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‘El tigre’, de William Blake (1757 – 1827)

¡Tigre! ¡Tigre!, reluciente incendio

En las selvas de la noche,

¿Qué mano inmortal u ojo

Pudo trazar tu terrible simetría?

¿En qué lejanos abismos o cielos

Ardió el fuego de tus ojos?

¿Sobre qué alas se atreve a elevarse?

¿Qué mano se atrevió a tomar el fuego?

¿Y qué hombro, y qué arte

Pudo torcer el vigor de tu corazón?

Y cuando tu corazón empezó a latir,

¿Qué espantosa mano? ¿Y qué espantosos pies?

¿Qué martillo? ¿Qué cadena?

¿En qué horno estaba tu cerebro?

¿Qué yunque? ¿Qué espantoso puño

Osa abrazar su mortales terrores?

Cuando las estrellas tiraron sus lanzas

Y mojaron el cielo con sus lágrimas,

¿Sonrió al ver su obra?

¿Aquel que hizo al cordero, te hizo a ti?

¡Tigre! ¡Tigre!, reluciente incendio

En las selvas de la noche,

¿Qué mano inmortal u ojo

Pudo trazar tu terrible simetría?

Sería necesario un Oliver Sacks que tradujese al lenguaje clínico las visiones extáticas de este p(r)o(f)eta, pintor y grabador inglés. Si los dibujos de la monja medieval Hildegard eran manifestaciones de origen jaquecoso, quizá los de William Blake también sean explicables desde la fisiología. Paradójico destino para un enemigo de las ciencias físicas y la filosofía natural que detestaba a Locke y a Newton.

En cualquier caso, el poder de su imaginación (visionaria), unido a un cristianismo místico, vital y enérgico, y a su indudable don artístico dieron como resultado -en palabras de Cernuda- “un orden nuevo, iniciando experiencias que alguna generación futura pueda estimar dignas de continuación”. Esa generación bien pudo ser la de la segunda mitad del siglo XX: Aldous Huxley y sus ‘puertas de la percepción’, Carlos Castaneda y su ‘Don Juan’.

El tigre es uno de los poemas de su último ciclo poético, Cantos de experiencia. El poder de la imagen de una naturaleza oculta, cuya perfección resulta enigmática y hasta desoladora, es una de las características de esta poesía. Compárese con El Otro tigre de Borges:

Pienso en un tigre. La penumbra exalta

la vasta Biblioteca laboriosa

y parece alejar los anaqueles;

fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo,

él irá por su selva y su mañana

y marcará su rastro en la limosa

margen de un río cuyo nombre ignora

(en su mundo no hay nombres ni pasado

ni porvenir, sólo un instante cierto.)

NOTA: El lenguaje críptico y místico de Blake es un reto para los traductores de su poesía. Aquí hemos elegido la traducción que para Visor realizó Soledad Capurro, pero con un rápido vistazo en Internet se descubren otras diferentes. Por ejemplo, el verso “Tyger!, Tyger! burning bright”, aquí traducido por “¡Tigre! ¡Tigre! reluciente incendio”, en otros lugares aparece como “¡Tigre! ¡Tigre! que te enciendes en tu luz” o también como “¡Tigre! ¡Tigre! ardiendo brillante”.

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.