesta de política. Esta vez, como en la segunda película del mismo nombre, ‘terminator’ viene para salvarnos.

PD: Aclaro que no estoy ni he estado jamás a sueldo de ninguna multinacional biotecnológica; mejor argumentamos y nos ahorramos los epítetos: son aburridos.

Infecciosa locura

Tenemos una relación complicada con los habitantes más importantes del planeta, los microorganismos. A lo largo de miles de millones de años hemos luchado contra ellos, hemos integrado a algunos en la esencia misma de nuestras células y hemos servido de hogar a incontables variedades de ellos, dentro y fuera de nuestros cuerpos, hasta tal punto que privados de nuestra flora bacteriana seríamos incapaces de digerir los alimentos y moriríamos. Sirviendo así de fertilizante a otras bacterias. Desde el principio de los tiempos nos han aniquilado por millones, en plagas terribles y en incidentes cotidianos: un simple corte o arañazo puede acabar con nosotros si es colonizado por la bacteria indebida. Son resistentes, implacables, e incluso físicamente fuertes. Hace muy poco aprendimos a utilizar antibióticos para mantenerlas a raya, y otras enfermedades pasaron a preocuparnos más, aunque las infecciones siguen matando a millones de nosotros cada año. Lo que estamos descubriendo es que quizá maten a muchos más de los que creemos, porque determinadas enfermedades que pensábamos provocadas por la dieta, el desgaste o defectos del desarrollo tal vez sean infecciosas. Por ejemplo, la locura.

Algunas evidencias apuntan a que determinadas enfermedades mentales, como la esquizofrenia, podrían ser producto de infecciones, quizá prenatales, tal vez al provocar una exagerada respuesta inmunitaria. Al mismo tiempo, un mapa del metabolismo mundial sugiere importantes diferencias en el funcionamiento bioquímico de distintas poblaciones humanas; diferencias que están relacionadas con la incidencia de enfermedades cardiovasculares y que podrían deberse a la dieta o a variaciones por áreas geográficas de nuestras bacterias intestinales. Si se confirma que la ateroesclerosis es producto de una infección, como piensan algunos científicos, podríamos concluir que las bacterias y virus son imprescindibles para nosotros, pero al mismo tiempo nos enloquecen, nos rompen el corazón y, si nos descuidamos, nos matan. ¿Quiénes son los parásitos en esta relación, cabe preguntar?

Los bien expulsados

Los creacionistas estadounidenses se quejan de que sus opiniones ‘científicas’ no son respetadas por las universidades de aquel país. Lo cual viene a ser como quejarse de que el Vaticano no te cede sus púlpitos para extender la Teoría de la Evolución por Selección Natural, o exigir a grandes voces igualdad de trato en las cátedras de Matemáticas para la idea de que Pí es igual a tres. El hecho de que su versión descafeinada del creacionismo bíblico conocida como ‘Diseño Inteligente’ no sea una teoría científica en absoluto no les detiene, sino que traiciona su intencionalidad política: el verdadero objetivo es introducir ideas de origen religioso en las clases de ciencias. En cualquier caso, y para denunciar que el ‘aparato’ cientifista les discrimina, un grupo de defensores del ‘Diseño Inteligente’ han rodado una película titulada ‘Expelled!‘ (expulsado), en el que detallan la presunta discriminación contra sus ideas. Y para reforzar sus denuncias de que ‘la ciencia’ no les permite hablar, lo estrenan impidiendo la entrada al estreno a un conocido ‘blogger’ por el pecado… de oponerse a sus ideas.

