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Ciencia, tecnología, dibujos animados ¿Acaso se puede pedir más?

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Contra Educación para la ‘piratería’

Hay gente que mira un vaso mediado de agua, y lo ve medio lleno; otros lo ven medio vacío. Y también hay una tercera clase de personas: los que opinan que no sólo está medio vacío, sino que es un verdadero escándalo; que la sociedad debería hacer algo, que el gobierno tiene que llenar hasta el borde el vaso, a ser posible de buen vino, a costa del contribuyente, y que ya de paso quiere, exige un vaso más grande. A esta última subespecie pertenece José María Irisarri, presidente de la productora Vértice 360°, que ocupa una página en El País con las múltiples razones por las cuales la ‘piratería’ es mala, mala, mala y un verdadero escándalo; y enumera además las numerosas y urgentes medidas que la sociedad tiene que tomar para erradicar esta lacra. Ya.

Ante todo, el señor Irisarri exige educación; educación y mano firme, por más que tales medidas puedan resultar ‘impopulares’ (como reconoce, con delicadeza). Educación, para que la chavalería reconozca que ‘bajarse’ una película de Internet está muy mal, y es muy feo, y es lo mismo que robar un disco (aunque no lo es), y sobre todo que puede dar con tus huesos en la cárcel (porque la letra, con sangre entra). Educación para que comprendan que ellos, los clientes, sólo pueden utilizar los productos que se les venden cuando y de la manera que el vendedor les permita, y los infractores serán severamente castigados, y las consecuencias no importan. Porque de lo contrario la gran industria de los contenidos se irá a la porra, y todos saldremos gravemente perjudicados de ello. De momento, y como aperitivo, a quien se descarga películas se les llama ‘chorizos’, a pesar de que varias sentencias judiciales han negado el carácter de delito a quien utiliza redes de intercambio de ficheros. Parece que el primero que necesitaría alguna educación en los aspectos jurídicos de esa denostada ‘piratería’ es el propio Sr. Irisarri.

El aspecto más surrealista del artículo no es la exigencia de nuevas leyes (parece que con las actuales la ‘piratería’ no es ilegal), o de una aplicación draconiana (aunque sea impopular) o de un lavado de cerebro masivo (Educación para la ‘piratería’). Tampoco su reconocimiento explícito de que su industria no proporciona alternativas, pues anuncia su desarrollo (15 años después de que la Web exista). No; lo más surrealista de todo es que en su empeño de criminalizar lo que no es un crimen y de exigir privilegios educativos, el señor Irisarri considera que el vaso está vacío. Cuando según sus propios datos, el vaso rebosa. ¿Por qué necesita salvación legal una industria que tiene 50.000 clientes tan deseosos de contemplar sus productos que se han tomado la molestia de obtenerlos pese a todas las barreras? Según el Sr. Irisarri, ése es el número de personas que accedieron a Rambo IV antes de su estreno (yo tampoco lo entiendo). Si tienen ese género de dedicación en su clientela, si tanta gente está dispuesta a saltar tantos obstáculos para acceder a su producto, ¿por qué necesitan privilegios? Sobre todo cuando las leyes y la acción estatal que solicitan convertirán en criminales… precisamente a éstos, los más dedicados de sus clientes. ¿Esto es ‘piratería’ por nuestra parte, o torpeza por la suya?

