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Ciencia, tecnología, dibujos animados ¿Acaso se puede pedir más?

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Algo en el agua

Más de 200 personas vestidas de colores predeterminados, entre profesores y alumnos de Stanford; un campo despejado, una tarde entera de sábado sacrificada y, sin duda, muchísimas horas de trabajo previo. Todo ello para rodar un vídeo de 10 minutos de duración (disponible en otoño) que resumirá 500 millones de años de la historia de nuestro planeta, incluyendo la formación y sucesiva destrucción de supercontinentes, impactos meteoríticos, el movimiento de las masas continentales y hasta las mayores erupciones volcánicas. Representado por gente vestida de los correspondientes colores alusivos; camisas blancas bajo chaquetas negras, por ejemplo, para el grupo antártico, con el fin de permitirles cambiar de color con las glaciaciones. Eso es vocación de divulgación científica, y lo demás tonterías. El empeño está inspirado en una legendaria pantomima de 1971 sobre síntesis de proteínas que se produjo en el mismo campus universitario; como bien deduce el blog de ciencia ficción Io9, algo raro debe haber en el agua del norte de California… ¿será posible comprarlo?

Apasionada ciencia extrema

Cuando pensamos en héroes, pensamos en Gary Cooper solo ante el peligro, o en John Wayne frente a los indios o los japos, o en Arnold Schwarzenegger haciendo de comando o de robot. Si pensamos en héroes reales, nos vienen a la mente bomberos, montañeros de rescate, soldados, pilotos o buzos de salvamento. Si evocamos pasión en el trabajo pensamos en poetas, activistas políticos, trabajadores de ONGs o monjas de misiones. En cambio, si pensamos en científicos nos imaginamos batas blancas, torres de marfil, laboratorios y bibliotecas. Pero la ciencia es una actividad humana, demasiado humana, y por tanto tiene también su cuota de apasionados creyentes dispuestos a cometer las más increíbles heroicidades para demostrar sus teorías. Y como es bien sabido, el desmedido heroísmo linda con la más absoluta estupidez. Hablando de cosas que dejan convertidas en infantiles tonterías las más cafres hazañas de Jackass y sus descendientes

¿O qué decir de esta lista de Cracked con los 6 experimentos más macarras, extremos y recios de la historia? Hablamos de gente que no sólo descubrió la molécula y las propiedades alucinógenas del LSD (Albert Hoffman), sino que experimentó con grandes cantidades para descubrir sus efectos (y a pesar de ello vivió hasta los 102 años de edad). O de gente que se propulsó a velocidades supersónicas y frenó de golpe para comprobar los destrozos de la aceleración en el cuerpo humano (John Paul Stapp). O que se bebieron deliberadamente un cultivo de bacterias para demostrar que son las causantes de las úlceras estomacales (doctores Warren y Mashall). Gente capaz de introducirse un catéter en su propio corazón, para después ir andando hasta la sala de rayos X para que pudieran comprobarlo (Werner Forssmann). O gente que disparó un láser a un misil cargado para demostrar su exquisito control sobre la profundidad de corte de su herramienta (los técnicos del High Explosives Applications Facility). Hablamos de gente capaz de jugarse su propia vida para demostrar la veracidad de una teoría; capaz de colocar su pellejo donde estaba su boca. Verdaderos tipos duros,

Aunque mi favorito de esta particular lista quizá sea Stubbins Ffirth, un estudiante de medicina que llevó a cabo todo tipo de increíbles agresiones a su cuerpo para demostrar una teoría que resultó ser falsa: que la Fiebre Amarilla no es contagiosa. Ffirth estaba tan convencido de ello que llevó a cabo toda una serie de intentos de infección verdaderamente repugnantes: se colocó todo tipo de fluidos de enfermos terminales en cada orificio del cuerpo, se los puso bajo la piel e ingirió cosas increíbles y presuntamente contaminadas, sin contagiarse de la temible enfermedad (para la que por entonces no había cura ninguna). Lo mejor de todo es que la Fiebre Amarilla sí que se contagia, pero sólo por contacto sanguíneo, y los enfermos terminales apenas tienen capacidad de contagio; por eso se salvó Ffirth, que por supuesto desconocía todo esto. Pero ¿acaso hay algo más humano que un tipo capaz de poner en riesgo su vida, en las condiciones más repugnantes, para demostrar una teoría equivocada? Nada está más lejos de la torre de marfil y sus remotos habitantes enfundados en batas blancas que esto: gente llevando a cabo verdaderos prodigios de valor por su inmensa pasión en beneficiar a la humanidad.

