Al contrario que en la época Romántica, con su rechazo a la modernidad y a la máquina, a principios del siglo XX se vivió un verdadero fervor pro tecnología. Se pensaba que las máquinas iban a aliviar todos los males de la Humanidad; hasta los poetas futuristas loaban el triunfo de lo artificial. No es extraño que en esos años, tal día como hoy, llegara a la Tierra Supermán: el superhumano, el hombre capaz de vencer a la máquina. Más rápido que una bala, capaz de adelantar a un tren o de volar por sí solo, Supermán es una sublimación que corrige todos los defectos del humano normal, evidentes en un mundo de automóviles, aviones, ametralladoras y máquinas de vapor. Una sublimación con un peculiar sentido estético a la hora de ponerse la ropa interior.
Supermán es un humano que supera en todo a las máquinas, y al mismo tiempo es algo máquina él mismo: no por nada es conocido como ‘El Hombre de Acero’ (sin relación alguna con el otro portador de similar apodo). La necesidad de mantener una doble identidad, lo que implica mentir a todos los que están a su alrededor, no sólo complica enormemente su vida amorosa, sino que le dota de una cualidad paradójica, porque los buenos no mienten. Tal vez para evitar esa paradoja tanto Clark Kent, su alter ego humano, como el propio Supermán resultan poco expresivos y nada dados a la instrospección. Casi como robots llevan a cabo su trabajo, ya sea practicar el periodismo, ya sea evitar que se estrelle un tren, reflotar un barco o impedir el atraco a un banco. Sin emoción, sin los conflictos morales que llevarían a la desesperación y la angustia de superhéroes posteriores, sin dudas sobre la esencial bondad de sus acciones; Supermán es más supermáquina que superhombre, una especie de versión corregida del desdichado monstruo de Frankenstein. Y como tal, sólo podía nacer en una época donde la tecnología se veía como parte de la solución, y no como casi el principal problema. Qué tiempos aquellos…

Y así vemos salvajadas como esas áreas hiperexplotadas por arrastreros de la
Hoy hace 196 años que el aristócrata inglés
Desde siempre el ser humano ha adorado y temido a la vez a su creación, la máquina. Fruto del ingenio humano pero con potencia multiplicada, la máquina carece de sentimientos a los que apelar. Una vez activada matará sin compasión, sin dudas, sin remordimientos, sin odio. Las razones por las que actúa, los sentimientos que le achacamos, son diferentes a los nuestros. Nos obedece y nos sirve, pero su falta de lealtad es absoluta: nuestra propia horca, arado, espada o locomotora nos matará si nos ponemos del lado equivocado tan certeramente como si no tuviese ninguna relación con nosotros. La idea de la falta de control, de la creación que se rebela, no está lejos del Ludismo, ni de Byron; fue la mujer de su amigo Shelley, Mary Wollstonecraft, quien daría inmortalidad literaria a esta idea con su
¿Cuánto son 810 millones de euros? En dólares, casi 1.200 millones; en pesetas, casi 135.000 millones. En rentas personales, la
En castellano, idioma riquísimo, hay palabras que califican a las personas que incitan y coquetean, pero que luego a la hora de la verdad no permiten culminar; aunque son términos que se evitan en compañía civilizada. Microsoft, con su
Cualquier día
A veces en política no es tan importante lo que se dice, sino las razones que se dan para justificar lo que se dice. Según este patrón, las posturas de los principales partidos españoles respecto al canon digital son ambas igual de abominables, rechazables y demagógicas. Si éstas son las dos opciones que tenemos para escoger, estamos apañados. Por una parte tenemos al presidente Zapatero y su optimismo antropológico, pidiéndonos el apoyo al canon


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