Ustedes no necesitan nuevas leyes, ni programas nacionales de educación. Ustedes tienen un serio problema, que es que su modelo de negocio no les genera ingresos por todos esos clientes. Pero eso no es un problema legal, ni nacional, ni educativo: ni problema nuestro. Se trata de un problema industrial, de un problema que tienen ustedes; de que su torpeza les impide aprovechar esta bonanza. Disponen de productos atractivos y de clientes que desean (¡mucho!) acceder a esos productos. Tienen la marca, la potencia industrial, el reconocimiento. Lo único que necesitan hacer es ajustar su modelo de negocio a las realidades de la Red. Dennos baratos o gratis los productos que anhelamos consumir, busquen cómo cobrárselos a otros, y fórrense. Pero no pretendan obligarnos a todos a aprobar un nuevo cursillo sólo porque ustedes son incapaces de reconvertirse. El fin del pago por copia no es el Fin del Mundo: la radio, las televisiones generalistas y los diarios gratuitos demuestran que es posible regalar un producto a sus consumidores finales y ganar dinero; incluso grandes cantidades de dinero. Búsquense ustedes la vida para generar ingresos y al resto de la sociedad déjennos en paz con sus insultos y sus draconianas legislaciones. Están ustedes dispuestos a reajustar el bienestar económico y educativo de toda una nación simplemente para ahorrarse un ajuste en su sistema de negocio, ¿y los piratas somos nosotros? ¿Quién necesita de verdad una Educación para la ‘piratería’?

¿Fomenta Google la estupidez?

Se ha convertido en una herramienta imprescindible para utilizar Internet; es una empresa gigantesca con ingentes ingresos (uno de sus fundadores tiene para pagarse un viaje al espacio) cuyas decisiones influyen de modo determinante en el futuro del conocimiento; su nombre se ha convertido en verbo, y es utilizado para las más increíbles funciones. Y ahora Google recibe premios de comunicación, así que la pregunta que se hacen algunos es más que relevante: ¿y si el buscador por antonomasia nos está haciendo literalmente más estúpidos? ¿Y si su influencia en la mente humana es negativa? ¿Y si los hábitos que crea en nosotros, las modificaciones que genera en nuestras mentes, nos hacen menos listos, menos capaces de pensar a largo plazo, menos inteligentes?

La discusión es tan antigua como los bisontes de Altamira, o el nacimiento de la escritura cuneiforme; arreció en la Era Antigua y en la Edad Media, y enfrenta a dos modelos diferentes de en qué consiste la inteligencia. Para unos inteligencia es disponer en la cabeza de los datos que se precisan cuando se precisan; desde este punto de vista el almacenamiento de información en bruto, la memoria, es vital para las funciones que entendemos como inteligencia. Sus partidarios abogan por la enseñanza que potencia la capacidad de retención, y en diversas épocas han deplorado invenciones como la escritura o la imprenta, que iban a degradar la inteligencia humana al permitir o fomentar el almacenamiento externo de información; para los abogados de la memoria la escritura era una tragedia, ya que al acabar con la necesidad de memorizar largos textos acabó con la tradición del bardo, disminuyendo la necesidad de la rima y cambiando la creación para siempre. La Odisea, el libro, es para estos defensores de la memoria una traición a la más antigua arte humana: la del contador de historias. La imprenta, al aumentar el número de los libros, no hizo más que rematar la tradición oral, y con ella, la inteligencia. Para los memoricistas, la mente murió con la escritura, y Google es el demonio hecho realidad.

Pero hay otra forma de concebir la inteligencia, no como la capacidad de almacenar datos, sino como la posibilidad de relacionarlos entre sí. Esta visión privilegia las conducciones sobre los depósitos; la conexión de información dispersa sobre su almacenamiento. Utilizando los libros como palanca, la inteligencia conectiva cambia el énfasis y considera más importante las relaciones que el acopio, la conectividad que la memoria. Desde este punto de vista los libros, los ordenadores u otros almacenes extracraneales de información que seamos capaces de inventar en el futuro no limitan la inteligencia, sino que la liberan al eliminar la necesidad de gastar neuronas en el simple acopio de datos. Los conectivistas (entre los que estaban los creadores conceptuales y físicos de Internet) piensan que estas invenciones nos hacen más, no menos, inteligentes, y que Google es una etapa más en la evolución de las herramientas que nos permitirán alcanzar niveles nunca soñados de conocimiento, gracias a la liberación del espacio reservado a la memoria para hacerlo disponible a la conexión. Ya que, en última instancia, comprender algo no es recordarlo, sino relacionarlo con todo lo demás. La inteligencia es conexión, y el estallido exponencial que se ha producido en nuestro pasado desde la invención de la escritura y la imprenta así lo demuestran. Google no es una amenaza a la inteligencia: es la semilla de una mente mejor.