El doble mensaje de los chiles

En la continua guerra entre animales y plantas ambos bandos utilizan al otro en su propio interés. Es lo que tiene la coevolución, que hace que dos seres vivos con diferentes (y enfrentados) intereses terminen tan engarzados que parece que cooperan por interés mutuo; cuando nada hay más lejos de la realidad. La primera regla de las relaciones entre animales y plantas se deriva de sus principales características: las plantas capturan energía del sol y la convierten en energía química, cosa que los animales no pueden hacer; los animales se mueven, cosa que las plantas no hacen. Así que los animales comen plantas, lo cual a éstas no les gusta ni lo más mínimo. Muchos grupos vegetales han evolucionado todo tipo de estrategias de defensa contra sus predadores, los herbívoros, que incluyen desde espinas que parecen dagas asesinas a cristales de sílice en las células, que destruyen los dientes de quienes se las comen. Una de las estrategias más interesantes, que nos proporciona a los humanos buena parte de nuestra gastronomía, es la del veneno: multitud de plantas fabrican y acumulan sustancias que van desde lo desagradable a lo mortífero, y los animales disponen de receptores de sabor y olor específicos para detectar y evitar estas trampas. El sabor amargo, por ejemplo, está asociado a los alcaloides que convierten ciertas plantas en poco saludables, y por eso el amargor nos resulta desagradable. Una de las sustancias más perniciosas que las plantas han creado es la capsaicina, la molécula que hace picantes a los chiles. Hasta tal punto es potente a la hora de provocar rechazo que los humanos la usamos como arma, aunque sólo la policía; es demasiado cruel para usarla en la guerra. La capsaicina actúa hiperestimulando ciertos receptores de la piel, lo que provoca una fuerte sensación de ardor, irritación, lagrimeo y otros síntomas bien conocidos por las víctimas de la cocina picante. Como muchos seres vivos venenosos, los pimientos picantes suelen señalizar su disuasión química con fuertes colores (amarillo o rojo, por ejemplo), que actúan como señales de ‘Peligro, No Comer’.

Y sin embargo este tipo de colores son utilizados por otras plantas como reclamo. Algunos vegetales han descubierto que los animales pueden ser cooptados para que transporten las semillas a lugares distantes, ampliando el área de colonización de la planta. El mecanismo es sencillo: se incluyen las semillas en una fruta sabrosa y colorida que atraiga la atención, y se espera a que algún animal la devore; las semillas atraviesan su tubo digestivo y salen de nuevo al exterior, casi siempre a gran distancia de la planta madre. Así actúan los frutos rojos (bayas, moras y similares), el café, el chocolate, las fresas, y las variantes silvestres de casi todas nuestras frutas y verduras cultivadas. En algunos casos la adaptación llega a tal extremo que las semillas son incapaces de germinar sin su correspondiente paso por un tubo digestivo. Típicamente, las plantas que usan esta treta crean frutas cargadas de azúcares, que gustan a los herbívoros, y muy coloreadas. Pero entonces, ¿cuál es el juego de los chiles, con su color rojo intenso, sus jugosas carnes y su carga de intenso repelente de animales?

La clave está en un detalle de la fisiología comparada: las aves tienen visión de color como los mamíferos, pero carecen del receptor sensible a la capsaicina, por lo que son inmunes a sus efectos. Los chiles se han convertido así en maestros del transporte selectivo, y su color rojo es una doble señal: para los mamíferos significa ‘peligro, no morder’, mientras que para las aves es un reclamo (‘comida gratis’). La doble estrategia les sirve para seleccionar el animal que esparce sus semillas, e impedir que otros las estropeen; en efecto, la poderosa digestión de los mamíferos destruye las semillas de estos pimientos, mientras que la suave digestión aviar las activa. Los humanos somos el único mamífero que gusta de la abrasadora sensación de la capsaicina, quizá porque resulta tan intensa que provoca como reacción la liberación de endorfinas en el cerebro, y con ellas un cierto placer. Algún fallo tenía que tener este precioso ejemplo de coevolución… y el fallo somos nosotros, el único mamífero masoquista.

