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Robert Graves y la Diosa Blanca

El clima del pensamiento pocas veces se ha descrito.
No es el terror de la escarcha caucasiana,
ni ese cavilante calor hindú
para el que un taparrabos y un plato de arroz
alcanza hasta que llega el pestilente monzón.
Pero, sin invierno, la sangre se adelgazaría;
o, sin verano, los hogares arderían demasiado.
En el pensamiento las estaciones coinciden.
El pensamiento tiene un mar al cual mirar, sin viajar;
colinas para quebrar el borde de un cielo blando,
que no deben escalarse en busca de un paisaje aún más blando,
pocos pájaros, lo bastante para los gusanos
cuyo destino no es volverse mariposas;
pocas mariposas, lo bastante para las flores
que son el lujo de un huerto henchido;
algunas veces, viento, en las chimeneas del atardecer;
lluvia en el techo del alba, en la mirada adormecida;
rayas de nieve en la cumbre de la colina, alimentando
el tierno arroyo a la entrada del valle
que reverdece el valle y parte los labios;
el sol, simple como un vecino del campo;
la luna, grandiosa, sin nubes que la adornen.

Con caligrafía infantil sobre su tumba del cementerio de Deià está escrita una sola palabra: poeta. Su faceta menos conocida incluso entre aquellos que, aficionados a la (buena) novela histórica, siguen devorando sus sagas de mitos y emperadores.

Hace unos años se inauguró su casa-museo de Ca N’Alluny. No he estado y no creo que lo haga. Por lo que he leído, Deià ya no es el pueblecito apacible y preindustrial en el que vivió tantos años Robert Graves, al principio como un excéntrico, al final como un iluminado, y siempre invocando religiosamente a la Musa.

Robert Graves fue, ante todo y por encima de todo, poeta. “El primer poema que escribí como miembro de la familia Graves fue una traducción de una de las sátiras de Catulo”, confiesa en Adiós a todo eso, ejercicio de exorcismo de sí mismo y de la Gran Guerra, en la que combatió como oficial y fue herido en la batalla de Somme. Incluso entonces, la futura Diosa Blanca no le abandonó: Graves escribía poemas en las trincheras que guardaba en los bolsillos y mataba sus horas solo leyendo a Keats y a Blake.

El de la estirpe de los Von Ranke -guiño para el gremio olvidado- nunca entró dentro del canon moderno de los Ezra Pound (y compañía) ni tampoco fue jamás un epígono banal del estilo mandarín georgiano. Como dijo de él Alestair Raid, escritor y durante años amigo, Graves estaba convencido de que “en la poesía yacía una esperanza de cordura”. Versos carnales o descarnados. Versos terapéuticos.

El poema: El clima del pensamiento (En Cien Poemas, Lumen, Barcelona, 1981).

IMAGEN: robertgraves.org

– En el blog: Un poema de Keats y otro de Blake.

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