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‘Comí, comí, comí’, de Leonard Cohen (1934)

Comí y comí y comí,

no me perdía ni un plato.

¿Cuánto cuestan estas comidas?

Nos lo cobraremos en odio.

Yo gastaba mi odio por doquiera,

en cada trabajo, en cada cara,.

Alguien me concedió deseos

pedí un abrazo.

Varias muchachas me abrazaron, entonces

fui abrazado por hombres.

¿Es perfecta mi pasión?

Hacedlo de nuevo.

Yo era hermoso, yo era fuerte,

Conocía la letra de todas las canciones.

¿Os gustaron mis canciones?

Las letras que cantaste estaban equivocadas.

¿Quién eres tú a quien me dirijo?

¿Quién anota lo que confieso?

¿Eres acaso una maestra del corazón?

Un coro respondió Sí.

Profesores, ¿han terminado mis lecciones,

o debo tomar alguna más?

Rieron y rieron:

Hijo, no has hecho más que empezar.

Verano y Leonard Cohen: un oxímoron improbable que se está cumpliendo este 2009. Será que su hierático público comulga sin saberlo con aquella norma de Cioran: sólo invalido mis ilusiones para excitarlas mejor.

De un tiempo a esta parte, al provecto bardo se le perdonan todas sus excentricidades (extensiones de su genialidad, que sin duda atesoró), incluso aquellas groseramente deformadas por los mismos que glosan su figura, con tal de que se conserve en un formol deliberadamente oscuro y puntualmente mesiánico sobre los escenarios.

Los buenos letristas son letristas y no poetas. Ser poeta no implica una naturaleza más elevada ni tampoco un salvoconducto honorífico para quien escribe bellas canciones, aunque a veces la ausencia de un adjetivo apropiado al sentimiento nos tiente y cedamos a la confusión profesional.

Leonard Cohen es un excepcional letrista… y poeta. De su obra literaria, igual de sugerente que la musical pero pelín más lúgubre, quejumbrosa e incorrecta, destacan los libros Flores para Hitler, La energía de los esclavos y Parásitos del Paraíso. A este último pertenece el poema de hoy.

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.