Infecciosa locura

Tenemos una relación complicada con los habitantes más importantes del planeta, los microorganismos. A lo largo de miles de millones de años hemos luchado contra ellos, hemos integrado a algunos en la esencia misma de nuestras células y hemos servido de hogar a incontables variedades de ellos, dentro y fuera de nuestros cuerpos, hasta tal punto que privados de nuestra flora bacteriana seríamos incapaces de digerir los alimentos y moriríamos. Sirviendo así de fertilizante a otras bacterias. Desde el principio de los tiempos nos han aniquilado por millones, en plagas terribles y en incidentes cotidianos: un simple corte o arañazo puede acabar con nosotros si es colonizado por la bacteria indebida. Son resistentes, implacables, e incluso físicamente fuertes. Hace muy poco aprendimos a utilizar antibióticos para mantenerlas a raya, y otras enfermedades pasaron a preocuparnos más, aunque las infecciones siguen matando a millones de nosotros cada año. Lo que estamos descubriendo es que quizá maten a muchos más de los que creemos, porque determinadas enfermedades que pensábamos provocadas por la dieta, el desgaste o defectos del desarrollo tal vez sean infecciosas. Por ejemplo, la locura.

Algunas evidencias apuntan a que determinadas enfermedades mentales, como la esquizofrenia, podrían ser producto de infecciones, quizá prenatales, tal vez al provocar una exagerada respuesta inmunitaria. Al mismo tiempo, un mapa del metabolismo mundial sugiere importantes diferencias en el funcionamiento bioquímico de distintas poblaciones humanas; diferencias que están relacionadas con la incidencia de enfermedades cardiovasculares y que podrían deberse a la dieta o a variaciones por áreas geográficas de nuestras bacterias intestinales. Si se confirma que la ateroesclerosis es producto de una infección, como piensan algunos científicos, podríamos concluir que las bacterias y virus son imprescindibles para nosotros, pero al mismo tiempo nos enloquecen, nos rompen el corazón y, si nos descuidamos, nos matan. ¿Quiénes son los parásitos en esta relación, cabe preguntar?

Los bien expulsados

Los creacionistas estadounidenses se quejan de que sus opiniones ‘científicas’ no son respetadas por las universidades de aquel país. Lo cual viene a ser como quejarse de que el Vaticano no te cede sus púlpitos para extender la Teoría de la Evolución por Selección Natural, o exigir a grandes voces igualdad de trato en las cátedras de Matemáticas para la idea de que Pí es igual a tres. El hecho de que su versión descafeinada del creacionismo bíblico conocida como ‘Diseño Inteligente’ no sea una teoría científica en absoluto no les detiene, sino que traiciona su intencionalidad política: el verdadero objetivo es introducir ideas de origen religioso en las clases de ciencias. En cualquier caso, y para denunciar que el ‘aparato’ cientifista les discrimina, un grupo de defensores del ‘Diseño Inteligente’ han rodado una película titulada ‘Expelled!‘ (expulsado), en el que detallan la presunta discriminación contra sus ideas. Y para reforzar sus denuncias de que ‘la ciencia’ no les permite hablar, lo estrenan impidiendo la entrada al estreno a un conocido ‘blogger’ por el pecado… de oponerse a sus ideas.

Es decir, que en el estreno de un documental que trata contra la discriminación por razón de opinión, se discrimina por razón de opinión. La ironía es más que evidente; y no es divertida. Porque hablamos de un rasgo esencial de este movimiento, algo que está en su misma raíz: para obtener sus objetivos políticos, que consideran paradigma de bondad, vale cualquier cosa. Retorcer citas, negar la evidencia, argumentar torticeramente, acusar en falso, practicar lo contrario de lo que se predica. Todo vale, porque son creyentes en guerra por su religión, no científicos en búsqueda de la verdad. Lo cual demuestra que los productores de ‘Expelled!’ no tienen razón: su exclusión es más que merecida, y no se debe a la impopularidad de sus opiniones, sino a que lo suyo no es ni pretende ser ciencia. Su lugar está en las parroquias, dando catequesis, y no en las clases de biología. No se trata de censura, sino de mala clasificación: la religión no pertenece a los cursos de ciencias. Así de simple.

