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Archivo de Mayo, 2011

Lou-Andreas Salomé, mucho más que la musa de casi todos

Aunque estés lejos, te contemplo.
Aunque estés lejos, te entregas a mí
En un presente que nada puede destruir.
Rodeas mi vida, eres mi paisaje.
Me envuelves una y otra vez con tu risueña grandeza.
El sol despunta sobre tus altas iglesias,
Asciende sobre tus orillas amplias, infinitas,
Ilumina tus bosques cada mañana.
Cuando vuelva a oscurecer,
El cielo de junio iluminará la noche;
Cuando llegue la madrugada, el agudo graznido
De las gaviotas atravesará la niebla que cubre tus olas…
¡Aunque no hubiera reposado en tus orillas,
No habría dejado de conocer tu grandeza,
Porque la marea de mis sueños
Me lleva hasta tus enormes soledades!

Cuántas carreras académicas se habrán construido en torno a aquella frase enigmática: “Ya no recuerdo si besé a Nietzsche en Monte Sacro”. Si el solitario de Sils-María pidió o no matrimonio a Lou-Andreas Salomé importa solo a un puñado de puntillosos biógrafos, más pendientes de la anécdota que de la categoría, pero no quita para que su figura siga siendo indefectiblemente carne de mitomanías.

Una mujer inteligente y culta en medio de hombres cultos, inteligentes… y a menudo soberbios. Una intelectual desafiante en una época trascendental para la historia de las ideas políticas, y por ende del progreso, cuestión esta a la que la escritora dedica párrafos religiosos y premonitorios:

El progreso comporta una reformulación de la vida que implica muchas luchas y, en ocasiones, hasta la muerte de una belleza única en su género, irrepetible.

Lou-Andreas viajó y escribió mucho. Italia, Francia, Alemania. Novela, ensayo, poesía. Quizá su viaje más recordado fue aquel que hiciera junto a Rilke, ¿su verdadero amor?, por la Rusia que despertaba al nuevo siglo. Un viaje al fondo del alma rusa (ese escurridizo y etnográfico sujeto de estudio).

De aquel viaje, recientemente editado en castellano por la editorial Gallo Nero, una Lou-Andreas ya madura e interesada en cuestiones vagamente psicológicas, liba las contradicciones de un campesinado entrañable y seco al tiempo que escruta a escritores y pintores que personifican el raro equilibrio entre la tradición y la modernidad, lo vulgar y lo sublime.

En estos diarios, sin “sombra de melancolía”, Lou-Andreas intercala este poema (Volga) que hoy publico. Un poema nostálgico hasta la médula, como todos los que tienen por objeto cualquier río.

TRADUCCIÓN
: Roberto Bravo de la Varga para Gallo Nero

IMAGEN: Lou junto a Nietzsche, en un viaje por Italia en 1882.

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Paul Morand, la poesía asombrada de un prototurista comprometido

Para aquel que no quiere ver
Que las dictaduras, los vértigos, las doctrinas,
Las drogas,
Las orquestas, las herejías, los horizontes
Están cuestionados.
No habría que confundir
El sistema de alcantarillado y el motocultivo
Con el paraíso.
Algunos han resbalado sobre esta viscosa palabra: lujo
Y se han matado.
Hemos advertido el fallecimiento
De un gran número de comerciantes franceses
Que había  querido dejar de pertenecer a
Órdenes contemplativas.
Un ministro negro inaugura el osario:
Con un arrebato cabruno.
Cogió por la cintura a la cantante subvencionada
Que recitaba la oda fúnebre
En un vestido de pana naranja
Con encajes de Irlanda en las mangas,
Y el himno a la producción se le quedó en la garganta.
El combate entre gordos y flacos terminó.
Las masacres entre flacos empiezan.
Un jugador de golf no produce calorías.
Si hay que quitar refinamientos
No se perderá gran cosa.
Muchedumbres cargadas de odio
Paciendo la desconfianza en los pastos de asfalto
Vacilan a la hora de las bebidas heladas,
Sobre un mundo anémico por sangrientas locuras.
Escalas pobres, catálogos de sensualidad,
Ninguna evasión por este lado.
Sin arriesgar encantamientos
Podemos hacer el peritaje de nuestro corazón:
El peso del mundo está mal repartido,
Hay que volver a empezar desde cero,
Hay que volver a empezar desde el nivel de la tierra
Y del mar.
Prestad vuestra ayuda a una obra de caridad:
Hay que volver a hacer el mundo.

