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Ramón Gaya y sus silencios

No es consuelo, silencio, no es olvido
lo que busco en tus manos como plumas;
lo que quiero de ti no son las brumas,
sino las certidumbres: lo perdido

con toda su verdad, lo que escondido
hoy descansa en tu seno, las espumas
de mi propio sufrir, y hasta las sumas
de las vidas y muertes que he vivido.

No es tampoco el recuerdo lo que espero
de tus manos delgadas, sino el clima
donde pueda moverme entre mis penas.

No esperar, mas tampoco el desespero.
Hacer, sí, de mí mismo aquella sima
en que pueda habitar como sin venas.

Una inconsciente trama de afectos une a los últimos poetas posteados. Trapiello los llama la generación de los solitarios, los difíciles. Yo os los voy trayendo poco a poco a todos, con más azar que necesidad. Hoy, Ramón Gaya. Su poesía, sus pinturas, sus diarios.

De atrás hacia adelante: hay algo más profundo que lo puramente estético en sus descripciones de la ciudad (Venecia, por ejemplo). Es una voluntad de anotar los efectos de la realidad sobre sí mismo. Una realidad que a los grandes artistas de la superficie les exalta, anega y hunde.

Esas palabras se transforman en sus cuadros en pinceladas delicadas, livianas, luminosas. El talento de Ramón Gaya para retener los instantes apagados, donde apenas sucede nada, es brutal. Sus paisajes negros de Cuernavaca, sus bodegones austeros, las miradas introspectivas de sus cuadros figurativos…

… o el silencio pintado, como en esta calle blanca de Altea, tan sólo otra forma de resolver el enigma que plantea su poesía (sin ir más allá, el soneto que publico sobre el silencio). Gaya amó el arte de Velazquez y Tiziano y los hizo soneto. Amó, a su vez, su oficio fundamental, y le sobró talento de escritor para dedicarle justos adjetivos, como estos que envuelven la mano del pintor:

(…) ni sabia, ni brutal, ni pensativa,
ni artesana, ni loca, ni ambiciosa,
ni puede ser sutil ni artificiosa;
la mano del pintor -la decisiva-
ha de ser una mano que se abstiene
-no muda, ni neutral, ni acobardada-,
una mano, vacante, de testigo (…).

IMAGEN: 1929 – Calle de Altea, Acuarela sobre papel – 43×32. Museo Ramón Gaya

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