Corregidas algunas erratas el 26/3/2008; gracias, Heli.

Cuando la religión ataca

El creacionismo, y su reciente variante el diseño inteligente, no son teorías científicas, ni tan siquiera dogmas religiosos: son ideologías políticas. Se trata de utilizar la Teoría de la Evolución por Selección Natural, una parte mal comprendida y fácilmente caricaturizable de la biología, como espolón y vanguardia de un avance de la teocracia. Pues no otra cosa que teocracia es imponer por ley la enseñanza de doctrinas religiosas en las clases de ciencias, es decir, prevalerse de los mecanismos educativos del estado para imponer creencias religiosas en el ámbito público. El objetivo final es que sean las religiones las que decidan qué es lo que se enseña y (sobre todo) qué es lo que no se enseña en la escuela pública. Pura teocracia: el gobierno de los religiosos.

Un ejemplo: hace hoy 83 años el congreso del estado de Tennessee aprobó la Ley Butler, que prohibía en las escuelas financiadas con fondos públicos la enseñanza de “cualquier teoría que niegue la historia de la Creación Divina del Hombre como se enseña en la Biblia, y enseñar en su lugar que el hombre desciende de animales inferiores’. Un profesor que fuese hallado enseñando evolución humana (el resto de los seres vivos sí que podían, al parecer, evolucionar) sería multado con entre 100 y 500 dólares por cada ocasión, un dinero en la época. Ésta es la ley por cuya violación fue juzgado en 1926 el entrenador y profesor interino John Scopes en el que pasaría a la historia como el ‘Proceso Scopes‘ (o el Juicio del Mono), dramatizado en obras teatrales y películas como una lucha entre el oscurantismo y la racionalidad que acababa ganando el lado de la ciencia, con la inestimable ayuda del abogado interpretado por Spencer Tracy en la famosa versión fílmica. En la realidad Scopes fue declarado culpable de violar la Ley Butler, aunque posteriormente el Tribunal Supremo de Tennessee anuló la sentencia por un tecnicismo, lo que se interpretó como una victoria de los partidarios de la evolución. Sin embargo la ley fue explícitamente declarada constitucional, y estuvo en vigor en el estado hasta 1967.

Contrariamente a lo que dicen, la actual ofensiva de los partidarios del llamado diseño inteligente no basa su vehemencia en nuevos descubrimientos, sino en una nueva urgencia proselitista. Quienes rechazan la evolución no es que estén convencidos de que la teoría científica es más o menos insostenible; lo que desean es abrir una puerta a la teología en las escuelas estatales, introducir una cuña que sirva para que la religión vuelva a dominar los currículos escolares, decidiendo así qué materias deben formar parte de la educación del ciudadano medio. El visceral rechazo a las tesis neodarwinianas enmascara una intencionalidad política, una clara ofensiva teocrática, y así está muy lejos de querer conocer mejor el universo o sus mecanismos. Como los legisladores de Tennessee en 1925, los creacionistas (de toda religión, con frecuencia aliadas) no quieren saber más, sino mandar más: dar un paso hacia el régimen político teocrático que en el fondo algunas personas religiosas piensan es la única forma legítima de estado. La defensa de la evolución es así una obligación no sólo científica, sino cívica: una forma de rebelión contra el avance de la teocracia. Porque si permitimos que los libros sagrados decidan cómo es nuestra realidad, acabarán decidiendo cómo debemos vivir nuestras vidas. Y la historia demuestra que cuando las religiones mandan, los pueblos sufren y mueren.

Profundidad del tiempo

Es difícil para nosotros, humanos, darse cuenta de lo que significa el tiempo profundo, pero hay algunos lugares del planeta donde la eternidad puede contemplarse en directo. Uno de esos lugares es la Orilla Sur del Gran Cañón del Colorado. Tras atravesar kilómetros de elevada meseta cubierta de pinos, cuando nos acercamos al borde, la inmensidad de lo que se contempla abruma los sentidos; el aire ligero de los 2.000 metros de altitud y la falta de referencias se combinan para que el paisaje parezca plano, como un inmenso telón de teatro donde un pintor loco ha imaginado una feroz herida en la superficie de la Tierra; un desgarrón ciclópeo e imaginario. La primera mirada produce estupor, más que maravilla; la mente simplemente es incapaz de abarcar los tamaños, las distancias, las caídas que dibujan las rocas rojas sobre un cielo inmenso. Es un panorama abrumador al que ninguna imagen puede hacer justicia, para el que ningún relato te puede preparar. Entonces a un lado y otro uno contempla los acantilados verticales, quizá ve caer un guijarro rodando hacia el abismo, y contempla su caída. La mirada se dirige abajo, abajo, cada vez más abajo hasta que a un kilómetro de profundidad se divisan las perezosas aguas de un río color barro: el Colorado. Y se siente vértigo.

