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¿Qué fue de? ¿Qué fue de?

"Si eres una estrella del deporte, eres una estrella del deporte. Si no lo consigues, te conviertes en entrenador. Si no eres capaz de entrenar, puedes ser periodista". Desmond Lynam, comentarista deportivo.

Quién fue… James Connolly

John Connolly, un humilde pescador irlandés llegado a Boston, Massachussets (junto a Nueva York la ciudad más irlandesa de Estados Unidos) a causa del hambre en su país, tiene con su esposa Ann O’Donnell 12 hijos. Uno de ellos es bautizado con el nombre de James Brendan Bennet Connolly, nacido el 18 de octubre de 1868.

Debido a las pobres condiciones de vida, el pequeño Jamie, como le llamaban, pasa más tiempo en las calles del barrio de South Boston (lleno de irlandeses de clase trabajadora) que en otro lugar. Como en muchos otros casos, la calle se convirtió en la mejor de las escuelas. Aunque sí que fue al colegio, al instituto ni llegó.

De jovencito empezó a trabajar en una correduría de seguros y poco después, en el cuerpo de ingenieros del Ejército de los Estados Unidos. Alistado con ellos en Savannah, Georgia, es cuando empieza a dedicarse en serio al deporte, siendo uno de los fundadores del equipo de fútbol americano y de ciclismo de su unidad. Pero a pesar de no pasar por la educación secundaria, Connolly tenía más altas miras y por su cuenta se preparó un examen de acceso a la Universidad de Harvard, nada menos, y entró.

En 1894, mientras, nace el Comité Olímpico Internacional de la mano del barón de Coubertin. Se decide que en la primavera de 1896 se celebrarán los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna en Atenas. Connolly decidió acudir a los Juegos para probar suerte en atletismo, en concreto en las pruebas de triple salto, salto de longitud y salto de altura.

Se da la circunstancia de que para abandonar las clases y acudir a Atenas, Connolly necesitaba un permiso especial de la Universidad. Lo pidió y se lo denegaron. Le explicaron que su única opción era dimitir como alumno y luego volver a pedir la entrada en la Universidad. Ante tal situación, Connolly escribió a los mandamases de Harvard y les dijo: “No dimito ni pido volver a entrar. Estoy acabando con Harvard ahora mismo. Buenos días”. A pesar de esa bravuconada, Connelly recibió un permiso para acudir a Atenas.

Pagándoselo de su propio bolsillo, Connolly viajó en un carguero alemán hasta Nápoles, donde debía de coger un tren hasta Atenas. Se da la circunstancia de que nuestro héroe sufrió un robo nada más desembarcar y casi pierde los billetes, si bien los recuperó tras perseguir al ladrón. Finalmente y con el tiempo justo, llegó a Atenas.

El 6 de abril de 1896 fue el primer día de competición y en esa jornada se celebró la primera final, la de triple salto. Con una marca de 13,71 metros (más de un metro que el segundo clasificado), James Connolly se convertía en el primer campeón olímpico de la historia moderna. No fue el primer oro porque en aquella época se daba una plata al primero y un bronce al segundo, pero a efectos estadísticos, sí que se considera oro. Habían pasado 2.283 años desde la última vez que alguien se proclamó campeón olímpico. Fue un ateniense llamado Zopyrus, que ganó la competición de lucha.

Después, consiguió un segundo puesto en salto de altura y un tercero en salto de longitud. Tras su experiencia olímpica, regresó a su barrio como un héroe y entre todos los vecinos le regalaron un reloj de oro.

En París 1900, Connolly volvió a competir, pero sólo logró el segundo puesto en triple salto. Y cuatro años después volvió a estar presente en los Juegos de San Luis 1904, pero como periodista. Connolly, que nunca volvió a Harvard, se convirtió en reportero y estuvo de corresponsal en la guerra entre Estados Unidos y España. Empezaba así una carrera de letras que le llevó a escribir 25 novelas, 200 relatos cortos y ser también corresponsal en la I Guerra Mundial. Su desprecio a Harvard se retrata también en que muchos años después, la prestigiosa universidad le ofreció un doctorado honoris causa que él rechazó.

El 20 de enero de 1957, con 88 años, John Connolly fallecía en Nueva York. Hoy queda de él una estatua en su barrio de Boston y algunas medallas en una biblioteca de Maine. Quizá poco tributo para un hombre que tiene un hueco en la historia, pues no en vano es el primer campeón olímpico de la historia moderna.

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