“Más tiran dos tetas que dos carretas”, o “Más tiran nalgas en lecho que bueyes en barbecho” son refranes que siempre me han gustado. Y no porque disponga de unas tetas así, a bote pronto, sino porque a veces, son ciertos como la vida.
Pero no quiero empezar por el final este resumen de Pekín Express, porque si empiezo por el final podría acabar confundiendo la cara con el culo y no me apetece darme el susto de verme un día con la cabeza en el retrete.
La cosa comenzó con Freire recibiendo su hándicap por haber sido él y Jota los últimos de la etapa anterior. La putadilla con la que tuvo que cargar eran dos pollos “rastafaris”, que eran iguales que un pollo normal, pero raquíticos y malolientes cual sobaco de estibador de puerto.
Los concursantes que fueron secuestrados en la edición pasada estaban encadenados en una antigua catacumba donde se encerraba a los esclavos de Zanzíbar. Sí, en el programa gustan mucho de pequeños lugares con encanto.
El caso es que allí tenían que quitarse nueve candados probando llaves de un manojo de 50. La décima llave la abriría su compañero cuando fuera a rescatarle.
Yo no me quiero imaginar el liazo que tuvieron que pasar los redactores para cuadrar cinco manojos de 50 llaves y que coincidieran con los correspondientes candados de las cadenas de los secuestrados. Dejaron sin llaves a media isla. Aún hay tanzanos que abren su puerta con los dientes.
Los rescatadores tenían que encontrar una llave (la décima) en la casa de un antiguo traficante de esclavos. Lo dicho, adoran los lugares románticos. Lo que no sé es como no hicieron una prueba en la letrina de Kunta Kinte.
Después, y montando en una carreta tirada por un buey, debían llegar a la catacumba y liberar a su compañero. Pedro fue el primero en llegar, en gran parte por su labor de ánimo al buey, al que llamó Meteoro y al que hizo unas trasfusiones de sangre oxigenada. Por lo menos.
Peeeero, cuando Pedro llegó a la cueva, Inés estaba aún por abrir dos de sus candados (todos los demás se los habían quitado ya) y se armó la de Dios es cristo.
Pedro se cogió un cabreo de los de “se me ha roto el papel higiénico y me he manchado los dedos” y se puso a chillarle a Inés e Inés, que no es de las que cargan con las culpas se puso histérica.
Pero no histérica de “estoy nerviosa”, no, histérica de “os voy a enseñar la parte de atrás de los ojos”. Si en ese momento entra en la cueva Freddie Krueger, sale acojonado.
Inés, que es muy de medir sus reacciones se enfadó encima con el programa, vete a saber por qué y se puso a quitarse el micro mientras echaba pestes por la boca que habrían hecho sonrojarse a Terminator.
Después del espectáculo de fieras, los dos tortolitos (si tortolitos significara “te arranco la yugular de un mordisco”) tuvieron una conversación en la que Inés dejó claro que lo que más le jodía era haber montado el espectáculo ante las cámaras.
“Me cago en los pasaportes, en el programa y en todo”, dijo, y añadió “somos una mierda”. Pedro, que a estas alturas tiene un trono ganado junto al de Dios, le dijo que cuando volvieran a España, que le dejase. A mi me sonó a “cuando volvamos a España, libérame de este tormento”.
El caso es que fue Freire el primero en liberar a su compi, Jota y los dos fueron los primeros en llegar hasta J. V. consiguiendo los primeros pasaportes para Sudáfrica. Sólo quedaban 3 pares de pasaportes para cuatro parejas.
El jodío de Jota, que es muy original, se subió al barco de los ganadores y no se le ocurrió otra cosa que agarrarse al mástil y gritar “¡¡soy el rey del mundo!!”. Sí, se parecía a Di Caprio lo que un huevo a una castaña.
El siguiente par de pasaportes se los disputaron Inés y Pedro y las hermanas Sevillanas, las dos parejas que llegaron antes al punto fijado. La cosa iba de buscar unos remos en unas redes llenas de pescado podrido, arrastrar una canoa hasta el agua y remar hasta el barco de Jota y Freire.
Si la supervivencia de la humanidad hubiera dependiera de un trayecto en barca de Mar y Vanesa podríamos darnos por jodidos. De hecho, aún a pesar de salir primeras y de que Pedro e Inés tienen las mismas nociones de navegación que una verruga, llegaron primero. “Cabrón, hijo de puta”, fueron los bonitos motes cariñosos que Inés le dedicó a Pedro mientras remaban.
Antes de disputar el tercer par de pasaportes tocó buscar alojamiento. David y Cuqui, que tienen una flor en el culo, encontraron el restaurante del único puñetero español de Zanzíbar, Jorge, que regenta el Manduka. Y claro, se pegaron un cenote de padre y muy señor mío.
Mientras, Jota y Freire e Inés y Pedro en su hotel de lujo de ganadores de pasaporte mataron el tiempo poniendo verdes a Mar y Vanesa. Sí, es un entretenimiento que se lleva mucho.
Mientras, las muchachas sevillanas se dedicaban a hacer uso de sus encantos (tienen dos cada una) para que un camarero local las invitara a copazos. Y qué copazos, amigos, unos pelotazos de garrafón a palo seco que no se lo bebe un camionero ruso.
A la mañana siguiente, claro, tenían una resaca de esas en las que desearías una guillotina para no tener que soportar la cabeza. Pero eso no fue lo peor, lo peor fue la camisa de J. V., que está declarada non grata en 70 países. Joder, más fea y el sastre se arranca los dedos a bocados después de coserla.
El siguiente par de pasaportes se tenían que conseguir llegando a un almacén de especias y consiguiendo unas hojas de la planta de la que se extraían cinco especias en concreto. Se lo jugaron entre David y Cuqui y los hermanos gallegos, porque las Sevillanas no fueron capaces (ni siquiera con sus senos) de encontrar un coche.
Aprovecho para apuntar (porque no me acuerdo en que parte del programa fue) la ocasión en que un coche pasó de los gallegos pero sí paró a las sevillanas. “Cogen a las que tienen tetas“, reflexionaron Chinto y Pablo.
Después de lo de las especias había que irse a una plantación de algas y bucear hasta encontrar los pasaportes. David y Cuqui llegaron los primeros y ganaron. Eso sí, a mi Cuqui me dio un susto que he tenido que lavar la funda del sofá, porque se me escapó el pis del grito que pegó la jodía cuando encontró los documentos.
Así que el último par de pasaportes se lo jugaron entre las sevillanas y los gallegos. Antes de deciros qué pasó os recuerdo que los chavales llevan todo el programa perdiendo baba por ellas y que las han ayudado hasta la saciedad.
Pues bien, la cosa iba de encontrar una puerta en concreto entre todas las de la ciudad (una muy bonita, de esas que pones tú en casa y al vecino de enfrente le da un infarto al salir al rellano). Las Sevillanas, como son ellas, cogieron por banda a un pobre lugareño y le tuvieron corriendo por toda la ciudad, haciéndoles de guía.
El chaval estuvo a punto de echar el higadillo, pero claro les facilitó mucho la tarea a las muchachas. Tanto, que ganaron ellas. Sí, Chinto y Pablo se quedaron fuera.
Muy significativo fue que las otras tres parejas quedaron decepcionadas por el resultado. Vamos, que no quería que ganaran las Sevillanas ni el tato.
Peeeero, no contentos con haber perdido frente a las que habían podido eliminar en varias ocasiones, los gallegos, encima, les regalaron sus tres amuletos. Aquí es donde entran a jugar lo de las tetas y las carretas.
Y así quedaron las cosas, amigos.
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