Sabemos que ese mecanismo, el desprendimiento de guijarros y su arrastre por el hoy perezoso Colorado, es lo que ha tallado el ingente conjunto de zanjas de un kilómetro de profundidad que es el Gran Cañón. Pero el volumen de material faltante desafía el entendimiento. ¿Cómo es posible que el lento desplomarse de piedras y las antaño anuales inundaciones del río sean capaces de completar tamaña excavación? La respuesta está en ese otro abismo, el tiempo. Nuevas dataciones publicadas en Science revelan que el Gran Cañón es más antiguo de lo inicialmente pensado: empezó a formarse hace 17 millones de años. Eso son 17 millones de temporadas de inundaciones primaverales, épocas de tormentas de verano, estaciones de heladas de invierno. Eso son 850.000 generaciones de un animal que viva 20 años por generación, como los humanos. Eso es tiempo profundo: suficiente como para que la acumulación de inundaciones y desplomes excave una inmensa herida e la corteza terrestre, y también para que los cambios de frecuencias de alelos entre distintas poblaciones transformen un mono arborícola primero en un mono bípedo y caminante, y más tarde en un mono que se cree sabio. El tiempo profundo es lo que transforma lo pequeño, baladí e inconsecuente en lo grande, importante y decisivo; lo que permite que las montañas crezcan, los mares se abran y las especies evolucionen. Un grano de arena aquí, una nueva variante genética allá, son poca cosa en el breve transcurso de nuestras vidas; incluso en el escaso alcance de nuestra historia. Pero en el tiempo profundo esos mínimos cambios tienen el poder de mover continentes y crear nuevas ramas de la vida. El abismo al que se asoma uno en el Gran Cañón, con ser un rasgo geológico joven, no solo produce vértigo por su altura: lo que estamos viendo es una representación que podemos entender de la profundidad del tiempo.

Clonar no es fotocopiar

La ganadería brava de Victoriano del Río quiere clonar a su semental, un toro llamado ‘Alcalde’ que a través de su simiente ha proporcionado grandes éxitos al criadero. Con ello el ganadero bravo demuestra una recomendable capacidad de mirar hacia el futuro y un notable talento para el márketing. Además de un notable desconocimiento de la ciencia. La clonación no es un proceso de ‘fotocopia’ de seres vivos: el clon de ‘Alcalde’ ni siquiera será completamente idéntico a su original en lo genético, ya que el genoma de las mitocondrias (las factorías energéticas de las células) es independiente, y se hereda de la madre. Además, el caso de la archiconocida oveja ‘Dolly’ ha demostrado que los animales clonados sufren procesos de envejecimiento acelerado y enfermedades que no se corresponden con su edad cronológica: el proceso de clonación deja huellas. El descendiente clónico de ‘Alcalde’ (¿’Alcalde bis’?) no tendrá necesariamente los mismos talentos que su antecesor genético. Lo cual no quiere decir que la operación no resulte un éxito rentable, desde el punto de vista de las relaciones públicas. Científicamente, es otro cantar: la clonación no es una vacuna contra la muerte, ni siquiera de los genomas. Por mucho que lo diga Hollywood, un clon no es una fotocopia.

Matar el mar, matar el planeta

El nombre de nuestro planeta está mal, dice una vieja picardía; no debería ser ‘Tierra’, sino ‘Océano’. Al fin y al cabo siete décimas partes del globo están cubiertas de agua, en muchas zonas de más de dos kilómetros de profundidad (y en algunas, hasta 11 kilómetros). Durante milenios esta ingente masa acuática nos ha desafiado, nos ha matado y nos ha hecho sentirnos diminutos, como cualquier marino que haya estado en una tormenta o cualquier buzo que haya atisbado en directo grandes animales marinos puede atestiguar. El mar y sus criaturas nos ponen en nuestro justo lugar en la escala universal; y ese lugar no es muy elevado. Sin embargo, gracias a nuestra creciente capacidad física de destrucción debida a la mejor tecnología, y a nuestra infinita rapacidad y cortedad de miras, estamos consiguiendo lo que parecía imposible: arrasar el mar. Matar los océanos, y con ellos, nuestro mismo hogar. Somos unos listos.