Es decir, que en el estreno de un documental que trata contra la discriminación por razón de opinión, se discrimina por razón de opinión. La ironía es más que evidente; y no es divertida. Porque hablamos de un rasgo esencial de este movimiento, algo que está en su misma raíz: para obtener sus objetivos políticos, que consideran paradigma de bondad, vale cualquier cosa. Retorcer citas, negar la evidencia, argumentar torticeramente, acusar en falso, practicar lo contrario de lo que se predica. Todo vale, porque son creyentes en guerra por su religión, no científicos en búsqueda de la verdad. Lo cual demuestra que los productores de ‘Expelled!’ no tienen razón: su exclusión es más que merecida, y no se debe a la impopularidad de sus opiniones, sino a que lo suyo no es ni pretende ser ciencia. Su lugar está en las parroquias, dando catequesis, y no en las clases de biología. No se trata de censura, sino de mala clasificación: la religión no pertenece a los cursos de ciencias. Así de simple.

Corregidas algunas erratas el 26/3/2008; gracias, Heli.

No manipularás ADN

La Iglesia Católica se moderniza; tradicionalmente despacio, pero se moderniza. Dentro de esta carrera hacia el presente la jerarquía vaticana ha hablado de remozar el clásico listado de los pecados más importantes, añadiendo unas cuantas infracciones nuevas a la voluntad de dios castigadas, en principio, con el Infierno eterno. Algunos de los nuevos pecados no dejan de ser curiosos, como la injusticia económica y política, que de haber entrado en vigor antes hubiese condenado a millones de católicos que deben hollar hoy el Paraíso gracias a este retraso. Otros parecen obvios, como que la agresión a la creación de la divinidad en forma de deterioro ambiental deba castigarse con la máxima pena. Y por fin otros tienen que ser producto de la ignorancia o el error, como es considerar pecaminosa en sí misma la manipulación del ADN. Condenando así al fuego eterno a miles de científicos que manipulan ADN todos los días en su investigación. Los pecadores.

La ingeniería genética consiste en una serie de técnicas para introducir genes en el genoma de seres vivos, y para activarlos o desactivarlos a voluntad. Una aplicación posible de estas técnicas es introducir con rapidez y precisión genes ajenos con el fin de proporcionara un ser vivo cualidades nuevas, reemplazando al tradicional método de la crianza selectiva, mucho más lento e impreciso. La creación por estos procedimientos de seres vivos trangénicos es considerada una abominación por muchos (desde ecologistas a luditas, pasando por algunas confesiones religiosas), ya sea por el peligro de contaminacion de los genomas naturales, por el temor a efectos secundarios imprevistos o por una generalizada repugnancia ante la idea de modificar seres vivos. En muchos casos esta repugnancia tiene bases religiosas; siempre es profundamente conservadora, en el sentido de opuesta al cambio, y en ocasiones bordea el rechazo de la tecnología misma o del modo de vida de occidente. Pero éste no es el único uso de la ingeniería genética. Mucho más habitual es emplear estas técnicas para analizar la función de genes concretos en los seres vivos. El dónde, cuándo y en qué orden se activan los genes determina todo el funcionamiento de los seres vivos, desde su nacimiento, durante todo su crecimiento y hasta su muerte. La manipulación de ADN es así una herramienta más de investigación científica, una forma de aumentar el conocimiento que tenemos los humanos sobre el Universo de lo vivo. ¿Permitirá la Iglesia Católica investigar a los científicos que usan esta técnica como herramienta, o les condenará como contrarios a la ley divina? Y si es así, ¿aceptará la práctica, dentro de 360 años?

Profundidad del tiempo

Es difícil para nosotros, humanos, darse cuenta de lo que significa el tiempo profundo, pero hay algunos lugares del planeta donde la eternidad puede contemplarse en directo. Uno de esos lugares es la Orilla Sur del Gran Cañón del Colorado. Tras atravesar kilómetros de elevada meseta cubierta de pinos, cuando nos acercamos al borde, la inmensidad de lo que se contempla abruma los sentidos; el aire ligero de los 2.000 metros de altitud y la falta de referencias se combinan para que el paisaje parezca plano, como un inmenso telón de teatro donde un pintor loco ha imaginado una feroz herida en la superficie de la Tierra; un desgarrón ciclópeo e imaginario. La primera mirada produce estupor, más que maravilla; la mente simplemente es incapaz de abarcar los tamaños, las distancias, las caídas que dibujan las rocas rojas sobre un cielo inmenso. Es un panorama abrumador al que ninguna imagen puede hacer justicia, para el que ningún relato te puede preparar. Entonces a un lado y otro uno contempla los acantilados verticales, quizá ve caer un guijarro rodando hacia el abismo, y contempla su caída. La mirada se dirige abajo, abajo, cada vez más abajo hasta que a un kilómetro de profundidad se divisan las perezosas aguas de un río color barro: el Colorado. Y se siente vértigo.

