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Archivo de Noviembre, 2011

Muerte de azulgrana

A unos 8.000 kilómetros de España, en Yemen, los ciudadanos siguen intentando librarse del pegajoso presidente Saleh, que lleva 33 años gobernando. Es el país más pobre en la península arábiga, que es la de los más ricos, lo cual es un doble castigo: el progreso y el dinero pasan por delante de tus fronteras y ni los hueles. Hay 23 millones de personas y la mitad vive con dos dólares al día. Saleh lleva desde que le sorprendió la primavera árabe, a la que otros llaman simplemente la gran subida del pan, intentando controlar la presión de la olla, abriendo y cerrando válvulas como un alquimista sobón. 

El jueves hubo una manifestación de opositores a Saleh, que va a ceder (?) el poder al vicepresidente y a cambio se quiere blindar con una clásula de inmunidad. Él sabrá por qué. Antes quiso cambiar la ley para gobernar de por vida y también colocar de presidente a su hijo, por sus (co)genes. En esa protesta el ejército abrió fuego. Mató a los cinco yemeníes de la foto. Al joven de la izquierda la muerte le sorprendió con la camiseta del Barça. La misma que se puso para gritar un gol de Messi mientras nosotros, a 8.000 kilómetros, lo coreábamos en el mismo instante. El mismo chico que quizás decía “Guardiola” con acento yemení y entonaba desde casa los primeros versos de “tot el camp” que los culés cantan en el campo. Conectado con nosotros por las mismas fibras de la misma camiseta que roza también los pechos de los españoles y que a él le ha servido de mortaja, a 8.000 kilómetros y una democracia de distancia.

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Los monos y la campaña electoral

Hace poco escuché en directo al consultor y entrenador de golf sueco Kjell Enhager. Es de esos que te deslumbran por un rato, hasta que pasa media hora y te das cuenta de que todo lo que te dijo ya lo sabías, aunque no supieras que lo sabías. Usó una metáfora científica para hacernos reflexionar sobre el comportamiento gregario: se mete a unos monos en una habitación con una escalera, y al final de la escalera, unos plátanos. Cada vez que un mono pretende subir a por la fruta, sale agua desde el techo y se mojan todos. Solo lo intentarán unas pocas veces, entenderán rápido y a ninguno se le ocurrirá subir a por plátanos. Ahora se saca a un mono y se mete a uno nuevo, al que llamaremos X. Lo primero que hará será intentar subir a por los plátanos, pero el resto le gritará y se lo impedirá. Dejará de intentarlo aunque no sepa por qué. Ahora se saca a otro mono y se mete a otro nuevo, Y. Lo primero que hará será intentar subir a por los plátanos, pero el resto, incluido X pese a que nunca se ha mojado, le gritarán y se lo impedirán.

Así sucede también en los humanos. Hacemos algunas cosas sin plantearnos por qué, simplemente por contagio, porque está bien visto, porque siempre se hizo así. Como si la rutina fuera un valor, cuando es solo el resultado de una repetición. Me viene esto a la cabeza tras pensar en la campaña electoral y a pocas horas del mal llamado debate, que es un coladero de mensajes interesados, sin público, sin preguntas ciudadanas y con muy poco espacio para la improvisación: medio millón de euros para “que nada falle”. Sería de agradecer que algo fallara y nos sorprendiera… Me vienen los monos a la cabeza cuando veo en los medios de comunicación el despliegue por la campaña electoral, que es una herencia de la prensa del XIX. Cuando veo la calle Génova cortada porque una noche en concreto alguien ha decidido que es el “inicio de campaña”, como si no estuviéramos en ella siempre. Cuando somos los votantes los que nos tragamos actos y mensajes programados por los partidos, que no dejan preguntar, que prohíben el público, que rechazan un ciberdebate. Así ha sido siempre la campaña y así sigue siendo, sin que haya más reacción que el aburrimiento y el cambio de canal. Deberíamos ser los ciudadanos, y los medios, los que pusiéramos el menú y las dudas y que vinieran los políticos a servirlo y resolverlas en la campaña electoral. Aun a riesgo de mojarnos.

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Que se calle el ágora de Atenas

Por si a los brokers se les ha olvidado, en Grecia, hace solo unos miles de años, era inmoral ser un agnóstico político. Los ciudadanos (que no eran todos) participaban directamente en la gestión de lo público en la plaza pública, el ágora. Tanto era así que, como cuenta Indro Montanelli en su libro Historia de los griegos, fue justamente lo que mató, en parte, la civilización. No había expertos en casi nada, ni especialistas: lo primero era la política y eso dejaba poco tiempo para las profesiones.

Es irónico que los mercados, quizás desmemoriados porque son tan jóvenes, amenacen con las puntas de sus gráficos a las yugulares de los griegos cuando plantean un referéndum para ver qué hacen con su economía. Es curioso que ocurra en el país de los primeros parlamentos y de los filósofos como Platón, conocido así por sus anchas espaldas. Tan anchas como las que ponen ahora sus descendientes, penitentes del fallo mundial del sistema.

Antes de que la parejita de agencias hipotecarias Fanny Mae y Freddie Mac tuvieran que ser rescatadas por los Estados Unidos de América, en Grecia había bancos, pero se consideraba inmoral prestar con interés. Así que se hacía a través de ofrendas a los dioses. El dracma le daba mil vueltas al euro: se cambiaba por una medida de trigo en medio mundo. Mucho antes de que el FMI se inventara y se fabricaran sus sillones de piel y sus micrófonos para conferencias, Atenas propuso a los demás estados griegos un Banco Internacional en la Edad de Pericles. Tenía incluso presidente: Apolo de Delfos.

En la época de los tatarabuelos de los hoy vilipendiados griegos existía el aborto, se salía “a la palestra” (el campo de lucha), estaban los hipócritas (que eran los actores que replicaban al coro) y la respetada poetisa Safo de Lesbos escribía versos como este en el VII a. C.: “El tiempo ha grabado ya demasiadas arrugas en mi piel y el amor no me acosa más con la fusta de sus exquisitas penas”.

Lo digo para recordar a los frívolos mercados, ese termómetro histérico de rumores y vaguezas, que están apaleando siglos de palabra y conocimiento, si es que aún significa algo. Y para que saquen de esto una lección: quizás parezca ahora imposible, pero puede que su esplendor, como el de Pericles, tampoco sea para siempre.

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