Un nuevo mapa de los océanos, publicado en la revista científica Science, indica en su escala de color el impacto de la humanidad sobre distintas áreas del mar. Y descubre que tan sólo el 4% de su superficie está relativamente libre de nuestra huella, que el 41% está tocado, y que en algunas zonas (alrededor de las Islas Británicas y de Japón) el impacto sólo puede calificarse de catastrófico. Pero no sólo las áreas densamente pobladas se duelen de nuestros hechos; incluso remotas áreas del Atlántico Sur o del Pacífico, raras veces visitadas, resultan afectadas por nuestras actividades. Es una ‘Tragedia de los Comunes‘ a escala planetaria: como el mar no es de nadie y es de todos, nadie lo cuida ni se preocupa por su supervivencia a largo plazo. Y así vemos salvajadas como esas áreas hiperexplotadas por arrastreros de la fotografía desde satélite [der.], donde los pesqueros dejan el fondo oceánico convertido en un erial. Y todo porque nuestra capacidad de destrucción va muy por delante de nuestra capacidad de comprensión. Éso es quizá lo peor de todo: que estamos arrasando algo que ni siquiera comprendemos, porque una buena parte de los mares que estamos matando ni siquiera la conocemos aún. A este paso el calentamiento global no llegará a tiempo; nos habremos cargado el planeta antes.

199 cumpleaños de Charles Darwin

Desde que la humanidad es humana nos hemos preguntado por el origen de la variedad de los animales y plantas que pueblan el planeta. Para una mentalidad religiosa, anclada en la mitología, la respuesta a cualquier pregunta sobre los orígenes, diferencias y semejanzas entre seres vivos era siempre la misma: ‘es la voluntad de la deidad’. Hasta tal punto que origen y divinidades quedaron unidos en la mente de las gentes, formando una unidad, como la que formaban los cielos y los dioses. Las personas etiquetaban para su uso e interés los seres vivos, pero no se molestaban demasiado en preguntar de dónde venían.

Sin embargo los filósofos (amantes del conocimiento) que se molestaban en mirar de verdad no podían por menos que percibir similitudes intrigantes entre los animales, además de sus diferencias. Un gorrión es casi idéntico a otro gorrión, lo cual nos permite agruparlos juntos, pero también se parece mucho a un águila, porque ambos son aves. Analizando bajo la superficie, resulta que gorrión y águila son en muchos aspectos como los mamíferos, y en otros se parecen a los reptiles, que a su vez comparten características con los anfibios. Y así todo. Los seres vivos están claramente relacionados. Cuando se analiza su anatomía en detalle, aparecen profundos parecidos: todos los mamíferos tienen igual modelo de diente, sean musarañas o elefantes; todos los tetrápodos lucen en sus extremidades el mismo esquema, desde el ala de un ave a la pata de un caballo, la mano humana o la garra de un tigre; ciertos huesos de la mandíbula de los reptiles forman parte del oído de los mamíferos. Estos parecidos son un misterio.

Para los creyentes de toda deidad, la respuesta a este misterio era y será siempre la misma: es la voluntad de la divinidad. Pero para filósofos y naturalistas esta explicación es insuficiente. Los animales se agrupan por parecidos, y se separan por diferencias de un modo consistente y sutil. Los estudiosos empezaron a pensar que unos animales podían, tal vez, transformarse, cambiando sus estructuras, pasando de una forma a otra. Estas ideas, sin embargo, tropezaban con una barrera infranqueable: no se conoce mecanismo alguno capaz de transformar hoy en día a un pez en reptil, o a éste en ave o mamífero. Sin saber de qué manera podría haberse producido esa transformación, la idea era ridícula. Especialmente cuando la explicación alternativa (dios lo quiere) era apoyada con frecuencia y contundencia por las autoridades civiles, por la violencia si era necesario.