Sabemos que ese mecanismo, el desprendimiento de guijarros y su arrastre por el hoy perezoso Colorado, es lo que ha tallado el ingente conjunto de zanjas de un kilómetro de profundidad que es el Gran Cañón. Pero el volumen de material faltante desafía el entendimiento. ¿Cómo es posible que el lento desplomarse de piedras y las antaño anuales inundaciones del río sean capaces de completar tamaña excavación? La respuesta está en ese otro abismo, el tiempo. Nuevas dataciones publicadas en Science revelan que el Gran Cañón es más antiguo de lo inicialmente pensado: empezó a formarse hace 17 millones de años. Eso son 17 millones de temporadas de inundaciones primaverales, épocas de tormentas de verano, estaciones de heladas de invierno. Eso son 850.000 generaciones de un animal que viva 20 años por generación, como los humanos. Eso es tiempo profundo: suficiente como para que la acumulación de inundaciones y desplomes excave una inmensa herida e la corteza terrestre, y también para que los cambios de frecuencias de alelos entre distintas poblaciones transformen un mono arborícola primero en un mono bípedo y caminante, y más tarde en un mono que se cree sabio. El tiempo profundo es lo que transforma lo pequeño, baladí e inconsecuente en lo grande, importante y decisivo; lo que permite que las montañas crezcan, los mares se abran y las especies evolucionen. Un grano de arena aquí, una nueva variante genética allá, son poca cosa en el breve transcurso de nuestras vidas; incluso en el escaso alcance de nuestra historia. Pero en el tiempo profundo esos mínimos cambios tienen el poder de mover continentes y crear nuevas ramas de la vida. El abismo al que se asoma uno en el Gran Cañón, con ser un rasgo geológico joven, no solo produce vértigo por su altura: lo que estamos viendo es una representación que podemos entender de la profundidad del tiempo.

Clonar no es fotocopiar

La ganadería brava de Victoriano del Río quiere clonar a su semental, un toro llamado ‘Alcalde’ que a través de su simiente ha proporcionado grandes éxitos al criadero. Con ello el ganadero bravo demuestra una recomendable capacidad de mirar hacia el futuro y un notable talento para el márketing. Además de un notable desconocimiento de la ciencia. La clonación no es un proceso de ‘fotocopia’ de seres vivos: el clon de ‘Alcalde’ ni siquiera será completamente idéntico a su original en lo genético, ya que el genoma de las mitocondrias (las factorías energéticas de las células) es independiente, y se hereda de la madre. Además, el caso de la archiconocida oveja ‘Dolly’ ha demostrado que los animales clonados sufren procesos de envejecimiento acelerado y enfermedades que no se corresponden con su edad cronológica: el proceso de clonación deja huellas. El descendiente clónico de ‘Alcalde’ (¿’Alcalde bis’?) no tendrá necesariamente los mismos talentos que su antecesor genético. Lo cual no quiere decir que la operación no resulte un éxito rentable, desde el punto de vista de las relaciones públicas. Científicamente, es otro cantar: la clonación no es una vacuna contra la muerte, ni siquiera de los genomas. Por mucho que lo diga Hollywood, un clon no es una fotocopia.

