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Eduardo Jordá, bendito outsider

Los míos no dejaron documentos.
Nada se sabe de ellos, más allá
De algunas conjeturas. Fueron pobres,
Nunca hicieron preguntas, aceptaron
Todo cuanto el buen Dios les destinó.
Comieron, engendraron y murieron
Sin orgullo y sin odio, jubilosos
Si llegaban a viejos, y afligidos
Si debían marcharse antes de hora.
En catalán se amaron e insultaron,
Y el catalán se despidieron de este mundo,
Y me siento un traidor al evocarlos
En una lengua que ellos no entendían.
Dejaron pocas fotos, escasas posesiones,
Ningún escudo heráldico. Fueron campesinos,
Cocheros, empleados, cocineros:
Gente sin importancia que no ensució la Historia
Porque la Historia, por suerte, no se acordó de ellos.
Si protestaron, siempre fue en voz baja.
Los oyeron sus hijos, sus mujeres, sus amos,
Pero nunca el buen Dios, duro de oído.
Y ahora están mezclados con la tierra
Y forman el paisaje de un suburbio.
Son esquinas, colmados, adoquines
Y cafés llenos de humo. Son caballos
Rodeados de tábanos. Son tapias.
Son plazuelas desiertas con farolas,
Tal vez cascotes, grúas, barro. Sé
Que nadie los reclama ni recuerda.
Con ellos no fue próspera esta isla,
Ni tampoco más pobre. Nada deben.
Nada importante hicieron o dejaron.
Ni siquiera yo sé cuál es su historia,
Y aunque la conociera, también sería inútil.
¿Quién podrá redimirlos, devolviéndoles
Todo cuanto les fuera arrebatado?
De nada servirán estas palabras.
Irán, como las vidas de los míos,
Como su amor y su fe, su alegría
Y su temor, a perderse muy pronto
En esta oscuridad que nos envuelve.

Alguien que se atreve a escribir un poema sobre los últimos días de Montaigne es alguien que ha renunciado a todos y cada uno de los privilegiados maleficios de las modas literarias. Este alguien es Eduardo Jordá, un solitario sin impostura, un poeta tardío y articulado, un defensor de la emoción y un enemigo del solipsismo (cortesía que seguro que todos celebramos).

Seguro que más de uno de vosotros ha leído sin saberlo, como hice yo, novelas traducidas por él. Algunos menos -quizá- supierais de su vena poética. Mi conocimiento en este caso es reciente, pero la adhesión inmediata. La culpa la tiene estrofas como esta: “Pero la vida es un hábito / de hastíos y renuncias. / Y a fin de cuentas, la belleza / más deslumbrante acaba siendo, / tarde o temprano, un caldero roto / despreciado por cíngaros y grajos”.

Sus poemas emanan serenidad, ternura. Es un oficio difícil moldear sentimientos y acciones con una delicadeza tan sabia, tan poco barroca y tan poco exaltada (“la frágil ebriedad de los sentidos”). Tentado he estado de traeros Paseo nocturno por la Ku’ Damm, pero pensándolo bien no todo el mundo tiene la obligación de sentir la misma admiración que yo por Joseph Roth. En cambio todos, o casi todos, tuvimos antepasados que “no dejaron documentos”.

IMAGEN: José Manuel Vidal (http://telaviv.cervantes.es/il/default.shtm)

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