He asistido a espectáculos asombrosos haciendo cola en este país. Como por ejemplo, en la frontera con Ceuta, cuando, en más de una ocasión (¡no una vez ni dos, en muchas!) el ansia o la impaciencia, ¡qué se yo!, el “yo paso primero por cojones”, el “a mi no me pisa nadie” o eso de “voy metiendo el morro y ya veremos…”, llegó a taponar… no los tres carriles que había entonces para pasar a Ceuta, no, también ¡los dos de entrada a Marruecos! Por lo que, a dos kilómetros de la frontera, esta se “sellaba” con cinco carriles en dirección a Ceuta. Nadie lo entendía, pero así era.
Y esto viene a cuento porque recordando esta mañana mi última estancia en Nueva York donde tuve que hacer cola una hora y pico para subir el Empire State Building, una de las notas “agradable” (dicho entre comillas) de la experiencia, fue estar conversando con unos y con otros, sabiendo que nadie iba a adelantarte de malos modos, ni que nadie intentaría hacerte la puñeta…
Esto, en Marruecos, es imposible. ¡Imposible! Si acudes a pagar el recibo de la luz o del teléfono, o a la ventanilla de un banco cualquiera… a comprar en cualquier tienda, a poco que te descuides ya hay alguien metiéndote el codo o achuchándote para sacarte del mostrador… Pero lo mismo ocurre con los coches en los semáforos o en las rotondas, que nadie cede el paso ni deja salir a los que ya entraron… porque ellos también quieren entrar como sea… Así que se prepara un guirigay de cuidado.
Que alguien me lo explique… Yo tengo una teoría, pero… Pero prefiero que sea un viejo amigo profesor de Mekinés quién exponga la suya: “Marruecos es todavía un Estado joven”, dice. “De alguna forma, aún no hemos superado aquella condición de pueblo nómada. Así que, allí donde estamos nosotros… allí está nuestra casa, nuestro territorio; nuestro país en cierto mdo. Es decir, no tenemos interiorizado todavía ese concepto de espacio público, común, que hay que respetar y compartir. No nos sentimos suficiente ni conscientemente “tan ciudadanos” como para pensar que nuestros derechos, los de cada uno, acaban donde empiezan los de los otos”, pienso yo.
“¡Ah, entonces”, le dije, “ahora ya entiendo mejor por qué puedo encontrarme a dos amigos que detienen su automóvil en mitad de una avenida y se ponen a conversar tranquilamente montando un atasco del diablo… O por qué un anciano venerable, a lomos de su burro, avanza tan tranquilo, en dirección contraria a los coches, por el carril de aceleración de una autopista... (¡Eso lo he visto yo!)”
“Bueno, la mía sólo es una explicación… Supongo que habrá otras”, concluyó.
De épica y glorias pasadas dicen mucho los cementerios… En Tánger, el Cementerio de Perros, olvidado ya, y prácticamente cubierto de basura junto a un arroyo corrompido por el vertido de aguas fecales, es, sin embargo, un lugar para evocar la memoria de una ciudad encantada, cuando los europeos que vivían aquí, en los años 50, 60, 70… del siglo pasado, gozaban sin límites y hasta hartarse, según cuentan las malas lenguas.
Hay en Boubana, cerca del Cementerio Europeo, y entre el Campo de Golf y el Campo de la Hípica, como no podía ser menos, una lengua de tierra, en uno de los meandros que forma el arroyo de los Judíos, que todavía alberga cerca de dos centenares de lápidas mortuorias de perros. Lápidas dedicadas a “Maja, amie fidéle”, “a notre fidéle Bagherra”, “a Bodka”, a “Hugo des Zizaines, compagnon fidéle”, y otras tantas leyendas como “ciao, ben mio”, que acompañaron a otros tantos canes.
De hasta los años 90 reza la inscripción de alguna de estas lápidas. ¡Parece mentira que en tan sólo 20 años haya cambiado esto tanto! Pero el progreso lo engulle todo… Hoy este lugar está a punto de ser devorado par las máquinas escavadoras y los bloques de pisos.






Comentarios recientes