Matar el mar, matar el planeta

El nombre de nuestro planeta está mal, dice una vieja picardía; no debería ser ‘Tierra’, sino ‘Océano’. Al fin y al cabo siete décimas partes del globo están cubiertas de agua, en muchas zonas de más de dos kilómetros de profundidad (y en algunas, hasta 11 kilómetros). Durante milenios esta ingente masa acuática nos ha desafiado, nos ha matado y nos ha hecho sentirnos diminutos, como cualquier marino que haya estado en una tormenta o cualquier buzo que haya atisbado en directo grandes animales marinos puede atestiguar. El mar y sus criaturas nos ponen en nuestro justo lugar en la escala universal; y ese lugar no es muy elevado. Sin embargo, gracias a nuestra creciente capacidad física de destrucción debida a la mejor tecnología, y a nuestra infinita rapacidad y cortedad de miras, estamos consiguiendo lo que parecía imposible: arrasar el mar. Matar los océanos, y con ellos, nuestro mismo hogar. Somos unos listos.

Un nuevo mapa de los océanos, publicado en la revista científica Science, indica en su escala de color el impacto de la humanidad sobre distintas áreas del mar. Y descubre que tan sólo el 4% de su superficie está relativamente libre de nuestra huella, que el 41% está tocado, y que en algunas zonas (alrededor de las Islas Británicas y de Japón) el impacto sólo puede calificarse de catastrófico. Pero no sólo las áreas densamente pobladas se duelen de nuestros hechos; incluso remotas áreas del Atlántico Sur o del Pacífico, raras veces visitadas, resultan afectadas por nuestras actividades. Es una ‘Tragedia de los Comunes‘ a escala planetaria: como el mar no es de nadie y es de todos, nadie lo cuida ni se preocupa por su supervivencia a largo plazo. Y así vemos salvajadas como esas áreas hiperexplotadas por arrastreros de la fotografía desde satélite [der.], donde los pesqueros dejan el fondo oceánico convertido en un erial. Y todo porque nuestra capacidad de destrucción va muy por delante de nuestra capacidad de comprensión. Éso es quizá lo peor de todo: que estamos arrasando algo que ni siquiera comprendemos, porque una buena parte de los mares que estamos matando ni siquiera la conocemos aún. A este paso el calentamiento global no llegará a tiempo; nos habremos cargado el planeta antes.

199 cumpleaños de Charles Darwin

Desde que la humanidad es humana nos hemos preguntado por el origen de la variedad de los animales y plantas que pueblan el planeta. Para una mentalidad religiosa, anclada en la mitología, la respuesta a cualquier pregunta sobre los orígenes, diferencias y semejanzas entre seres vivos era siempre la misma: ‘es la voluntad de la deidad’. Hasta tal punto que origen y divinidades quedaron unidos en la mente de las gentes, formando una unidad, como la que formaban los cielos y los dioses. Las personas etiquetaban para su uso e interés los seres vivos, pero no se molestaban demasiado en preguntar de dónde venían.

Sin embargo los filósofos (amantes del conocimiento) que se molestaban en mirar de verdad no podían por menos que percibir similitudes intrigantes entre los animales, además de sus diferencias. Un gorrión es casi idéntico a otro gorrión, lo cual nos permite agruparlos juntos, pero también se parece mucho a un águila, porque ambos son aves. Analizando bajo la superficie, resulta que gorrión y águila son en muchos aspectos como los mamíferos, y en otros se parecen a los reptiles, que a su vez comparten características con los anfibios. Y así todo. Los seres vivos están claramente relacionados. Cuando se analiza su anatomía en detalle, aparecen profundos parecidos: todos los mamíferos tienen igual modelo de diente, sean musarañas o elefantes; todos los tetrápodos lucen en sus extremidades el mismo esquema, desde el ala de un ave a la pata de un caballo, la mano humana o la garra de un tigre; ciertos huesos de la mandíbula de los reptiles forman parte del oído de los mamíferos. Estos parecidos son un misterio.

