Afortunadamente, hay otros Marruecos
Las vacaciones de Semana Santa han traído hasta el país magrebí a miles de personas en cientos de coches todoterreno que, en caravanas de varias decenas a veces, van por ahí arrasando con todo. “Arrasar con todo” no quiere decir que se lleven por delante a la gente o que destruyan espacios naturales o lo que pillen, no. Digo esto, más bien, por ese efecto de “intimidación” y “poder” que parece que ejercen estos coches y sus ocupantes sobre la gente; por la agresividad con la que se comportan con el paisaje... Y, encima, el 99% de los que han venido hasta aquí, se han dirigido al mismo lugar: ¡Al desierto! ¡A las dunas de Merzuga! ¡A Zagora!... De modo que aquella inmensidad silenciosa, abierta, de dunas sin fin, hamada (desierto de piedras) y camellos, se convierten, estos días, en una especie de plaza pública que celebra una verbena continua. El ruido de las ciudades españolas se alarga hasta los confines del desierto marroquí.
Afortunadamente hay otros Marruecos. Por circunstancias, yo también estoy viajando por el país; los que me acompañan espero que disfruten de este viaje... “¡Al desierto, propiamente dicho, no vamos a ir!”, les anuncio. Viajaremos siguiendo la costa... Espero que a ustedes les guste también el viaje.
Desde Tánger... Siempre podrán detenerse en Asilah, Larache, Rabat, Casablanca... pero dejaremos estos lugares para otra ocasión, cuando el viaje sea breve (que son ciudades que están más cerca de España), y ahora, si les parece, empecemos haciendo la primera parada en Azemmur, ciudad de origen fenicio, en la misma desembocadura del Rbia, el principal río de Marruecos. Tiene una bonita medina y una kasba que merecen visitarse... El Jadida, apenas 20 kilómetros más al sur, guarda aún las huellas de su origen portugués; amurallada y antigua; con una inmensa playa. Universitaria. La cisterna portuguesa —quizá la joya más emblemática de la ciudad— es un aljibe subterráneo, de 34 x 33 metros, coronado de arcadas y bóvedas perfectamente conservadas. En ella filmó el genial Orson Welles su mítico Otelo... Y la inmortalizó para siempre.
A 80 kilómetros más al sur, siguiendo la ruta costera, está Oualidia, el paraíso del marisco y las ostras...

