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Ciencia, tecnología, dibujos animados ¿Acaso se puede pedir más?

Archivo de Septiembre, 2007

Público: gran triunfo, algún error

Un medio de comunicación es una voz con la que la sociedad piensa; un punto de vista nuevo sobre el mundo. Por eso el nacimiento de un nuevo medio nos enriquece a todos; amigos, enemigos y mediopensionistas, porque le proporciona a la sociedad en su conjunto una nueva forma de ver las cosas. Una nueva mirada capaz de percibir la realidad de otra manera. Eso hace que el pensamiento de todos sea un poco más grande y más libre, mejor. Por eso el nacimiento de un nuevo medio ha de ser una ocasión para el regocijo, de quienes comparten su visión y también de quienes no lo hacen, porque una sociedad con más puntos de vista es una sociedad más rica. Desde anteayer en España todos somos un poco más libres, porque hay un nuevo periódico en las calles que se llama Público. Todos tenemos de qué alegrarnos.

Profesionalmente, Público es un diario moderno que incorpora muchas novedades en su diseño y en su esencia. Novedades que en los últimos años se han ido incorporando lentamente a otros medios, tendencias de evolución natural de la industria periodística están en Público por primera vez juntas e integradas en un medio construido con ellas en mente. Mayor legibilidad, más desglose de noticias con múltiples despieces enfocando distintos aspectos de la información, mayor cuidado en los elementos gráficos (espléndido uso de la fotografía en color), infografías claras con la información como objetivo, más atención dedicada a ciencia, tecnología y cultura en detrimento de la política navajera, mayor cuidado tipográfico, escritura menos formal y rígida, titulares con más gancho, un cierto y travieso sentido del humor… Muchos de estos elementos no son nuevos, pero sí que lo es su combinación en un único medio homogéneo. Su conjunto puede agradar sobre todo a la gente más joven, con mayor cultura de medios, acostumbrada a Internet y la televisión y que hasta ahora han esquivado los medios impresos en parte por su partidismo, su tendencia al tono funeral y su incapacidad de comprender (o manejar) la ironía. Ese segmento de público está maduro, y Público está perfectamente diseñado para satisfacer sus necesidades. Será sin duda un éxito, y esa nueva voz permanecerá con nosotros mucho tiempo.

Pero el proyecto de Público no es perfecto, por más que algunos de sus artífices sean excelentes profesionales (y amigos personales, al menos hasta hoy; Nacho Escolar, Darío Pescador, Nacho Rojo, Patricia Fernández de Lis, Íñigo Sáenz de Ugarte… un saludo, compañeros). Su diseño tiene un error conceptual importante: Público es un gran periódico, pero su apuesta inicial por Internet ha sido insuficiente. En 2007, con todos los medios tradicionales caminando hacia la integración de productos y redacciones, hacia la marca única con diversos canales de distribución, hacia la independencia de la voz editorial de cualquier soporte o sustrato, Público ha nacido con una página web prometedora pero que apenas cubre mínimos (a costa de grandes esfuerzos). Siendo sus responsables quienes son (blogueros de prestigio ganado a pulso y profesionales con sobrada experiencia en medios digitales) es fácil creer sus promesas de que en el futuro la presencia web del periódico nos dará grandes satisfacciones y más de una sorpresa. Pero visto desde una generación que considera Internet un elemento imprescindible de su dieta informativa, el error de lanzarse a la palestra sin dedicarle a la Web al menos tanta atención como al papel es importante. Y no sólo periodístico: los datos económicos de la prensa estadounidense y europea apuntan en la misma dirección: el futuro comercial de los medios está en Internet (donde la publicidad sube como un cohete), y cada vez menos los diarios convencionales (donde no dejan de caer los ingresos). En el inmediato futuro, casi presente, será la Red la que mande en los resultados de los medios. Este fallo cuesta euros.

No se puede abarcar todo, y hay que escoger las batallas que uno lucha, y por eso es tan significativo lo que se escoge. En Estados Unidos hay un refrán cruel y certero: nunca tienes una segunda oportunidad para causar una primera impresión. Público ha desaprovechado la oportunidad de dejar en Internet la misma marca que ha dejado ya en el kiosco. Y eso hace al periódico un poco más débil, y nos deja a todos un poco huérfanos. Todos esperamos grandes cosas de este nuevo proyecto, y conociendo a sus profesionales, no nos fallarán. Pero poner a flote un nuevo proyecto ya es lo bastante duro y difícil: deberían haberse ahorrado la carga extra de este error grave, e innecesario. Que seguro que el tiempo corregirá. Suerte, y valor; lectores no os han de faltar.