Para los creyentes de toda deidad, la respuesta a este misterio era y será siempre la misma: es la voluntad de la divinidad. Pero para filósofos y naturalistas esta explicación es insuficiente. Los animales se agrupan por parecidos, y se separan por diferencias de un modo consistente y sutil. Los estudiosos empezaron a pensar que unos animales podían, tal vez, transformarse, cambiando sus estructuras, pasando de una forma a otra. Estas ideas, sin embargo, tropezaban con una barrera infranqueable: no se conoce mecanismo alguno capaz de transformar hoy en día a un pez en reptil, o a éste en ave o mamífero. Sin saber de qué manera podría haberse producido esa transformación, la idea era ridícula. Especialmente cuando la explicación alternativa (dios lo quiere) era apoyada con frecuencia y contundencia por las autoridades civiles, por la violencia si era necesario.

Y entonces llegó Charles Darwin: un tímido estudiante de teología convertido en naturalista que tuvo la inmensa suerte de realizar un largo viaje alrededor del mundo que le permitió ver con sus propios ojos muchas de las maravillas de la vida en el planeta, y sobre todo tuvo mucho tiempo para pensar. Con lo que pudo observar, ciertas ideas radicales (y dudosas) sobre economía de Thomas Malthus, la idea de tiempo profundo producto de sus estudios con su mentor Adam Sedgwick y su lectura de los Principios de Geología de Charles Lyell, además de su experiencia en la crianza de animales domésticos, Darwin supo comprender el mecanismo de este fenómeno, explicando el procedimiento por el que un ser vivo podía acabar dando lugar a otro diferente.

Funciona así: todos los seres vivos tienen muchos descendientes, todos casi iguales, todos diferentes. A unos les va mejor en la vida que a otros, y estos triunfadores tienen más descendencia, que hereda sus diferencias y obtiene así una ventaja en su propia lucha por la vida. Los descendientes son como los progenitores pero ligeramente distintos; una idea simple. Cuando pasan miles, centenares de miles, millones y decenas de millones de años y de generaciones este motor sencillo es capaz de transformar la aleta de pez en la pata de un reptil, y ésta en la pierna de un mamífero, que se convierte en la aleta de una ballena y acaba cumpliendo la misma función que la aleta original, pero de forma diferente. Sin perder en sus características el rastro de cada uno de los cambios. Elegante y poderoso.

Darwin llamó a su teoría ‘descendencia con modificación’, y a su motor ‘selección natural’, por analogía con la ‘selección artificial’ de los criadores de vacas, perros o palomas, que escogen cuál se reproduce y cuál no en función de sus intereses. La teoría era sólida, y potente, pues permitía entender con facilidad la sorprendente variedad de los seres vivos, y sobre todo, sus misteriosos parecidos. Un antecesor común de toda la vida explica por qué todos usamos el mismo esquema químico básico (ADN, proteínas, lípidos, azúcares); un pez tuvo la primera aleta con quiridio, y por eso lo heredamos todos los tetrápodos; el primer mamífero tuvo un molar tribosfénico que sus descendientes hemos adaptado de mil y una formas, porque las diferencias de hábitat y modo de vida explican todo lo que separa a ratones, osos, gatos y humanos. El misterio central de la biología, el juego de parecidos y diferencias entre los seres vivos, puede explicarse. Ya no hace falta un creador de la vida para comprenderla.

De ahí el genio de Charles Darwin, el primer humano que comprendió la naturaleza de verdad, y de ahí su posición central en la ciencia de la biología, y en nuestro conocimiento del universo. De ahí la férrea oposición a su idea desde quienes creen en un creador, dado que el misterio central de la biología era su único refugio, una vez expulsadas las deidades del cielo por la física y la astronomía. Contraviniendo el postulado central de toda religión, la fe sin pruebas, muchos creyentes sinceros y benévolos se han empeñado y se siguen empeñando hasta hoy en denigrar y rechazar una explicación de la naturaleza viva, sólo porque les roba lo que consideran una prueba de la existencia de la divinidad. Darwin, tímido y bondadoso en lo personal, era consciente de lo que esperaba a su teoría y a él, por crearla. Por eso dudó durante 20 años, y por eso quiso rodear su hipótesis central de tantos datos y tan robustos razonamientos que fuera capaz de sobrevivir a las polémicas que le aguardaban. Hombre religioso en su vida personal, su honestidad intelectual le obligó sin embargo a publicar una tesis que sabía le acarrearía el odio de muchos eclesiásticos y el rechazo de las iglesias del mundo, que sigue hasta la actualidad.