Un hazmerreír europeo

Es curioso: la misma Europa que considera sacrosantas las libertades económicas y es un adalid del liberalismo comercial se siente preocupada, frustrada y cariacontecida cuando de la libertad que hablamos es la de expresión. Una empresa debe ser libre para vender sus productos a todo lo ancho y lo largo de la Unión, pero si se trata de que una persona escriba lo que desee para que lo lea quien quiera, entonces surgen problemas. Y problemas en abundancia tal que hay que resolverlos por la vía legislativa, aunque semejante empeño sea absurdo, patético y fútil. Exceso de información (¿respecto a qué? ¿quién mide cuánta información es demasiada?), ausencia de ética periodística (¿es obligatoria en gente que no es periodista?) y preocupación por la privacidad (¿para lo cual quieren crear un censo?) tienen preocupadísima a la Eurocámara, que está dispuesta a hacer algo. Como lo único que sabe hacer son normas, reglas, leyes y obligaciones, pues en ello está. Y para proteger a los ciudadanos de los ciudadanos que escriben, ya se habla de censos voluntarios, de regulaciones no obligatorias, de identificadores digitales… exactamente del tipo de creaciones burocráticas que se eliminan, cuando de lo que se trata es de comerciar en Europa. Parece que hay miedo a la libertad, o al menos a ciertas libertades; todas las que no tengan que ver con el euro.

La propuesta es ignorante, porque desconoce la situación real de la Red; arrogante, porque atribuye a las instituciones europeas el derecho a regular comportamientos individuales, sospechosa, porque defiende (casualmente) intereses de empresas estrechamente asociadas con los políticos (los medios de comunicación). Y sobre todo es colosalmente estúpida, porque la Unión carece de cualquier método efectivo de hacerla cumplir. ¿Qué ocurrirá con los bloggers europeos que utilicen sistemas de publicación situados fuera de la Unión? ¿Quién tomará la decisión de si un post es ético o no? ¿A quién se expedirá ese ‘dni’ digital, y para qué será necesario? ¿Cuánto tiempo tardarán los bloggers europeos en largarse en masa a servidores australianos, estadounidenses o ucranianos? ¿Hasta dónde llegarán las quejas por el atraso digital europeo cuando esto ocurra? Sólo hay una cosa peor que sacar una ley estúpida, retrógrada y antiliberal; y es que además sea también imposible de hacer cumplir, de tal modo que convierta la misma idea de la legislación en un hazmerreír. Y eso es lo que es esta propuesta, aunque preocupante por sus tendencias autoritarias: un hazmerreír indigno de Europa.

Signo de Prohibido Prohibir de Helios Martínez Domínguez.

Cuando las cosas hablan (y muerden)

A veces un pequeño cambio tecnológico puede tener importantes e insospechadas ramificaciones sociales. Es lo que sin duda va a ocurrir con la inminente ‘Internet de las Cosas‘, el sistema resultante de que todos los objetos tengan la capacidad de comunicarse entre sí a través de la Red, casi todos mediante conexiones inalámbricas. Cuando los electrodomésticos puedan hablar entre ellos o las etiquetas de la ropa enviar información al cajero de la tienda, pueden ocurrir fenómenos curiosos. Como por ejemplo que el robo se haga imposible, o mucho más complicado al menos. Porque ahora las cosas robadas se ‘chivan’.

