Archivo de abril, 2011

Idioteces (1) – Fútbol (0)

28 abril 2011

Cuando salió Guardiola el martes en rueda de prensa y dijo lo del “puto amo”, ya todo hacía presagiar que el fútbol no se iba a jugar en césped, sino en barro. Guardiola, que aparece siempre ante el micrófono con la barbilla modesta apuntando al pecho, con el tic de pasear la lengua por los labios todo el tiempo para que sus palabras, tímidas, resbalen más fácil hacia las grabadoras, parecía otro. O el mismo, pero cabreado.

Cierta prensa deportiva estaba encantada con el cambio y con que la lengua del entrenador se hubiera afilado. Es porque en realidad son prensa rosa disfrazada de prensa verde. Con las comparecencias del martes se empezó a enredar y amplificar un conflicto que envenenó las gradas, los banquillos y los túneles de vestuarios, donde el miércoles se llegó a escuchar el chasquido seco de un cachete (¿por qué será tan humillante que te toquen la cara?). Había en el ambiente cierta rabia y malhumor, una atmósfera asfixiante de dimes y diretes que recorrió los cables de las teles autonómicas hasta los salones y los bares.

Cada vez hay menos fútbol y más propaganda, más gatos y menos liebres. El espectáculo de 11 contra 11 antes era suficiente. Ahora el partido empieza en la sala de prensa repujada de spots, en las que hay salidas de tono, repreguntas sobre salidas de tono, carnaza vuelta y vuelta. Y en el campo muecas, chulerías, caras encendidas ladrando a otras caras encendidas, como hacen los rotweillers. No sé si el conflicto será lo que la gente quiere. A mí me parece, sobre todo, aburrido e irrelevante. Idioteces (1) – Fútbol (0).

PD: Si hubiera que buscar un culpable, para mí sería Mou. Lamentablemente, sea cual sea el origen, el resultado final es el mismo.

Quejarse, indignarse… y no mover un dedo

15 abril 2011

El escándalo Telefónica pone la guinda a esta nueva modalidad de capitalismo devorador en el que vivimos, en el que se socializa el gasto y se privatiza el beneficio. Desde que se conoció la noticia de los despidos en plenas ganancias récord hay una especie de calentamiento global en los bares, en las tertulias, en los patios de vecinos, dentro de los taxis. Todos hablamos de ello con indignación y aspavientos. Un minuto después hablamos del fastidio de que llueva en Semana Santa. 

Mientras gruñimos en voz baja de camino al trabajo o a casa, o tomando una caña con los colegas, los jefes de Telefónica nos observan desde sus sillones de piel de las últimas plantas de los rascacielos donde trabajan. Algunos esbozan una sonrisa y dicen “tranquilos, ya pasará”, porque saben que el runrún de la queja no subirá a grito en el cielo, se quedará en las aceras y se lo tragarán las alcantarillas. Ni mucho menos alcanzará el parqué y los escritorios de roble de sus despachos. Pueden estar tranquilos porque, además, en España ni siquiera se convocan referéndums para oír a los ciudadanos como se hace en Islandia.

¿Por qué somos capaces de echarnos a la calle en el Mundial y no ante los abusos? ¿Reaccionamos ante asuntos que nos tocan el corazón, pero nos quedamos paralizados si nos tocan la cabeza o el bolsillo? Podemos esperar con cierta ingenuidad que el mundo funcione mejor por iniciativa propia. Pero mientras sigamos instalados en la pereza, los poderosos seguirán su camino, porque saben que somos domésticos y ellos, inmunes.

Elogio a la juventud

11 abril 2011

Hace unos días asistimos a la primera manifestación de jóvenes que pedía oportunidades, esperanza. Somos una generación que ha crecido en el confort de las zapatillas de marca, es verdad, pero también en el engaño masivo de los bancos, que nos pusieron la zanahoria hipotecaria y, sin esperar a que la oliéramos, nos dieron el palo. Es cierto que somos la generación más formada y licenciada de la historia de este país, pero también la que tiene más parados. Somos esos que metieron en su menú diario cocacolas y restaurantes, nos íbamos a comer el mundo y, sobre todo, a consumirlo. La crisis y los salarios basura se nos han comido a nosotros, de momento.

No somos tan niñatos como algunos creen. No estamos deseando entrar en la casa de Gran Hermano, solo tener una vivienda a un precio razonable. Tampoco nuestro sueño es hacer botellón y ruido: es que las copas cuestan más de 1.000 pesetas y así de paso imaginamos que la calle es nuestra. No somos insociables por relacionarnos en twitter: es que ahí hemos encontrado un medio para cambiar las cosas y hablar de lo que nos importa, en lugar de hablar de lo que otros dicen que es importante. No es que todo nos dé igual, es que tenemos intereses distintos a las fuerzas vivas que aún manejan este país. Es verdad que somos inexpertos, pero nos lo curará el tiempo. No somos irreverentes: tenemos prisa por darle la vuelta al mundo, disculpa si te arrollamos. No es verdad que queramos vivir de nuestros padres hasta que podamos vivir de nuestros hijos. Es una mentira social que, de tanto repetirla, se ha convertido en una verdad mentirosa. No somos lo que dice la tele que somos. Te lo aseguro. Es solo una cuestión de tiempo. Ya lo verás.

Tener (hijos) o no tener, esa es la cuestión

03 abril 2011

De los hijos no te puedes librar aunque no los tengas. Llegada cierta edad, pongamos los 30 años, empieza todo a girar de un nuevo modo. Comienzas a elegir un bando: ¿eres de los que sí o de los que no? Puede que tengas el reloj biológico sonando a todas horas y puede que esté lánguido y sin pilas en un cajón de la mesita de noche. En ambos casos piensas en ello. De la maternidad no te escapas, aunque vayas de moderna. De las preguntas, tampoco. A cierta edad los hijos o su ausencia se convierten en un tema de conversación. Y los padres y no padres (ni siquiera existe una palabra propia que nos defina) conviven, cada uno con sus miedos, sus rutinas y sus miradas de curiosidad mutua.

Los hijos marcan, pero también su inexistencia. Hay quien ha encontrado nuevos amigos entre los papás de la guardería. Hay quien los ha perdido porque no aguanta el alboroto de una casa de peluche y pataleta. Hay parejas que se unieron gracias a un bebé-bálsamo: enfocados en un tercero dejaron de estar obligados a quererse entre ellos. Otros amores acabaron porque uno de los dos no quería columpio en el jardín, que dijo Sabina . Hay quien llora porque el embarazo le ha arruinado la vida y quien llora cada 28 días porque las braguitas vuelven a estar manchadas. Otros forman familias felices. Y otros miramos cómo se perpetúa la especie desde la barrera, satisfechos con la incertidumbre (si exceptuamos los domingos por la tarde) de una vida sin anclajes familiares. Hay quien ve egoísmo solo en este último grupo. Yo no. ¿Y tú?