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Archivo de la categoría ‘Anne Michaels’

‘A la llegada’, de Anne Michaels (1958)

Será en una estación

con techo de cristal

tiznado de hollín

de los trenes y

abrazados milla a milla

de la llegada. No se

soltarán en todo el largo viaje,

su brazo en la curva

del deseo de ella. Caminando por una ciudad

que apenas conocen,

observando a mujeres con taleguillas

darle monedas a un cura para los veteranos de guerra;

al encontrarse con la iglesia en un agujero

del viejo muro que cruza la ciudad, la cúpula

ocupando exactamente el agujero,

como un ojo. En la morada

del invierno, bajo una madriguera

de mantas, le hace entrar en calor

cuando salta dentro desde el aire.

Hay camino por el cual nuestro cuerpo

deja de pertenecernos, y cuando él la encuentra

hay posada al fin

para aquellos a los que aman,

en el lugar que él encuentra

que ella encuentra, cada palabra de la piel

una decisión.

Hay tierra

que nunca se suelta de tus manos,

lluvia que nunca cesa

en tus huesos. Palabras gastadas que se desprenden

de nosotros porque sólo pueden

caerse. Ellos no se

soltarán porque hay un tipo de amor

que se desprende del amor,

como las piedras de

de la piedra,

la lluvia de la lluvia,

como el mar

del mar.

Su trabajo minucioso y paciente (su producción es escasa y dilatada en el tiempo) parece hecho de la misma naturaleza física que el tiempo geológico. Anne Michaels posee la rara virtud poética -pero sobre todo moral- de contar con la ciencia, de resultar abrumadoramente cálida a pesar de escribir así: “Si el amor te elige, de repente / tu pasado se convierte / en una ciencia obsoleta. Mapas viejos, / teorías refutadas, un diorama”.

Cuando Michaels llama al cerebro “perla rugosa en el lodo negro” o pugna por nombrar “el único momento del día / en que la teoría del quantum parece razonable“, uno se alegra de haberse olvidado ya de cierta poesía pre-preindustrial que no habla “del choque de electrones” para que no la acusen de cientifista o, peor, de falta de sensibilidad.

“Todo amor es un viaje por el tiempo”. La poesía de esta canadiense mezcla en una probeta estos tres ingredientes básicos: amor, tiempo y memoria. De la memoria hace estratos de tierra, del tiempo “pasado con la forma de un largo hueso” y del amor un proceso minucioso que desemboca en “una verdad tan pequeña que se palpe con la lengua”.

NOTA: Traducido del inglés por Jaime Priede.

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado. (En Twitter: http://twitter.com/nemosegu.)