Una indiscreta cámara digital en los EE UU ha denunciado a quien se la apropió de la manera más tonta. Equipada con una de las nuevas tarjetas de memoria con capacidad WiFi, la cámara iba en el bolso que una neoyorquina se olvidó en un restaurante mientas estaba de vacaciones en Florida. La tarjeta, diseñada para enviar de modo automático las fotos almacenadas en una red doméstica sin tener que usar cables, ignoraba su cambio de propietario, y los nuevos dueños ignoraban sus capacidades. La sorpresa se la llevó la propietaria original, cuando se encontró en su carpeta de fotografías con unas nítidas imágenes de las caras de quien había reciclado la cámara, que la habían usado para hacerse unas fotos de recuerdo. La tarjeta envió esas imágenes al buzón de su legítima dueña en la primera oportunidad: cuando encontró a su paso una red WiFi abierta. Los responsables, camareros del restaurante que habían decidido apandar el bolso en lugar de dar parte al encontrarlo, fueron despedidos, y la cámara que llamó a casa fue recuperada.

Los ordenadores portátiles y otros cacharros de alta tecnología hace tiempo que pueden ser equipados con dispositivos antirrobo capaces de localizar a quien se les ocurra llevárselos sin permiso, lo cual permitió hace algún tiempo detener a un innovador ladrón de oficinas en los EE UU. Los automóviles equipados con ciertos sistemas de seguridad pueden radiar su localización en caso de robo, o incluso bloquearse dejando atrapado al ladrón en su interior. Y cada vez más aparatos están equipados con sistemas de comunicación, con lo que el aspirante a chorizo debe preguntarse seriamente si merece la pena el riesgo a la hora de echar mano a la propiedad ajena. La Internet de las Cosas puede acabar reduciendo significativamente el robo, una de las constantes de la historia humana. Porque cuando las cosas hablan, también pueden morder.

Pague más, reciba menos

El imperio de contenidos de entretenimiento Time Warner, que además de una gran empresa de televisión por cable también tiene una reducida presencia en el ámbito del periodismo, ha decidido innovar en el acceso a Internet. Para ello ha creado dos nuevas ofertas experimentales en un mercado que domina, en la ciudad de Beaumont, Texas, EE UU, donde será posible acceder desde hoy mismo a estos nuevos planes. Ambos comparten una característica, aunque difieren en precio y prestaciones: y es que ponen un tope al consumo de información en la conexión a la Red. El precio depende del tope específico; el más barato cobra 29,95 dólares (19,4 euros) mensuales por un acceso de 768 kbps y un máximo de transferencia de 5 Gb en ese tiempo. El más caro son 54,9 dólares (35,56 euros) al mes, por un acceso de 15 Mbps (envidiable) con un tope de 40 Gb/mes. Ambos planes se ofrecerán tan sólo a nuevos clientes. Lo dudoso es que Time Warner consiga alguno con esta absurda idea. ¿A quién se le ha ocurrido pensar que dar menos por más dinero es una estrategia comercial viable?

El caso de Time Warner es especialmente estulto, dado que dentro del conglomerado no sólo hay proveedores de acceso a contenidos, sino fabricantes de contenidos, que están por todos los medios intentando aumentar el consumo de sus producciones a través de la Red. Las telefónicas, y en la práctica una televisión por cable es una telefónica, están desesperadas, porque la competencia les impide aumentar precios, pero el crecimiento del uso de la Red es imparable y feroz. En especial hay un 5% de los usuarios que aprovechan al máximo la ‘barra libre’ que supone la tarifa plana, subiendo y bajando grandes ficheros y llenando las infraestructuras. Pero ése es el futuro, la dirección en la que se mueve Internet: cada vez más gente moviendo cada vez más información, lo cual es bueno para los lectores y también para los productores de contenidos, las cibertiendas y todo el complejo industrial de la era digital. Como por ejemplo, la mayor parte de Time Warner, que al intentar impedir este futuro no sólo rema contra corriente sino que se hace daño a sí misma. Afortunadamente para ellos, no es probable que sus peculiares ofertas tengan mucho éxito, porque la gente no es idiota. Porque de lo contrario, alguien podría querer copiar aquí la idea… y ya estamos bastante mal, gracias.

