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Archivo de la categoría ‘Emily Dickinson’

‘449’, de Emily Dickinson (1830 – 1886)

Morí por la Belleza — pero apenas

en la Tumba yacía

Cuando a uno que murió por la Verdad dejaron

En la Estancia contigua —

Me preguntó en voz baja la causa de mi muerte.

“Por la belleza”, dije-

“Y yo — por la verdad — las Dos son Una sola —

Somos Hermanos”, dijo —

Así, como Allegados que de Noche se encuentran —

Hablamos a través de los Muros —

Hasta que el Musgo hubo alcanzado nuestros labios —

Y cubierto — nuestros nombres —

449

I died for Beauty — but was scarce

Adjusted in the Tomb

When One who died for Truth, was lain

In an adjoining room —

He questioned softly “Why I failed”?

“For Beauty”, I replied —

“And I — for Truth — Themself are One —

We Brethren, are”, He said —

And so, as Kinsmen, met a Night —

We talked between the Rooms —

Until the Moss had reached our lips —

And covered up — our names —

El puritanismo protestante de Nueva Inglaterra en el que fue educada y una vida adulta conscientemente retraída, doméstica, apaciguada, no han sido óbice para que los estudiosos lleven más de un siglo ocupados en destejer los inextricables misterios de la vida y obra de Emily Dickinson. Más de mil cartas (“Ésta es mi carta al Mundo / Que nunca Me escribió”) y dos mil poemas (salvo un puñado, todos publicados tras su muerte) son un legado tan jugoso como dado a las conexiones más disparatadas, como por ejemplo, interpretar sus versos en clave lacaniana.

(Una interpretación no psicoanalítica de uno de sus poemas y ajena a la frecuentemente previsible crítica literaria convencional, la ofreció el psicólogo evolutivo Steven Pinker en el capítulo que dedica en La tabla rasa a los vínculos entre las artes, la naturaleza humana y las ciencias físicas. Escribió Dickinson: “El cerebro es más grande que el cielo. / Si los pones uno junto a otro, El primero contiene al segundo”. Habla Pinker: “Este primer verso expresa la grandeza de la idea de una mente que responde a la actividad del cerebro. En su asombrosa complejidad para imaginar mundos reales y ficticios, el cerebro, qué duda cabe, es más grande que el cielo”.)

NOTA: Traducción a cargo de Amalia Rodríguez Monroy

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.