Cibercrimen NO supera a narcotráfico

A pesar de lo que afirmara recientemente el presidente del fabricante de antivirus McAfee, no es cierto que el montante total del crimen en la Red haya sobrepasado al tráfico de drogas en el mundo. Lo ha demostrado Wired analizando el origen de este mito, que está en una estimación sin base científica alguna realizada hace años por una analista de seguridad digital. Si fuese cierto habría que concluir que el crimen cibernético se ha convertido en una plaga económica, si no social. Pero es que la cifra carece completamente de respaldo y su origen y pervivencia, son extremadamente sospechosas. En efecto; ¿quién está más interesado en mantener el mito del cibercrimen que las empresas y profesionales dedicados a prevenirlo? Aunque los consultores de seguridad y las empresas de antivirus no son los únicos culpables de que datos sin verosimilitud y hechos falsos sigan campando por la Red. Los medios, que hemos repetido estas falsedades demasiadas veces, sin comprobación alguna, tenemos también parte de culpa. Por mucho que los interesados quieran agigantarlo, el crimen en la Red todavía no pone en riesgo los ingresos de los cárteles de la droga. Quede claro.

Patrimonio de todos

Tiene una Plaza de San Marcos completa, con su Campanile, un Palacio Ducal y no uno, sino tres Gran Canales recorridos por góndolas. Pero el recién inaugurado Venetian Macao no está en una laguna en el adriático, sino en el otro extremo del planeta: en Macao, hoy China y antaño bajo dominio portugués. Como su hermano mayor, aunque más pequeño, el Venetian de Las Vegas, el megacasino con galería comercial (350 tiendas) y hotel recién aterrizado en Macao aprovecha la inolvidable y conocidísima geografía e historia de La Serenísima para los propósitos menos románticos imaginables: juego, comercio, turismo de masas. Y no es el único: sólo en Las Vegas hay un Luxor que se inspira en la tradición egipcia, un Caesar’s Palace que explota la iconografía grecorromana y por supuesto los New York, New York y Paris Las Vegas que directamente copian el ambiente de una ciudad de hoy. O quizá debiéramos decir el mito, porque ninguno de estos complejos comerciales y turísticos se preocupa de la autenticidad en la reproducción: todo lo que necesitan es el barniz, el brillo, el ambiente de una civilización, y eso es todo lo que reproducen; un lejano eco del original que sea suficiente para sacar el dinero a los turistas. Podríamos deplorar la presente cultura, por la cual mucha gente parece preferir la copia al original, siempre que la copia contenga tiendas de Prada, mesas de ruleta y habitaciones con aire acondicionado. Pero hay una pregunta todavía más interesante en estos tiempos de desbocada propiedad intelectual: ¿de quién es el espíritu de Venecia? ¿Quién es el dueño del mundo grecorromano, o del mito de París? ¿Alguien es propietario de la imagen del Taj Mahal?

¿Tiene dueño el aura de la Alhambra, que un grupo estadounidense está duplicando en su país para albergar un complejo académico. ¿Debe tener propietario un mito, un ambiente, una evocación, una historia? Podría considerarse que los actuales habitantes de una ciudad, los custodios de un mito, tendrían una clara defensa de propiedad, ya que viven allí. Pero la reivindicación por los descendientes de las hazañas de sus antepasados es siempre dudosa, y abundan los casos en los que la continuidad no está nada clara: los creadores de la Alhambra y sus descendientes ya no viven en Granada, como tampoco lo hacen en Agra los descendientes de los mogoles que erigieron el Taj Mahal. Las poblaciones cambian a lo largo de los siglos. La identidad es flexible con la historia.

Pero es que además no sería del todo justo, porque un mito nace tan sólo con la colaboración de los receptores; no puede existir sin el resto de nosotros. París no sería París sin las imágenes que evocan en millones de mentes películas como Casablanca (que se rodó en Hollywood), como Venecia no sería Venecia sin la respuesta emocional que evocan las obras de Shakespeare ni la Alhambra tendría tanta fuerza sin Washington Irving y el eco de sus inventadas leyendas. Venecia, las emociones que evoca, su aura, su mito no pertenecen, no pueden pertenecer sólo a los venecianos de hoy: pertenecen a la Humanidad. Nos pertenecen a todos, para lo bueno y para lo malo. Lo mismo ocurre con Luxor, París, Roma o Nueva York; lo mismo ocurre con la Alhambra. Porque hay cosas que no pueden ser de nadie, ya que son de todos. Son cultura.