Balada del pérfido ‘cracker’

El mundo está lleno de delincuentes informáticos capaces de provocar las mayores desgracias, a distancia y de forma indetectable; la ciberdelincuencia, el ciberterrorismo y la ciberguerra suponen una terrible amenaza a la civilización. O eso es lo que a algunos les interesaría que usted piense; casi siempre, empresas especializadas en seguridad y departamentos gubernamentales con mucha necesidad de enemigos que justifiquen su financiación. Añada una prensa crédula incapaz de cuestionar las más flagrantes exageraciones (por no llamarlas mentiras), y se obtienen cosas como ésta: una revista estadounidense insinúa que el gran apagón que dejó sin luz la Costa Este de los EE UU en 2003 pudo, tal vez, quizá, ser obra de malvados y profesionales ‘hackers’ chinos; casi un acto de guerra. Lo cual sería gravísimo, no sólo por el ataque en sí, sino por la terrible posibilidad de que los chinos puedan apagar las luces a voluntad en cualquier parte del mundo. El único problema es que es falso de toda falsedad: ese apagón fue exhaustivamente investigado, y se determinó su causa (una sobrecarga local), que nada tenía que ver con ‘crackers’ ni con ataques informáticos (aunque sí contribuyó el virus Blaster). A los que dentro de poco acusarán de la muerte de Kennedy, y hasta de César: el caso es crear paranoia y fomentar la tecnofobia. Aunque sea con mentiras.

Apasionada ciencia extrema

Cuando pensamos en héroes, pensamos en Gary Cooper solo ante el peligro, o en John Wayne frente a los indios o los japos, o en Arnold Schwarzenegger haciendo de comando o de robot. Si pensamos en héroes reales, nos vienen a la mente bomberos, montañeros de rescate, soldados, pilotos o buzos de salvamento. Si evocamos pasión en el trabajo pensamos en poetas, activistas políticos, trabajadores de ONGs o monjas de misiones. En cambio, si pensamos en científicos nos imaginamos batas blancas, torres de marfil, laboratorios y bibliotecas. Pero la ciencia es una actividad humana, demasiado humana, y por tanto tiene también su cuota de apasionados creyentes dispuestos a cometer las más increíbles heroicidades para demostrar sus teorías. Y como es bien sabido, el desmedido heroísmo linda con la más absoluta estupidez. Hablando de cosas que dejan convertidas en infantiles tonterías las más cafres hazañas de Jackass y sus descendientes

¿O qué decir de esta lista de Cracked con los 6 experimentos más macarras, extremos y recios de la historia? Hablamos de gente que no sólo descubrió la molécula y las propiedades alucinógenas del LSD (Albert Hoffman), sino que experimentó con grandes cantidades para descubrir sus efectos (y a pesar de ello vivió hasta los 102 años de edad). O de gente que se propulsó a velocidades supersónicas y frenó de golpe para comprobar los destrozos de la aceleración en el cuerpo humano (John Paul Stapp). O que se bebieron deliberadamente un cultivo de bacterias para demostrar que son las causantes de las úlceras estomacales (doctores Warren y Mashall). Gente capaz de introducirse un catéter en su propio corazón, para después ir andando hasta la sala de rayos X para que pudieran comprobarlo (Werner Forssmann). O gente que disparó un láser a un misil cargado para demostrar su exquisito control sobre la profundidad de corte de su herramienta (los técnicos del High Explosives Applications Facility). Hablamos de gente capaz de jugarse su propia vida para demostrar la veracidad de una teoría; capaz de colocar su pellejo donde estaba su boca. Verdaderos tipos duros,

