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‘Múdanse tiempos, mudan voluntades’, de Luis de Camões (1524 – 1580)

Múdanse tiempos, mudan voluntades,

múdase el ser, se muda la confianza,

todo el mundo es compuesto de mudanza,

tomando siempre nuevas cualidades,

constantemente vemos novedades

contrarias al deseo y la esperanza;

nunca el recuerdo los crueles lanza;

quedan del bien, si le hubo, las saudades.

El tiempo cubre con florido manto

el suelo de cubrió la nieve fría,

y, en mí, convierte en lloro el dulce canto;

y ahora hace este mudarse cada día

una mudanza de mayor espanto:

el no mudarse ya como solía.

Cuando Portugal era una talasocracia en rivalidad fraterna con España, el contar con un gran poeta que cantara las hazañas épicas más allá del cabo de las Tormentas, rebautizado Buena Esperanza, era un punto a favor de los lusos. Luis de Camões es ese poeta de la epopeya de ultramar: “Cese el cantar al griego y al troyano / por los periplos grandes que siguieron; / cállese de Alejandro y de Trajano / la fama de victorias que tuvieron; / yo canto al pecho ilustre lusitano, / a quien Neptuno y Marte obedecieron”.

Ha pasado años desde que Portugal perdiera los últimos vestigios de lo que una vez fuera un vasto imperio colonial. De todo aquello, lo que mejor aguanta los embates del paso del tiempo es la poesía de Camões, como por otra parte sucede con los escritores de nuestro Siglo de Oro.

Camões sufrió en carne propia las penalidades de la guerra de conquista en la India como soldado, y luego como una polea más en el engranaje administrativo de los nuevos territorios. A su regreso a Lisboa, donde moriría diez años después, dedicó su genio a reflexionar sobre la experiencia, tanto personal como colectiva, que plasmó en Os Lusíadas.

Debido a la gran extensión de los cantos que componen su obra maestra, he preferido publicar de él este sabio soneto sobre la fugacidad de la vida en la juventud y el temblor del reposo final de la madurez, que tradujo en su día al castellano José María de Cossío.

Nacho S.