Trafalgar y el fin de una era
Trafalgar no fue un caso aislado de derrota táctica, sino que puede verse como el fracaso final de un sistema social y tecnológico: la presencia naval española en la Era de la Vela. A pesar de los heroicos esfuerzos de individuos, desde el impulso a la Armada de Patiño, el Marqués de la Ensenada y Jorge Juan hasta el valor y genio táctico de Churruca, la creatividad del artillero Francisco Javier Rovira o el talento del diseñador naval Romero Landa, la marina española de 1805 estaba en decadencia.
Los cascos de los buques eran de excelente calidad gracias a las maderas duras de las Indias, y los diseños eran modernos y sólidos, pero algunos elementos estratégicos habían de importarse, pues no había capacidad de fabricación local; por ejemplo los aparejos de cáñamo, cuya ausencia (las importaciones cesaban al comenzar las guerras) dejaba maltrecha a la flota. Por otra parte los barcos eran buenos, pero no nuevos: hacía más de 9 años que no se botaba un navío, ante la falta de dinero y la prioridad de inversión para el Ejército de Tierra. Faltaban calafates y carpinteros de ribera para crear nuevos barcos y reparar los antiguos. El invento de novedosas piezas de artillería equivalentes a (o hasta mejores que) las carronadas inglesas (que tanto daño hicieran en Trafalgar) no se supo aprovechar.
La baja estima en que las clases altas tenían a la profesión de marino, producto del tradicional rechazo español al trabajo manual, hacía que los mejores talentos optasen por el Ejército, donde era más sencillo escalar posiciones sociales. Para un capitán de navío era difícil obtener el hábito de alguna orden de caballería. La Armada era considerada inferior, y el dinero a ella destinado era escaso (y a veces no llegaba nunca). Lo cual explica que buena parte de los marineros fuesen reclutas a la fuerza, o incluso presidiarios, sin conocimientos o experiencia en la vida del mar.
Los navíos de línea eran el cúlmen de la ingeniería naval de la Era de la Vela. Hacían falta más de 3.000 árboles para la tablazón de un Navío de Tercera Clase (80 cañones en dos puentes); los mástiles y vergas necesitaban 40 pinos rectos de México o el Báltico, y los cascos estaban forrados con planchas de cobre o bronce. Había decenas de miles de piezas de madera, que habían de fabricarse e instalarse en el orden adecuado y unirse con pernos de hierro o bronce. Era una obra maestra de la época, creados y sostenidos por todo un sistema tecnológico formado entre otros por ingenieros, carpinteros, artilleros y marinos; un sistema que había conseguido mantener a duras penas a la Armada española en marcha durante siglos, pero que tras Trafalgar colapsó. Ya no se construyeron nuevos barcos hasta el reinado de Isabel II, en los comienzos de la Era del Vapor; otra nueva tecnología que hubo que importar. Fue el fin de una era.