Aunque mi favorito de esta particular lista quizá sea Stubbins Ffirth, un estudiante de medicina que llevó a cabo todo tipo de increíbles agresiones a su cuerpo para demostrar una teoría que resultó ser falsa: que la Fiebre Amarilla no es contagiosa. Ffirth estaba tan convencido de ello que llevó a cabo toda una serie de intentos de infección verdaderamente repugnantes: se colocó todo tipo de fluidos de enfermos terminales en cada orificio del cuerpo, se los puso bajo la piel e ingirió cosas increíbles y presuntamente contaminadas, sin contagiarse de la temible enfermedad (para la que por entonces no había cura ninguna). Lo mejor de todo es que la Fiebre Amarilla sí que se contagia, pero sólo por contacto sanguíneo, y los enfermos terminales apenas tienen capacidad de contagio; por eso se salvó Ffirth, que por supuesto desconocía todo esto. Pero ¿acaso hay algo más humano que un tipo capaz de poner en riesgo su vida, en las condiciones más repugnantes, para demostrar una teoría equivocada? Nada está más lejos de la torre de marfil y sus remotos habitantes enfundados en batas blancas que esto: gente llevando a cabo verdaderos prodigios de valor por su inmensa pasión en beneficiar a la humanidad.

¿Qué ’11-S electrónico’?

Una cosa es justificar la necesidad del puesto de trabajo que uno tiene, quizá exagerando un poco la utilidad de nuestros esfuerzos, Y muy otra es sembrar la desconfianza en una infraestructura vital para el futuro mediante irresponsables y descaradas manipulaciones. Cuando la Agencia Europea de Redes y Sistemas de Información (ENISA) avisa de la posibilidad de ‘un 11-S electrónico’ (traducción, mala, del desacreditadoPearl Harbor electrónico‘ estadounidense) están traspasando la línea que separa el razonable aviso de riesgos a prevenir del alarmismo injustificado y un tanto histérico. Esto no sólo refuerza la tecnofobia de los europeos, ya muy atrasados en este ámbito, sino que degrada la confianza en la agencia y su labor. ¿Es conveniente dejar la seguridad de la tecnología en manos de solapados tecnófobos que sólo son capaces de profetizar desgracias?

Es muy probable que las cifras citadas por la agencia sean ciertas, pero también son irrelevantes; lo cierto es que nadie, nunca, jamás, ha conseguido hacer daño a otra persona utilizando la Red, lo cual convierte la comparación de un ‘ataque’ cibernético con un terrible atentado terrorista en una burla cruel. Lo único que han conseguido los presuntos ‘ataques ciberterroristas’ o las ‘ciberguerras‘ es incordiar, tal vez a escala masiva, pero sin riesgo para la salud de la gente, y ni siquiera con gran daño económico. Llamar ‘ciberguerra’, o ‘ciberterrorismo’ a los ataques de denegación de servicio o a los problemas para acceder a un banco online forma parte de la misma venerable tradición tecnófoba que transforma en peligrosos ‘crackers’ a chavales que cambian páginas web. La ignorancia de quienes identifican pequeñas amenazas y gamberradas con peligrosísimos crímenes que deben ser drásticamente castigados podría excusarse, pero la mala voluntad no. Porque estas exageraciones tienen consecuencias: el atraso de Europa (y especialmente de España) en la Red es real , y los temores infundados de la gente también. Atizar irresponsablemente esos rumores, contribuyendo de modo oficial a una tecnofobia que es una amenaza para nuestro futuro, es peor que malvado: es estúpido. Las agencias europeas no debieran insultar la inteligencia de los europeos que les dan de comer.

Un ‘post’ tras cada comida

Es del dominio público que el cuerpo y la mente están conectados, y que el buen ánimo y el mejor humor mejoran la actividad del sistema inmunitario y nos protegen de enfermedades. Así que puede suponerse que la práctica del blog , que permite a no pocos iracundos expresar y expulsar su mala leche, debería ser terapéutica. Lo curioso es que esas propiedades curativas han resultado ser médicamente comprobables. Según un reciente estudio publicado en una revista científica y comentado en Scientific American, la escritura creativa mejora el estado físico de pacientes de SIDA y cáncer, y acelera la recuperación de operaciones quirúrgicas. Es decir, que expresar los sentimientos y emociones más íntimas sin tapujos, al estilo común en Internet, cura. No hablamos de sensaciones subjetivas de mejoría, sino de periodos de hospitalización más cortos tras una cirugía, mejoras de la memoria y el sueño e incluso cargas virales reducidas en pacientes infectados por el VIH. Si antes teníamos buenas razones para bloguear, como dar a conocer al universo nuestras importantes emociones y vitales conocimientos, ahora podemos esgrimir una razón todavía mejor: escribimos un blog por razones médicas. ¿Lo recetará alguna vez el médico de cabecera?