Hoy se cumplen 199 años del nacimiento de Charles Darwin, que encajó las piezas básicas del rompecabezas de la vida de modo tan ingenioso y sutil que los nuevos descubrimientos, desde la bioquímica a la genética, desde la paleontología a la ecología, refuerzan su esquema básico al clarificar los detalles de lo ocurrido en nuestra historia planetaria. Merece la pena recordar y homenajear a quien regaló a la especie humana una de sus cumbres intelectuales: el entendimiento del cómo hemos llegado hasta aquí.

El Infierno antes que Darwin

Según una reciente encuesta llevada a cabo en los EE UU allí hay más gente que cree en la existencia física y literal del Demonio, y del Infierno, que en la Teoría de la Evolución por Selección Natural. O lo que es lo mismo: en el país más poderoso del planeta hay una gran fracción de población que está convencida de la existencia de una caverna llena de lagos de ácido sulfúrico hirviente y poblada por seres de color rojo, dotados de cuernos y dedicados a torturar a los malvados con grandes bieldos por toda la eternidad. Y lo creen sin más pruebas que las palabras de un libro escrito hace siglos recogiendo mitos de hace milenios, y la tradición basada en ese libro. Ninguna prueba física, ni intelectual; ninguna evidencia palpable, ninguna lógica. Simplemente fe.

Quienes están convencidos de que Satán y el Infierno existen superan en número a los que creen en un mecanismo para el funcionamiento de los seres vivos que es una propiedad intrínseca de cualquier sistema de reproductores imperfectos que sobreviven en un entorno con recursos limitados. Y que no sólo permite entender de manera lógica la naturaleza, sino que acumula en su favor pruebas de todo tipo y evidencias sin cuento. Como resultado de una sostenida campaña de acción política dirigida a controlar el sistema educativo, la Teoría de la Evolución por Selección Natural está considerada allí como una ideología sospechosa con connotaciones políticas radicales que debe ser considerada enemiga de la fe y por tanto debe ser perseguida por los creyentes. Y eso incluye a sus defensores, que deben ser castigados personal y profesionalmente.

Muchas personas encuentran la fe, la creencia sin prueba alguna en la existencia de un ser superior creador del universo al que le importamos cada uno de nosotros, como profundamente reconfortante. A lo largo de la historia millones han derivado de estas creencias consuelo, fortaleza y grandes dosis de valor en la lucha contra la injusticia. Pero la fe organizada también ha sido utilizada durante milenios para crear y justificar injusticias. La esencia de la fe, la irracionalidad, hace que las creencias individuales sean susceptibles de manipulación y abuso; la asociación de poderes espirituales con los poderes políticos ha hecho no poco mal en no pocas ocasiones. En particular la fe organizada considera intrusa cualquier explicación del universo que no incluya sus postulados fundamentales, en especial la existencia de un creador. A lo largo de los años las iglesias han considerado un ataque directo cada avance del entendimiento y la razón humanas en la comprensión del cosmos. La Teoría de la Evolución por Selección Natural, una ley natural equivalente a la Ley de la Gravitación Universal, debe ser calumniada por razones morales, y equiparada a caricaturas carentes de peso intelectual alguno. La fe, sin embargo, debe mantenerse en su más estricta literalidad, aunque sea en temas marginales (como la existencia física del demonio o el infierno) o se roce el absurdo. Que esto ocurra hoy en el país que hoy es más importante a la hora de decidir el destino del mundo, entre los ciudadanos que deciden la orientación política de este país, desafía el entendimiento.