La educación sentimental de Paul Morand pertenecía al mundo de ayer. Un mundo asombrado por la máquina, pero no temeroso todavía de su siniestra sombra. Su Nueva York, por ejemplo, no es todavía el Nueva York de Lorca ni tampoco el de –rescato del naufragio el último post– alucinado Maiakovski.

Morand, prototurista, viajó desahogadamente por medio planeta. La usual prisa del viajero, en su caso, era compatible con la prosa poética del observador penetrante y cómico. La superficie bastaba para él. Sus notas y sus poemas tienen algo de flâneur (“He cenado / el mundo me parece ligero / como después de un baño turco”), aunque la ausencia de altivez son un alivio para nosotros, lectores que añoramos vivir al menos una aventura que no sea vicaria.

Umbral, que lo elogiaba a menudo, decía de él que “tenía el gusto de conocer por conocer”. Juan Bonilla, que prologó la última antología en castellano de su poesía, lo rescataba de un olvido discreto con estas palabras: “Su obra está llena de cosas materiales, resulta difícil verlo esconderse en abstracciones”.

PD: Además del poema que encabeza este post, Cura de primavera, muy propio para estos días que estamos viviendo, os dejo aquí otro, en cierta medida su espejo. Se podría calificar de conservador, en el sentido más radical y limpio de la palabra:

Para que tantas cosas malas,
Que aún persisten, fueran destruidas
¿era necesario destrozar
Tantas cosas buenas que ya nunca serán?

TRADUCCIÓN: Marie-Christine del Castillo (Ed. Renacimiento, 2007)

IMAGEN:
Paul Morand, en 1928 (por Berenice Abbott).

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Maiakovski en el Imperio

Al montarse

el sexteto

de los continentes,

le tocó el poder mesiánico:

Tiene una ciudad

hecha de componentes

electro-dinamo-mecánicos.

En Chicago:

14.000 calles,

rayos de soles-glorietas.

De cada una:

1.000 callejones,

no los recorre el tren ni en un año.

¡En Chicago el hombre es un extraño!


Lorca no fue el único poeta en Nueva York
. A la ciudad que emergía como centro del mundo también viajó un ruso. Un marxista (entonces) muy convencido, un poeta del pueblo, un alucinado del arte de vanguardia.

La megalópolis que Julio Camba bautizara felizmente como “automática” era el lugar perfecto para experimentar las contradicciones del capitalismo triunfante y comprobar in situ la primera venida del Futurismo a la Tierra.

Ese poeta era Maiakovski. Años antes de la caída, en 1925. Apenas un joven que cruzaba el Atlántico en primera diseccionando enemigos de clase (“la primera clase vomita donde le da la gana, la segunda, sobre la tercera y la tercera sobre sí misma”).

Un escritor en su cima. Recibido primero por el muralista Diego Rivera a su llegada al México posrevolucionario de las corridas de toros y los excéntricos teóricos del comunismo, y agasajado luego en las conferencias que pronunciaba ante las masas obreras en Nueva York, Detroit y Chicago.

Sobre esta última ciudad, “que no se avergüenza de sus fábricas ni las esconde en los suburbios”, Maiakosvski había escrito años antes de visitarla un poema. Un poema de ficción, como él lo llamó, sobre una ciudad ajena a lo ostentoso y que olía a matadero.

PS. La idea de publicar este poema me vino tras leer América (editorial Gallo Nero), un librito excelente editado recientemente con las notas -algunas certeras, otras premonitorias, otras absurdas- del curioso viaje que el poeta ruso realizó por EE UU.

IMAGEN: Chicago en la década de los Veinte (http://heckeranddecker.wordpress.com/)

Otro poema –¡A todos!– de Maiakovski en el blog.

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