Por una hoja de papel vegetal

La seguridad en cualquier actividad humana es una cadena en la que todos los eslabones han de ser igual de fuertes; con que falle uno de los elementos, la seguridad se pierde. Es por eso que en cualquier proyecto complejo, en el que hay muchos eslabones, resulta tan difícil garantizar la seguridad absoluta. Es una cuestión estadística: si lanzar una nave espacial, o construir un rascacielos, necesita de la concatenación de miles o millones de acciones, es muy fácil que una de ellas salga mal, tal vez la más sencilla. Prevenir los errores en sistemas complejos es un trabajo arduo y desagradecido, y en los grandes proyectos se dedica mucho esfuerzo a la detección y corrección de errores. A pesar de lo cual, hay errores; eslabones de la cadena se rompen, y se producen catástrofes. Un ejemplo es el recién publicado análisis del accidente que estuvo a punto de enviar al fondo del mar al submarino nuclear británico HMS Trafalgar en noviembre de 2002, cuando durante unas maniobras el navío chocó contra una roca sumergida provocando daños que costó más de 6 millones de euros reparar.

Es difícil dedicar más esfuerzo económico y personal a la seguridad que el que se vuelca en un submarino nuclear. La ingeniería de estos barcos es soberbia, y su altísimo coste y las consecuencias de un posible accidente hacen que los países que disponen de ellos se preocupen sobremanera por garantizar al máximo que los errores sean mínimos. La selección y entrenamiento de las personas que los tripulan es probablemente la más estricta del mundo, y conseguir el mando de una de estas unidades (muchas veces armadas de proyectiles nucleares y que permanecen durante meses operando independientemente, sin contacto con sus cuarteles generales) es la culminación de la carrera profesional de cualquier oficial naval. Los submarinistas británicos tienen fama de estar entre los mejores del mundo, y su curso de formación para capitanes (denominado ‘Perisher‘) es uno de los más exigentes y duros del planeta. Precisamente realizando un ejercicio de este curso el Trafalgar sufrió el accidente de 2002, y según la investigación la causa de que esta sofisticadísima mole de acero propulsada por energía atómica y tripulada por los mejores especialistas del mundo estuviera a punto de hundirse fue una hoja de papel vegetal.

Una simple hoja de papel vegetal que cubría la carta de navegación impidió a los oficiales darse cuenta de que la maniobra que estaban realizando (a 50 metros de profundidad) les colocaba en rumbo de colisión con el fondo local. Las cartas náuticas llevan gran cantidad de información codificada en poco espacio mediante multitud de símbolos; el papel vegetal es traslúcido, pero no transparente, y un detalle vital quedó así oscurecido, con la consecuencia de que una mole de metal lanzada a considerable velocidad trató de ocupar el mismo espacio que una roca. Los tripulantes del Trafalgar tuvieron suerte: en un submarino, incluso a sólo 50 metros de profundidad, cualquier accidente es gravísimo, porque salir no es nada sencillo. Así que el buque, con todos sus tripulantes, estuvo en un tris de perderse simplemente por el uso de papel vegetal para no emborronar con rumbos trazados a lápiz la carta; un casi insignificante eslabón en la cadena de la seguridad que pudo hundir una sofisticada y cara nave de combate y matar a toda su tripulación. A veces, entre la seguridad y la muerte tan sólo hay una hoja de papel.