Y entonces llegó Charles Darwin: un tímido estudiante de teología convertido en naturalista que tuvo la inmensa suerte de realizar un largo viaje alrededor del mundo que le permitió ver con sus propios ojos muchas de las maravillas de la vida en el planeta, y sobre todo tuvo mucho tiempo para pensar. Con lo que pudo observar, ciertas ideas radicales (y dudosas) sobre economía de Thomas Malthus, la idea de tiempo profundo producto de sus estudios con su mentor Adam Sedgwick y su lectura de los Principios de Geología de Charles Lyell, además de su experiencia en la crianza de animales domésticos, Darwin supo comprender el mecanismo de este fenómeno, explicando el procedimiento por el que un ser vivo podía acabar dando lugar a otro diferente.

Funciona así: todos los seres vivos tienen muchos descendientes, todos casi iguales, todos diferentes. A unos les va mejor en la vida que a otros, y estos triunfadores tienen más descendencia, que hereda sus diferencias y obtiene así una ventaja en su propia lucha por la vida. Los descendientes son como los progenitores pero ligeramente distintos; una idea simple. Cuando pasan miles, centenares de miles, millones y decenas de millones de años y de generaciones este motor sencillo es capaz de transformar la aleta de pez en la pata de un reptil, y ésta en la pierna de un mamífero, que se convierte en la aleta de una ballena y acaba cumpliendo la misma función que la aleta original, pero de forma diferente. Sin perder en sus características el rastro de cada uno de los cambios. Elegante y poderoso.

Darwin llamó a su teoría ‘descendencia con modificación’, y a su motor ‘selección natural’, por analogía con la ‘selección artificial’ de los criadores de vacas, perros o palomas, que escogen cuál se reproduce y cuál no en función de sus intereses. La teoría era sólida, y potente, pues permitía entender con facilidad la sorprendente variedad de los seres vivos, y sobre todo, sus misteriosos parecidos. Un antecesor común de toda la vida explica por qué todos usamos el mismo esquema químico básico (ADN, proteínas, lípidos, azúcares); un pez tuvo la primera aleta con quiridio, y por eso lo heredamos todos los tetrápodos; el primer mamífero tuvo un molar tribosfénico que sus descendientes hemos adaptado de mil y una formas, porque las diferencias de hábitat y modo de vida explican todo lo que separa a ratones, osos, gatos y humanos. El misterio central de la biología, el juego de parecidos y diferencias entre los seres vivos, puede explicarse. Ya no hace falta un creador de la vida para comprenderla.

De ahí el genio de Charles Darwin, el primer humano que comprendió la naturaleza de verdad, y de ahí su posición central en la ciencia de la biología, y en nuestro conocimiento del universo. De ahí la férrea oposición a su idea desde quienes creen en un creador, dado que el misterio central de la biología era su único refugio, una vez expulsadas las deidades del cielo por la física y la astronomía. Contraviniendo el postulado central de toda religión, la fe sin pruebas, muchos creyentes sinceros y benévolos se han empeñado y se siguen empeñando hasta hoy en denigrar y rechazar una explicación de la naturaleza viva, sólo porque les roba lo que consideran una prueba de la existencia de la divinidad. Darwin, tímido y bondadoso en lo personal, era consciente de lo que esperaba a su teoría y a él, por crearla. Por eso dudó durante 20 años, y por eso quiso rodear su hipótesis central de tantos datos y tan robustos razonamientos que fuera capaz de sobrevivir a las polémicas que le aguardaban. Hombre religioso en su vida personal, su honestidad intelectual le obligó sin embargo a publicar una tesis que sabía le acarrearía el odio de muchos eclesiásticos y el rechazo de las iglesias del mundo, que sigue hasta la actualidad.

Hoy se cumplen 199 años del nacimiento de Charles Darwin, que encajó las piezas básicas del rompecabezas de la vida de modo tan ingenioso y sutil que los nuevos descubrimientos, desde la bioquímica a la genética, desde la paleontología a la ecología, refuerzan su esquema básico al clarificar los detalles de lo ocurrido en nuestra historia planetaria. Merece la pena recordar y homenajear a quien regaló a la especie humana una de sus cumbres intelectuales: el entendimiento del cómo hemos llegado hasta aquí.