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Archivo de la categoría ‘Kostas Karyotakis’

‘Préveza’, de Kostas Karyotakis (1896 – 1928)

Muerte son los pájaros que chocan

contra los negros muros y los techos,

muerte las mujeres que hacen el amor

como si pelaran cebollas.

Muerte las sucias, insignificantes calles

con sus ilustres y pomposos nombres,

los olivos, el mar en torno, y aún

el sol, muerte entre los muertos.

Muerte el inspector que verifica,

en la balanza, una porción incompleta,

muerte los nardos en el balcón

y el maestro con el diario.

Base, Guarnición, Regimiento de Préveza.

El domingo escucharemos la banda.

Abrí una cuenta en el Banco,

primer depósito: treinta dracmas.

Caminando lentamente hasta el muelle,

“¿existo?”, digo, y luego: “¡no existo!”.

Llega el barco. Izaron la bandera.

Quizás viene el señor Prefecto.

Si al menos, entre estos hombres,

uno muriera de aburrimiento…

Silenciosos, apesadumbrados, con modos graves,

todos nos divertiríamos en su entierro.

Mi amigo Distópico me escribe un correo con un asunto, ‘Karyotakis’, y este texto: “Un suicida de los de antes, de los que trabajaban de ocho a tres y después se pegaban un tiro“. Un día después me envía una antología en PDF de poesía griega contemporánea. Como si me hubiera salvado el verano.

Su muerte. En efecto, Kostas Karyotakis (contemporáneo de Kavafis) fue un suicida comme il faut. Lo intentó una vez tirándose al mar, pero era demasiado buen nadador y (aún) un pésimo suicida. Lo lograría poco después en la pequeña ciudad de Préveza, adonde su profesión de funcionario público de salud (“trabajo salarial, pequeñas preocupaciones, papeles montones /y hoy me esperan como siempre tristezas deplorables”) le había llevado contra su voluntad. “Después de aprobar todos los placeres, estoy preparado para morir indignamente”, escribió en una nota final.

Su poesía. Mordaz (“todos los funcionarios se disuelven y se consumen / como pilas eléctricas de dos en dos dentro de las oficinas”), irónicamente lúcida (“sobre la arena las obras se erigen grandes de los hombres/y como un niño las demuele el Tiempo a patadas”) y melancólica, quizá mucho (“mientras camino, desde arriba me sigue una sombra como una nube pesada o plumas de aves fatídicas”).

NOTA: Traducción de Horacio Castillo para la antología de la editorial argentina Vinciguerra.

Seleccionado por Jesús Pérez Caballero y comentado por Nacho Segurado.