Hace falta que las leyes dejen claro cuándo algo es de todos; cuándo un patrimonio es demasiado grande, demasiado importante como para permitir que unos pocos lo monopolicen, lo controlen, lo reduzcan. Es importante que todos sepamos lo que es nuestro, de todos, y lo que no lo es; lo que puede cerrarse y lo que no. Es importante que los estados se encarguen de este papel de protección y exaltación de lo mejor de todos nosotros mediante la divulgación y extensión de los tesoros culturales. Y si queremos influir, ser importantes, tener un peso en la cultura universal, hay que ser generosos. El peso en lo cultural de los países y las gentes se va a medir por aquello que compartan; por lo que sean capaces de regalar y aportar al Patrimonio de la Humanidad. Para ser ricos hay que regalar.

Imagen del Venetian Las Vegas por Michael180, tomada de Wikipedia Commons.

La prensa futura es libre (y gratis)

¿Qué hace influyente a un medio de comunicación? ¿Por qué es capaz una empresa editorial de participar en el diálogo social con una voz desproporcionada con su tamaño? Esto sólo ocurre cuando los análisis y opiniones de ese medio y sus comentaristas son conocidos y respetados en la sociedad a la que sirven; cuando su voz editorial tiene importancia y provoca ecos, positivos o negativos. Es el impacto el que hace importante a un periódico; son sus lectores quienes lo hacen influyente. Por definición no se puede crear eco cuando se carece de voz; cuando nadie te puede escuchar es imposible cambiar opiniones. Lo primero que necesita un medio para ser influyente es tener una gran audiencia, cuanto más grande, mejor; sólo cuando esto ocurre podrá ser amado y odiado, citado y vilipendiado, plagiado y despreciado. No se puede estar de acuerdo, o en desacuerdo, con un mensaje que nadie conoce. No se puede ser la voz de una sociedad si la sociedad no puede escuchar nuestra voz. Y en un entorno de competencia infinita como es Internet cualquier barrera, por pequeña que sea, esconde y hace desaparecer una voz. La influencia es algo muy valioso y delicado en Internet.

Es por eso que la idea de cobrar por los contenidos editoriales del influyente diario estadounidense The New York Times mediante un producto llamado TimesSelect era estúpida, desde el principio; y es por eso que el periódico se dispone a corregirla abriendo gratis el acceso a todos sus contenidos en Internet. Es por eso que el famoso y casi único ejemplo de cobro por contenidos en Internet, el diario financiero The Wall Street Journal, analiza hacer lo mismo bajo su nuevo propietario, Rupert Murdoch. Ningún medio puede permitirse perder influencia, y eso es lo que les está succediendo a los que han escogido cobrar por leer, que están desapareciendo del panorama de la Red. Poner una barrera de pago a la entrada de una página web es un fallo estratégico tremendo para un medio de comunicación, porque reduce su influencia en la sociedad y daña la marca. No hay ingresos suficientes para compensar tamaño error. Que no por grande ha sido menos repetido, desde la versión digital del diario español El País a, mucho antes, la revista Slate, cuando era propiedad nada menos que del gigante Microsoft (hoy pertenece al Washington Post).

El cobro por contenidos en los medios de comunicación no ha funcionado jamás, e incluso cuando lo ha hecho (The Wall Street Journal en Internet afirma ser rentable) tiene un elevado coste a la larga: marginaliza al medio en la Red y reduce su influencia. En la Economía de la Atención en la que vivimos éste es un error que los medios no se pueden permitir reiterar. Va siendo hora de buscar otros modelos de ingresos que no impliquen reducir el número de los lectores. La prensa del mañana temprano será libre, y gratis, o no será. No será fácil, pero así será. Porque sin influencia no hay medios.

Anuncios por ley, o el absurdo

Los sistemas de bloqueo de anuncios que cada vez se extienden más por Internet están poniendo nerviosos a los medios y las agencias publicitarias. Los internautas instalan estos bloqueadores (como el Adblock para Firefox) y dejan de ver los avisos comerciales, con lo que los anunciantes se enfadan y los medios pierden ingresos. Así que con su característica sutileza y comprensión del fenómeno Internet, los medios se están preparando… para llevar a juicio a los responsables. Es decir, que si no ve usted los anuncios en una web, están pensando denunciarle. Por esta lógica pronto quitar la mirada de una valla publicitaria será delito, o abandonar la televisión para ir al baño en el intermedio de una película. Porque sabido es que los anuncios son obligatorios, y si usted no los mira está incumpliendo un contrato o bien violando el derecho de autor del medio anunciador. No es broma: son los argumentos de quienes quieren hacer los anuncios legalmente forzosos. Olvidándose de que la comunicación es una cosa de dos partes, y de que en Internet el control de lo que se ve en nuestra pantalla lo tenemos nosotros, los receptores: no los emisores. Con este tipo de absurdos los medios aceleran su suicidio. No será forzando a contemplar anuncios vía ley como funcionará la publicidad.

