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‘Tetuán’, de Rodolfo Häsler (1958)

Dan ganas de llorar mientras la luz, tan limpia,
Se demora en caer sobre los cubos azules de la medina,
La luz es leche en el instante mortecino del crepúsculo
En su insistencia por una huída lenta.
Dejo de caminar mientras la actividad remite
Y los faroles de las esquinas dan irrealidad a la fruta,
Plátano o kiwi en un vaso, si dios quiere agua de azahar.
No hay límite entre las tinieblas y el ardor del día,
Las especias de los puestos callejeros confunden los montones
Que acaban en la cocina del restaurante de Abdulaziz
Donde adoban el pescado para freír, los calamares a la romana
Como aros amarillos en la lenta cocción de la tarde.
La gente aparece por todos los rincones, algunos van del brazo,
Tuercen por callejones laterales, suben escalones,
Se pierden a medida que el blanco se desvanece, el azulete,
El ocre, el manganeso más crudo, habitáculos donde la vida,
Desde un instante suspendido, levanta su guadaña
Sobre el olor espumoso de la menta.

Sus antepasados hablaban con naturalidad la “lengua de la Razón”. Eso explica su apellido. Que naciera en Santiago de Cuba se explica por razones todavía más coyunturales: la prosperidad del comercio internacional de materias primas.

Lo anterior, y su pasión por la descripción áurea, refinada y precisa, está contenida en los versos de Cabeza de ébano (librito publicado por la editorial Igitur -la misma que tiene publicados los poemas de Hugo von Hofmannsthal que algún día os traeré- en 2007).

A mí, que me gusta mucho la poesía descriptiva, la que trata con fidelidad y sin manierismos de sintetizar el ritmo de las ciudades, reconozco que los poemas de Rodolfo Häsler, desde Viena a Lima, me encantan.

Se nota en ellos, qué más se puede pedir, las poleas que suben y bajan los adjetivos -“las ciudades susurran palabras difíciles de alcanzar”- y la humildad no exenta de cabezonería de quien constantemente busca transcribir la “impresión de plenitud”.

IMAGEN: Los plátanos de Tetuán, J. Antonio Silva Sastre

Nacho S. (@nemosegu)