Murallas de la mente

La antigua y venerable Gran Muralla China y su actual y postmoderna descendiente en Internet parecen compartir muchas características. Han sido construidas con gran gasto y no poca polémica para proteger a los gobernantes del momento de cualquier amenaza que pudiera venir del exterior. Su concepción y construcción son monumentales y alcanzan los límites de la tecnología del momento. Y son murallas del pensamiento, porque en la práctica son incapaces de detener a los invasores.

La antigua Gran Muralla no pudo parar a los enemigos cuando estos estuvieron adecuadamente pertrechados y decididos a conquistar el Reino Medio. Los mongoles, contra los que se construyó en primer lugar, la cruzaron en numerosas ‘razzias’, y más tarde los Manchúes la atravesaron con ayuda de un general sobornado y conquistaron el imperio chino, instalando su dinastía. Paralelamente la llamada ‘gran muralla de Internet’, el elaborado sistema de censura y control del discurso construido por las autoridades chinas, parece en la práctica mucho menos eficaz de lo que esas autoridades pretenden hacer creer. De hecho los términos prohibidos lo cruzan con facilidad, si uno se lo propone.

Lo cual no quiere decir que la Gran Muralla de piedra y ladrillos, o la actual de ‘routers’, sean inefectivas por completo. Su poder estriba en convencer al mundo de que funcionan, porque si todos creemos que son operativas, en la práctica lo son. No sabemos cuántas invasiones de las provincias chinas fueron detenidas por el temor de los putativos asaltantes a ser incapaces de cruzar las míticas fortificaciones de la frontera. Y no podemos saber cuántos pensamientos, comentarios o ideas han quedado detenidos en mentes chinas ante el temor de que una mítica policía omnipresente fuera a bloquearlos, a localizar a sus autores, a detenerlos. Así de insidiosa es la censura, que de ser externa e impuesta se acaba por interiorizar y convertirse en un hábito de pensamiento. Y así de retorcida: quienes denuncian la censura del gobierno chino con estridencia en el fondo contribuyen, sin querer, a aumentar su poder, al exagerar su capacidad. Es por eso que hay que luchar con decisión contra cualquier manifestación de censura, por incipiente que sea o por benevolentes que parezcan sus intenciones. Porque las murallas de la mente, una vez erigidas, son imposibles de erradicar.

Imagen de Hao Wei, tomada de Wikipedia Commons.

La política en el cerebro

Es obvio que las personas con diferentes ideologías políticas ven el mundo de modo distinto. El vaso que para unos está medio lleno es para los otros un recipiente semivacío, dependiendo de quién está en el gobierno; el futuro es un erial de pesimismo y derrota o una utopía de abundancia y alegría según quién gane las elecciones. El universo es un lugar frío y desolado donde cada uno debe cuidar sus propios intereses, o un entramado de personas que colaborando juntas tienen la capacidad de cambiarlo, a mejor. Lo que no sabíamos es que esas dos formas de mirar tienen su origen en dos formas de pensar, literalmente: al parecer los cerebros de conservadores y progresistas no funcionan igual.

No se trata tan solo de que determinadas características de la personalidad se puedan correlacionar con una u otra orientación ideológica; algo que ya se conocía. Según recientes experimentos los cerebros con diferente política reaccionan de modo diferente a los mismos estímulos. El análisis pretendía medir de qué manera reacciona la mente ante cambios en una rutina establecida, y de modo nada sorprendente reveló que las personas que se autodefinen como conservadores tienden a ser más pertinaces y siguen adelante aunque las circunstancias varíen, mientras que quienes se consideran a sí mismos progresistas (liberales, en la terminología estadounidense) son más flexibles y cambian con mayor facilidad.

Los científicos responsables del análisis han tratado de eliminar las connotaciones morales, positivas o negativas, de este hallazgo, que además se ha producido analizando un número muy reducido de casos (43). Pero es cierto que algo nos dice sobre nuestra naturaleza, y sobre la naturaleza de nuestras sociedades, el que haya dos perspectivas distintas dentro de nuestras cabezas, dos maneras de comprender lo que ocurre, dos formas de ver. Ninguna tiene por qué ser superior a la otra, y con toda probabilidad ambas se complementan. El enfrentamiento enconado no tiene mucho sentido si las diferencias están en nuestro cerebro. Negar al de enfrente sería como prohibir votar a quienes pesan demasiado o no llegan a una estatura mínima. Somos así: nuestra política está dentro de nuestra cabeza.

Imagen tomada de Wikipedia Commons; autor Christian R. Linder.